Category: Narrativa

Al reencuentro de Celestino antes del alba

Al reencuentro de Celestino antes del alba

“Pocos libros se han publicado en nuestro país, donde las viejas angustias del hombre de campo se nos acerquen tan conmovedoramente, haciendo casi de su simple exposición una denuncia mucho más terrible que cualquier protesta deliberada. Y junto con las angustias, el propio espacio en que se vive, la tierra, las plantas y sus nombres, el habla campesina, hasta las malas palabras, todo significado en el trajín de su agonía con la visión empeñada en transfigurarlo, y frente a la cual, para resistirle, debe todo apelar a su raíz, a su necesidad última.”

Las anteriores son palabras del gran poeta  Eliseo Diego, a propósito de la aparición en 1967 del libro Celestino antes del alba, debut en el mundo de las letras por parte de  Reinaldo Arenas y una obra de culto en el devenir de la literatura cubana.

Un jurado presidido por  Alejo Carpentier había galardonado la aludida narración en 1965, con una primera mención en un concurso convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Dicen que aquella edición cubana (la única obra de Arenas publicada en su país natal) se agotó en una semana. La novela es una defensa de la libertad y de la imaginación en un mundo conminado por la barbarie, la persecución y la ignorancia. 

Celestino antes del alba inicia el ciclo de una pentagonía integrada por esta novela, así como por las narraciones El palacio de las blanquísimas mofetasOtra vez el marEl color del verano y El asalto. Lamentablemente, la producción creativa de Arenas, quien salió de La Habana vía Mariel hacia Miami en 1980, es desconocida por el que debiera ser su público natural.

Como ha escrito el prestigioso investigador Carlos Espinosa Domínguez al referirse a Celestino antes del alba:

“El protagonista de la novela es un niño campesino que, para sobrevivir a la ignorancia del medio, se inventa un primo imaginario, Celestino. Este viene a ser su alter ego, el otro, el cómplice, el poeta que escribe en las hojas de los árboles y una de las personas que forman su personalidad. Su ingenua fantasía infantil se opone a una realidad vulgar y lo rescata del entorno inmediato, llevándolo a otro ámbito, la gran realidad, la verdadera realidad. Se va formando así un mundo de filiación mágica, hecho a la medida de sus anhelos y necesidades, y en el cual las cosas suceden y no suceden, las personas mueren y no mueren, el mundo es objetivo y no lo es. Alguien sugirió el rótulo de surrealismo tropical para definir esta sucesión de anécdotas fantásticas que mantienen una atmósfera poética, y donde las fronteras entre realidad y ficción no se distinguen”.

Obra debut de alguien nacido para escribir (al decir de José Lezama Lima) y cuyo valor emblemático no deja de aumentar, hoy en Miradas Desde Adentro publicamos un fragmento de esta novela, caracterizada en conjunto por ser una lectura sugestiva y al mismo tiempo inquietante

Celestino antes del alba (fragmentos)

Reinaldo Arenas

Mi madre acaba de salir corriendo de la casa. Y como una loca iba gritando que se tiraría al pozo. Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo. 

Corriendo llego y me asomo. Pero, como siempre: solamente estoy yo allá abajo. Yo desde abajo, reflejándome arriba. Yo, que desaparezco con sólo tirarle un escupitajo a las aguas verduscas. 

Madre mía, ésta no es la primera vez que me engañas: todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo, y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco, dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa. No. Ya estoy cansado. No te tires si no quieres. Pero tampoco digas que lo vas a hacer si no lo harás.

Lloramos detrás del mayal viejo. Mi madre y yo, lloramos. Las lagartijas son muy grandes en este mayal. ¡Si tú las vieras! Las lagartijas tienen aquí distintas formas. Yo acabo de ver una con dos cabezas. Dos cabezas tiene esa lagartija que se arrastra. La mayoría de estas lagartijas me conocen y me odian. Yo sé que me odian, y que esperan el día… «¡Cabronas!», les digo, y me seco los ojos. Entonces cojo un palo y las caigo atrás. Pero ellas saben más de la cuenta, y enseguida que me ven dejan de llorar, se meten entre las mayas, y desaparecen. La rabia que a mí me da es que yo sé que ellas me están mirando mientras yo no las puedo ver y las busco sin encontrarlas. A lo mejor se están riendo de mí. 

Al fin doy con una. Le descargo el palo, y la trozo en dos. Pero se queda viva, y una mitad sale corriendo y la otra empieza a dar brincos delante de mí, como diciéndome: no creas, verraco, que a mí se me mata tan fácil. 

