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Un cuento de Manuel Cofiño López

Un cuento de Manuel Cofiño López

Manuel Cofiño López es un nombre que hoy no se menciona y que para los jóvenes lectores cubanos resulta un perfecto desconocido. Representante del llamado realismo socialista en la literatura cubana, él fue un escritor que en una época gozó de gran popularidad.

Nacido en La Habana, el 16 de febrero de 1936, falleció el 8 de abril de 1987. Premio de novela Casa de las Américas 1971 con La Última mujer y el próximo combate. En el Concurso UNEAC 1975 obtuvo mención por su novela  Cuando la sangre se parece al fuego. Entre otros  títulos publicó los libros Borrasca (poemas), 1962; Un informe adventicio (cuento), 1969; Tiempo de cambio (cuentos), 1969 y Los besos duermen en la piedra (cuento), 1971.

Tiempo de cambio

Lo cuento ahora porque todo ha cambiado y hoy, cuando la vi, me di cuenta de que no se acordaba de mí, o por lo menos de aquello. Y que no se acordara de mí está bien, pero de aquello, que no se acordara de aquello que fue tantas veces. Pero puede ser, porque no se parecía, y aunque uno supiera que era ella, se daba cuenta de que no era la misma.

Me sorprendió cuando estaba sentado, porque aunque estuve un rato esperando que se desocupara la banqueta, tenía apetito y los ojos se me iban para los perros calientes, los batidos, los helados de chocolate y los bocaditos especiales. El caso es que me senté y casi choqué con su cara, pero una cara diferente, sin aquel enfermizo matiz verdoso, preguntándome:

¿Qué desea?

Quedé mudo. No sé si se dio cuenta, porque siguió como si nada preguntando a los demás, anotando las órdenes en el talonario. Iba y venía, disponiendo platos y cubiertos. Sonriendo. Haciéndole gracias al niñito que pedía más pastel. Se echó hacia atrás un mechón de pelo y volvió a preguntarme:

¿Qué desea?

Y no tuve dudas, porque era la misma voz de:

¡Oye, ven acá!

¿Oye, ven!

¡Oye!… ¡Oye!… ¡Oye!, que para ella en aquel tiempo no debió representar mucho, pero que yo no he podido olvidar. Y por eso lo cuento ahora, porque a ella no la he olvidado nunca, pero lo que pasó sí, porque me di cuenta de que no me acordaba de todo hasta ahora que la he vuelto a ver. Y de pronto, me ha dado miedo que se me olvidara esta historia, que a muchos les habrá pasado, pero quizás no quieran contarla, y es necesario que alguien la recuerde, porque todo ha cambiado y puede ser que la gente se olvide. Porque si de algo estoy seguro, es de que la gente tiene mala memoria. Hay que oírlos hablar nada más y uno se da cuenta.

Quién me iba a decir que la encontraría en la fuente de soda, trabajando sonriente, hasta bonita con su uniforme de poplín blanco y con esa banderita que dice: Muerte al invasor, prendida en el pecho, y no parece la misma y está como más joven; aunque han pasado doce años de cuando ella empezó, después de yo dar más de seis vueltas a la manzana, temeroso y desesperado, con aquellas llamadas a mi espalda:

¡Oye, pollo, mi vida!… ¡Ven acá!

¡Oye, ven acá!

¡Ven, entra!

Y parece que notó que no me atrevía y entonces entreabrió la puerta y me agarró por la mano y me hizo entrar en aquel cuartico reducido, dividido por cajas de cerveza, casi en sombras, alumbrado por un bombillo paliducho y desnudo.

Y, ¿cómo estará el niño? Por eso, porque después que la reconocí sentí deseos de preguntarle, pero no me atreví. No podía hacerlo, porque no es la misma, y estoy seguro de que no se acuerda de aquello, o no quiere acordarse, que es suficiente. O si se acuerda, seguro que ahora, que parece feliz, no quiere que le recuerden aquellas noches, porque no debió sucederle conmigo solo, sino con otros también. Y más de una vez debió ponerse la toalla alrededor de la cintura y separar las cajas para llegar al niño. Y quizás no todos hayan sido como yo, que cuando me dijo: Lo hago por el niño, para que no se muera de hambre. No tengo trabajo. No creas que me gusta esto, pero, qué voy a hacer, me ablandé y antes de irme le dejé todo el dinero que llevaba. Quizás algunos la hayan hasta obligado a quitarse los ajustadores, porque a mí, cuando todavía no había oído el llanto del niño, ni los toquecitos en las cajas de cerveza, y estábamos tirados en aquella cama vieja de hierro, que chirriaba cada vez que nos movíamos, ella me dijo: No, chino, los ajustadores no, y me callé y no dije nada, aunque todavía no sabía que el niño se iba a poner a llorar y a dar golpecitos en las cajas y no íbamos a poder seguir haciendo aquello, porque después, cuando ella volvió, yo ya estaba vestido. Porque cuando ella me dijo que esperara, me asomé y vi al niño pegado a sus senos. Y ya sabía que no podría hacer eso, porque de repente me aflojé.

La verdad es que uno es ingenuo cuando tiene quince años. Me acuerdo que le pregunté por el papá. Ella encogió los hombros y me dijo: Qué sé yo. Me preñó, se fue, y si te vi no me acuerdo. Quería que me quedara. Se había dado cuenta de que era la primera vez que me acostaba con una mujer, y me dijo: Vamos, quédate. Ya él está dormido. Si casi no molesta. Para ser la primera vez no quiero que te lleves esta impresión, porque la primera vez nunca se olvida. Yo no sé lo que le pasó hoy, porque nunca molesta. Quería que me quedara. Empezó a desnudarme, y decía que no había hecho la cruz, que la noche había sido mala, que no tenía para la leche, que me quedara, que me iba a hacer gozar mucho. Lo que tú quieras. Me quito los ajustadores si quieres, pero no te vayas. Sabía que no iba a poder, y le dejé la plata. Y ella me dio un beso y me dijo: Vuelve cuando quieras. Él casi nunca molesta.

