Category: Periodismo

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (III)

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (III)

El próximo 28 de octubre, este modesto sitio del ciberespacio cubiche cumple un año de vida y aquí lo estamos celebrando con la reproducción de varios textos que me he leído recientemente y que me parece son materiales que vale la pena compartir con los seguidores de esta utopía que, al fin y al cabo, es Miradas Desde Adentro. Ojalá que lo disfruten tanto como yo.

 

Una novela que se sueña a sí misma

En Tres en una taza, Froilán Escobar recrea La Habana de los años 70, con sus dolorosas contradicciones y paradojas. Una época hermosa, pero también oscura y terrible

 

Carlos Espinosa Domínguez

 

Los cinco siglos a los que este año arriba La Habana brindan un buen pretexto para leer o releer, según sea el caso, algunas de las obras de escritores cubanos que tiene como escenario nuestra capital. El listado es extenso y hay bastante donde espigar. Entre esos libros, he escogido uno cuya lectura es tan disfrutable como gratificante.

 

Su autor es el escritor y periodista Froilán Escobar (San Antonio de los Baños, 1944), quien en la actualidad reside en Costa Rica, cuya nacionalidad ha adoptado. Su bibliografía es abundante y sólida, y aunque es más conocido por su faena narrativa también ha incursionado en la literatura para niños y jóvenes (El monte en el sombrero, 1978; La vieja que vuela, 1990, Premio de la Crítica; Ana y su estrella de olor, 1994; El cartero trae el domingo, 1995) y el testimonio (El Che en la Sierra Maestra, 1973; Che Sierra adentro, 1988; Martí a flor de labios, 1990). En el campo de la prosa de ficción, ha publicado, entre otros títulos, El patio donde quedaba el mundo (1997), Largo viaje de ceniza (2001), Ella estaba donde no se sabía (2006, Premio Aquileo J. Echeverría) y La última adivinanza del mundo (2009).

 

En Tres en una taza (Ediciones Bagua, Madrid, 2018, 168 páginas; Uruk, San José, 2016, 151 páginas), Froilán Escobar recrea La Habana de los años 70, con sus dolorosas contradicciones y paradojas. Una época hermosa, pero también oscura y terrible. Todo eso se plasma en la novela a través de un contrapunto de opuestos, pues como sostiene su autor, “solo así podía ser fiel a lo que viví. Solo así podía salirme de lo encapsulado, de lo unilateral, para mostrar, a la vez, un mundo donde la realidad perturbadora se mezcla con el delirio hasta el punto de crear dimensiones esquizofrénicas, inesperadas, inquietantes”.

 

“La ciudad se me va. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar para cerciorarme de lo que está ocurriendo (…) Aún faltaba mucho para que llegara el mañana prometido, el futuro que se proponía, pero ya la gente estaba yéndose. A diario. En avalancha. ¿Tú también te vas?, me preguntó visiblemente angustiado un amigo con el que me encontré cuando atravesaba el Parque Central. No, ¿y tú? Era la pregunta obligada. Porque, poco a poco, todos se iban. Abandonaban la ciudad. Se valían de cualquier medio de transporte. Una lancha, una balsa, un salto de garrocha, un ataúd incluso. Tenía la sensación de que la gente y los edificios que uno todavía podía ver o que me pasaban por el lado, no eran más que las últimas representaciones configuradas por las propias palabras de los que se despedían. Me estaba quedando solo en La Habana”.

 

El fragmento anterior pertenece al inicio de la novela. En medio de ese tropel de personas que se van, el narrador siente la sirena de la ambulancia que había salido hacia el número 162 de la calle Trocadero. Allí la aguarda el escritor José Lezama Lima, sentado en su sillón. Un viento aciclonado e inaudito asola la ciudad y se lo lleva todo. El narrador advierte que todo lo que estaba donde siempre había estado, ya no está: las calles, los edificios, la gente, “habían sido sacados, sustituidos, como si en ese momento acabara de llegar el futuro y borrara todo lo de atrás. O como si en ese irse estuviera el virus, la evidencia irrefutable de que estábamos contaminados de irrealidad”.

 

En la primera página se lee esta cita de Lawrence Durrell: “Quisiera escribir un libro que soñase”. Y eso es en buena medida Tres en una taza, una novela que se sueña a sí misma. Froilán Escobar se decanta por la experimentación y el riesgo y ha escrito una obra en la que la realidad y la fantasía se entrelazan indisolublemente. De esa relación entre una y otra surge un universo singular, en el que los planos temporales se alternan y se superponen, y lo real se ve desbordado por sus múltiples aristas. Pero como apunta Cintio Vitier en un breve texto que se reproduce, lo que poéticamente Froilán Escobar se imagina nunca es irreal, sino un ejemplo de “la capacidad que tiene la realidad misma de producir las imágenes que mejor la revelan”.

 

Una novela al modo convencional difícilmente podría atrapar el grado de paradoja y esquizofrenia de la sociedad en la cual le tocó vivir al narrador. De ahí que para tratar de entenderla se invente una alucinación que le permita expresarla. Asimismo, no bastaba para ello que contase solamente su historia, y por eso incluye las de otros personajes que también compartían las mismas ilusiones que entonces empezaban a perder.

 

El narrador es un joven periodista a quien han expulsado de la revista donde laboraba. ¿La razón? Junto con otro colega, preparó un número dedicado al Che en la Sierra Maestra, por el cual lo acusaron de “diversionismo ideológico”. En la reunión en el Colegio de Periodistas no lo acusaron directamente, solo le dijeron que a partir de ese momento no continuaría en la revista y que se iría a laborar en la agricultura. Finalmente, lo enviaron a la construcción de un hospital, lo cual lo hace comentar: “El trabajo que hacen los que sustentan el país, era el castigo. Qué ironía para los que lo hacían. ¿Ellos también, entonces, estaban castigados? ¿Por qué nos empeñamos en hacer creer que los paraísos son ejemplares? Un galimatías”.

 

Lezama Lima recorre toda la novela

 

Entre las historias contadas en la novela, está la del viaje iniciático por La Habana que realiza el narrador. Lo hace en un autobús que, en lugar de desplazarse por calles y avenidas, atraviesa la ciudad por dentro: “Fue un azaroso viaje por corredores, baños y azoteas a punto de caerse, en el que finalmente, luego de un largo y tortuoso recorrido, paralelo a una calzada más bien enorme de Jesús del Monte, bajamos a un primer piso, donde quedaba el apartamentico de Wichi, en La Víbora (…) La guagua tuvo que esquivar una tendedera con calzoncillos colgados al sol antes de, luego de un viraje, detenerse en el cuarto. No tenía mucha diferencia con el mío, pero sí tenía baño. Todo estaba regado allí, con muchos libros tirados sobre la cama. ¿Un café?, preguntó, y el chofer y yo, al unísono, les dijimos que sí”. En algún momento del periplo, la guagua se topa en Miramar con otra que ha chocado contra la cerca de una embajada. Inmediatamente, los pasajeros que iban en ella aprovecharon el hueco que se hizo y corrieron a meterse.

 

Asimismo, hay historias surreales que corresponden a una realidad surreal. Un antiguo miembro del Partido Socialista Popular, acusado de microfracción de deslealtad, pasó de miembro del Comité Central a ser un simple ciudadano y tuvo que estudiar leyes para comenzar de nuevo. Entre otros casos, le tocó defender a un chino a quien se le imputaba por tenencia ilegal de divisas. El fiscal calificó su delito de contrarrevolución y pedía treinta años de cárcel. Al defenderlo, el abogado alegó que el señor fiscal no se había fijado en la fecha de los dólares. Estos carecían de otro valor que no fuese el numismático: eran una herencia dejada por el bisabuelo y databan de finales del siglo XIX. Y como aparte de la realidad, la novela se nutre de la imaginación también se cuenta el suceso de una negra vieja que camina en contra del viento huracanado y se va volando por los techos de la ciudad, agarrada a un gajo de paraíso. Mientras se remonta por el aire, va diciendo constantemente: “Paraíso santo, como tú sabes quiero subir…”.

 

Entre los otros personajes, hay figuras de la vida cultural de esos años: Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rosales, Eloy Machado “el Ambia”, José Lezama Lima. Este último recorre toda la novela, que refleja, con una mezcla realidad y ficción, sus días finales. Era su etapa de marginación y el narrador lo visitaba en su casa: “Ya son pocos los amigos que vienen a visitarme, dijo como si pronunciara un significante vacío, con tono de queja, como si estuviera a punto de un silencioso sacrificio. ¿Usted sabe, joven, a qué se debe esa ausencia de cifra cabalística y presagios oscuros? Le dio vuelta al tabaco en su boca y echó un humo que le escondió la cara (…) Aunque estoy muy lejos de estar abriendo con las uñas un pequeño hueco en la pared, me hacen invisible. Ya no espero a nadie, sin embargo insisto en que alguien como usted tenía que llegar. Cuando me han negado con furia yo he sabido esperar. Hay que saber esperar”.

 

En una novela pródiga en pasajes conmovedores y hermosamente escritos, el autor de Paradiso ocupa varias de ellas. Lo cual responde, talento aparte, a los encuentros personales y al profundo conocimiento de la obra lezamiana de Froilán Escobar. Eso nos permite, anota en el prólogo Luis Manuel García Méndez, “literalmente, escuchar a Lezama en estas páginas sin que el autor pretenda suplantar su voz, algo muy de agradecer entre tanto neolezamiano trasnochado”.

 

Hasta aquí me he referido al narrador de Tres en una taza en singular. Lo cierto es que no es así. El autor deviene protagonista y se desdobla en Yo y Tú. El primero es el que escribe la novela, el segundo el que la vive. Yo es un personaje de carne y hueso, mientras que Tú es una figuración. Ambos están enamorados de B, una mujer peregrina y cimbreante que se siente más cercana a Tú. Uno y otro son el mismo personaje, que se halla escindido por la doble existencia que le tocó vivir. Esa rivalidad trágica entre dos posibles alternativas del mismo, probablemente hará que más de un lector o lectora exclame: “Qué jodienda, coño”. En todo caso, es pertinente decir que no resulta difícil entrar en ese recurso técnico, que cobra sentido a medida que se avanza en la lectura. Y, además, siempre es saludable aquello que estimule la reflexión.

 

En Tres en una taza, Froilán Escobar pone de manifiesto su maestría narrativa, al convertir unos elementos tan numerosos y heterogéneos en un entramado coherente y compacto. Las numerosas historias se engarzan de modo orgánico, y de igual modo al permanente juego de realidad e irrealidad que es la novela, logra incorporar vivencias autobiográficas que le dan valor como testimonio generacional. Está escrita además con ritmo trepidante y con una prosa elegante y fina, que, sin embargo, no vacila en incorporar expresiones de nuestra habla popular. Acierta, pues Luis Manuel García Méndez, al expresar que más que un libro, Tres en una taza es una fiesta de la imaginación y del lenguaje.

 

Tomado de: www.cubaencuentro.com

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (II)

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (II)

El próximo 28 de octubre, este modesto sitio del ciberespacio cubiche cumple un año de vida y aquí lo estamos celebrando con la reproducción de varios textos que me he leído recientemente y que me parece son materiales que vale la pena compartir con los seguidores de esta utopía que, al fin y al cabo, es Miradas Desde Adentro. Ojalá que lo disfruten tanto como yo.

 

La utopía paralela de Iván de la Nuez

 

Por Magaly Espinosa

 

Tomás Moro jamás habría llegado a soñar que una isla utópica iba a existir algún día en la realidad.

Gerardo Mosquera

 

En el centro histórico de Barcelona, La Virreina Centro de la Imagen exhibe desde el 20 de julio y hasta el próximo 27 de octubre La utopía paralela. Ciudades soñadas en Cuba (1980-1993), curada por Iván de la Nuez con la colaboración de Atelier Morales (integrado por los arquitectos Teresa Ayuso y Juan Luis Morales).

 

Esta muestra reúne un numeroso grupo de arquitectos y algunos artistas que pensaron la ciudad desde ese espíritu de renovación que caracterizó el proyecto socialista cubano en sus primeras décadas, precisamente el período en el que crecieron y se educaron la mayoría de los participantes[1].

 

Para una comprensión eficaz, la museografía ha dispuesto ocho salas temáticas: “Ciudad Prólogo”, “Monumentos en presente”, “Una habitación en el mañana”, “Utopías instantáneas”, “Reconstruir el Malecón para romper el Muro”, “Guantánamo: última frontera de la guerra fría”, “La ciudad invisible” y “Luces de la ciudad”; organización pensada para brindar una visión compacta y a la vez extraordinariamente impactante de lo que significó ese sueño volcado en el espacio público y acotado en apenas una década.

 

El propio curador hace hincapié en que la exposición “constituye una arqueología que rescata distintos proyectos de ciudades y estrategias urbanas concebidas por la generación de arquitectos nacidos con la Revolución y que emergieron a la luz pública en la década de los ochenta del siglo pasado”.

 

En el aval de un pensador como Iván de la Nuez, ya es usual encontrar proyectos que penetran la esencia de los procesos culturales. En esta ocasión, como en algunas anteriores —Cuba, la Isla posible, Cuba y sus futuros e Iconocracia. La imagen del poder y el poder de las imágenes en la fotografía cubana contemporánea—, el ardid de reunir obras y creadores fue un pretexto para pensar la realidad cubana partiendo de una historia que se remonta, en este caso, a más de tres décadas.

 

Cuba, la Isla posible (CCCB, 1995) se acercó al teatro, la literatura, el cine y las artes visuales, aglutinando obras y pensadores de esos campos; en Cuba y sus futuros (CCCB, 2009) coincidieron un grupo de expertos de distintas áreas de las ciencias sociales; Iconocracia (CAAM, Las Palmas de Gran Canaria, 2016) se resumió en un catálogo.

 

Siguiendo esta perspectiva, si se estudia en conjunto el trabajo de Iván de la Nuez como curador y ensayista, se puede apreciar la correlación que existe entre una y otra actividad: un binomio por medio del cual texto e imagen nos ayudan a comprender, entre otras cosas, lo rico y complejo que es el concepto de utopía cuando se plantea considerando la cultura como una totalidad.

 

Este enfoque ha estado presente no solo en las muestras antes señaladas, sino también en otras de carácter internacional, como es el caso de Inundaciones (Proyecto multimedia, CCCB-Editorial Península, 1999), Parque humano. Una exposición de criaturas globales (Palau de la Virreina, 2002), Postcapital (La Virreina Centro de la Imagen, 2006), Atopía. El arte y la ciudad en el siglo XXI (CCCB, 2010) y Nunca real / Siempre verdadero (AzkunaZentroa, Bilbao, 2019).

 

Tal metodología de trabajo es uno de los modelos más definitivos entre los emprendidos por curadores cubanos, tanto los que trabajan en la Isla como los que lo hacen fuera de ella[2]. De la Nuez consigue que la cultura se exprese desde sus producciones, combinando el artefacto artístico con las vivencias y reflexiones que lo rodean, permitiendo con ello que el interesado conozca no solo de obras de arte, sino del contexto en el que germinaron y de su destino social.

 

Para postular sobre ese destino, con esa facilidad que posee para entrelazar sucesos y acontecimientos, de la Nuez combina arte con sociología, teoría política, historia, estética y antropología, situando en paralelo los pasados difíciles y complejos del presente cubano. Pensar sobre el futuro es una constante a lo largo de su obra.

 

La lógica de La utopía paralela aflora a partir de los años que comprende y, como afirma su gestor, cada uno de sus componentes concentra el significado y el sentido de su totalidad. Solo así es posible acercarse a una historia que nos devela, a su vez, la lógica bajo la que se estructuró un movimiento de arquitectos y artistas que, al igual que el movimiento de las artes plásticas que lo acompañó temporalmente, no tenía programa ni manifiestos concretos, y cuyas contingencias —a contrapelo de lo ocurrido en América Latina, en un tiempo en el que las luchas políticas eran intensas— no se caracterizaron por una lucha entre clases y sectores sociales, sino por las acciones concretas de algunos participantes que se consideraban a sí mismos como parte de la transformación social que vivía Cuba[3].