«¡Animal!», me dice mi madre, y me tira una piedra en la cabeza. «¡Deja a las pobres lagartijas que vivan en paz!» Mi cabeza se ha abierto en dos mitades, y una ha salido corriendo. La otra se queda frente a mi madre. Bailando. Bailando. Bailando. 

Bailando estamos todos ahora sobre el techo de la casa. ¡Qué de gente sobre el techo! A mí me encanta encaramarme en las pencas de guano, y siempre encuentro algún que otro nido de totises acá arriba. Yo no me como los huevos de los totises, porque dicen que siempre están podridos, y entonces lo que hago es que se los tiro a la cabeza a mi abuelo, que siempre que me ve arriba de la casa, coge la vara larga de desmochar palmas y empieza a juzgarme como si yo fuera un racimo de palmiches. Uno de los huevos se le ha reventado a mi abuelo en un ojo, y yo no sé por qué, pero a mí me parece que se ha quedado tuerto.

Pero no: a ese viejo hay que sacarle los ojos con una garrocha, porque lo que tiene ahí es más duro que el fondo de una caneca. 

Bailando yo solo sobre el techo. A mis primos ya los he hecho bajar y están durmiendo entre los pinos. Dentro del cercado de ladrillos blancos. Y cruces. Y cruces. Y cruces.

«Para qué tantas cruces», le pregunté a mamá el día que fuimos a ver a mis primos. 

«Es para que descansen en paz y vayan al cielo», me dijo mi madre, mientras lloraba a lágrima viva y se robaba una corona fresca de una cruz más lejana.

Yo arranqué entonces siete cruces y cargué con ellas bajo el brazo. Y las guardé en mi cama, para así poder descansar cuando me acostara y no sentir siquiera a los mosquitos, que aquí tienen unas digas peores que las de los alacranes. 

«Estas cruces son para poder descansar», le dije a mi abuela, cuando entró en el cuarto. Mi abuela es una mujer muy vieja, pensé, mientras me agachaba bajo la cama. «Toma estas dos cruces para ti», le dije a abuela, dándole las cruces. Y ella cargó con todas. «Hoy hay escasez de leña», dijo. Y cuando llegó al fogón las hizo astillas y las echó en la candela. 

«¡Qué has hecho con mis cruces, desgraciada!», le dije yo, y, cogiendo un pedazo de cruz encendida, le fui arriba para sacarle los ojos. Pero con esta vieja no se puede jugar, y cuando yo tomé el palo encendido, ella cogió la olla de agua hirviendo que estaba en el fogón y me la tiró arriba. Que si no me aparto ahora estuviera en carne viva. «Conmigo no juegues», dijo abuela, y luego me dio un boniato asado para que me lo comiera. Yo salí para el guaninas, con el boniato a medio comer, y allí hice un hoyo y lo enterré. Luego inventé una cruz con una mata de guanina seca, y también la enterré junto al boniato muerto. 

Pero ahora debo dejar de pensar en esas cosas y ver cómo me bajo del techo sin que abuelo me ensarte con el palo. Ya sé: iré por entre las canales de zinc como si fuera un gato, y cuando él menos se lo piense, me tiro de una canal y salgo corriendo. ¡Ah, si pudiera caerle encima a mi abuelo y aplastarlo!

Él es el único culpable. Él. Por eso nos reunimos aquí yo y todos mis primos. Aquí, en el techo de la casa, como lo hemos hecho ya tantas veces: tenemos que planear la forma de que abuelo se muera antes de que le llegue la hora. 

Esta casa siempre ha sido un infierno. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos. Y abuela era la primera en estar haciendo cruces en todos los rincones. Pero cuando las cosas se pusieron malas de verdad fue cuando a Celestino le dio por hacer poesías. ¡Pobre Celestino! Yo lo veo ahora, sentado sobre el quicio de la sala y arrancándose los brazos. 

¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar, hasta en los respaldos de las libretas donde el abuelo anota las fechas en que salieron preñadas las vacas. En las hojas de maguey y hasta en los lomos de las yaguas, que los caballos no llegaron a tiempo para comérselas. 

Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de maguey por enmarañar. Ni el lomo de una yagua. Ni las libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas. 

«Eso es mariconería», dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino. Y ésa fue la primera vez que se tiró al pozo. 

«Antes de tener un hijo así, prefiero la muerte.» Y el agua del pozo subió de nivel. 