Y nunca la olvidé, porque fue la primera mujer desnuda que tuve debajo de mí, y esa mujer nunca se olvida. Ella tenía razón. Lo otro sí, lo que pasó; hoy, cuando la vi de nuevo, fue cuando me acordé de todo. Porque uno se olvida de algunas cosas, como ella que seguro ya no se acuerda de aquello, o no quiere acordarse, que es suficiente. Por eso, para que no se me olvide a mí tampoco, no ella, sino lo que pasó, es que cuando salí de allí y dejé en su mano, de propina, mucho menos de lo que le dejé aquella noche, he venido aquí a pedir un trago, sin tener ganas, con el sabor del chocolate todavía en la boca, para contar esto que no quiero que se olvide, porque todo ha cambiado y de las cosas de aquellos tiempos hay gente que se olvida. Hay que oírlas hablar nada más y uno se da cuenta.

Otro libro acerca de Pedro Blanco, el negrero

Otro libro acerca de Pedro Blanco, el negrero

Los verdaderamente interesados en la historia de Cuba conocen bien el
nombre de María del Carmen Barcia Zequeira. La eminente profesora de
la Universidad de La Habana ha demostrado su sapiencia con la
publicación de libros de obligatoria consulta, como son los casos de
Burguesía esclavista y abolición (1987), The Cuban Market 1790-1880
(1994, en colaboración con Laird Begard y Fe Iglesias), La otra
familia (Parientes, redes y descendientes de los esclavos en Cuba)
(2003) y  Una sociedad distinta: espacios del comercio negrero en el
occidente de Cuba (1836-1866) (2017). Su obra más reciente, aparecida
en 2018, es Pedro Blanco, el negrero. Mito, realidad y espacios,
puesta en el mercado por Ediciones Boloña, Publicaciones de la Oficina
del Historiador, como parte de su Colección Raíces.
Como queda claro en la introducción del texto, el libro “no es una
biografía de D. Pedro Blanco, menos aún una historia de vida”. El
interés fundamental de María del Carmen Barcia, como ella misma acota,
  va más allá. El personaje de quien fue un famoso traficante de
esclavos, le sirve de pretexto a la investigadora para llevarnos de su
mano a una época histórica, en la cual “se mezclan intereses,
conductas y acciones formuladas desde tres continentes: Europa, África
y América”.
En dicho sentido, la profesora Barcia Zequeira señala que la intención
que la ha animado es “construir un relato capaz de aproximarse a la
verdad histórica de una época y acercarse a un hombre que, como muchos
otros, enmarcó sus aventuras en un contexto histórico”.
En esta obra, María del Carmen Barcia Zequeira nos propone adentrarnos
nuevamente en un tema recurrente en sus exégesis, es decir, lo que
ella define como  “el mayor y más largo genocidio de la historia
humana”. A tales fines, parte de la figura de un personaje histórico
que ha devenido en mito desde que Lino Novás Calvo lo convirtiese en
protagonista de un título clásico de la literatura cubana: Pedro
Blanco, el negrero (1933), una obra que “tiene mucho de ficción y algo
de cierto”, y que por eso él definió como una “biografía novelada”.
En el presente trabajo investigativo de María del Carmen Barcia
Zequeira, ella  no se dedica a reconstruir la trayectoria biográfica
de Pedro Blanco. Así, tras unas primeras páginas destinadas a resumir
la niñez y juventud del personaje, pasa a ocuparse del asunto en el
cual realmente centra su atención, o sea,  analizar el comercio
negrero en la costa nororiental de África, los espacios en los que
tuvo lugar y los agentes que lo mantuvieron durante siglos, la
política abolicionista impulsada por Inglaterra, las confrontaciones
entre ese país y España.
En el último capítulo del libro, la profesora Barcia Zequeira se ocupa
de La Habana a la que retornó Pedro Blanco en 1839. Según sabemos, su
intención era instalarse en la capital cubana definitivamente, pero se
vio forzado a escapar a España en 1842, a partir de una acusación de
mantener durante años relaciones sexuales con personas de su mismo
sexo, incluidos negros esclavos, y además de obligar a su esposa
Rosalía a presenciar sus escandalosos apetitos y pasiones. Vale
señalar que esto, como se evidencia en la investigación de María del
Carmen Barcia Zequeira, es algo que aún no se ha podido comprobar y
queda la duda de si todo fue el resultado de una bien urdida
conspiración por parte del entonces gobernador de Cuba, Gerónimo
Valdés.  .
Libro que Es resultado de las búsquedas de la profesora Barcia
Zequeira en las bibliotecas nacionales de Cuba y España y en los
archivos históricos de La Habana y Madrid, entre sus méritos están
los anexos, donde por ejemplo  se incluyen el documento por el cual
Pedro Blanco reconoce a una hija mulata nombrada  Rosa, sus
argumentaciones para desmentir las acusaciones de bisexual y pederasta
que le formularon y su testamento.
Así pues, solo puedo agregar que el libro Pedro Blanco, el negrero.
Mito, realidad y espacios, de María del Carmen  Barcia Zequeira, es
otro aporte a la historia cubana por parte de  esta sobresaliente
estudiosa de nuestro pasado y que su lectura resultará harto
instructiva para los interesados en el tema.

Dos muestras transitorias en el Museo Nacional de Bellas Artes

Dos muestras transitorias en el Museo Nacional de Bellas Artes

Poco a poco La Habana va retomando el ritmo de su vida cultural. Después de meses de obligatorio cierre de teatros, cines, museos y galerías, las puertas de tales instalaciones van abriéndose y reanudando la programación que les caracteriza y que permite el enriquecimiento espiritual de los moradores de la capital cubana y de los visitantes a la ciudad

Desde el pasado 9 de octubre el Museo Nacional de Bellas Artes, ubicado en Trocadero entre Zulueta y Monserrate, Habana Vieja, tiene a la disposición de los amantes de las artes visuales dos muestras transitorias. Se trata de Firmeza, de la fotógrafa Marta María Pérez, y de la exposición colectiva denominada La Habana. La exhibición de ambas muestras había quedado interrumpida en marzo del presente año 2020 por causa de la pandemia de coronavirus que ha afectado a Cuba y a otros 184 países del mundo.