 

En este sentido, el propio Iván ha insistido sobre las particularidades del proceso cultural cubano, argumentando que era el único modelo socialista de inspiración occidental, no regido por el mercado y con ideales sólidos de transformación social; ello connotó sobremanera las iniciativas urbanas que esta muestra exhibe, acotando una experiencia que iba más allá del gesto constructivo, penetrando el terreno de una ideología ética: “En el hecho de saber que, cuando soñamos ciudades, en realidad lo que buscábamos es la posibilidad de reconstruirnos como conglomerado humano”.

 

La dimensión temporal, 1980-1993, se argumenta en las palabras finales del plegable: “Entre una y otra fuga se activa esta arquitectura crítica que, paradójicamente, solo hubiera podido existir dentro de un modelo socialista. Una utopía colectiva obsesionada por convertir la arquitectura en ciudad. Y la ciudad en ciudadanía”.

 

La utopía que lo sustenta se adhiere a la idea de lo que esta puede implicar como concepto al procurar hacer el socialismo en una isla del Caribe; por eso es tan importante comprender la implicación personal de sus participantes, porque las ilusiones no cumplidas, que caracterizan a cualquier utopía, fueron vividas como posibles para ellos.

 

La amplitud de propuestas abarcan escenarios que van desde proyectar una Casa de Cultura en el pequeño pueblo de Velasco, una serie de intervenciones urbanas para la remodelación del también poblado de Caimanera (bordeando la Base Naval de Guantánamo), la posibilidad de un crecimiento adecuado y de bajo costo para Habana Vieja y el plan de una plaza para bailes populares (el Congódromo, concebido en homenaje a Chano Pozo y situado en pleno Centro Habana), hasta la reinvención del Malecón de cara al futuro, planteándose ajustar un espacio que es frontera y al mismo tiempo apertura.

 

Reunir proyectos sobre el trabajo con espacios de valor cultural, al lado de otros más arraigados en la vida cotidiana, sirvió de base a una museografía ingeniosa, ya que transitando por cada una de las salas nos acercamos a la tremenda fuerza de un proceso creativo que implicaba una ideología que fluía en una estética urbana. Este binomio, entre otros factores, domina las paradojas del pensamiento de Iván de la Nuez; paradojas que en esta ocasión han tenido la particularidad de expresarse entre proyectos, dibujos, collages, maquetas y animaciones.

 

Es de agradecer el trabajo de pesquisa “detectivesca” de curadores y colaboradores para localizar proyectos, dibujos y documentación original, tanto en La Habana como en varias ciudades del mundo, al que se unió la gestión decisiva, con enfoque patrimonial, realizada por el equipo de La Virreina Centro de la Imagen para que se pudieran apreciar estas obras con la calidad debida.

 

La exposición ha devenido también encuentro social de altos quilates, que hizo coincidir en Barcelona a los participantes que vivieron y crearon esas utopías, y que la vida dispersó más allá del paisaje insular. El maestro Gilberto Seguí se acompañó de varios de sus discípulos, compañeros de trabajo y amigos como Teresa Ayuso, Daniel Bejerano, Rosendo Mesías, Juan Luis Morales y Rolando Paciel, quienes se movían entre el público intercambiando con la misma afabilidad de aquellos días de hace tres décadas, como si la distancia de los años no tuviera más significado que el de contar anécdotas.

 

Valga esta muestra, además de lo que significa como evento artístico, por este espacio que le dio vida a la utopía, convirtiendo la memoria en acontecimiento y a los sueños en la posibilidad tangible de su concreción, y dándole a esa ciudad mágica que es La Habana el poder para adueñarse de una parcela de Barcelona.

 

Demos las gracias a Iván de la Nuez, una vez más, por su enorme contribución para pensar el arte como cultura, la cultura como sociedad y el presente como futuro.

 

Estas palabras en Hypermedia Magazine son solo el preludio de una intención, mi deseo de que la presente muestra nos regale en algún momento un catálogo, con las reflexiones de inspiración marxista que despiertan el ánimo de hacer espacio ciudadano. Porque aún habría que desbrozar el camino de cómo el “Hombre Nuevo” tuvo en sus manos la posibilidad de perfilar un “Mundo Nuevo” en su mismo tiempo histórico.

 

Notas:

 

[1] En la exposición están representados Ramón E. Alonso, Teresa Ayuso, Nury Bacallao, Juan Blanco, Francisco Bedoya, Daniel Bejerano, Inés Benítez, Walter Betancourt, Emilio Castro, Felicia Chateloin, Orestes del Castillo, Mario Durán, Adrián Fernández, José Fernández, Rafael Fornés, Maria Eugenia Fornés, Vittorio Garatti, Eduardo Rubén García, Óscar García, Universo Francisco García, Florencio Gelabert, Roberto Gottardi, Hedel Góngora, Alejandro González, Juan-Si González, Gilberto Gutiérrez, Héctor Laguna, Lourdes León, Julio Le Parc, Teresa Luis, Jorge Luis Marrero, Rosendo Mesías, Juan Luis Morales, Huber Moreno, Rolando Paciel, Ricardo Porro, Enrique Pupo, Ricardo Reboredo, Carlos Ríos, Patricia Rodríguez, Abel Rodríguez, Alfredo Ros, Gilberto Seguí, Regis Soler, Antonio Eligio Tonel y Eliseo Valdés.

[2] Diversos comisarios y críticos cubanos se han acercado al tema de la utopía a través de publicaciones y exposiciones, entre ellos se puede destacar a Gerardo Mosquera, Antonio Eligio Tonel y Eugenio Valdés. En el plano internacional, valga señalar los textos y ensayos de Rachel Weiss, Luis Camnitzer y Kevin Power.

[3] “Entre el 25 de octubre del 2012 y el 11 de marzo del 2013, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España, se presentó la exposición Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años 80 en América […] se encontraba entre las piezas un documental cuyo título era El canto del cisne, realizado por el artista cubano Glexis Novoa. Ella se centraba en el arte de esos años en Cuba, al que se le denominó, por su riqueza y los cambios formales y de contenido, como un Renacimiento del Arte Cubano […] diferente de lo que se mostraba en la exposición, como sucesos ocurridos en el resto del continente en esos años, pues no se trataba de luchas callejeras o enfrentamientos policiales, era una lucha con otra tenacidad, nacida de artistas que en cierta medida se consideraban parte del proceso”.

 

Tomado de Hypermedia Magazine.

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (I)

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (I)

El próximo 28 de octubre, este modesto sitio del ciberespacio cubiche cumple un año de vida y aquí lo estamos celebrando con la reproducción de varios textos que me he leído recientemente y que me parece son materiales que vale la pena compartir con los seguidores de esta utopía que, al fin y al cabo, es Miradas Desde Adentro. Ojalá que lo disfruten tanto como yo.

 

La bailarina cubana Alicia Alonso y su último Giselle

Por Juan Orlando Pérez

La noche del 2 de noviembre de 1993 en el Gran Teatro de La Habana había una atmósfera de enorme tensión y desasosiego. Una multitud bien dispuesta y pintiparada había desbordado la platea y los balcones, y había ascendido hasta lo más alto, asomándose por el borde del gallinero y rozando con la cabeza el estucado del techo. Hasta espectadores habituales del teatro habían sido desplazados de sus lugares y se les veía entonces acompañados lo mejor posible en rincones bien molestos para el buen gusto. Ni siquiera la claque de balletómanos empedernidos había evitado ser relegada a puestos de malos aficionados. Todos haciendo severos pronósticos sobre lo que ocurriría en aquella función.

Alicia Alonso iba a bailar el pas de deux del segundo acto de Giselle, cincuenta años después de haber debutado en ese papel. Todo el mundo había dejado escapar un suspiro al oír esa noticia. Verdaderamente, es algo insólito que una bailarina pueda asistir al cincuentenario de su consagración estando todavía en activo, y aún mas que pueda enfrentar un personaje riguroso. Por lo tanto, los presagios sobre lo que ocurriría en la gala del homenaje no eran halagüeños. Los más optimistas esperaban que Alicia estuviera digna y que no se empañara demasiado la reputación de la gran artista. Los menos condescendientes habían pronosticado un desastre y tenían algún motivo para hablar así. Las temporadas de los años 92 y 93 habían sido regulares. El ballet languidecía tristemente y solo alguna figura extranjera, de paso fugaz por los festivales reavivaba la emoción de los aburridos espectadores. Las grandes bailarinas cubanas habían visto terminar sus mejores años y su lugar, por entonces, era acaparado en estricto monopolio por Rosario Suárez, Charín, cuyos trepidantes dúos con Lienz Chang se anunciaban por toda la ciudad, colmaban de público el teatro y levantaban en el aire a los fans en plena gritería. Poco después, Charín abandonó la compañía y sus fans quedaron mudos como una tapia. De repente, el público se había quedado sin estrellas a las que adorar y salvo alguna faena ocasional y sorpresiva, las funciones no pasaban de aceptables. En cuanto a Alicia, los escépticos no se ocultaban para manifestar su oposición a que continuara bailando. Después de haberla visto protagonizando Dido abandonada, Cleopatra eterna y otras piezas en que su esfuerzo físico era notable, muchos en La Habana consideraban que debía retirarse y culminar con honor una de las carreras más gloriosas del ballet. Solo unos pocos comprendían que Alicia siente por su oficio una pasión tan arrebatadora que se ha dispuesto a desafiar los pudores y cortapisas de la gloria. Por seguir bailando aunque sea pasajes mínimos y sin posibilidad de destaque, ha puesto sistemáticamente en juego su enorme prestigio. Probablemente ella piense que nada puede hacer ya que destruya el recuerdo de su prodigiosa y larga juventud en la memoria de los amantes del ballet. Tiene razón. Pero los jóvenes que van al ballet desde hace poco jamás la vieron en sus días de esplendor. No la vieron cuando Alejo Carpentier decía que Alicia dejaba de ser una persona para convertirse en una verdad. Ni cuando Lezama, viéndola bailar a los pies del Castillo de la Fuerza, creía que todos los hechizos sombríos habían sido vencidos. La mayoría solo ha visto por televisión el video de la función memorable en la que Alicia bailó Giselle con Vassiliev, y el de Carmen. Por el 93 muchos culpaban a Alicia de deteriorar su propia reputación, considerada patrimonio nacional.

Es bueno aclarar que esas opiniones eran francamente exageradas desde el punto de vista de un observador imparcial. Sucede que el público del ballet es un tanto especial, y si no se le ofrece un espectáculo a la altura de los de la época clásica del teatro imperial de San Petersburgo o de los tiempos de Diaghilev en París, se siente estafado y cree que lo que ha visto es un desastre. Curiosamente es el público más fiel. En el Gran Teatro de La Habana, en las funciones del domingo a media tarde, es posible encontrar personas que vieron nacer el Ballet Nacional en 1948, cuando se llamaba Ballet Alicia Alonso. Algunos estaban en el teatro la noche tremenda cuando Alicia bailó Carmen por primera vez. Han visto El lago muchas veces, tal vez más de cien, interpretado por bailarines de estilos y temperamentos muy diferentes. Pueden por eso comparar las nuevas figuras con las de antes, que son siempre las que salen ganando. Muchos miran con desdén a los jóvenes balletómanos que no han visto nada. Estos últimos, por su parte, manifiestan las adhesiones más furibundas y los desprecios más rotundos. Ahora adoran a Lorna Feijóo, como antes a Charín, aunque algunos, para no dar el brazo a torcer, digan que le preocupa más encantar al público con su poderío físico que con su interpretación integral. Pero cuando Lorna hace su ronda de fouettés en el tercer acto de El lago, o en un arabesque despampanante, no les queda más remedio que reconocer ante los amigos que estuvo divina. En propiedad, el público del ballet es muy heterogéneo. Se puede encontrar tanto artistas y escritores que están en el bombo como estudiantillos que acuden a su iniciación. También oficinistas, secretarias, bohemios, desocupados y turistas bien acompañados. Van vestidos de traje y corbata o de la manera más informal, aunque la administración ha puesto recientemente un cartel prohibiendo pasar en short. En suma, un conjunto pintoresco, emotivo y hasta pasional.

Esa multitud era la que esperaba aquella noche de noviembre del 93 que Alicia Alonso bailara otra vez el pas de deux del segundo acto de Giselle, pieza con la que encontró la gloria cuando pertenecía al American Ballet Theatre, pero aún no era una primera figura. La gran Alicia Markova debía interpretar Giselle pero enfermó repentinamente cuando ya el teatro había sido completamente vendido. Los directivos del Ballet Theatre preguntaron a las bailarinas jóvenes si alguna de ellas se atrevería a sustituir a Markova. A Alicia dudaron en preguntarle porque recién había sido operada en los ojos, pero fue precisamente ella la que se mostró dispuesta a hacer Giselle ante un público que esperaba a otra. Lo que ocurrió esa noche de 1943 parece haber sido excepcional puesto que los cronistas apenas saben describirlo. La más arrolladora y compensadora noche de triunfo, dijo Antón Dolin, el partenaire. Los pies de Alicia terminaron ensangrentados por el esfuerzo hecho en tan poco tiempo y se cuenta que, al finalizar la función, irrumpió en el camerino George Schaffe, un famoso coleccionista de objetos históricos del ballet, y arrancó la zapatilla de los pies de Alicia mientras daba gritos de «¡Para la historia! ¡Para la historia!» Esa historia estaba siendo desafiada medio siglo después «por pura obstinación», según la mayoría de las opiniones.

Fue una larga función. Hubo varias piezas en el programa, entre ellas un apreciable Grand pas de quatre, al que pocos prestaron atención. Todos estaban concentrados en el momento final, cuando Alicia saldría a escena y pudiera ocurrir una catástrofe no personal, de prestigio, sino cultural. El ballet en Cuba no es, como pudiera pensar un extraño solo una pieza de vitrina que se muestra como uno de nuestros logros. Da a nuestra cultura un secreto regocijo, el de lo cubano que se cuela en el salón clásico, que penetra en extrañas edades de oro a las que no ha sido invitado y baila en ellas desaforadamente en el centro del círculo de asombro. El Ballet Nacional y la obra de Alicia Alonso significa la tradición central de la cultura europea tomando formas perfectas en la plenitud cubana. Eso estaba en peligro si Alicia Alonso no hubiera cumplido aquella noche uno de los pocos milagros a los que asistiremos en la vida.

Ella lo hizo. Nadie que la haya visto podrá olvidar nunca su levedad y su pureza. Un suave trazo blanco atravesaba el aire, recogiéndose en puntos de grave y honda densidad, o difuminándose en ligeras y frágiles prolongaciones. Habitó durante un instante en una zona intermedia entre la muerte y la naturaleza superior, donde el cuerpo pierde el arbitrio de sus extensiones y adopta en cambio la fijeza de una hermosura inmortal. Tal vez, mientras bailaba, Alicia Alonso nos dijo algo que no podemos comprender en otro lenguaje que el suyo. Ella debe haber sentido una interrupción en la linealidad del tiempo, un instante abierto entre las sucesiones, por donde se cuela desde otra escala el fragor de la transfiguración de lo humano en la sustancia original. El pas de deux terminó y el teatro se vino abajo. Sobre Alicia llovieron pétalos de rosas, detalle un tanto kitsch, pero que llevó al paroxismo al respetable.

Alicia Alonso tal vez no bailara más. Ya en el último festival no lo hizo. Pero ahora no importa. Es la artista más grande de Cuba, y la compañía que creó, una de las instituciones fundamentales de la cultura de este país. Aunque uno no vaya al Gran Teatro de La Habana, es tranquilizador saber que allí siguen bailando Giselle y El lago. Mientras eso ocurra, de alguna manera, todos nosotros estaremos a salvo.

 

 

 

Este texto fue originalmente publicado en la revista Alma Máter.

Premio Gabo 2019 para Mónica Baró

Premio Gabo 2019 para Mónica Baró

La historia de un barrio habanero que descubre en 2006 que se encuentra expuesto al plomo y emprende una lucha por ponerse a salvo que perdura hasta hoy es el núcleo de La sangre nunca fue amarilla, trabajo investigativo llevado a cabo por la colega Mónica Baró Sánchez para la revista digital Periodismo de Barrio y que le ha permitido obtener el Premio Gabo 2019 en la categoría de texto.