¡Qué gorda era entonces mamá! Sí que era gorda. Y el agua, al ella zambullirse, subía y subía. ¡Si tú hubieras visto!: yo fui corriendo al pozo y pude lavarme las manos en el agua, y, sin inclinarme casi, bebí, estirando un poco el cuello. Y luego empecé a beber utilizando las manos como si fueran jarros.

¡Qué fresca y qué clara estaba el agua! A mí me encanta mojarme las manos y beber en ellas. Igual que hacen los pájaros. Aunque claro, como los pájaros no tienen manos, se la toman con el pico… ¿Y si tuvieran manos y fuéramos nosotros los equivocados?… Yo no sé ni qué decir. Como las cosas en esta casa andan tan mal: yo no sé, a la verdad, ni en qué pensar. Pero, de todos modos, pienso. Pienso. Pienso… Y ya Celestino se me acerca de nuevo, con todas las yaguas escritas bajo el brazo, y los lápices de carpintería clavados en mitad del estómago. 

-¡Celestino! ¡Celestino! -¡El hijo de Carmelina se ha vuelto loco! 

-¡Se ha vuelto loco! ¡Se ha vuelto loco! -Está haciendo garabatos en los troncos de las matas. -¡Está loco de remate! -¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! ¡A mí nada más me pasan estas cosas! -¡Qué vergüenza! 

Fuimos al río. Las voces de los muchachos se fueron haciendo cada vez más gritonas. A él lo sacaron del agua y le dijeron que se fuera a bañar con las mujeres. Yo salí también detrás de Celestino y entonces los muchachos me cogieron y me dieron ocho patadas contadas: cuatro en cada nalga. Yo tenía deseos de llorar. Pero él lloró también por mí. 

Y nos cogió la noche en mitad del potrero. Así, de pronto, llega la noche en estos lugares. Cuando menos uno se lo imagina, nos sorprende. Nos envuelve, y luego no se va. Casi nunca aquí amanece. Aunque, desde luego, mucha gente dice que sale el sol. Yo también lo digo de vez en cuando. De vez en cuando. De vez en cuando. De… 

«Que en la casa no se enteren de lo que han hecho los muchachos», me dijo Celestino, y se secó los ojos con una hoja de guayaba. Pero al llegar a la casa, ya ellos nos estaban esperando en la puerta. Nadie dijo nada. Ni media palabra. Llegamos. Entramos en el comedor y ella salió por la puerta de la cocina. Dio un grito detrás del fogón y echó a correr por todo el patio, lanzándose de nuevo al pozo… Cuando yo era más chiquito, abuela me dio una gallina y me dijo: «Síguela hasta que encuentres su nido, y no vuelvas a la casa si no traes los bolsillos llenos de huevos». Yo solté la gallina en mitad del patio. Salió corriendo. Dio tres revoloteos en el aire. Y desapareció, cacareando por entre las mayas y las espinas. -Se me ha perdido la gallina, abuela. -¡Desgraciado! ¡Mejor sería que te murieras! 

Celestino se me acercó y me puso la mano en la cabeza. Yo estaba triste. Era la primera vez que me habían echado una maldición. Yo estaba triste y empecé a llorar. Celestino me levantó en alto, y me dijo: «Qué tontería…, debes ir acostumbrándote». Yo miré entonces a Celestino y me di cuenta que él también estaba llorando, aunque trataba de disimularlo. Y entonces comprendí que él todavía no se había acostumbrado. Por un momento yo dejé de llorar. Y los dos salimos al patio. 

Todavía era de día.

Había caído un aguacero. Y los relámpagos, que no se habían satisfecho con el agua, pestañeaban y volvían a pestañear detrás de las nubes y entre las hojas altas de las matas de cañafístulas. Qué olor tan agradable queda después de un aguacero… Yo nunca antes me había dado cuenta de esas cosas. Me di entonces. Y tragué aire con la nariz y con la boca. Y volví a llenarme la barriga de olor y de aire. Ya el sol no saldría, porque había demasiadas nubes. Pero aún todo estaba claro. Caminamos por debajo de las matas de anones y yo sentía el fango mezclado con las hojas, traspasando los huecos de mis zapatos. El fango estaba frío, y a mí se me ocurrió pensar que estaba caminando por entre la nieve y que las matas de anones eran pinos de Navidad, y que toda la familia estaba en la casa, entre un no sé qué tipo de abejeo y bulla, que hasta entonces no había yo oído. «Qué lástima que en este lugar no haya nieve», le dije a Celestino. Pero ya él no estaba conmigo. «¡Celestino! ¡Celestino!», grité yo, muy bajo, como si no quisiera despertarme y encontrarme en mitad de un fanguero.