Firmeza, según ha trascendido, ofrece una panorámica del quehacer de Marta María Pérez en el período comprendido entre 1983 y la actualidad, a través de 57 fotografías y 10 videos, la casi totalidad de ellos nunca antes presentados en Cuba, dado que desde inicio de los noventa de la anterior centuria, la creadora reside en México.

Por su parte, en la otra muestra, la exposición colectiva La Habana, asistimos al quehacer de un equipo de curadores integrado por Niurka Fanego, Manuel Crespo y María Lucía Bernal, que reunió en «La Habana» unas 150 piezas pertenecientes a las colecciones del Museo, las cuales ofrecen de conjunto y mediante las diferentes manifestaciones de las artes visuales, una visión de la ciudad a través del tiempo.

Tomás Esson vuelve por sus fueros

Tomás Esson vuelve por sus fueros

Quienes vivieron en La Habana durante la segunda mitad de los ochenta o los que son estudiosos del devenir de la historia del arte en Cuba conocen de sobra la importancia que en aquella movida tuvo Tomás Esson, nacido el 8 de febrero de 1963 y de nombre completo Juan Tomás Esson Reid. En el conjunto de su obra creativa de esos años y expresada en la pintura, el dibujo y la instalación, hay dos cuadros a los que siempre habrá que retornar, ya sea para aprobarlos o rechazarlos, pero nunca para obviarlos. Me refiero, claro está, a “Mi Homenaje al Che” (1987) y “Patria o Muerte. Europe” (1989). 

La intensidad con que las dos citadas creaciones plásticas y en general muestras suyas como A tarro partido (1987) y Patria o Muerte, (1989), esta última efectuada en el Castillo de la Fuerza (y en la que además de Esson intervinieron Carlos Cárdenas y Glexis Novoa) transgredían la solemnidad y constricción que ha caracterizado por decenios la representación de lo político en Cuba. Tal tipo de discurso ideoestético hizo que en su momento se generasen profundas discusiones sobre la legitimidad o no que tenía un artista para hacer algo así en el contexto cubano. Estoy convencida de que si en La Habana de 2020 se volviese a exponer el cuadro “Mi Homenaje al Che”, un óleo sobre tela de 170 x 200 cm, se generaría idéntico escándalo al acaecido hace alrededor de 33 años, con la diferencia de que en el presente no habría una polémica  a la altura de la que por esa época se produjo. Y es que Carlos Aldana Escalante, al margen de ostentar el mérito de ser uno de los mayores hijos de puta que ha tenido la burocracia cubana, desde su puesto al frente de la esfera ideológica partidista propició un debate entre intelectuales y funcionarios que tras su defenestración jamás se ha vuelto a dar.

La salida de Cuba a inicios de los 90 de Tomás Esson y de la inmensa mayoría de los que fueron protagonistas del llamado Renacimiento Cubano del Arte no podrá verse como el resultado de una decisión natural, sino inducida o impuesta. La censura ideológica ejercida en aquel momento registró notables influencias en la vida pública. El Estado, visto como institución paradigmática que detenta el poder simbólico, económico y coercitivo, o como una estructura que se construye a lo largo del tiempo, siempre ha de tener influencia (mayor o menor) acerca de la experiencia y la vida de los individuos y puede afectarlas e incluso crearlas.

Así, cuando Tomás Esson pasó a residir en Miami y a enfrentarse a la cruda realidad de esta ciudad del sur de USA, tuvo que abandonar en un momento determinado su obra conceptual desarrollada en Cuba (híbridos de bestias y humanos, catalogables como engendros en actitudes en no pocas ocasiones vociferantes) y dedicarse a algo vendible en el mercado, es decir, el retrato y el paisaje. La llamada “Ciudad del sol”, ideal para hacer dinero pero nunca buena para generar cultura, nada tenía que ver con esas mujeres-monstruos salidas del pincel de Tomás, bien distantes del recordado body-building de los años ochenta y sí cercanas a la apariencia grosera, la vulgaridad circundante, la agresividad callejera o doméstica que él no representó directamente pero que sí le funcionó como arquetipo.

Por mi experiencia personal sé de los tremendos cambios que tenemos que darle a nuestras vidas, en el instante en el que optamos por irnos de Cuba. Yo, por ejemplo, me gradué de Historia del Arte y soñaba con ser una renombrada curadora. Sin embargo, al llegar a Miami tuve que renunciar a mi vocación y convertirme en publicista, de lo que no me arrepiento. Por supuesto que ello no ha implicado la renuncia a mi amor por las artes visuales y en especial, por la obra de contemporáneos de mi generación como Tomás Esson. 

Nunca olvidaré la impresión que me dio ver allá por los tempranos 90 en la Sala de Arte Contemporáneo, ubicada en el edificio de Arte Cubano en la calle Trocadero, el cuadro de Esson titulado “La gallina del tutú rosado”, un óleo sobre tela de 176 x 136 cm y que me empujó a indagar en otras piezas suyas como “Spoulakk” (1987) y “Talismán” (1989)

Como que la experiencia es un viaje de eterno retorno, llegó el instante en que Tomás Esson se hartó de esa clase de pinturas de retratos y paisajes que tenía que hacer en Miami, por lo que se fue a New York para allí reencontrarse y dar vida a un nuevo proyecto creativo, mucho más cercano a sus intereses iniciáticos, la serie Wet Paintings.

Ahora, desde julio de 2020 y hasta mayo de 2021, por primera vez los amantes del buen arte cubano tenemos la oportunidad de disfrutar en el espacio de un museo de una muestra expositiva personal de Tomás Esson, el mismo que —al concluir los estudios en el Instituto Superior de Arte— por su trabajo de tesis fuese escogido como “el graduado más destacado en lo artístico-creativo”.