Para los que como yo creemos en el periodismo así sin apellidos, es decir, que no compartimos las segmentaciones entre periodismo oficial, independiente, revolucionario, contrarrevolucionario…, un galardón como el concedido a nuestra compatriota nos llena de regocijo. El hecho de que una colega, por demás joven,  se haya alzado con el Premio Gabo 2019 debió ser noticia de primera plana en los medios cubanos, pero lamentablemente no ha sido así. No importa el silencio circunstancial. Lo cierto es que  el día futuro en que se realice un compendio de periodismo investigativo en Cuba, este texto de Mónica Baró Sánchez de seguro estará entre los materiales seleccionados en virtud de la excelencia del trabajo. Por ello, aunque sea largo, recomiendo a los lectores de Miradas Desde Adentro leer de principio a fin la propuesta de esta chica, graduada de Periodismo en 2012 y que ya ha sido reportera de revistas como Bohemia, Periodismo de Barrio y El estornudo, publicación para la que en la actualidad escribe.

La sangre nunca fue amarilla

Por Mónica Baró

Los pollos no marchan. No se supone que lo hagan. Si un pollo marcha, o camina con las patas estiradas y tiesas, es porque algo anda mal con ese pollo.

En La Habana, sin embargo, existe un lugar donde la gente estuvo observando a los pollos marchar por más de cuarenta años.

Yanet Cáceres vivió en ese lugar, desde 1997 hasta diciembre de 2013, junto a su esposo Geovanny Montenegro y su hija Rachel Romiño. Ella fue una de las que tuvieron pollos en el patio de su casa y los observó marchar hasta caerse muertos.

—Tú los tirabas en el piso y al mes ya estaban así: con las patas rígidas y marchando. Se ponían tiesos… Se morían.

A los que aparecían muertos no se los comían. Quienes crían animales saben que los que aparecen muertos no se deben destinar al consumo, porque si murieron pudo haber sido por causa de alguna enfermedad que tal vez afecte su carne.

Hubo algunos que, una vez degollados, desplumados y despellejados sobre la meseta de la cocina, la espantaron de tal manera que no creyó que fuera buena idea ingerirlos. Mostraban un aspecto muy desagradable: malformaciones en los huesos, las coyunturas desgastadas, tejidos morados.

—Se veían como cuando tienes artrosis en los dedos, como yo, por ejemplo, que tengo los dedos de las manos con callosidades.

Las gallinas, además, malograban los huevos. Lo que expulsaban era una flema. La cáscara jamás se formaba.

Pero no solo con los pollos había algo que andaba mal.

—Ahí no había un perro que durara más de cuatro años. Se volvían locos. Convulsionaban, echaban espuma por la boca. Cachorros más todavía. Yo no sé si es porque los perros están constantemente olfateando el piso… Los que más duraban eran los gatos. Los gatos sí duraban.

Unos cinco o seis perros calcula Yanet que se le murieron en aquellas condiciones, antes de que ella decidiera no adoptar a más ninguno.

Alberto Manzanero e Hilda Brito, sus suegros, no lo tuvieron fácil para criar cerdos. Si querían que sobrevivieran y se desarrollaran, debían mantenerlos en un corral de cemento.

—¿Te acuerdas de la puerca que parió y tuvo contacto con la tierra? –pregunta Alberto a Hilda–. No quedó un puerco de aquellos. Empezaron a coger diarrea, se iban de lado… Salvamos dos o tres y al final nos los robaron.

Hilda recuerda a las vacas de su infancia, allá por los años sesenta. Tres vacas tuvieron y tres vacas murieron convulsionando. Ninguna duró más de dos meses.

En esa época, la fundición de plomo de su padre todavía funcionaba. Cerró en 1968. La cerraron. Y ella sospechaba que la tierra había quedado envenenada, que por eso los pollos se ponían a marchar, porque comían con el pico directamente de esa tierra.

Lo que nunca sospechó fue que también los humanos podían envenenarse. No supo que eso era posible hasta finales de 2006, cuando un día preguntó a su vecina Milvia González por sus nietos y Milvia le respondió que estaban ingresados. “Ingresados por el plomo”, le precisó.

—Y yo me quedé: “¿Por el plomo? ¿Cómo que por el plomo?”.

***

Cuando Jacinto Beato vino a vivir a San Miguel del Padrón a los seis años, ya al final de la calle Villalobo, justo en la cima de una cantera de piedra blanca, en los márgenes del río Luyanó, existía una fundición de plomo que pertenecía a un señor de apellido Balán. En los alrededores apenas había viviendas. No llegarían ni a diez. La madre de Jacinto compró un cuarto de tablas con un excusado externo, o más bien un terreno para construir la casa adonde se mudaría su familia.

Eso fue en el año 1953.

La fundición de Balán estaba ubicada a unos veinte metros del sitio donde Jacinto viviría y se interpretaba como un símbolo de prosperidad. Todas las semanas entraban y salían vehículos cargados con materia prima o lingotes de plomo. Se decía que sus obreros eran gente afortunada.

Arturo Brito era uno de esos obreros. Hasta que un día decidió independizarse, convertirse en su propio jefe, y en el patio de su casa instaló una fundición, al pie de la cantera donde se hallaba la otra. Un negocio modesto, aunque suficientemente atractivo y prometedor como para convencer a varios parientes suyos y de su esposa Onelia Serpa de dejar atrás sus vidas en otras provincias del país, emigrar a la capital, adquirir una parcela en la desolada Villalobo y ponerse a trabajar en la producción de plomo a partir del reciclaje de baterías.

Elio Serpa, un sobrino de Onelia, fue de los primeros en venir. Llegó de Las Villas en 1958, solo y con 14 años. Trabajó como palero durante tres meses –echando las rejillas de plomo a fundir– y volvió a Las Villas para traer consigo a su padre, madre y cinco hermanos.

En 1962 llegaron Sergio y Narcisa, recién casados y con un hijo en camino, que a los pocos meses nacería muerto. Arturo, que era hermano de Sergio, había ido a buscarlos a Matanzas y les había propuesto sumarse al floreciente negocio.

El horno se encendía a medianoche. Antes del amanecer, se apagaba.

—Por el humo, el calor y la peste –explica Elio.

Eso ocurría tres veces a la semana. Se necesitaba un día para que se enfriara el horno y otro más para restaurarlo con barro, antes de volver a encenderlo.

La fundición comenzó a crecer. La materia prima nunca faltaba, cada lunes se traía un cargamento de unas diez toneladas, y producían lingotes de 45 libras. Tampoco faltaban los clientes. Las funerarias siempre demandaban plomo para hacer los crucifijos y agarraderas de los ataúdes. También, en enero de 1967, se firmó un contrato con la Empresa Distribuidora de Útiles Domésticos del Ministerio de Comercio Interior, que se comprometió a comprar por seis meses toda su producción.

Para entonces, ya la industria de Balán había cerrado y Arturo había sacado la suya del patio de su casa para reubicarla a unos diez metros de distancia, en un extremo de la urbanización. En un punto donde el humo molestaba menos a los residentes, porque la chimenea daba a una zona boscosa y quedaban más cercanas las aguas del río, que a veces servían de vertedero para las impurezas que le retiraban con una espumadera al plomo hirviente. Hasta 1968, permanecería en ese mismo punto.

El 13 de marzo de 1968, en la escalinata de la Universidad de La Habana, el Comandante Fidel Castro anunció que había llegado el momento de “emprender a fondo una poderosa ofensiva revolucionaria”.

No aclaró en ese discurso en qué consistiría concretamente dicha ofensiva, la expresión solo la utilizó una vez y casi al final, pero sí había advertido antes: “no tendrán porvenir en este país ni el comercio ni el trabajo por cuenta propia ni la industria privada ni nada”.

Al día siguiente, el periódico Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, convirtió la cita sobre la ofensiva revolucionaria en un titular de primera plana, y en el resto del mes se encargó de explicar de qué iba aquello. No hubo una edición que no tuviera noticias, reportajes, ilustraciones o comentarios al respecto.

La cobertura fue tan intensa como parcializada. Para abril era improbable que a algún lector de Granma le quedaran dudas de que la ofensiva revolucionaria no era un simple eslogan en medio de la propaganda oficial, sino el nombre con el cual había sido bautizada una de las medidas más radicales y osadas que implementara el gobierno revolucionario hasta esa fecha: la expropiación, en muchos casos forzosa, de todos los negocios privados de Cuba, de sus locales, ganancias, mercancías, de todo lo que tuviera algún valor.

El 29 de marzo ya en el país se habían expropiado 55 636 comercios, entre ellos 682 industrias de metales, 98 de las cuales se encontraban en La Habana.

Hilda no olvida la noche que llegaron, sin avisar, a tumbar con ímpetu la fundición de su padre.

—Fue una destrucción… Lo que servía se lo llevaron y lo que no, lo tiraron por el barranco, para el arroyo. Pero la materia prima se quedó ahí, tirada en el suelo.

Según los cálculos de Elio, unas tres o cuatro toneladas de rejillas de baterías, contando el peso de la tierra que hay entre una y otra, quedaron esparcidas en la zona. Y quedaron igualmente los cimientos del local donde se fundía el plomo, el horno frío, instrumentos de trabajo, carbón, residuos.

Hilda, que había nacido y crecido en la zona, ya en ese momento había perdido todos sus dientes y masticaba con una dentadura postiza. Aún no había cumplido quince años. Nadie en su familia ni en el barrio sabía que ese era el tipo de cosas que podía provocar el plomo. Porque nadie sabía, en primer lugar, que el mayor peligro en una fundición de plomo no era exactamente quemarse con el horno.

***

Jacinto Beato: Año 71. El niño estaba bien, bien, bien, sin ningún problema de salud. Y de buenas a primeras, el niño se enfermó. Aparentemente por un catarro. Eso fue un jueves, y el domingo, falleció. El domingo empezó a convulsionar en La Balear (Hospital Pediátrico de San Miguel), en el momento que lo trasladaron para el William Soler por una fiebre muy alta, ya había tenido hundimiento en los parietales, el frontal se le hundió, y ya en el William, a las cinco y cuarto de la mañana, el niño falleció. A los siete meses y dos días. Ya mi esposa había tenido dos abortos. Uno como con cuatro meses de embarazo, que hubo que correr con ella, y otro, de una hembra, con casi siete meses. Después de eso es que nace el primer niño, el que falleció, y después nació otro, que con un mes de nacido hubo que correr bastante con él para los hospitales, porque eran diarreas y fiebre. El chiquito hizo, como se dice, un dengue, pero logramos salvarlo.

***

Junto con el oro, la plata, el cobre, el hierro, el estaño y el mercurio, el plomo conforma los siete metales de la antigüedad. En la alquimia, se simbolizaba con Saturno; por eso luego se denominaría saturnismo al envenenamiento que causa cuando se absorbe en grandes dosis. De acuerdo con los científicos estadounidenses Herbert Needleman y David Bellinger, especialistas en el tema, “el plomo es el veneno más conocido y mejor estudiado”.

En 1892, los médicos John Lockhart Gibson y Jefferis Turner reportaron en el Congreso Médico Australiano diez casos de envenenamiento por plomo en niños, atendidos en la ciudad de Brisbane. Al principio, hubo quienes no les tomaron en serio. Hasta ese momento se pensaba que el plomo solo afectaba a adultos que trabajaban en minas o fundiciones. Gibson y Turner, para colmo, no precisaban cómo los niños se habían envenenado.

Más de una década después, en 1904, Gibson descubrió la fuente: carbonato de plomo en la pintura doméstica. Que no suponía un grave inconveniente en las paredes, siempre y cuando no comenzara a cuartearse, desprenderse en pedazos y volverse polvo.

Los niños que se comían las uñas y se chupaban el pulgar resultaron ser los principales afectados. También, aquellos que, atraídos por el sabor dulce del plomo, comían entusiastamente trocitos de pintura. Entre 1891 y 1908, Gibson y Turner llegaron a detectar 262 casos de envenenamiento infantil con pintura a base de plomo, solo en Brisbane.

Los hallazgos científicos de los australianos hicieron avanzar las investigaciones al respecto y contribuyeron a la implementación de regulaciones para el uso de plomo en la fabricación de pintura. Sin embargo, no bastarían para impedir que, en 1923, Estados Unidos iniciara la comercialización de un producto más peligroso incluso que la pintura plomada: la gasolina elaborada con tetraetilo de plomo.

La idea se le había ocurrido en diciembre de 1921 a Thomas Midgley, un ingeniero estadounidense contratado por el laboratorio de investigaciones de la General Motors, que desde hacía seis años buscaba un aditivo para la gasolina que optimizara el funcionamiento de los motores de los automóviles. Y aunque ya se había descubierto que el alcohol podía ser ese aditivo, en términos de rentabilidad, no competía con el tetraetilo de plomo.

Quienes se encargaron de patentar, producir y comercializar a gran escala el tetraetilo de plomo como antidetonante en la gasolina fueron General Motors y Standard Oil de New Jersey. Ambas corporaciones asociaron sus capitales y fundaron la Ethyl Gasoline.

En 1924, ya habían abierto la primera planta, y al mes de abrirla, ya habían muerto quince trabajadores de intoxicación por plomo y otros tantos se hallaban gravemente enfermos. Sin embargo, este incidente no afectaría el matrimonio entre las industrias automovilística y petrolera.

Para 1970, el consumo de gasolina plomada en Estados Unidos superaba las 270 000 toneladas y, a nivel mundial, las 375 000. Hasta 1973 no empezaría un proceso significativo de eliminación del combustible a base de plomo del mercado estadounidense, que culminaría con su prohibición oficial en 1996.

En otros países no sería muy distinto. Hasta mediados de los noventa no se registrarían cambios notorios en este sentido. En Cuba no se prohibiría hasta finales de 2005, según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

Ya en 1964, en la Isla existían al menos ocho estudios que reportaban casos pediátricos de saturnismo; según un texto titulado “Hiperaminoaciduria en la intoxicación por el plomo”, publicado en octubre de ese año en la Revista Cubana de Pediatría. Desde 1967, además, se utilizaban como referentes normas soviéticas para controlar la exposición ocupacional. Pero, en general, pasaba lo mismo que pasaba en el resto del mundo en esa época: la exposición ambiental al plomo no constituía una prioridad del gobierno.

Las políticas, normas y regulaciones que protegieran a la población tardarían décadas en aparecer. En 2015, atendiendo a un reporte del PNUMA, Cuba establecía el límite de componentes de plomo en la pintura en 20 000 partículas por millón (ppm), uno de los más altos de los países del mundo que establecen límites numéricos, pues muy pocos admiten hoy concentraciones de plomo en la pintura superiores a las 600 ppm; aunque el límite recomendado por el PNUMA es 90 ppm.

Todavía, en 2019, falta bastante por hacer.

***

Los nietos de Milvia no eran solo dos hermanos que se llevaban mal. Los hermanos pueden llevarse mal, pero existen límites. Los nietos de Milvia vivían del otro lado de los límites. Inquietaron tanto a sus padres, que terminaron llevándolos al psiquiatra.

Una tía, Sunia Baró, dice que sus sobrinos, de 7 y 5 años en aquel entonces, eran “insoportables”, que “se alteraban mucho”. Los vecinos, por su parte, los recuerdan como niños agresivos, intranquilos, aunque reconocen que en la zona no eran los únicos con esas características.

Los padres, que actualmente residen fuera de Cuba, no concedieron entrevistas, porque lo que pasaron les resultó “muy doloroso” y no quisieran “revivirlo”. Solo confirmaron las versiones ofrecidas por otras personas.

Cuando empezaron a atenderles en el Hospital Pediátrico de Centro Habana y les pusieron tratamiento, los niños progresaron. Al menos les iba mejor en la escuela y estaban más calmados, aunque nadie conseguía entender por qué se habían vuelto tan irascibles en primer lugar.

Las luces en torno al asunto comenzaron a surgir cuando vieron un programa de televisión estadounidense que contaba de un caso de exposición al plomo y de sus efectos perjudiciales. Ahí, más que una respuesta, surgieron preguntas.

¿Podían sus hijos estar envenenados? ¿Sería el plomo la causa, la explicación, de sus problemas de comportamiento? ¿Cómo descubrirlo?

Enseguida le contaron al psiquiatra sus preocupaciones y, desde el hospital, gestionaron unos análisis para averiguar si lo que padecían sus hijos, más que trastornos psiquiátricos, era envenenamiento.