¡Celestino! ¡Celestino!…

Nos regresan al silencio

Nos regresan al silencio

Creo que podemos aprehender un libro, y mucho más si se trata del libro de un amigo, no cuando seguimos sus instrucciones en el prólogo y buscamos en cada palabra una esencia oculta, una pista o un vestigio para descifrar ese absurdo camino de regreso al autor, sino cuando, en el rapto estético, es el libro quien hace el trabajo. 

Cuando Carlos Ávila Villamar nos pide que leamos sus fábulas de noche y con paciencia, no quiere realmente – esté o no consciente de eso – que nos sentemos a leer con calma, después del baño y las vorágines del día, para que en un estado de sosiego podamos equipararnos a ciertos ritmos y experiencias contenidas en el relato y de ese modo podamos comprenderlo y disfrutarlo. 

Detrás de la interpelación se esconde el anhelo de que sea el texto mismo quien opere el cambio: el lector no ha de leer con paciencia, el texto, si está logrado, volverá las cosas todas, y por tanto la lectura, en noche y paciencia. 

Y en efecto, los relatos de Fabulario nos regresan al silencio. Nos vuelven un otro olvidado que ha exiliado de repente ese ruido de fondo, ese zumbar aberrante de ciudad que indefectiblemente reverbera hoy en cada objeto y en cada imagen. 

He leído el texto con voz ajena, seguramente la de un padre o una madre fabulados, y lo he hecho desde un pasado probablemente inexistente. A falta de palabras mejores, quizás se trate de un regreso nostálgico al momento de la infancia en que la experiencia estética no solo era la obertura por excelencia a la comprensión del mundo, sino que era la única obertura posible. 

La ciencia, la ética, la política, la justicia, todas las complejas construcciones que hoy en día sobreviven pensadas al límite, se encuentran cuestionadas en Fabulario precisamente a partir de la experiencia estética, que por supuesto se entiende en sentido amplio y se vincula a lo fantástico, lo místico, lo demoníaco. 

Fabulario puede ser el detonante para largos debates literarios y filosóficos. Tributan a ello en gran medida la selección de los espacios, lejanos y húmedos – quizás menos en el último cuento –; las actitudes, las ideas y los cambios de los personajes, y en especial las cualidades de la prosa, clara y depurada. 

CAV es consciente de que la narración no precisa de alardes innecesarios o enrevesadas acrobacias conceptuales, sino de ritmos sabiamente controlados, de vívidas sinestesias y de la fuerza que existe en el cuerpo mismo de las palabras, en el goce de decirlas internamente o en voz alta.

Este volumen I no es un libro perfecto. “Asimétrico” le ha llamado su autor en el prólogo, con la astucia de quien escoge la palabra asociada a la imparcialidad del número. No quiere decir esto que hayan malos cuentos. Todos fueron hilados, de hecho, con minuciosa religiosidad, y en mayor o menor medida, todos devienen una suerte de secuestro ineluctable. 

Sin embargo, dos de ellos, “Cola de zorro” y “Sol de medianoche”, resultan en mi opinión infinitamente superiores al resto. Algunos pasajes son tan poderosos que permanecen en la retina durante toda la noche, capaces incluso de violentar nuestros sueños y de turbarnos por completo al despertar. Sabrá el lector a cuáles me refiero. En cualquier caso se trata de un proyecto que comienza, de los primeros pasos de un escritor joven, pero que ya da signos evidentes de un futuro movimiento in crescendo.  

En recuerdo de Guillermo Rosales

En recuerdo de Guillermo Rosales

Cuando me preguntan si en estos días estoy muy aburrido por la reclusión a la que nos ha obligado el coronavirus, tengo que decir que no. Ello responde a que en las semanas transcurridas desde que comenzó la epidemia en Cuba, he podido acceder a una cantidad de libros que durante años había buscado infructuosamente y que ahora, por obra y gracia de la pandemia, han sido liberados para su descarga en incontables sitios de la red. 

Entre los autores que más he disfrutado por los días que corren está Guillermo Rosales, de quien por ejemplo, de una sentada mi novia y yo nos leímos su novela Boarding home (La casa de los náufragos), todo un clásico de la literatura cubana y que estoy convencido de que en el futuro será parte de los programas docentes de nuestras letras, más allá de las diferencias del autor con el sistema sociopolítico imperante en Cuba. 