La muestra, curada por el crítico de arte y comisario Gean Moreno, Lleva por nombre el de  Tomás Esson: The GOAT y se presenta en el Instituto de Arte Contemporáneo de Miami (Institute of Contemporary Art, ICA, por sus siglas en inglés). En total, se exponen en el ICA diez pinturas, una instalación y un mural concebido a propósito de la muestra, la cual abarca treinta años de la trayectoria del creador.

La curaduría, llevada a cabo por Gean Moreno, parte de establecer tres ejes a fin de organizar la muestra. De ese modo, el interesado puede apreciar el quehacer de Tomás Esson durante los años ochenta en Cuba, así como retratos y paisajes del artista en su etapa diaspórica. De este último período aparecen las piezas pertenecientes a la serie Retratos, hecha en Miami, y otras incluidas en la serie Wet Paintings, realizada en New York.

El título de la muestra, o sea, Tomás Esson: The GOAT, persigue sugerir diferentes modos de leer las marcas autorales –ideoestéticas– que ha ido estableciendo Esson a lo largo de sus tres décadas de fecunda carrera. Prueba de esa destacada trayectoria y que es orgullo para los cubanos y cubanas amantes de las artes visuales (dondequiera que estemos radicados) es que obras suyas hoy se encuentran en las colecciones de instituciones como el Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana; el Museo Whitney de Arte Estadounidense, en New York; el Museo de Arte Contemporáneo, en San Diego; y el Museo de Arte Contemporáneo, en Monterrey, México.

Por último, quiero apuntar que,  como varios críticos han señalado, la muestra Tomás Esson: The GOAT nos convida a reflexionar en relación con la fuerza política y estética de una obra que no se deja disciplinar ni por cánones pictóricos ni por doctrinas. Tal vez de ello provenga la insistencia de Esson en lo grotesco y la desproporción y que hacen de él uno de los artistas cubanos contemporáneos al que siempre habrá que volver.

Al reencuentro de Celestino antes del alba

Al reencuentro de Celestino antes del alba

“Pocos libros se han publicado en nuestro país, donde las viejas angustias del hombre de campo se nos acerquen tan conmovedoramente, haciendo casi de su simple exposición una denuncia mucho más terrible que cualquier protesta deliberada. Y junto con las angustias, el propio espacio en que se vive, la tierra, las plantas y sus nombres, el habla campesina, hasta las malas palabras, todo significado en el trajín de su agonía con la visión empeñada en transfigurarlo, y frente a la cual, para resistirle, debe todo apelar a su raíz, a su necesidad última.”

Las anteriores son palabras del gran poeta  Eliseo Diego, a propósito de la aparición en 1967 del libro Celestino antes del alba, debut en el mundo de las letras por parte de  Reinaldo Arenas y una obra de culto en el devenir de la literatura cubana.

Un jurado presidido por  Alejo Carpentier había galardonado la aludida narración en 1965, con una primera mención en un concurso convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Dicen que aquella edición cubana (la única obra de Arenas publicada en su país natal) se agotó en una semana. La novela es una defensa de la libertad y de la imaginación en un mundo conminado por la barbarie, la persecución y la ignorancia. 

Celestino antes del alba inicia el ciclo de una pentagonía integrada por esta novela, así como por las narraciones El palacio de las blanquísimas mofetasOtra vez el marEl color del verano y El asalto. Lamentablemente, la producción creativa de Arenas, quien salió de La Habana vía Mariel hacia Miami en 1980, es desconocida por el que debiera ser su público natural.

Como ha escrito el prestigioso investigador Carlos Espinosa Domínguez al referirse a Celestino antes del alba:

“El protagonista de la novela es un niño campesino que, para sobrevivir a la ignorancia del medio, se inventa un primo imaginario, Celestino. Este viene a ser su alter ego, el otro, el cómplice, el poeta que escribe en las hojas de los árboles y una de las personas que forman su personalidad. Su ingenua fantasía infantil se opone a una realidad vulgar y lo rescata del entorno inmediato, llevándolo a otro ámbito, la gran realidad, la verdadera realidad. Se va formando así un mundo de filiación mágica, hecho a la medida de sus anhelos y necesidades, y en el cual las cosas suceden y no suceden, las personas mueren y no mueren, el mundo es objetivo y no lo es. Alguien sugirió el rótulo de surrealismo tropical para definir esta sucesión de anécdotas fantásticas que mantienen una atmósfera poética, y donde las fronteras entre realidad y ficción no se distinguen”.

Obra debut de alguien nacido para escribir (al decir de José Lezama Lima) y cuyo valor emblemático no deja de aumentar, hoy en Miradas Desde Adentro publicamos un fragmento de esta novela, caracterizada en conjunto por ser una lectura sugestiva y al mismo tiempo inquietante

Celestino antes del alba (fragmentos)

Reinaldo Arenas

Mi madre acaba de salir corriendo de la casa. Y como una loca iba gritando que se tiraría al pozo. Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo. 

Corriendo llego y me asomo. Pero, como siempre: solamente estoy yo allá abajo. Yo desde abajo, reflejándome arriba. Yo, que desaparezco con sólo tirarle un escupitajo a las aguas verduscas. 

Madre mía, ésta no es la primera vez que me engañas: todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo, y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco, dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa. No. Ya estoy cansado. No te tires si no quieres. Pero tampoco digas que lo vas a hacer si no lo harás.

Lloramos detrás del mayal viejo. Mi madre y yo, lloramos. Las lagartijas son muy grandes en este mayal. ¡Si tú las vieras! Las lagartijas tienen aquí distintas formas. Yo acabo de ver una con dos cabezas. Dos cabezas tiene esa lagartija que se arrastra. La mayoría de estas lagartijas me conocen y me odian. Yo sé que me odian, y que esperan el día… «¡Cabronas!», les digo, y me seco los ojos. Entonces cojo un palo y las caigo atrás. Pero ellas saben más de la cuenta, y enseguida que me ven dejan de llorar, se meten entre las mayas, y desaparecen. La rabia que a mí me da es que yo sé que ellas me están mirando mientras yo no las puedo ver y las busco sin encontrarlas. A lo mejor se están riendo de mí. 