Tras varios meses de espera, los resultados confirmaron las sospechas. Ambos niños presentaban niveles de concentración de plomo en sangre que superaban los 30 mcg/dl (microgramos por decilitro): tres veces superiores al nivel a partir del cual la Norma Oficial Mexicana (NOM-199-SSA1-2000) recomienda intervención médica en menores de 15 años. Y aunque dicha norma se encuentra un poco desactualizada, es la que las autoridades sanitarias de Cuba emplean como referente.

Adriano y Bryan, hijos de Ariel Baró y Yanmaris Rondón, fueron los dos primeros niños de Villalobo hospitalizados por exposición al plomo en el Hospital Pediátrico de Centro Habana, a finales de 2006.

Muy pocos vecinos se enterarían de ese diagnóstico. Pasarían más de tres años antes de que la mayoría de los niños del barrio fuera hospitalizada por la misma causa, en el Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez.

***

Sunia Baró: Nosotros fuimos a vivir para ahí cuando yo tenía dos años de edad. Éramos cinco hermanos. Yo soy la más chiquita. Mis dos hermanas se fueron para Estados Unidos. Ariel se fue hace dos años nada más. Pero ahí nacieron mis sobrinas, los niños de mi hermano, y el niño de mi tío René, que vivía en una casita en el patio, al final de la casa, y bueno, su niño nació aparentemente normal, pero no recuerdo a cuántos meses le dieron unas convulsiones y se quedó muertecito como un vegetal. Era un bebé sano, hasta que le dieron esas convulsiones. El plomo afectaba a los niños de diferentes formas. Por ejemplo, los niños de mi hermano eran insoportables. Una dice que eran insoportables pero el médico que los atendió les puso hasta tratamiento psiquiátrico. El niño mío lo que tenía era mucha pérdida de memoria. Un niño chiquito y se le olvidaba todo. En ese momento tenía más o menos ocho, nueve, diez años, no más. Todo se le olvidaba. Él no se acordaba ni de qué había comido en el mismo día o el día anterior. Se le olvidaba dónde dejaba los juguetes. Había veces que tenía el juguete enganchado en el cuello y él lo estaba buscando y no lo encontraba. Y le dolían mucho las articulaciones. Se quejaba de mucho dolor en los huesos. A mí de niña siempre se me cayó el pelo. Actualmente, se me cae el pelo a chorros, pero de niña, yo no entendía por qué a mí siempre se me caía el pelo. Pero siempre supimos que ahí había plomo, lo que no sabíamos lo grave que era. Si cuando niños nosotros jugábamos con las rejillitas: las derretíamos en un jarrito, abríamos un huequito en la tierra con cualquier forma, echábamos el plomo caliente y cuando se enfriaba sacábamos un muñequito. Tú excavabas un poco la tierra y salían las rejillas por montones. Había muchas que estaban a flor de suelo. En el río yo no recuerdo haberme bañado, pero sí jugábamos metiendo los pies. Hubo un tiempo en que la gente del barrio cogió eso como una poceta. Venía gente de todas partes a bañarse en el río.

***

La posición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) es clara: “no existe un nivel de exposición al plomo que pueda considerarse seguro”. Para nadie.

La cantidad exacta de plomo que requiere el organismo humano para el óptimo desarrollo de sus procesos bioquímicos es cero. A diferencia de elementos como el calcio, el cobre, el fósforo o el hierro, el plomo no es necesario para ninguna función fisiológica conocida.

Una vez que es inhalado o ingerido pasa a la sangre y se aloja en los tejidos blandos (riñones, hígado, cerebro, corazón, pulmones) y en los óseos. Ataca los sistemas nerviosos central y periférico, el renal, el reproductivo, el hematopoyético, el gastrointestinal, el cardiovascular, el inmunológico.

En la sangre, el plomo puede permanecer entre 20 y 40 días, mientras que en los huesos, entre 50 y 60 años. Es en los huesos donde se acumula la mayor carga de plomo. En el caso de los adultos: más del 90 %; en el de los niños: más del 70 %.

El plomo es similar a varios elementos que demandan los huesos, como el calcio y el flúor, por tanto, el cuerpo lo confunde y lo distribuye como si fuera un elemento que de veras necesita, sobre todo si existe un déficit nutricional.

El que se acumula en los tejidos óseos no se queda metabólicamente inactivo durante tanto tiempo, sino que tiende a movilizarse otra vez a la sangre y a los órganos. Eso significa que el esqueleto puede funcionar como una fuente endógena de exposición al plomo, en especial, ante determinados eventos fisiológicos y patológicos: embarazo, lactancia, osteoporosis, envejecimiento.

El feto que se forma en el útero de una embarazada necesita, entre tantas cosas, calcio. Entonces, si la embarazada acumula plomo en sus huesos, su organismo suministrará plomo al feto cuando este demande calcio, pues atraviesa la barrera placentaria. Los riesgos de esta exposición intrauterina son varios. Incluyen malformaciones, partos prematuros y hasta abortos.

La eliminación natural del plomo es un proceso lento. Mayormente, el que no es absorbido se defeca, y el que se absorbe se orina. Además, en menor medida, se excreta por el cabello, el sudor, los dientes, la leche materna.

Cuando ocurre exposición aguda, ese proceso debe ser asistido con un tratamiento quelante, que remueva el metal a los tejidos y acelere la excreción urinaria. Se administra por vía oral, intramuscular o intravenosa. Sin embargo, ningún tratamiento evitará las secuelas negativas.

En 2016, la exposición al plomo, tanto ambiental como ocupacional, provocó en el mundo más de 540 000 muertes; según los cálculos más recientes del Instituto para la Métrica y Evaluación Sanitaria.

Un estudio publicado en marzo de 2018 en la revista Lancet Public Health reveló que en Estados Unidos cada año mueren alrededor de 400 000 adultos por afecciones, en su mayoría cardiovasculares, asociadas a niveles de plomo en sangre inferiores a 5 mcg/dl (si se siguen las indicaciones de la norma mexicana, las acciones de protección de las personas adultas no deberían comenzar hasta que los resultados de sus análisis no superen los 25 mcg/dl).

Los niños, principalmente los menores de seis años, son la población más vulnerable a los efectos tóxicos del plomo. En su contra tienen las características biológicas y psicológicas de esta etapa de la vida.

No solo comen más alimentos, beben más agua y respiran más aire por unidad de peso corporal que los adultos. También absorben mayores proporciones del veneno. Mientras que los adultos solo absorben entre un 10 % y 15 % del plomo que ingieren, los niños pueden absorber hasta un 50 %.

El típico hábito de llevarse juguetes y otros objetos a la boca es otro de los factores que incrementan los riesgos de exposición. Se calcula que, en un día, los niños ingieren 100 mg de tierra y polvo.

Pero es su frágil cerebro, en desarrollo, crecimiento y diferenciación, el órgano que más suele sufrir el impacto del plomo. La interferencia del metal en disímiles procesos neurológicos daña las funciones cognitivas y puede provocar desde dificultades en el habla y agresividad hasta disminución del coeficiente intelectual y retraso mental.

En 1943, el pediatra y neurólogo estadounidense Randolph Byers demostró que el descenso de los niveles de plomo en sangre, en pacientes diagnosticados con saturnismo, no debe entenderse como una cura definitiva, pues los efectos tóxicos de la exposición en edades tempranas son irreparables y se expresarán a lo largo de la vida.

La OMS, en Envenenamiento infantil por plomo, un compendio científico publicado en 2010, refiere que la exposición al plomo en edades tempranas se ha asociado en distintas investigaciones con el incremento de las tasas de hiperactividad, dificultades para concentrarse, fracaso escolar, trastornos de conducta, delincuencia juvenil, consumo de drogas y encarcelamientos.

Si bien en las décadas de los sesenta y los setenta del pasado siglo se aceptaba un nivel de hasta 60 mcg/dl en la población infantil, con el auge de los estudios epidemiológicos ese umbral se ha ido reduciendo drásticamente. Desde comienzos del siglo XXI existe evidencia científica que relaciona niveles inferiores a 10 mcg/dl con disminución del coeficiente intelectual en niños de entre 1 y 5 años.

En 2012, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos determinaron que no era prudente continuar utilizando el término “nivel de preocupación”, que habían delimitado para los niños en 10 mcg/dl, a la hora de referirse a los casos de exposición al plomo. La bibliografía especializada ya era reiterativa en cuanto al hecho de que cualquier nivel de plomo en sangre que se detectara en niños debía preocupar.

La solución que encontraron para diagnosticar los casos de exposición al plomo fue utilizar un valor de referencia que fuera representativo de la población infantil de entre 1 y 5 años, a partir de los niveles registrados en encuestas de salud nacionales; de esta manera, los casos que arrojaran resultados superiores a ese valor –que se estableció en 5 mcg/dl– serían los que ameritarían asistencia médica.

Ciertamente, 5 mcg/dl es una proporción que pudiera parecer irrisoria. Un decilitro es apenas la décima parte de un litro: una taza de café. Un gramo es una aspirina de mil miligramos. Un microgramo es la millonésima parte de un gramo, es decir, que solo veremos a simple vista un microgramo cuando logremos partir una aspirina de un gramo en un millón de partes iguales: nunca. Pero cuando se trata del plomo, esas partículas imperceptibles resultan lo suficientemente tóxicas como para dañar el funcionamiento del organismo humano.

En el transcurso de esta investigación solo se identificaron dos estudios que ofrecen resultados de mediciones de plomo en sangre en población infantil, publicados en la Revista Cubana de Higiene y Epidemiología en 2003 y 2009, aunque ambos trabajan con muestras limitadas del municipio Centro Habana.

El de 2003 examina a un grupo de 84 niños de entre 3 y 8 años, residentes en viviendas construidas antes de 1928; y el de 2009, a un grupo de 65, de entre 7 y 10 años, en busca de una relación entre niveles elevados de plomo en sangre y problemas en el aprendizaje –que lograrían establecer al final.

Los resultados del primero revelaron que el promedio de plomo en sangre en los 84 niños ascendía a 9,6 mcg/dl. Mientras, el segundo concluyó que había 54 niños con niveles superiores a 8 mcg/dl, y 30 de ellos, con más de 10 mcg/dl.

La situación de los países de América Latina y el Caribe no dista demasiado de la de Cuba. Una investigación de 2016 concluye que el porcentaje de niños en riesgo de envenenamiento por plomo en la región es desconocido. Solo en México y Perú existen estudios que determinan el promedio de plomo en sangre en la población infantil. En el resto de los países se analizan casos directamente asociados con fuentes de exposición al plomo.

***

El caso de Adriano y Bryan trajo a “una comisión médica” al número 11211 de Villalobo, entre Iris y Final, a la casa donde ellos residían con sus abuelos, sus padres, sus tíos y un primo contemporáneo, que era hijo de Sunia. Los niveles de plomo en sangre que mostraban, superiores a 30 mcg/dl, habían activado una alerta. Podían no ser ellos los únicos niños.

Hilda la vio llegar. Recuerda que fue entre finales de 2006 y comienzos de 2007.

La comisión seguía un protocolo. En los casos de pacientes pediátricos que presentan niveles elevados de plomo en sangre, la intervención no es meramente médica sino también ambiental. Una de las primeras medidas que suelen tomarse, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, consiste en detectar la fuente de exposición, que, por lo general, se encuentra en el hogar, en la escuela o guardería, o en la comunidad, en los principales espacios donde los niños conviven. El objetivo, por supuesto, es eliminarla.

Hilda, que ya sabía que algo grave estaba pasando y que eso grave que pasaba tenía que ver con el plomo, esperó a que la comisión saliera del número 11211 para abordarla. Porque ella tenía una preocupación: en su patio había estado la fundición de su padre durante varios años. Creía que eso lo debía contar.

—Los especialistas venían incluso con unas varillitas para medir el tóxico –cuenta Hilda– y cuando pasaron a mi casa y caminaron por donde estaba el horno en el patio, eso fue… A partir de ahí empezaron a hacer los análisis de sangre. Pero no a todo el mundo en ese primer momento. Eso fue poquito a poco, poquito a poco.

También, según los testimonios de los residentes, en varias ocasiones a Villalobo llegaron personas de instituciones estatales con instrumentos que servían para detectar el plomo disperso en la zona. Iban por distintos puntos midiendo y recolectando muestras de tierra, polvo doméstico, agua, plantas. La gente recuerda que pedían que no se barriera la vivienda por unos cuantos días y que luego pasaban y recolectaban el churre acumulado.

Los resultados de esos estudios ambientales nunca se divulgaron entre los vecinos. Ni los de esos ni los de otros que harían en el transcurso de los años, hasta 2016. Lo que sí se supo en el barrio, porque se concretó en acciones que impactaron en la vida cotidiana, fueron las medidas que se tomaron progresivamente a partir de los resultados de los distintos estudios.

Primera: nadie podría, legalmente, permutar o vender su vivienda, construir para ampliar o reparar, ni dividir su propiedad en dos o más propiedades.

Segunda: información a la comunidad acerca de las afectaciones del plomo para la salud y de las precauciones que se debían tomar para disminuir los riesgos. Varios médicos, en reuniones públicas, recomendaron que no se ingirieran alimentos cultivados en los alrededores, que los niños se lavaran bien las manos antes de comer, que las mujeres no se embarazaran, entre otras cosas.

Tercera: saneamiento ambiental. Se deforestó gran parte de la zona donde se encontraban las fundiciones –solo sobrevivirían dos matas de mango–, se extrajeron residuos de los patios domésticos y se arrojaron en un vertedero lejano y en una fosa tapada con concreto, se pavimentó el último tramo de la calle Villalobo y la mayor cantidad de suelo posible.

Cuarta: exámenes sistemáticos de dosificación de plomo en sangre, principalmente a la población infantil. Se ingresó a la mayoría de los niños con cifras elevadas en el Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez.

Quinta: extracción de los residentes en Villalobo entre Iris y Final. Se inició un proceso gradual de entrega y demolición de viviendas, en el cual fueron priorizadas las familias donde hubiera menores de edad con cifras elevadas de plomo en sangre.

En agosto de 2007 extraerían a las primeras familias y entregarían las seis primeras viviendas. Las dos últimas, en marzo de 2016. Todavía en mayo de 2018, al final de Villalobo, quedaban cinco viviendas de familias que una vez fueron identificadas como expuestas al plomo. Y una sexta, en un asentamiento ilegal que, desde inicios de los noventa, se extiende por las canteras de piedra blanca, los márgenes del río y otros parajes silvestres que conforman la no calle que se llama Final.

***

Yanet explica que si se enteró de la cifra de concentración de plomo que había en el suelo fue porque su casa funcionaba como punto de operaciones para los médicos, toxicólogos, investigadores y funcionarios del gobierno que aparecían, y ella siempre estaba pendiente de sus conversaciones sobre el caso, que era lo mismo que estar pendiente de su vida y la de su familia.

La cifra que refiere, sin pensarla dos veces, es la misma que refieren otros vecinos: 24 000 miligramos de plomo por kilogramo de suelo (mg/kg). Una cifra que es 45 veces superior al valor a partir del cual se considera que hay riesgos potenciales para seres humanos, animales y plantas, y se orienta la intervención ambiental, según los estándares holandeses para medir la calidad de los suelos. (Debido a que no existe una norma cubana que estipule las concentraciones máximas admisibles de metales pesados en suelos urbanos, quienes estudian el tema en Cuba suelen guiarse por la de Holanda, que es una de las más actualizadas).

Internacionalmente, los niveles de concentración de plomo que se reportan en suelos no contaminados, localizados en parajes remotos, oscila entre 10 y 30 mg/kg; en ciudades y en puntos próximos a autopistas, por encima de 100 mg/kg; y en los alrededores de fundiciones o fábricas de baterías, hasta más de 60 000 mg/kg. Mientras, en La Habana, de acuerdo con una investigación publicada en 2011, el nivel medio de plomo en suelo urbano asciende a 101 mg/kg.

El máximo admisible que establece Holanda es de 530 mg/kg, aunque ya a partir de 85 mg/kg considera que hay riesgos potenciales para los ecosistemas.

Sin embargo, ninguna de las personas afectadas por exposición al plomo en San Miguel del Padrón, de las que fueron entrevistadas para este reportaje, cuenta con documentos que confirmen el dato de los 24 000 mg/kg. Los documentos que se conservan de esos años son, sobre todo, resultados de exámenes médicos, principalmente de dosificación de plomo en sangre, y cartas de respuesta a quejas presentadas en distintas instituciones del Estado, por dilaciones en el proceso de otorgamiento de viviendas. Hay también quienes no conservan nada, porque los papeles les traían malos recuerdos o porque no se quejaron con tanta frecuencia en instancias tan disímiles.

Yanet y Yamilet González son de las personas que más se quejaron y menos papeles botaron. Presentaron cartas varias veces entre 2008 y 2012, a título individual o colectivo, en el Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en el Consejo de Estado, en la Fiscalía General de la República y hasta en las oficinas del entonces presidente Raúl Castro. Luego, las quejas ahí presentadas eran remitidas a instituciones provinciales y municipales, que casi siempre les respondían que, a pesar de que el caso de Villalobo había sido priorizado por el país, la demanda de viviendas en la capital superaba la disponibilidad del fondo habitacional y, por tanto, debían esperar, junto con los casos sociales y los miles de personas que se encontraban albergadas desde hacía décadas.

Y si bien en casi todas las cartas se reconoce la existencia de “contaminación por plomo”, en ninguna se ofrecen datos que sustenten científicamente ese criterio. En rigor, para poder afirmar que dicho sitio se encontraba contaminado por plomo sería indispensable contar con los resultados de los estudios ambientales. Pero, para ello, el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), que es la fuente más autorizada en el país para responder las preguntas al respecto, tendría que acceder a que esa información se volviera pública.

Aymara Linares, residente del 11224 (interior), junto a su esposo Freddy Ayala, presentó una queja en la oficina del entonces ministro del CITMA, José Miguel Miyar, en octubre de 2011, para que tuvieran en cuenta a su hijo Quiomar Alejandro, que tenía diez años. A Quiomar no lo habían ingresado, su madre tampoco contaba con título de propiedad de su vivienda, pero el niño había nacido y crecido en el área.

En marzo de 2014, casi tres años después, cuando ya la actual ministra del CITMA, Elba Rosa Pérez, había entrado en funciones, a Aymara le entregaron una respuesta de la Oficina de Atención a la Ciudadanía. Un resumen del expediente de su caso. Ese es el único documento emitido por CITMA que fue encontrado durante la presente investigación. Sin embargo, no ofrece datos científicos relevantes.

El documento refiere que desde 2007 la Delegación Provincial del CITMA de La Habana trabaja en conjunto con la Oficina de Regulación Ambiental y Seguridad Nuclear (ORASEN), el Centro Nacional de Toxicología, el Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología, el Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología, el Instituto Nacional de Salud de los Trabajadores y el Instituto de Nutrición e Higiene de los Alimentos “para la atención de la contaminación por plomo en la calle Villalobo en San Miguel del Padrón”; que desde febrero de 2008 el Consejo de la Administración Municipal y el Consejo de la Administración Provincial lideran tres grupos encargados de realizar estudios epidemiológicos y caracterizar ambientalmente la zona; y que esos tres grupos “han mantenido la cohesión en su accionar” con las instituciones del Gobierno y el Partido Comunista de Cuba a nivel municipal y provincial. Incluso, concluye clasificando la queja “como con razón”. Pero nada más.

Periodismo de Barrio, en junio de 2017, presentó por escrito una solicitud de entrevista a Adela Haber Vega, delegada provincial de CITMA de La Habana, con el propósito de “indagar en los resultados de los estudios ambientales realizados en la zona, antes y después del proceso de saneamiento”. Semanas después, Desiré Urbay Morales, jefa de la unidad de organización y gestión integral de la Delegación Provincial de CITMA de La Habana, respondió por vía telefónica que ellos no tributan información a los órganos de prensa que no son oficiales. Posteriormente, en julio de ese mismo año, Periodismo de Barrio contactó por correo electrónico a Odalys Goicochea, directora de medio ambiente de CITMA, y un mes más tarde recibió una segunda negativa: “no es posible aportar dicha información debido a que la revista digital para la cual trabaja no pertenece a ninguno de nuestros medios de prensa nacional”.

De acuerdo con Yanet, una vez que concluyó el saneamiento ambiental, a mediados de 2009, el nivel de concentración de plomo en suelo descendió a 4 000 mg/kg. Por supuesto, tampoco cuenta con evidencias sólidas que permitan corroborar esta otra cifra. Solo cuenta con su palabra, su memoria. Lo que sí sabe y puede probar la gente es que el saneamiento no consiguió sanear la zona lo suficiente como para eliminar todos los peligros. La mayoría de las mudanzas, de hecho, se hicieron entre 2011 y 2016, cuando ya habían transcurrido al menos dos años del saneamiento ambiental.

Hay, además, una inspección sanitaria firmada por la doctora Ana Tacoronte, entonces vicedirectora del Centro Provincial de Higiene y Epidemiología de La Habana, quien, a partir de una visita a casa de Yanet, declaró por escrito lo siguiente: “en análisis efectuado a nivel provincial se propuso nuevamente la salida del lugar a todos los vecinos que queden, siendo Salud Pública quien establezca las prioridades, esto debe suceder antes de que finalice el año en curso”. Y la fecha que consta en la inspección es 10 de noviembre de 2012.

A Yanet y su familia, a pesar del ultimátum dado por la doctora Tacoronte, no les mudarían hasta diciembre de 2013.

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Helena Rodríguez: Ahora todo el mundo le echa la culpa al plomo. Mi tía dice que mi abuela se murió de plomo. Mi abuela se murió porque se le regó el líquido en los pulmones. Que no le echen la culpa al plomo. Todo el mundo es: el plomo, el plomo, el plomo… Ah, mi hijo sí sé que es el plomo porque a mi hijo le hicieron los análisis y los resultados le dieron elevados. Alejandro fue el caso más crítico. Yo en Villalobo levanté cuatro tablas, cuatro bloques, para hacer mi casita, en el terreno donde estaba una de las antiguas fundiciones. Fabriqué encima de la placa, por viva. Quise ser viva y lo que hice fue joderme, porque mi hijo vivía adentro del plomo. Plomo afuera y plomo adentro, porque en la misma placa del piso de la fundición, nosotros levantamos los bloques, porque así ya no había que fundir dados. ¿Dónde estaba el plomo? Estaba enterrado allá adentro. Alejandro caminó con 16 meses. Se atrasó, porque nació con problemas psicomotores. Nació además con el tubo digestivo desviado. Le daban unos cólicos, que el barrio entero caminaba con él chiquitico para que se le quitaran. Lo atendí en la iglesia, lo atendí con el brujo, lo atendí con acupuntura, lo atendí con todo el mundo, para que al niño se le quitaran los dolores. Yo no comía nada. Por poco me desaparezco. El médico me decía a mí que era la teta, que había que ver qué cosa yo comía. Todo era sopita, sopita, sopita, para que a mi hijo no le dieran cólicos. Yo el problema lo tuve desde el vientre, porque tuve contracciones desde que salí embarazada hasta que lo parí. La hemoglobina en ocho, las vomiteras, yo me orinaba, yo pasé de todo por mi hijo. Alejandro era un vegetal. Y si a los 16 meses caminó fue porque Alberto, el marido de Hilda, cogió un taburete y le dijo: “Pon una manito aquí y la otra manito aquí”, y él fue jalando el taburete poquito a poquito, poquito a poquito, y así me lo empinó a caminar, porque Alejandro, ¿caminar? Era un vegetal. Yo trabajaba en una escuela de auxiliar de cocina y pedí la baja por mi hijo. ¿Yo iba a darle mi hijo en esas condiciones a alguien para que me lo cuidara? Si se hizo caca hasta cuarto grado en los calzoncillos.

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El plomo es un metal maleable, resistente a la corrosión y lo bastante denso para funcionar como un escudo ante radiaciones nucleares. Es muy útil para quienes trabajan en laboratorios y hospitales. También, para asegurar los cables de energía y comunicaciones subacuáticos.

La Asociación Internacional del Plomo informa que cada año en el planeta se producen cerca de diez millones y medio de toneladas. Poco menos de cinco millones provienen de la explotación minera y el resto, más de la mitad, del reciclaje.

La industria de las baterías ácidas de plomo, que echan a andar automóviles, buses, camiones y motocicletas, demanda el 85 % de esa producción. Sin embargo, hoy se logra reciclar hasta más del 95 % del plomo que contienen las que se desechan. El otro porcentaje se destina a la fabricación de compuestos de plomo, láminas, municiones, aleaciones y coberturas para cables.

El plomo, a pesar de ser tóxico, es vital para el desarrollo de las sociedades modernas. Al menos hasta el presente. Los problemas surgen cuando no se toman las precauciones necesarias para manejarlo, ni se implementan regulaciones estrictas que eviten usos inapropiados.

Ninguna nación se encuentra completamente a salvo. Tanto las desarrolladas como las que están en vías de desarrollo reportan casos de intoxicación por plomo, de individuos, familias o comunidades, y distintos niveles de exposición ambiental.

El promedio de plomo en sangre en población adulta no expuesta ocupacionalmente en Estados Unidos (2013-2014) asciende a 0,84 mcg/dl; en Canadá (2012-2013), a 3,3 mcg/dl; en México (2000-2010), en zonas urbanas, a 5,36 mcg/dl; en Italia (2000), a 3,06 mcg/dl en mujeres y a 4,51 mcg/dl en hombres. Pero, sin dudas, son las naciones de bajos y medianos ingresos las más vulnerables en este sentido.

De acuerdo con la OMS, el 99 % de los niños afectados por elevada exposición al plomo en el mundo residen en esos países.

En Cuba, hay dos estudios publicados en la Revista de Salud y Trabajo que miden el promedio de plomo en sangre en población adulta no expuesta ocupacionalmente. Ninguno, de alcance nacional.

Uno se efectuó entre 2005 y 2006 en la capital e incluyó a los municipios Regla, Diez de Octubre, Guanabacoa y Arroyo Naranjo, “atendiendo a los diferentes niveles de contaminación atmosférica identificados en un estudio previo realizado por el Centro de Contaminación y Química Atmosférica”, y dio como resultado 6,3 mcg/dl. El otro, a partir de cuatro áreas de salud, midió los niveles de la población de Pinar del Río en 2007: 4,7 mcg/dl.

El investigador Enrique José Ibarra, químico especializado en salud de los trabajadores y uno de los autores que participó en ambos estudios, explicó a Periodismo de Barrio que, aunque esos valores no pueden extrapolarse al resto del país, sirven de referencia para evaluar distintos casos de exposición, ocupacional o ambiental.

—Por las características de nuestras ciudades –concluye Ibarra– no debe haber exposición importante al plomo en la población general. En principio, y esto es entre comillas porque no hay una investigación que lo demuestre, La Habana debiera ser la más contaminada.

Pero Pinar del Río hace poco se convirtió en la sede de una de las industrias más importantes del país. Desde julio de 2017 en el municipio Minas de Matahambre se puso en marcha la mina a cielo abierta más profunda y moderna del territorio nacional: Castellanos. ¿Y qué explota? Plomo y Zinc.

***

Alejandro Banderas fue el niño de Villalobo que registró los niveles más elevados de plomo en sangre. Lo ingresaron en cinco ocasiones en menos de dos años, en la sala de misceláneas del Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez, ubicado en el municipio Marianao. El primer ingreso fue el 2 de agosto de 2007, acababa de cumplir cuatro años.

Su madre, Helena Rodríguez, guarda un resumen de historia clínica –par de hojas deterioradas con datos escritos a mano, aunque formalmente firmadas y acuñadas por los doctores que le atendieron–, en el cual consta que a Alejandro lo remitieron desde su área de salud “con diagnóstico de intoxicación por plomo”, luego de que lo detectaran en una pesquisa que se efectuaba en su barrio.

No tenía síntomas físicos severos, apenas dolores esporádicos en los huesos y en el abdomen. Nada de náuseas, vómitos, debilidad, encefalopatía, ataxia o convulsiones. Sin embargo, la concentración de plomo en su sangre ascendía a más de 76 mcg/dl y, atendiendo a la norma mexicana, clasificaba como “caso de emergencia para atención médica inmediata”.

La bibliografía, desde hace décadas, alerta que no es raro encontrar casos crónicos en los cuales los pacientes, tanto niños como adultos, se muestran asintomáticos. Por eso, para determinar si una persona ha estado o no expuesta al plomo resulta imprescindible realizar una dosificación de plomo en sangre y, para complementar, rayos X.

La primera prueba mide la exposición reciente, ocurrida en los últimos 35 o 40 días, porque es el tiempo que permanece el plomo en la sangre, y la segunda refleja la acumulación de plomo en los huesos y articulaciones a lo largo de los años.

El primer ingreso de Alejandro duró ocho días. Lo trataron por 72 horas con Penicilamina, un agente quelante que se ingiere, y el 10 de agosto ya había egresado del hospital.

No se suponía que retornara a su vivienda. Para Alejandro, el retorno a la fuente de exposición podía implicar un incremento del valor de plomo en sangre, incluso superior al que provocó el tratamiento en primer lugar. Pero Helena no tenía otro sitio adonde ir.

Y junto con Alejandro regresaron al mismo barrio, a la misma fuente de exposición, otros cuatro niños de su numerosa familia, a quienes también habían ingresado con niveles de plomo que oscilaban entre 30 mcg/dl y 50 mcg/dl: su hermana Mari Karla Reyes, de ocho años; sus primas Lisbianis Cuevas y Yusimí Domínguez, de ocho y cuatro, respectivamente; y su primo Julio César Domínguez, de tres.

El 13 de diciembre, los cinco ya estaban de vuelta en el Juan Manuel Márquez. Segundo ingreso.

En esta ocasión, Alejandro entró con 68 mcg/dl, e igual de asintomático. Una vez más, le indicaron tratamiento quelante, al quinto día le dieron el alta: “sin complicaciones”, ante una “evolución favorable”, y le orientaron “seguimiento por consulta y tratamiento ambulatorio”.

Con sus parientes ocurrió lo mismo.

El tercer ingreso ya no transcurriría sin sobresaltos. Cuando Alejandro llegó al Juan Manuel Márquez, el 20 de febrero de 2008, el nivel de plomo que tenía en la sangre era casi de 84 mcg/dl. Presentaba dolores en el abdomen, la cabeza y la espalda.

A partir de 100 mcg/dl, los pacientes infantiles enfrentan el riesgo inminente de entrar en coma y morir.

Justo al día siguiente, a Alejandro lo instalaron en una sala de cuidados intensivos y lo sometieron de nuevo a tratamiento quelante (EDTA y BAL), esta vez sí fue por vía intravenosa e intramuscular. No obstante, tuvo varias complicaciones. Enfermó de neumonía y sufrió una convulsión que le provocó lesiones en el tórax.

Más de cuarenta días permaneció ingresado. Permanecieron. Los cinco niños no saldrían del hospital hasta el 3 de abril de 2008, directo para las viviendas que el Estado había otorgado a sus padres, lejos del plomo.

A la familia numerosa, que habitaba en una casa dividida en tres partes independientes, sin contar la de Helena, que era como un apéndice, le entregaron en total cinco viviendas en distintas zonas de La Habana, en esa misma fecha. Lo que dejaron atrás, el asentamiento familiar completo, fue echado abajo. Ahí, en ese terreno, la Dirección Municipal de Planificación Física de San Miguel del Padrón no autorizaría la construcción de nuevas viviendas.

Pero la trayectoria hospitalaria de Alejandro en particular no concluyó tras su mudanza. Hubo un cuarto y un quinto ingresos. Hubo más sueros, más medicamentos orales, más días de hospital.

El quinto y último fue en marzo de 2009. Helena lo recuerda bien porque hacía menos de dos meses se había vuelto a mudar. El apartamento que le habían entregado en el municipio Boyeros quedaba no solo lejos del plomo sino también de la vida que conocía y de las escuelas de sus hijos, así que permutó para otro en San Miguel del Padrón, donde residen en la actualidad. A unos cuatro kilómetros del barrio donde ella y sus hijos nacieron.