Al fin doy con una. Le descargo el palo, y la trozo en dos. Pero se queda viva, y una mitad sale corriendo y la otra empieza a dar brincos delante de mí, como diciéndome: no creas, verraco, que a mí se me mata tan fácil. 

«¡Animal!», me dice mi madre, y me tira una piedra en la cabeza. «¡Deja a las pobres lagartijas que vivan en paz!» Mi cabeza se ha abierto en dos mitades, y una ha salido corriendo. La otra se queda frente a mi madre. Bailando. Bailando. Bailando. 

Bailando estamos todos ahora sobre el techo de la casa. ¡Qué de gente sobre el techo! A mí me encanta encaramarme en las pencas de guano, y siempre encuentro algún que otro nido de totises acá arriba. Yo no me como los huevos de los totises, porque dicen que siempre están podridos, y entonces lo que hago es que se los tiro a la cabeza a mi abuelo, que siempre que me ve arriba de la casa, coge la vara larga de desmochar palmas y empieza a juzgarme como si yo fuera un racimo de palmiches. Uno de los huevos se le ha reventado a mi abuelo en un ojo, y yo no sé por qué, pero a mí me parece que se ha quedado tuerto.

Pero no: a ese viejo hay que sacarle los ojos con una garrocha, porque lo que tiene ahí es más duro que el fondo de una caneca. 

Bailando yo solo sobre el techo. A mis primos ya los he hecho bajar y están durmiendo entre los pinos. Dentro del cercado de ladrillos blancos. Y cruces. Y cruces. Y cruces.

«Para qué tantas cruces», le pregunté a mamá el día que fuimos a ver a mis primos. 

«Es para que descansen en paz y vayan al cielo», me dijo mi madre, mientras lloraba a lágrima viva y se robaba una corona fresca de una cruz más lejana.

Yo arranqué entonces siete cruces y cargué con ellas bajo el brazo. Y las guardé en mi cama, para así poder descansar cuando me acostara y no sentir siquiera a los mosquitos, que aquí tienen unas digas peores que las de los alacranes. 

«Estas cruces son para poder descansar», le dije a mi abuela, cuando entró en el cuarto. Mi abuela es una mujer muy vieja, pensé, mientras me agachaba bajo la cama. «Toma estas dos cruces para ti», le dije a abuela, dándole las cruces. Y ella cargó con todas. «Hoy hay escasez de leña», dijo. Y cuando llegó al fogón las hizo astillas y las echó en la candela. 

«¡Qué has hecho con mis cruces, desgraciada!», le dije yo, y, cogiendo un pedazo de cruz encendida, le fui arriba para sacarle los ojos. Pero con esta vieja no se puede jugar, y cuando yo tomé el palo encendido, ella cogió la olla de agua hirviendo que estaba en el fogón y me la tiró arriba. Que si no me aparto ahora estuviera en carne viva. «Conmigo no juegues», dijo abuela, y luego me dio un boniato asado para que me lo comiera. Yo salí para el guaninas, con el boniato a medio comer, y allí hice un hoyo y lo enterré. Luego inventé una cruz con una mata de guanina seca, y también la enterré junto al boniato muerto. 

Pero ahora debo dejar de pensar en esas cosas y ver cómo me bajo del techo sin que abuelo me ensarte con el palo. Ya sé: iré por entre las canales de zinc como si fuera un gato, y cuando él menos se lo piense, me tiro de una canal y salgo corriendo. ¡Ah, si pudiera caerle encima a mi abuelo y aplastarlo!

Él es el único culpable. Él. Por eso nos reunimos aquí yo y todos mis primos. Aquí, en el techo de la casa, como lo hemos hecho ya tantas veces: tenemos que planear la forma de que abuelo se muera antes de que le llegue la hora. 

Esta casa siempre ha sido un infierno. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos. Y abuela era la primera en estar haciendo cruces en todos los rincones. Pero cuando las cosas se pusieron malas de verdad fue cuando a Celestino le dio por hacer poesías. ¡Pobre Celestino! Yo lo veo ahora, sentado sobre el quicio de la sala y arrancándose los brazos. 

¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar, hasta en los respaldos de las libretas donde el abuelo anota las fechas en que salieron preñadas las vacas. En las hojas de maguey y hasta en los lomos de las yaguas, que los caballos no llegaron a tiempo para comérselas. 

Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de maguey por enmarañar. Ni el lomo de una yagua. Ni las libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas. 

«Eso es mariconería», dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino. Y ésa fue la primera vez que se tiró al pozo. 

«Antes de tener un hijo así, prefiero la muerte.» Y el agua del pozo subió de nivel. 

¡Qué gorda era entonces mamá! Sí que era gorda. Y el agua, al ella zambullirse, subía y subía. ¡Si tú hubieras visto!: yo fui corriendo al pozo y pude lavarme las manos en el agua, y, sin inclinarme casi, bebí, estirando un poco el cuello. Y luego empecé a beber utilizando las manos como si fueran jarros.

¡Qué fresca y qué clara estaba el agua! A mí me encanta mojarme las manos y beber en ellas. Igual que hacen los pájaros. Aunque claro, como los pájaros no tienen manos, se la toman con el pico… ¿Y si tuvieran manos y fuéramos nosotros los equivocados?… Yo no sé ni qué decir. Como las cosas en esta casa andan tan mal: yo no sé, a la verdad, ni en qué pensar. Pero, de todos modos, pienso. Pienso. Pienso… Y ya Celestino se me acerca de nuevo, con todas las yaguas escritas bajo el brazo, y los lápices de carpintería clavados en mitad del estómago. 

-¡Celestino! ¡Celestino! -¡El hijo de Carmelina se ha vuelto loco! 