Después de ese último ingreso, en dos ocasiones, en abril y junio de 2009, a Alejandro le mandaron a buscar de su antigua área de salud. Por Villalobo las autoridades sanitarias municipales estaban orientando análisis de dosificación de plomo en sangre a los niños que ahí continuaban residiendo y a Alejandro, aunque se había ido hacía un año, lo incluyeron.

Helena nunca supo los resultados. Dice que no se los dieron, aunque ella tampoco los solicitó. Cree que, al igual que en ocasiones anteriores, si hubieran sido elevados, le hubieran avisado.

—Él salió de alta con el nivel de plomo en 41 –dice la madre–. Ese fue el último conocimiento que yo tuve. Ya no tuve conocimiento de más nada. No sé si le ha bajado o le ha subido, porque a mí más nunca me han dicho nada.

Alejandro ahora tiene quince años. Habla de lo que le pasó como si no se tratara de él. Estaba muy chiquito. Una de las cosas que no olvida es que no lograba entender por qué su sangre, si tenía plomo, era roja y no de otro color. Siempre le asombró que su sangre fuera roja.

***

Mari Karla Reyes: Yo pienso que nosotros podíamos seguir viviendo ahí. De eso se dieron cuenta por los análisis que empezaron a dar alterados, pero si no, nosotros no nos hubiéramos dado cuenta. Todo el mundo vivía normal. Yo no me sentía nada. A mí lo que sí me dio fue cansancio en la vista, en el cuerpo, pero como era una niña y siempre estaba jugando, me decían que eso era de tanto correr y saltar. Hoy por hoy todavía tengo dolores. Hay días que me duelen las piernas, los brazos, que no puedo caminar porque me duelen mucho los pies. Ahora con la barriga me duelen aún más, pero antes de estar embarazada también tenía el cansancio en el cuerpo. Ahora, mi problema es el carácter. Hay días que soy como un fósforo. Me tiran un poquitico de gasolina y enseguida me enciendo. Mi mamá dice que yo no me parezco en nada a la niña de antes. Que yo era una niña alegre, dulce, buena, pero que después que terminé la primaria me volví un ácido de batería, pesadísima, amargada, problemática. En la primaria yo era un amor de Dios, cantaba en los matutinos, bailaba, tenía amiguitas. Después de que entré en la secundaria, ya era otra cosa. Y yo no soy inteligente, pero tampoco soy bruta. Bruto es mi hermano, yo tengo mi agilidad.

***

Alejandro Banderas: Lo malo que yo tengo es que nunca entiendo nada. Algo sí, pero no todo. ¿Las tareas? Yusimí mi prima que me ayuda. Yo no sirvo para la escuela. Mi mamá me dijo que cuando terminara la secundaria iba directo a trabajar con mi papá. Mi papá es jardinero, chapea y hace diseño en las matas. Para eso no tengo que estudiar.

***

En 2008, el consultorio médico 27 del Policlínico Docente Universitario Bernardo Posse de San Miguel del Padrón daba cobertura de salud a 657 personas. Entre ellas, al menos 122 residían en Villalobo entre Iris y Final o en sus alrededores, es decir, que se hallaban o bien expuestas al plomo o en riesgo de exponerse.

Sándor Díaz, un estudiante de medicina, quiso estudiar los casos, en particular, los de la población pediátrica, que ascendían a 25. El saturnismo no es igual de ordinario que una gripe, no es un padecimiento que se trate a diario en una consulta, menos en pacientes infantiles, y eso, la rareza, fue lo que motivó a Sándor Díaz.

En ese momento, él cursaba el primer año de su carrera en la Facultad Miguel Enríquez de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana y se encontraba realizando prácticas en el consultorio 27; así que no tendría dificultades para acceder a los resultados de los análisis de dosificación de plomo que se venían haciendo a los niños desde el año anterior –los adultos deberían aguardar un poco más.

La doctora Leticia Cruz, metodóloga del Bernardo Posse, accedió a servir de tutora. Los resultados los presentarían en los fórums científicos de la facultad y el policlínico, algo provechoso desde el punto de vista académico, pero también aportarían información sobre las características sociales y familiares de los niños expuestos, para apoyar a la comisión que llevaba adelante las pesquisas en el barrio.

—Nadie había hecho lo que hizo él, que llegó a las casas, entrevistó a las madres, a los niños, fue a ver los patios, hizo fotos –dice la doctora Cruz, diez años después, en una entrevista con Periodismo de Barrio.

(Sándor Díaz actualmente reside fuera de Cuba, y aunque fue contactado en agosto de 2016 por correo electrónico para que contribuyera a reconstruir la historia, y su primera respuesta fue afirmativa, al final no compartió su testimonio ni volvió a responder a otros mensajes).

El estudio, aparte de mostrar en una serie de gráficos las relaciones entre los niveles de plomo en sangre y la edad, el sexo o las condiciones estructurales de las viviendas, revela que de los 25 niños que conformaban la muestra, había 10 con niveles de plomo en sangre que oscilaban entre 10 mcg/dl y 19,9 mcg/dl, y 8 con niveles que superaban los 20 mcg/dl. Y la mayoría, 16, eran menores de diez años.

En otras palabras: había alrededor de 18 niños que requerían una evaluación médica integral, según las acciones que recomienda la norma mexicana en casos de menores que sobrepasan los 15 mcg/dl. Pero ninguno sería hospitalizado hasta que no concluyera, un año más tarde, el saneamiento ambiental.

De lo que pasó en San Miguel del Padrón, en el curso de esta investigación, no se localizó ningún otro estudio que estuviera público. Solo los testimonios de las personas afectadas permitieron determinar que en la sala internacional del Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez, en el primer semestre de 2010, se ingresaron hasta 12 menores.

***

Leslie Figuerola: A Bryan como con tres años le diagnosticaron neuropatía periférica y una pérdida auditiva del oído derecho. Los médicos dijeron entonces que la neuropatía iba a ser de por vida, los dolores en las piernas, el cansancio, y le mandaron vitaminas. Y por la pérdida auditiva le mandaron a poner prótesis, lo que yo luego conocí a Cristo y lo declaré sano. No le he puesto más nunca la prótesis, no le he puesto nada. Lo que sí habla un poco más alto, como si estuviera gritando, para poderse oír. Ya por el plomo no nos dieron más consultas, después de que nos sacaron de ahí a finales de 2010, ya se olvidaron de nosotros. Pero bueno, como madre al fin, resolví en otros hospitales. Un día una ortopédica se da cuenta de que el niño tiene una cadera más alta que la otra y le manda una placa. Cuando ve la placa, se asusta, y lo manda al somatón, porque pensaba que el niño tenía como un tumor en una pierna. Ya, imagínate cómo me puse. Eso fue en 2015. Con esa placa fui entonces al oncológico y la doctora del oncológico me dijo que no, que tranquila, que eso podía ser de la misma enfermedad, porque en las placas salían como las láminas de la contaminación por plomo. Ahí fue cuando me desesperé y dije: “Ya, ya no puedo hacer más nada, si hay que hacer algo yo no lo voy a hacer, porque no tengo poder para hacer nada, que lo haga Dios”. Porque te desesperas y tienes que acudir a algo, ¿me entiendes? Y la doctora le dio el alta y me dijo que lo llevara en seis meses, pero no lo he llevado más. Ahí tengo el disco, ahí tengo todos los papeles, ahí tengo la prótesis que le mandaron para la pérdida auditiva, ahí tengo todo. Yo lo veo bien. Yo, como madre, lo veo bien.

***

La Empresa de Movimiento de Tierra Número 1 Contingente Raúl Roa García fue la encargada de ejecutar el saneamiento ambiental, específicamente, sus tres brigadas: Redes Soterradas, Movimiento de Tierra, y Trabajos Especiales; pero las que más trabajaron en la zona fueron las dos últimas, sobre todo la de Trabajos Especiales.

Los contratos no se conservan. Mileidys Cruz, especialista en medio ambiente de la empresa desde 2016, dice que los contratos solo se archivan por cinco años, luego se convierten en materia prima. Para saber en qué consistió el saneamiento habría que apelar a la memoria de la gente que trabajó en eso, la que queda viva.

Hay quienes fallecieron (un ingeniero de Trabajos Especiales, el director de la Brigada de Movimiento de Tierra, un jefe de brigada de Trabajos Especiales), hay quienes no saben, aunque recuerdan haber escuchado cosas al respecto, y hay quienes no se acuerdan de nada o se acuerdan de muy poco.

Gisela Estrada, entonces especialista en medio ambiente de la empresa, hoy especialista en calidad, dice que no se acuerda de nada.

Julia Fernández, entonces directora de operaciones, hoy directora adjunta del Contingente Raúl Roa García, estuvo varias veces en la obra, claro que la recuerda, pero dice que no puede precisar si hubo o no un proyecto que sirviera de guía, ni de dónde vino la orden.

Fernando Virosta, ingeniero de Movimiento de Tierra y jefe técnico en aquella época, es de los que no sabe, porque no atendió esa obra y nunca estuvo en la zona, aunque sí recuerda haber escuchado cosas al respecto. Resume que eso fue “un cohete que le mandaron al director”.

Cosme Pérez, director actual de la Brigada de Movimiento de Tierra, dice que ellos fueron para desviar el río y limpiar la zona.

—Pero, ¿quién diseñó eso? –pregunto a Pérez.

—Eso fue un pie. Nada de diseño, ni plano ni nada.

—¿Y quién decidió que había que desviar el río?

—No, quién lo decidió, yo no sé. El MICONS (Ministerio de la Construcción) cuando es pie, se hace, y después se resuelven los problemas.

—Ustedes fueron la brigada ejecutora.

—No, no, no. La brigada ejecutora fue civil (Trabajos Especiales). Nosotros fuimos de apoyo para desviar el río y limpiar el área con los buldóceres. Eso fue lo que hicimos.

Jorge Luis Vaillant, trabajador de Movimiento de Tierra, calcula que su Brigada movilizó a unos diez hombres, para que operaran dos buldóceres, un cargador y al menos cinco camiones de volteo. Recuerda que hicieron una excavación, recogieron escombros y desechos y los trasladaron hacia un vertedero que el Contingente tiene en la cantera Villena Revolución, ubicada en el municipio Boyeros.

Kenia Márquez, directora actual de la Brigada de Logística y Trabajos Especiales, tiene conocimiento de la obra, referencias que le han llegado de quienes estuvieron ahí excavando y sacando tierra durante varios meses. Ella entró a la Brigada en 2011 y es directora desde hace poco más de un año. Lo que puede agregar es que, por lo general, no hacen ese tipo de trabajo especial. Reparan aceras, contenes, túneles populares, hacen demoliciones, y a veces, ante desastres naturales, sanean zonas afectadas. Nada que tenga que ver con metales pesados o desechos tóxicos.

Quien dirigía Trabajos Especiales entre 2008 y 2009 era Lázaro Rivero, ahora jubilado, pero con bastante buena memoria.

—Ahí trabajamos nosotros como unos caballos, de lunes a sábado, como diez horas cada día, porque a eso se le dio prioridad uno. Hubo días que tuvimos hasta 30 hombres trabajando.

—¿Antes habían hecho un trabajo similar?

—No, yo nunca lo había hecho, que yo recuerde, ese fue el primer trabajo que se hizo de ese tipo.

Rivero, quien es técnico medio en mecanización, llevaba en ese momento tres años al frente de la Brigada, y al igual que Cosme Pérez, no puede responder quién diseñó la labor de saneamiento que emprendieron. Dice que cuando llegaban al lugar las instrucciones las recibían directamente de Servicios Comunales, del Gobierno Municipal de San Miguel del Padrón o de “compañeros de medio ambiente”, probablemente de CITMA.

—Los compañeros de medio ambiente no salían de ahí, estaban más tiempo en la obra que yo, mirando el trabajo que hacíamos y haciendo mediciones, y eran los que nos avalaban, pero nunca nos señalaron nada. Todo fue bien hasta que terminamos.

Una vez que la Brigada de Movimiento de Tierra terminó su parte, la de Trabajos Especiales se concentró en los patios de las viviendas: excavaban, “donde había necesidad de excavar”, hasta donde la tierra no se viera contaminada con “materias extrañas”; a veces, hasta diez centímetros de profundidad, otras, hasta veinte, y revestían con hormigón.

El patio de la casa donde vivía Yanet fue uno de los puntos donde más hubo que excavar. Alberto, el padre de su suegra, había enterrado un conjunto de desechos y herramientas en una especie de pozo de cuya existencia nadie en la familia tenía conocimiento, porque la yerba crecía encima, y hasta que el contingente no empezó a dar pico y pala, no se enteraron de que bajo sus pies había todo tipo de “suvenires” de la primera fundición.

—Hasta las calderas donde se fundía el plomo estaban allá abajo enterradas –dice Yanet–. Y nosotros no sabíamos. Las calderas, los cucharones. Todo eso lo sacaron.

Como en las excavaciones en los patios continuaban apareciendo desechos peligrosos, el antiguo Jefe de Brigada cuenta que se abrió una trinchera al final de la cuadra, como del tamaño de una cancha de tenis y de unos cuatro metros y medio de profundidad, para depositarlos en ella. Ese hueco, y nada más, fue lo que hizo la Brigada de Redes Soterradas, que era la que disponía de una retroexcavadora. Luego los hombres de Trabajos Especiales se ocuparían del resto.

—Todo lo que iba saliendo, como pedazos de baterías, cosas que no se podían dejar, se iba tirando para allí; para no estar trayendo camiones y equipos –explica Rivero.

—¿Y toda esa trinchera se llenó con desechos?

—No, no, no fue mucho lo que se recogió. No era una cosa alarmante.

Una vez que terminaron con los patios, utilizaron la misma tierra que habían sacado –que según Rivero no estaba contaminada– para tapar la trinchera, pusieron encima una capa de hormigón de 20 centímetros, y en los costados, lozas hexagonales.

En Villalobo entre Iris y Final no quedó un patio sin cementar después del saneamiento. Yamila Jiménez, vecina del 11212, dice que en el suyo apenas dejaron con tierra al descubierto la medida exacta del fondo de un cubo para que sembraran una planta.

Solo las viviendas del asentamiento ilegal, que colinda con la zona donde estuvieron las fundiciones, quedarían con la tierra sin tocar. Ni en las adyacentes a la trinchera hormigonada, ni en las más alejadas, ni en las que incluso se detectaron casos de menores expuestos al plomo se echaría una gota de mezcla.

Las familias del asentamiento ilegal más temerosas, o precavidas, harían una versión personal de saneamiento: colocarían retazos de mantas impermeabilizantes de techos o sembrarían flores.

Pero, con los años, el saneamiento ambiental se iría deteriorando.

Ya en 2018, el panorama es drásticamente distinto al que había nueve años antes. Se han perdido varios metros de lozas hexagonales y se ha desgastado el asfalto de los trillos del asentamiento ilegal y del final de la calle.

El sitio donde se levantaba la casa de Helena Rodríguez es un basurero al que, a cada rato, cuando Comunales pasa demasiado tiempo sin aparecer, le prenden candela. Ahí, en particular, lo que ha desgastado el asfalto o más bien lo ha hecho desaparecer por completo ha sido una combinación de incendios esporádicos con empleo de maquinaria pesada para recoger la basura.

Hoy, en Villalobo, entre la maleza exuberante, apenas se distingue la trinchera donde se enterraron los desechos que iban saliendo en las excavaciones de los patios. Y encima de la trinchera: niños jugando fútbol, niños jugando cartas, niños jugando cualquier cosa.

La zona del desastre, compuesta por ruinas de viviendas, escombros, dos matas de mango y un basurero casi siempre rebosante, se ha convertido en la principal zona de recreación infantil de la comunidad.

***

En octubre de 1994, Cuba firmó su adhesión al Convenio de Basilea sobre el control de los movimientos transfronterizos de los desechos peligrosos y su eliminación. Desde entonces, entre sus obligaciones como Parte se encuentra asegurar que tales desechos –entre los que se identifican al plomo y sus compuestos– se gestionen y eliminen de una manera ambientalmente racional.

En 1999, el Centro de Inspección y Control Ambiental (CICA) de la Oficina de Regulación Ambiental y Seguridad Nuclear, adscrita al CITMA, fue designado como Autoridad Competente y Punto de Contacto del Convenio de Basilea en el país, y en septiembre de 2009, en la Gaceta Oficial de la Rep

Bladimir Zamora Céspedes: “Hay que beber y ser revolucionario”

Bladimir Zamora Céspedes: “Hay que beber y ser revolucionario”

Por Joaquín Borges-Triana
Cinco de la tarde hace ya que el pico te arde y ahí estás viendo como se ve en el sueño rem el patio de la EGREM girándote en redor. Ahí va el primer acorde del primer trovador.
Guarde, entonces, de tu ira Dios al rústico y al charlador, patriota de prosapia yo sí sé cuánto hay debajo de tu look de perdedor. Ángel de la trova, caído de pie súbete atrás el pantalón que se te ve…

Yo solo no me acerqué porque he visto que ya está otra vez chivándote Joaquín pero en cuanto te calmes te diré no son las siete aún, déjame echar hoy tres…
La voz de  Yunier Pérez  tiene un matiz especial al interpretar su
tema “Ángel de la trova”, pieza dedicada a  Bladimir Pascual Zamora
Céspedes, más conocido como Blado. Es la tarde del 4 de mayo de 2016.
Al comenzar la peña que cada miércoles desde marzo de 2009 (llueve,
truene o relampaguee) se lleva a cabo en el patio—bar de la EGREM, y
tras el tema de presentación: “La canción de la trova”, interpretada a
dúo por Silvio y Adriano Rodríguez, Fide informa a los asistentes que
Blado, el fundador del espacio y muy querido por los asistentes, está
ingresado y según los partes médicos, no hay esperanza de
recuperación.
Sobre las seis y 30 de la tarde, un amigo llama a mi celular.
—Me oyes, Joaco…
—(…)
—Me acaban de llamar de Bayamo… Blado se murió.
Apenas termina de cantar el trovador de turno y, aún con el impacto de
lo que me han informado, me levanto y pido silencio. Pasan unos
segundos antes de que pueda articular palabras.
—Me llamaron para comunicarme que  Blado falleció. Se nos acaba de ir,
no sé si al cielo o al infierno, si al fin o al cabo existieran tales
sitios. Lo que sí tengo claro es que dondequiera que él esté, si está
en alguna parte, nos pediría que continuásemos la peña. Así pues, a
seguir cantando y a tomar ron o cerveza en su nombre.
Mientras se reanuda la descarga y cada nuevo trovador que sube al
escenario, evoca de uno u otro modo al Blado, yo rememoro las muchas
ocasiones en que en eventos o diferentes espacios públicos nos
poníamos a discutir, al punto de dar la impresión de que nos iríamos a
las manos. Lo que la gente no sabía era que, la mayoría de las veces,
todo era parte de un performance que armábamos previo acuerdo.
Entretanto, algunos salen a llamar por teléfono e informar de la
noticia. Es así que Paca, la vieja amiga de Bladimir y caimanera desde
los tempranos ochenta cuando fuese llevada a la publicación como Jefa
de redacción, con la tarea de atajar los supuestos graves problemas
ideológicos que allí había, se entera de lo sucedido y, como
periodista al fin, escribe una nota que sale de inmediato en
Cubadebate, en la que da la primicia del fallecimiento de nuestro
Blado.


8:30 pm. Estoy en casa, de regreso de la peña de la EGREM. Mi teléfono
suena y al descolgar, escucho la voz de la Paca.
—Joaco… Blado no está muerto, fue falsa la noticia.
—¡Qué bueno!
—Pero imagínate… Ya yo di la información en Cubadebate. Ahora no sé qué hacer.
—Pues nada… Lo importante es que el hombre está vivo. Digo yo.


La segunda mitad de los 80 fue un momento propicio para el
florecimiento de maneras renovadoras de expresión artística en Cuba.
Así, después de casi veinte años, el importante pintor  Umberto Peña
regresa a un salón del Museo Nacional de Bellas Artes con una gran
retrospectiva de su obra.
La literatura ofrece muestras ya estudiadas de las transgresiones
temáticas y formales que tienen lugar en ese contexto.  En 1988, el
Premio de Narrativa del tabloide El Caimán Barbudo se le concede a
Sergio Cevedo Sosa, por su libro Rapsodia bohemia, una cuentística
sobre los llamados freakies en la isla caribeña. En el propio
certamen, pero en el género de poesía, resulta premiado un cuaderno de
Norge Espinosa titulado Las pequeñas tribulaciones, que contiene el
hoy célebre poema “Vestido de novia”, texto que —conjuntamente con el
cuento “¿Por qué llora Leslie Caron?” de Roberto Urías— recupera una
tradición homoerótica en el país.
La cuarta pared de una obra teatral homónima, original de Víctor
Varela, derrumba otras paredes. Los jóvenes artistas de la plástica,
que irrumpen por las calles del Vedado con proposiciones estéticas
revitalizadoras del arte insular, en un memorable performance nos
instaron a “Meditar” al pie del monumento a José Martí, en la Plaza de
la Revolución.
Estas pudieran ser pequeñas circunstancias de un concierto mayor,
donde también interviene la propuesta musical, surgida como parte de
toda aquella tremenda energía creativa. La mixtura y la riqueza
artística literaria que flotaba en el aire de esos años, era algo
incontenible y tremendamente contextual. En tal sentido, varios
analistas han señalado que la sociedad de creadores gestada por
entonces, al paso de los años quizás nos resulte como un animal
salvaje, primitivo, vigoroso y recién nacido, que se sacudía y
convulsionaba por erguirse con ademanes pueriles pero cabríos,
ingenuos y a la vez brillantes.
Fue por esa etapa que conocí en persona a Bladimir Zamora. No sabría
decir exactamente cuándo. Entre muchos recuerdos sueltos, lo evoco en
un programa televisivo que él conducía en los tempranos 80, época en
la que también preparó la compilación titulada Cuentos de la remota
novedad. Creo que lo primero suyo que leí, fueron sus poemas incluidos
en Usted es la culpable, libro armado con los decires de un grupo de
poetas y que fue texto de gran impacto entre quienes por la fecha
éramos veinteañeros.
Tal vez nuestro primer diálogo haya sido a propósito del espectáculo
denominado Ejercicios del corazón, del que Blado era algo así como la
columna vertebral; y donde también participaban los trovadores Frank
Delgado y Alejandro Zayas Bazán, así como la poeta Jacqueline Fong,
por aquellos lejanos días estudiante de la carrera de Derecho en la
Universidad de La Habana.
O quizá no fue de ese modo, sino que el primer estrechón de mano nos
lo dimos en alguna de las peñas que él conducía en la antigua
redacción de El Caimán Barbudo en la calle Paseo, como aquella
dedicada al rock y que tuviese una nutrida concurrencia; o la que se
organizó para estrenar el documental de  Víctor Casaus  y María
Santucho denominado Una huella en el asfalto, sobre el quehacer de
Carlos Varela  y la banda que le acompañaba.
A lo mejor el inicio de nuestra infinita conversación en relación con
lo humano y lo divino y, en la que por encima de todo aprendí y
aprehendí la esencia de lo que es ser cubano, tuvo lugar en el quinto
piso del edificio ubicado en calle N #266 (Vedado), en los estudios o
pasillos de la emisora Radio Ciudad de La Habana, a propósito de una
invitación del Blado cuando la publicación de mi artículo “La
Generación de los Topos”, en  Juventud Rebelde, para dialogar del tema
en alguna de las emisiones de “Pisando el césped”, programa que salía
al aire el domingo por la noche y donde él fungía como director y
conductor; o en el espacio “Entre 8 y 10”, en el que compartía la
dirección con Alejandro Zayas Bazán. Empiezo a calcular fechas, pero
me doy cuenta que resulta imposible precisar…
Los años en los que conocí al Blado fueron los más locos y felices de
mi vida. En ese período, yo me desempeñaba como instrumentista en
grupos musicales que actuaban en cabarets habaneros de segunda,
tercera e inferior categoría. Fue gracias a dicha experiencia que
descubrí lo bueno y lo malo de la vida nocturna; sobre todo de la mano
de bailarinas que no tenían el menor prejuicio para compartir con un
ciego la alegría del cuerpo, algunas de las cuales (estén en Cuba o
allende los mares), muchos años después, continúan siendo amigas mías.
Por suerte o por desgracia, hoy no sé muy bien, puse stop a esa
riquísima y divertida etapa y decidí que, aunque me costase trabajo,
llegaría yo a ser periodista. Uno de los modelos que seguí, fue justo
el de Blado…
Lo que sí tengo claro es que la primera lección de eticidad que recibí
de su parte, ocurrió en el último trimestre de 1990, tras el cierre
por falta de papel de El Caimán Barbudo y de  Alma Máter, donde
trabajábamos respectivamente, en las reuniones que se dieron con los
periodistas de la Casa Editora Abril para reubicarnos. Al saber que se
mantendrían vivas ciertas revistas, Blado defendió de manera enfática
su derecho a que, mientras hubiese en dicha institución  un centímetro
de papel para escribir, tenía que estar él entre los que lo hicieran.
De tal suerte, Bladimir y yo fuimos a parar al engendro que se creó,
denominado Somos. Al cabo de un año, cuando fuimos a ser evaluados por
nuestro desempeño, la directora de la publicación (y de cuyo nombre no
vale la pena acordarse), expuso que Blado, así como otros redactores y
yo, “teníamos buen dominio de las formas pero problemas en el
contenido”. Ese eufemístico modo de decir significaba que
“confrontábamos problemas ideológicos”, lo cual en esa época equivalía
a que fuésemos expulsados del gremio periodístico. Un infame episodio
que fue zanjado gracias a la intervención de Caridad Diego, por las
fechas directora de la Editora Abril.


En la religión yoruba, los ibeyis son santos menores, hijos gemelos de
Changó con Oshún, pero criados por Yemayá. Las hermanas Lisa-Kaindé y
Naomí Díaz, dos franco-cubanas hijas del gran percusionista pinareño
Miguel Aurelio Díaz Zayas, “Angá” (fallecido en 2006), en el instante
en que iniciaron la carrera musical, optaron por llamarse con el
apelativo de  Ibeyi. Al decir de Roberto Zurbano:
“Para quienes no creen en los muertos, cuando escuchen a esas niñas
sepan que están moyubbando a su padre de quienes escucharon muchos de
los temas con que hoy fascinan multitudes en París, Toronto o durante
las pasarelas de Chanel en El Prado habanero. En cada concierto o
video de Ibeyi asistimos a un ritual extraordinariamente poderoso.
Sostienen el fuego de la creación con las armas del rigor, la
femineidad y una globalización que no oculta la raíz de religiones y
saberes populares.”
La noche del 5 de mayo del 2016, durante la primera jornada del
festival Musicabana en el Salón Rosado de la Tropical, mientras
asistía al concierto debut de las Ibeyi en Cuba, más de una vez sonó
mi celular. Todas eran llamadas a propósito de la gravedad del Blado.
Fue Darío Alejandro, una de “las últimas adquisiciones” de El Caimán,
quien en un momento se me acercó y me dijo al oído:
—Grillo acaba de llamar. Blado murió.
Casi al unísono, al celular me entraba un SMS de la Paca, quien sabía
que yo estaba en la Tropical:
—Por favor, date un trago en mi nombre como despedida de nuestro
hermano Bladimir.
Las repercusiones por el ahora sí confirmado fallecimiento del Blado,
comenzaron a sucederse una tras otra. En el variopinto conglomerado de
las publicaciones cubanas de “dentro y fuera” y de uno u otro espectro
que proliferan en el ciberespacio, aparecieron disímiles trabajos a
propósito de la vida y obra de Bladimir Zamora Céspedes. Y no podía
ser de otro modo, si se piensa en la intensa y fructífera actividad
desplegada por este hombre, más allá de su “look de perdedor”. Unos
pocos ejemplos así lo demuestran:
Junto al musicólogo Danilo Orozco, a inicios de los 90 asesoró al
español Santiago Auserón en el proyecto Semilla de Son, un
recopilatorio discográfico de grandes figuras de la música cubana. Fue
uno de los organizadores de los encuentros entre el son y el flamenco,
celebrados en Sevilla, y que sirvieron de plataforma para el
relanzamiento a escala internacional de  Compay Segundo, antes del
boom del Buenavista Social Club.
En unión con su amigo Felipe Lázaro, poeta y editor oriundo de Güines
y radicado en Madrid, preparó en 1995 la antología  Poesía cubana: La
isla entera, publicada por Editorial Betania y que reúne a 54 poetas
cubanos residentes en la Isla y la diáspora: algo que hoy puede
parecer lo más normal del mundo, pero que por aquella fecha aún no era
bien asimilado por los clásicos extremistas de uno y otro signo.


No preciso dónde fue que leí, ni de quién es la frase, acerca de que
la muerte no es solo la muerte y hay coletillas que pueden reducirla o
aumentarla… El caso del Blado no fue la excepción. Cuando escucho a
ciertos personajes decir con tono “compungido” que han sentido mucho
el fallecimiento de Bladimir, de inmediato vienen a mi mente
fragmentos de una canción de Carlos Varela en la que se afirma: “El
lobo y el corderito andan juntos a mi lado, pero como se disfrazan
nunca sé con quién he hablado”. Y es que tales individuos poco o nada
hicieron en los últimos tiempos por el Blado, cuando él supo de verdad
quiénes eran o no sus amigos.
—En estos días, la gente que me rodea me pregunta por qué tiro el
primer trago al suelo, y contesto “ea” en andaluz, o contesto muy
bajito: “pa los santos”, sin dar más explicaciones. También vuelvo a
mis lecturas de juventud, con Bukowsky y a repasar poemas del
compañero  Bladimir. Recordando conversaciones y complicidades, no
recuerdo ninguna sobre la trova, nunca apareció la conversación y
nunca me dio por preguntar entre botella y botella de ron. Él me
enseñó a conseguir tragos baratitos en La Habana Vieja cuando salí de
la casa de Lupe y algunos truquillos canallas pá poder buscarme la
vida, que algún día, con un trago de por medio, le contaré a usted… La
complicidad con Bladimir no sé cuándo empezó, pero su paternalismo
discreto me daba seguridad. Discutir sobre libertad sexual o consumo
de drogas era un placer en las noches que nos fuimos de curda solos
por La Habana. Un discurso libertario es muy difícil de defender
cuando mandan los que solo saben obedecer a su amo y joder al prójimo
para recibir un premio… Pero en el individuo solo puede mandar el
individuo, para tener una mínima posibilidad de alcanzar la felicidad.
Todo lo demás es engañarnos, y obedecer por miedo.
Las anteriores son palabras de Emilio García, un hermano andaluz que
tengo, y que en una de sus estancias en la Habana, le presenté al
Blado y él lo acogió con ese cariño paternal del que hacía gala con no
pocas personas. De ello podrían dar testimonio en el ámbito de la
trova figuras como Frank Delgado, Carlos Varela, Polito Ibáñez, David
Torrens, Kelvis Ochoa y más recientemente su compadre Ray Fernández; o
en el universo literario, poetas como Sigfredo Ariel y Camilo Venegas.