-¡Se ha vuelto loco! ¡Se ha vuelto loco! -Está haciendo garabatos en los troncos de las matas. -¡Está loco de remate! -¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! ¡A mí nada más me pasan estas cosas! -¡Qué vergüenza! 

Fuimos al río. Las voces de los muchachos se fueron haciendo cada vez más gritonas. A él lo sacaron del agua y le dijeron que se fuera a bañar con las mujeres. Yo salí también detrás de Celestino y entonces los muchachos me cogieron y me dieron ocho patadas contadas: cuatro en cada nalga. Yo tenía deseos de llorar. Pero él lloró también por mí. 

Y nos cogió la noche en mitad del potrero. Así, de pronto, llega la noche en estos lugares. Cuando menos uno se lo imagina, nos sorprende. Nos envuelve, y luego no se va. Casi nunca aquí amanece. Aunque, desde luego, mucha gente dice que sale el sol. Yo también lo digo de vez en cuando. De vez en cuando. De vez en cuando. De… 

«Que en la casa no se enteren de lo que han hecho los muchachos», me dijo Celestino, y se secó los ojos con una hoja de guayaba. Pero al llegar a la casa, ya ellos nos estaban esperando en la puerta. Nadie dijo nada. Ni media palabra. Llegamos. Entramos en el comedor y ella salió por la puerta de la cocina. Dio un grito detrás del fogón y echó a correr por todo el patio, lanzándose de nuevo al pozo… Cuando yo era más chiquito, abuela me dio una gallina y me dijo: «Síguela hasta que encuentres su nido, y no vuelvas a la casa si no traes los bolsillos llenos de huevos». Yo solté la gallina en mitad del patio. Salió corriendo. Dio tres revoloteos en el aire. Y desapareció, cacareando por entre las mayas y las espinas. -Se me ha perdido la gallina, abuela. -¡Desgraciado! ¡Mejor sería que te murieras! 

Celestino se me acercó y me puso la mano en la cabeza. Yo estaba triste. Era la primera vez que me habían echado una maldición. Yo estaba triste y empecé a llorar. Celestino me levantó en alto, y me dijo: «Qué tontería…, debes ir acostumbrándote». Yo miré entonces a Celestino y me di cuenta que él también estaba llorando, aunque trataba de disimularlo. Y entonces comprendí que él todavía no se había acostumbrado. Por un momento yo dejé de llorar. Y los dos salimos al patio. 

Todavía era de día.

Había caído un aguacero. Y los relámpagos, que no se habían satisfecho con el agua, pestañeaban y volvían a pestañear detrás de las nubes y entre las hojas altas de las matas de cañafístulas. Qué olor tan agradable queda después de un aguacero… Yo nunca antes me había dado cuenta de esas cosas. Me di entonces. Y tragué aire con la nariz y con la boca. Y volví a llenarme la barriga de olor y de aire. Ya el sol no saldría, porque había demasiadas nubes. Pero aún todo estaba claro. Caminamos por debajo de las matas de anones y yo sentía el fango mezclado con las hojas, traspasando los huecos de mis zapatos. El fango estaba frío, y a mí se me ocurrió pensar que estaba caminando por entre la nieve y que las matas de anones eran pinos de Navidad, y que toda la familia estaba en la casa, entre un no sé qué tipo de abejeo y bulla, que hasta entonces no había yo oído. «Qué lástima que en este lugar no haya nieve», le dije a Celestino. Pero ya él no estaba conmigo. «¡Celestino! ¡Celestino!», grité yo, muy bajo, como si no quisiera despertarme y encontrarme en mitad de un fanguero.

¡Celestino! ¡Celestino!…

Sevilla sin mí

Sevilla sin mí

Le dije a los colegas que me iba a Sevilla aquella Semana Santa del 2008 y
me encerré en mi piso de estudiantes, para acercarme a ella. La llamé tantas
veces  que el teléfono se me quedó sin saldo; entonces cerré los ojos para
que su voz no se escapara. Su voz tan pequeña como ella misma. En la
oscuridad del cuarto recordé todos los detalles: el parto, su cumpleaños, el
primer día de escuela y la magia de los libros. 
Por el balcón se colaba el ruido de las procesiones de Zaragoza, más
modestas, de seguro, que las de Sevilla. Yo tenía miedo de que  la algarabía
de la calle  me robara   su risa. Su risa más grande que ella misma y ahora
tan chica, como todo lo que  queda tan lejos. 
 Ya mi curso está por terminar y estaremos juntas, indivisibles. Ella me
había respondido   un “sí” muy tenue y yo adivinaba sus besos en mi foto y
la comida  de la abuela que no lograba quitarle el frío.  
Aquella semana del 2008,  no pudo ser Santa para mí. Mis colegas de piso
revoloteaban como niñas y llenaban la tarde con sus chistes. Yo salía a
ratos, escondía mis ojeras y me inventaba una sonrisa. 
Y después regresaba a la cama otra vez a tejer un te amo que cruzara el
Atlántico. Casi podía escuchar el ruido de La Habana y  el ladrido del
cachorro que ella escogió como una suave, peluda prolongación de la ternura.

A la siguiente semana volví a la calle. Bajé por Corona de Aragón, crucé
hasta la plaza San Francisco, le sonreí al anciano y al niño  que aún no ha
probado los adioses. Calenté el alma  con un café,  al sol y entre la gente.
Crucé el campus de la Uni Zaragoza y saludé a los colegas.
Bella Sevilla, les dije.  Aun me duelen los pies de tanto taconeo.

A propósito de teoría y práctica de La Habana

A propósito de teoría y práctica de La Habana

Rubén Gallo (México, 1969), crítico y catedrático de lengua y literatura en la Universidad de Princeton, EEUU,  es en la actualidad uno de los más reputados escritores surgidos en México en recientes décadas, gracias a libros como Heterodoxos mexicanos (un repaso de las vidas de compatriotas suyos que van de Octavio Paz a Pancho Villa) y México DF, lectura para paseantes(antología de autores mexicanos imprescindibles tales como Jorge Ibargüengoitia o Carlos Fuentes).

A partir  de una visita suya a nuestro país en diciembre de 2014 y una estancia durante El 2015 en la capital cubana por motivos de trabajo, surge su libro Teoría y práctica de La Habana (Jus Ediciones, 2017), un título que ha dado mucho que hablar en diversos medios internacionales y en el que de un modo u otro, rondan los vivificantes influjos del quehacer de Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy.

Seguún el autor, con esta obra pretende rendir homenaje al lenguaje callejero que se utiliza en La Habana y en el que prevalece la chispa y el ingenio de los hablantes. Dedicado al premio nacional de literatura Antón Arrufat, de algún modo el libro también es un tributo al Antón que ha vivido las sucesivas transformaciones de La Habana desde el decenio de los cincuenta hasta nuestros días.

Para los lectores de Miradas Desde Adentro, reproducimos un fragmento de Teoría y práctica de La Habana, con la intención de que se animen a buscar el libro y, como diría Taladrí,  saquen sus propias conclusiones.

… esa noche llegué al Siákara con Antón, y nos sentamos y comentamos lo bonito que se veía el mesero esa noche, con su caderita y con sus bíceps, y luego hablamos de Sergio Pitol y de cómo perdió el habla por una enfermedad neurológica hasta que un día en La Habana se le apareció un macho espectacular y de repente dijo: “Fo… fo… fo… formidable”, y todos sus amigos se volvieron locos de alegría y dijeron: “Ahora Sergio tiene que llevarse a ese muchacho a Xalapa porque sólo así va a poder hablar”, y en eso estábamos, o quizá ya habíamos pasado a otro tema, cuando de la nada se aparece, frente a nosotros, a dos centímetros de nuestra mesa, un dios griego o un vikingo o un modelo de Calvin Klein o todo eso al mismo tiempo: un rubiecito veinteañero sin un gramo de grasa en el cuerpo y con unos musculitos divinos por todas partes, y Antón lo miró y yo lo miré y pensé: “Es uno de los hombres más bellos que he visto en mi vida. —Pero luego me dije—: Calma, calma, que no te baje Changó o Elegguá”, y me calmé y le dije a Antón: “Lo malo de estos muchachos alemanes es que son muy fríos y no saben usar esos cuerpos maravillosos que tienen, lo cual es un gran desperdicio”.

En eso el rubiecito se acercó a nuestra mesa y preguntó si podía sentarse con nosotros, y yo: “Por supuesto, bienvenido, por favor”. Venía con una mulata que yo ni vi y que se llamaba Maya o Mayté o Mayta o algo así, y se sentaron, pero al segundo vino la mesera con cara de Seguridad del Estado y les dijo que no, que no podían sentarse allí porque los señores, indicándonos a nosotros, habían reservado y yo le dije que los dejara, que nosotros felices de compartir mesa, y ella que no y yo que sí, hasta que el rubiecito y su mulata se levantaron y se fueron.

Yo también me levanté y fui a hablar con Mateo y le dije: “Esto es un escándalo, estamos en un país socialista y aquí hay que compartir, hay que ser solidarios, hay que resistir las presiones del mercado y del garrotero internacional, y nosotros felices de apoyar y ayudar y compartir mesa con esos compañeros que no tienen dónde sentarse”, y él dijo: “Bueno”, y fue a hablar con el rubiecito y con su mulata que vinieron a sentarse a nuestra mesa y él se sentó frente a mí y Maya o Mayté quedó al lado de Antón, y yo le pregunté que de dónde era y me dijo que suizo y yo: “¿Schwitzer Dutch?” y él que sí, que de Zürich, y en eso le señalé a Antón y le dije: “Einer der berühmtesten Schriftsteller in Kuba”, y Antón nos miraba y el suizo contó que estudiaba derecho y que quiso venir a Cuba porque Fidel Castro también había estudiado derecho y se defendió a sí mismo en el juicio que le hicieron, y yo le traducía a Antón que sólo dijo: “¿Abogado? ¿Abogado del diablo?”.

Él me miraba muy serio, como sólo pueden ser serios los alemanes y los suizos, y me preguntaba que porqué en Cuba la cultura tenía tanta relación con la homosexualidad.

El suizo se viró a hablar con la mulata y yo le dije a Antón: “Qué país el tuyo: está uno cenando tranquilamente y de repente le cae a uno un efebo del cielo”, y la mulata me miró y luego le dijo a Antón, con un acento raro, medio castizo, con las eses como “eshes”, dijo: “Eshte me quiere robar el novio”, y Antón: “Pero chica, ¿de dónde sacas tú semejante idea?”, y la mulata, muy seria, decía que ella era chef y que había trabajado en Per Se en Nueva York (decía “Per She”), pero yo dejé de escucharla y seguía hablando con Dimi, que así se llamaba, y le contaba de Cuba y de Antón, y él me hacía preguntas, y en eso llegó Mateo con los mojitos y me miró y dijo: “Touche pas, Rubén; touche pas”, y en eso me di cuenta de que le había estado acariciando el brazo al suizo, ese brazo musculoso y rubio que tenía sobre la mesa y pensé, mientras sorbía mi mojito, “Estos dedos míos son como las antenas de un caracol, que se extienden y alcanzan a tientas, guiadas por un instinto animal”.

En eso llegó Arturo y se sentó entre Antón y la mulata, y le presenté a Dimi y dije: “Ein sehr berühmter Regisseur”, y luego seguí hablando con Dimi de Cuba, y él me miraba muy serio, como sólo pueden ser serios los alemanes y los suizos, y me preguntaba que porqué en Cuba la cultura tenía tanta relación con la homosexualidad, y decía Kultur y Homosexualität, y yo le dije que no sabía, que tendríamos que preguntarle a Antón, que seguía hablando con la mulata-chef, y Dimi le preguntó y Antón respondió: “Qué se yo, chico”, así que le traduje a Dimi: “Keine Ahnung”, y seguía dándole sorbitos a mi mojito y pensé que tenía el alemán medio oxidado pero que esa noche me fluía hasta por los codos.