Nacido el 13 de abril de 1952 en una finca bañada por el río Cauto, al
lado del pueblito rural llamado Cauto del Paso, en 1976 Bladimir
Zamora Céspedes se gradúa en la Licenciatura en Estudios Cubanos en la
Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Regresa a Bayamo y
despliega tan intensa actividad artístico literaria en la apacible
vida de su tierra natal, que origina incomodidad entre los
funcionarios de cultura de turno, acostumbrados solo a cumplir las
tareas orientadas por las instancias superiores. Semejante hostilidad
motiva al Blado a retornar a La Habana en 1979.
Poco después adquiere un pequeño y antiguo cuarto en la segunda planta
de un edificio solariego de La Habana Vieja. Ahí, ni en su mejor
momento, hubo un mínimo de condiciones para residir: además del
espacio limitado, no había agua y por tanto era necesario cargarla; la
edificación tampoco disponía de un baño donde hacer las necesidades
fisiológicas y para ello el Blado tenía que emplear un cubo, con todo
lo incómodo y antihigiénico que resulta; por no hablar de la vergüenza
que pasaba ante las personalidades cubanas y extranjeras (es sabido
que por “La Gaveta”, como se nombraba a aquella habitación, desfiló
hasta el cineasta español Pedro Almodóvar) que le visitaban por
asuntos de trabajo o amistad, y que en algún instante sentían el
humano deseo de utilizar ese elemental servicio sanitario del que
Pascual (como me gustaba decirle para fastidiarlo) carecía.
En incontables ocasiones visité aquel cuartucho desvencijado donde,
sin embargo, se atesoraba una copiosa cantidad de libros y discos
(llegaron a haber más de 2000 títulos), con algunos ejemplares incluso
hasta del siglo XIX y valorados por los conocedores de la materia como
patrimonio cultural de la nación. Pero lo que más me sorprendía al
llegar a aquella mísera habitación, era que allí uno podía toparse de
entrada o salida con gente tan distante en su manera de pensar y que
iban desde un Fernando Rojas hasta un Antonio José Ponte. Siempre
admiré tal proyección ecuménica e integradora de Bladimir, la cual
nunca entró en contradicción con el hecho de que sirvió a la
Revolución en cuanto le fue posible y sin esperar nada a cambio (jamás
solicitó ningún tipo de prebenda en su favor), sino sólo por cumplir
con su conciencia y por el auténtico placer de aportar un granito de
arena al proyecto sociopolítico que se ha intentado edificar en este
país, al margen de que él se negara de plano a pertenecer a
instituciones como la UPEC, por considerarlo una pérdida de tiempo.


La mejor persona y de sentimientos más nobles que ha andado entre los
caimaneros en los últimos años es Yamilee Castellanos. Quizás por eso,
o porque ella y Blado profesaban idénticas creencias religiosas y
según las cuales eran hijos de la misma deidad (Oshún), cuando a
comienzos de 2012 la salud de él daba señales de franco deterioro,
Yamilee cargó con Bladimir y logró convencerlo para ingresarlo en el
Hospital Naval. Allí se comprobó algo que dejó boquiabierto a los
allegados al Blado: por las pruebas a las que fue sometido, se
verificó que él no era alcohólico. Se comprobaba así algo que solía
afirmar: “Yo bebo porque quiero, si lo deseo puedo dejar de hacerlo”.
Y así fue. Al salir del Naval iba con la orientación médica de no
darse un trago más, pues de hacer lo contrario su maltrecho hígado no
resistiría la batalla. Durante seis meses parecía que Blado cumpliría
con lo dictaminado por los especialistas. A veces llegaba a comprar la
botella él mismo para que los demás bebiesen, pero no consumía ni una
gota.
Cierto día entre agosto o septiembre de 2012, estábamos en la Peña del
Caimán en la EGREM. Se había acabado ya la botella de ron Mulata
asignada por concepto de producción, cuando Blado me tocó por el
hombro y bajito, muy bajito, me dijo:
—Vivir sin beber es demasiado aburrido.
Yo, que había estado esperando aquello de un momento a otro, solo le repliqué:
—¡Sabes que te vas a morir!
—Sí, pero… Arriba, compay, despéinese y ponga aquí una botella de
añejo blanco, que vamos a beber.
Lo que vino después es de sobra conocido por las amistades de
Bladimir. Aproximadamente durante año y medio empinó el codo con
ganas, hasta que en el primer trimestre de 2014 su hígado no aguantó
más. Tras un ingreso urgente y el diagnóstico confirmado de Cirrosis
Hepática, con la expresa prohibición de ingerir alcohol, a fines de
marzo de ese año Blado opta por regresar a Bayamo junto a su madre
Sonia, su hermano Juan Ramón y otros familiares, sin que esto
representase el abandono del espacio ganado por él en las páginas de
su Caimán Barbudo, en las que se mantuvo escribiendo hasta el final de
sus días.
En la provincia de Granma, a diferencia de lo vivido por él en La
Habana, recibió la cooperación de las instituciones culturales del
territorio, en especial de la Asociación Hermanos Saíz, de la que él
fuese vicepresidente a nivel nacional y declarado miembro de honor.
Aunque nunca le concedieran la condición de “maestro de juventudes”,
algo que en su fuero interno siempre anheló. NO VOLVIÓ A BEBER, pero
ya era tarde.
En una de las memorables tertulias que mantuvimos en la Gaveta del
Blado y en la que estaban, entre otros, el “Mariscal” Manuel Henríquez
Lagarde y la poetisa y editora Aymara Aymerich, recuerdo que acordamos
dedicar como mínimo dos páginas de la revista al primero de los
caimaneros que muriese.
Hoy, Bladimir Pascual Zamora Céspedes, galardonado con la Distinción
por la Cultura Cubana y cuya consigna era “hay que beber y ser
revolucionario”, ya no está entre nosotros y yo, por mi parte, tengo
la conciencia tranquila pues en vida cumplí con este hermano mío y
ahora, después de muerto, honro el acuerdo establecido hace años en
medio de una jornada de intenso octanaje etílico.

Todos los caminos me condujeron hasta El Caimán

Todos los caminos me condujeron hasta El Caimán

Yo no iba a ser periodista. Hasta el momento de solicitar la carrera en 12 grado, quería estudiar algo vinculado a las matemáticas, pero el entonces Ministro de Educación Superior, no dio el permiso para que un ciego (en este caso yo) cursase la ingeniería en Sistemas Automatizados de Dirección. Recuerdo que la noche anterior al día en que se concluía la entrega de planillas, la entonces subdirectora del preuniversitario Saúl Delgado en el que yo estudiaba, mi querida Juana Díaz, me llamó para que de manera urgente fuese hasta su casa en la calle 25, a ver por fin qué carrera iba a pedir. Fue Yiya, su hermana y quien había sido profesora mía, quien me sugirió pidiese Periodismo, pues consideraba que yo tenía aptitudes para ello. Fue así que opté por dicha carrera, sin saber a ciencia cierta si me gustaría o no.

Por suerte, desde el primer momento en que entré a la Facultad de Artes y Letras en septiembre de 1981, me sentí bien con el ambiente del lugar. Gracias a mi madre, desde niño tuve pasión por la lectura y aunque mi vocación eran las ciencias, nunca me fue mal en las letras. Creo que fue más o menos por aquel año de 1981 cuando supe de la existencia de  El Caimán Barbudo.

No me da pena decir que las primeras cosas que leí de la publicación fueron únicamente los textos que publicaban sobre música. Recuerdo a la perfección en ese sentido, los trabajos de Tanya Jackson, una norteamericana que por aquella época vivía en Cuba y laboraba en Radio Habana Cuba, o los de Guille Vilar en la sección Entre Cuerdas y que eran de obligatoria consulta para mí. Tiempo después fue que me interesé por escritos como los de  Leonardo Padura  acerca de literatura o los de Ángel Tomás, que versaban sobre artes plásticas. Lejos estaba de pensar que Ángel Tomás (a quien conocería varios años después) tendría en un momento dado un rol fundamental para mi vida como periodista.

A inicios de 1982 me tocaron mis primeras prácticas y fui ubicado en Juventud Rebelde, entonces en el edificio donde hoy radica la Casa Editora Abril. Por iniciativa personal, quise escribir un comentario sobre el programa Encuentro con la Música, que se transmitía de lunes a viernes en horas de la noche por Radio Progreso. Ya con el texto hecho, fui a ver a Lourdes Pasalodos, que era la jefa del equipo de cultura del periódico y que dio la aprobación para que viese la luz mi primer trabajo. No imaginaba que transcurridos unos meses, Lourdes Pasalodos y el también periodista Emilio Surí Quesada serían trasladados hacia El Caimán Barbudo, para sustituir a Ángel Tomás y  Leonardo Padura, que eran enviados como castigo hacia Juventud Rebelde, a fin de que “se reeducaran ideológicamente”.

Corría 1983 o quizá 1984 cuando un día, mi ya para entonces buen amigo Camilo Egaña se me acercó y me propuso comenzar a escribir para Alma Máter. Dije que sí y a partir de ese instante, junto a Camilo y a mi hermano Alexis Triana nos integramos al equipo de la revista dirigida a los universitarios cubanos. No preciso con exactitud el momento en que las oficinas de Alma Máter pasaron de su sede en 17 y H, a estar en la misma casa de Paseo entre 25 y 27, donde radicaba El Caimán. Lo que sí tengo claro es que a partir de ahí aquello fue una bendición, porque mis frecuentes visitas a  Alma Máter  también me servían para disfrutar de la atmósfera que había en torno a El Caimán, y de conversaciones sobre todo lo humano y divino con gentes como Bernardo Marqués Ravelo, alguien ya fallecido y que en mi opinión fue uno de los más grandes periodistas que ha tenido este país en mucho tiempo.

Bajo el influjo de cuanto acontecía en aquella casa, donde aprendí mucho de periodismo y de cultura en general con solo oír los intercambios de criterios que se originaban entre quienes allí laboraban (debates en los que desde una discusión sobre pelota resultaba enriquecedora), llegué a soñar con la posibilidad de trabajar en El Caimán, pero aún no era mi tiempo y, para ello, debería aguardar bastante más. Recuerdo que a la altura del segundo semestre del quinto año de la carrera, entre abril y junio de 1986, yo andaba buscando un sitio donde me quisieran aceptar para laborar al graduarme, pues en la dependencia del Ministerio de Cultura donde me habían ubicado, se negaron de cuajo a recibir a un ciego en su nómina.

Fui de redacción en redacción por todos los órganos de prensa existentes en La Habana, para recibir siempre la misma negativa por respuesta. Por supuesto, también me presenté en la oficina de la entonces directora de El Caimán,  Paquita Armas, alguien que con el paso de los años se ha convertido en la actualidad en una de mis mejores amigas, una miembro fundamental de mi familia y con la que hablo telefónicamente una o dos veces al día. Pero claro, aquella tarde en que fui a solicitarle empleo, la historia era otra y, como es lógico, con suma gentileza la Paca me dio el bate pues no creía que alguien con un defecto físico como el mío pudiese servir para el oficio del periodismo y menos en El Caimán Barbudo.

Por historias de discriminación como esa y que se han repetido una y otra vez en mi vida o con tantísimos ciegos y ciegas que conozco, es que siempre me he proyectado en defensa de la alteridad como ganancia cultural y principio transformador, y en solidaridad con la causa de quienes entre nosotros han sido víctimas por ser o pensar diferente, como las representantes de los grupos feministas, los activistas LGTB, los negros y mestizos aunados en proyectos como la Cofradía de la Negritud, más allá de compartir ciento por ciento o no con sus postulados.

Pero como señal inequívoca de que de un modo u otro mi camino estaba asociado a El Caimán Barbudo y a quienes han laborado en la revista, la única persona que se ofreció a darme empleo en 1986, a ver si yo daba o no la talla en un trabajo de corte intelectual, fue Félix Sautié, en ese instante director de la Editorial José Martí. El “loco” Sautié, como muchos le dicen, había sido también director de El Caimán y, aunque en el medio artístico literario él es una figura denostada por haber llegado a la publicación como uno de los tantos “apagafuegos” impuestos por las instancias superiores en la historia del saurio y por haber sido Vicepresidente del tristemente recordado Consejo Nacional de Cultura durante la etapa del Quinquenio Gris, siempre le estaré agradecido por abrirme las puertas del centro que él dirigía y porque en los años que permanecí como su subordinado, aprendí muchísimo del mundo editorial.

No obstante a que, sin la menor duda, puedo decir que en la José Martí me fue bien e hice allí excelentes amistades que aún conservo, aquello no era lo mío pues lo que yo quería hacer era periodismo. Y la oportunidad se me dio en 1988, una vez más gracias a alguien que también estuvo asociado a El Caimán Barbudo. En ese año, Alexis Triana Hernández estaba concluyendo su tesis para graduarse en la Facultad de Periodismo. Su Trabajo de Diploma era sobre Juventud Rebelde y a raíz de su investigación, él propició que varios jóvenes nos acercásemos como colaboradores al periódico. Fue así que por encargo del entonces jefe de las páginas de cultura, Ángel Tomás, escribí para una de las ediciones dominicales un trabajo denominado “La generación de los topos”, que al salir dio mucho que hablar.

Tras aquella experiencia, el propio Ángel Tomás me preguntó que si yo sería capaz de llevar una sección en el periódico, a lo que de inmediato y sin pensarlo ni mucho ni poco, respondí de manera afirmativa. Fue así que surgió mi columna “Los que soñamos por la oreja”,  que se mantuvo desde 1988 hasta marzo de 2018 en Juventud Rebelde, momento en que desapareció no por mi voluntad. Justo fue un ex caimanero, por demás expulsado de la revista so pretexto de los consabidos problemas ideológicos de siempre, devenido luego jefe de las páginas de cultura y de las memorables ediciones dominicales de Juventud Rebelde en la segunda mitad de los ochenta (a partir de ese instante mi amigo y principal maestro de periodismo en la práctica), Ángel Tomás González, la única persona que en un momento en que nadie me conocía se atrevió a abrirme un espacio para que yo redactase una columna semanal en las páginas del segundo diario en importancia de este país.

Gracias a “Los que soñamos por la oreja”, mi trabajo como periodista fue dándose a conocer y, poco tiempo después, desde varios de los sitios en que en 1986 me habían negado la posibilidad de empleo, me llegaron ofertas de trabajo. De ellas acepté la formulada por Armando Fraga, Jorge Hernández Pría y José León, quienes al asumir la dirección de la revista Alma Máter me solicitaron que me sumase al equipo de la publicación y al de la Casa Editora Abril, donde siempre me han valorado en mi justa medida.

Cuando en el último trimestre de 1990 el país entró en lo que se ha conocido de manera eufemística como Período Especial y el sistema de prensa cubano se vino abajo, pasé a trabajar en un engendro nombrado Somos (una revista mensual), donde compartí labores como redactor reportero junto a colegas procedentes de El Caimán como la mencionada Lourdes Pasalodos; Luis Felipe Calvo y  Bladimir Zamora. En el primer quinquenio de los noventa, gracias a una donación de papel hecha por Tomás Borge, pudieron imprimirse un par de ediciones de El Caimán, la 274 y 275. En esta última, tuve la suerte de incluir un texto mío, “Te doy otra canción”, trabajo realizado a partir de una ponencia que había presentado en el evento teórico del festival Los Días de la Música, en su emisión de 1994.

Finalmente, al reaparecer de forma sistemática El Caimán Barbudo a fines de 1996, como parte de la resurrección de las publicaciones de la Casa Editora Abril por obra de una intervención pública de Iroel Sánchez en un evento en el que se encontraba presente Fidel; por solicitud de quien entonces asumió la dirección de El Caimán, Fernando Rojas, tuve el privilegio de pasar a formar parte de la redacción de la revista, donde he compartido la dicha de llegar a ser caimanero con gentes como el aludido Fernando, el Blado, el Mariscal Lagarde, Félix, Aymara,  FIDE, Paca, Andrés,  Grillo, Leo, la desaparecida Luisa, Marbelys, Yamilee, Tania,  Richard, Cari, Elena, Escael,  Racso, Pepe Antonio, Daya, Yaíma, Silvano,  Antonio Enrique, hasta los últimos en llegar, Darío, María Antonieta, Maykel, Lourdes, Albita y Raúl.

Para concluir, solo quiero agregar que la mayor lección que he sacado de mi vínculo con El Caimán Barbudo, tanto en mi etapa de lector durante los 80 como en la de periodista de la publicación desde 1996 hasta hoy, es que entre nuestros compatriotas perduran las equívocas tendencias que confunden el debate y la discrepancia de corte intelectual, en el peor de los casos, con el linchamiento del enemigo o, en la menos desafortunada de las situaciones posibles, con el mero y llano intercambio de cortesías. Por lo que promover y auspiciar la discusión con las múltiples voces e ideas de la esfera pública, no es solo un acto legítimo sino también indispensable para progresar en la aspiración de alcanzar, alguna vez, un diálogo carente de dogmas y juicios totalizadores, en el que predomine un consenso signado por una buena dosis de serenidad y respeto. Pensar lo que otro nos dice y admitir que puede tener parte de o toda la razón, para nosotros es una proeza; y así, hemos obviado una moraleja de Jorge Luis Borges: “Hay que saber elegir los enemigos, porque al final terminamos pareciéndonos a ellos”.

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