“Was soll Ich lesen?”, me preguntó Dimi, y sacó su teléfono para apuntar las lecturas que iba a recomendarle y anotó toda una lista de formación o de deformación homoerótica, Arenas y Sarduy, y Virgilio Piñera, y por supuesto Antón, y le dije: “Mira, apunta el título de un libro de Antón que se llama Entre él y yo”, y me dijo: “Eso sí lo entiendo en español”, y entonces repitió, con su acento alemán: “Entgre él —y me señaló con el dedo y luego se tocó el pecho y añadió—: y yo”, pero la mulata lo interrumpió y dijo: “No, no: entre él y yo”, tocando a Dimi y luego tocándose los pechos, y yo le dije a Antón: “Mira cómo se pelean por entrar en tu título”.

Con una Habana como esta quién quería irse a Suiza.

Y seguimos hablando y Dimi apuntando cosas, y yo le daba la lista de todos los escritores y poetas y él apuntaba y decía: “Ach so, auch homosexual”, y yo: “Sí, así mismo”, y en eso llegó el pianista y se puso a tocar Dos gardenias, y yo quise sacar a bailar a Arturo, pero no quiso, y luego a Antón, que tampoco, y dije: “Voy a escribir un poema que se llame ‘La noche en que no bailé con Antón Arrufat’”, y al suizo no me atreví a invitarlo, así que saqué a la mulata pero bailaba mal, y yo peor, pero le dije: “Lo importante es divertirse”, y ella dijo: “Esho creo yo también”.

Luego me senté y pedimos más mojitos, y le decía a Dimi que tenía que ir a Oriente, que tenía que ver lo que era el campo en Cuba, y él todo lo apuntaba en su teléfono, y me dijo: “Creo que te gustaría Suiza, deberías venir”, y yo no me atreví a decirle que con una Habana como esta quién quería irse a Suiza, y tampoco me atreví a citarle a Mark Twain, que dijo: “Quinientos años de paz, neutralidad y democracia y lo único le han dado al mundo es el reloj cucú”, pero me dio ternura su invitación y se la agradecí.

Antón había dejado de hablar con la mulata y volví a decirle: “Pero qué país el tuyo en donde le cae a uno un efebo del cielo —y la mulata me lanzó una mirada fulminante y yo rectifiqué—: bueno, un efebo con su jeva”, y Antón preguntó: “¿Los efebos también tienen jeva?”.

“No, a Góngora no, mejor pon a Lezama”, y Antón dijo: “¿Tú lo vas a poner a leer a Lezama?”, y la mulata decía: “¿Leshama?”

Se hacía tarde y Mateo llegó con los chupitos de ron Santiago, y yo dije que me iba de viaje al otro día y Dimi dijo: “Qué pena”, y yo: “Pero Antón se queda, ¿por qué no vas a su casa a que te dé clases de español?”, y Antón: “No chico, yo no doy clases de español”, y yo “Bueno, entonces dale clases de gongorismos”, y Arturo, que hasta entonces había observado todo muy calladito dijo: “Mejor de gargarismos, e hizo un gesto como llevándose el puño a la boca”, y la mulata no decía nada, y Dimi preguntó: “Was ist ein Gongorismus”, y yo: “Niño, pues eso es muy fácil, mira, vamos a improvisar gongorismos, mira, por ejemplo, ‘Monte de Venus no: pico Turquino que con el Pirineo rivaliza, bajo el signo del sátiro, nieve no: leche’”, y la mulata preguntaba: “¿Venus?” y Dimi dijo: “Das hab’ Ich überhaupt nicht verstanden”, y yo: “Por eso necesitas que Antón te dé clases de gongorismos”, y Arturo: “De gargarismos”, y Dimi preguntó: “¿Lo pongo en mi lista de lecturas?”, y yo: “No, a Góngora no, mejor pon a Lezama”, y Antón dijo: “¿Tú lo vas a poner a leer a Lezama?”, y la mulata decía: “¿Leshama?”, y yo: “Bueno, basta con que lea el capítulo ocho de Paradiso” y Dimi: “Wie schreibt man Lezama?” y yo: “Si Lezama estuviera aquí no diría ‘pásame el aceite’, diría: ‘pásame esa miel no dulce, noble fruto de árboles milenarios del Hélade, no filtrado, pues al filtrar pierde su potencia odorífera, que sirve también para preparar los lúbricos juegos panhelénicos’” y Antón: “Mejor volvamos a los gongorismos, que te salían mejor”.

Y nos terminamos los chupitos y era hora de irse, y Dimi sacó su teléfono y dijo: “Me quedé con muchas preguntas, con muchas preguntas sobre Kultur y Homosexualität, ¿te puedo escribir?”, y yo: “Claro, yo te respondo encantado y si quieres hasta te llevo a hacer una práctica”, y Dimi: “¿Ein Praxis?”, y la mulata lo abrazó y dijo: “Vámonos porque es nuestra última noche juntos”, y yo: “Vengan a Las Vegas”, y Antón: “Dios mío”, y Dimi: “Was ist Las Vegas?”, y la mulata que no, que es nuestra última noche juntos, y entonces Dimi me dijo: “Aprendí mucho, gracias”, y me abrazó y yo le dije: “Y lo que falta”, y salimos todos a la calle Barcelona y en eso salió al balcón una de las vecinas y lanzó un cubo de agua a la calle que por poco nos deja empapados, y Antón dijo: “Empapados no: enchumbados, habla bien”, y Dimi y la Mulata se subieron a un coche de renta y arrancaron y se fueron, y Arturo y yo acompañamos a Antón hasta Prado y de ahí seguimos a Las Vegas, y me acordé de las enchiladas suizas que sirven en los Sanborns de México y sentí un antojo tan grande, pero tan grande, que no cabía en todo el Malecón de La Habana.

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