Mientras tengo en cola para leer su novela El juego de la viola y que bajo otro título fue finalista del Premio Casa de las Américas en 1968, reproduzco en Miradas Desde Adentro una excelente investigación llevada a cabo por la periodista Ivette Leyva Martínez y que ojalá sirva para motivar el interés por la obra de Guillermo Rosales, un grande de nuestra cultura.

Guillermo Rosales o la cólera intelectual[1] 

Pocos escritores cubanos encarnan, como Guillermo Rosales, el 

paradigma de la frustración, el fulgor del genio, el tormento de la 

insatisfacción y la locura. Murió a los 47 años, pobre, solo y olvidado; 

destruyó la mayor parte de su obra y en vida solamente publicó una novela 

de corte autobiográfico, Boarding home [La casa de los náufragos] (1987), 

premiada con el voto de Octavio Paz en un concurso literario local. Mas su 

éxito se apagó con los flashes de las cámaras. Hoy su novela es considerada 

por muchos un clásico de la literatura cubana, pero sigue siendo 

desconocida para la mayoría de los lectores. 

Boarding home[

2] 

cubre una dimensión dantesca de la vida. Es un viaje 

a los rincones más sombríos de la condición humana, y pocos son los que 

permanecen indiferentes ante esta visión. Humillaciones, suciedad, hedor y 

abusos físicos conforman el escenario donde pasa sus días el protagonista. 

Apenas hay un momento de piedad para el lector, un hálito de esperanza 

en las 100 páginas que narran, con descarnada precisión, los días del 

escritor William Figueras, enfermo de los nervios, en la atmósfera 

asfixiante de este refugio de indigentes, basurero de la sociedad miamense. 

El home no es hogar sino infierno, un círculo demencial donde los 

infortunados están condenados a reproducir a perpetuidad los estadios del 

ciclo de vida animal. Son «seres de ojos vacíos, mejillas secas, bocas 

desdentadas, cuerpos sucios»

[3]. 

Boarding home es una novela única dentro de la literatura cubana del 

exilio en los últimos cuarenta años. El protagonista habla desde la certeza 

de la derrota y la inestabilidad de la alienación. Define, desde el inicio, lo 

particular de su situación: «No soy un exilado político. Soy un exilado total.

A veces pienso que si hubiera nacido en Brasil, España, Venezuela o 

Escandinavia, hubiera salido huyendo también de sus calles, puertos y 

praderas»

[4]. 

No hay en esta obra, como tampoco en el último y aún inédito 

libro de Rosales, El alambique mágico, un atisbo de nostalgia, una palabra, 

una frase que denote añoranza por Cuba. 

El novelista Carlos Victoria, la persona más cercana a Rosales en los 

últimos años de su vida, cree que la falta de nostalgia de Rosales por Cuba 

se debía a un odio visceral. «Estaba alimentado por el odio, era su principal 

motor. Un odio contra la naturaleza humana. No perdonaba a nadie ningún 

defecto, ninguna debilidad, empezando con él mismo», recordó Victoria en 

una entrevista para Encuentro. 

El propio Rosales admitió que Boarding home era «una novela escrita 

con odio»

[5] 

y legitimó su visión apocalíptica de la realidad y su vocación 

nihilista: «Creo que la experiencia de quien vivió en el comunismo y el 

capitalismo y no encontró valores sustanciales en ninguna de ambas 

sociedades (sic), merece ser expuesta. Mi mensaje ha de ser pesimista, 

porque lo que veo y vi siempre a mi alrededor no da para más. No creo en 

Dios. No creo en el Hombre. No creo en ideologías»

[6]. 

Muchos de quienes lo conocieron en Miami lo recuerdan hoy con 

especial angustia. Era tremendamente irascible, mordaz hasta el sarcasmo, 

susceptible, agresivo hasta golpear, en ocasiones, a la gente más cercana a 

él. Al día siguiente volvía a tocar las mismas puertas, arrepentido. Sufría, 

pero no estaba en sus manos remediarlo: cada cierto tiempo padecía crisis 

de esquizofrenia; tenía visiones, oía voces, creía ver más allá de las paredes. 

Conservaba, a pesar de todo, un buen sentido del humor y, cuando estaba de 

ánimo, le gustaba hacer bromas. Su capacidad de fabulación era inagotable: 

durante una conversación era capaz de improvisar los relatos más 

increíbles, que luego iba desarrollando por espacio de algunos días. 

En la única entrevista que se le hizo en vida para la prensa, Rosales dice 

que sus personajes «casi todos son cubanos afectados por el totalitarismo 

castrista, guiñapos humanos»

[7]. 

En la novela, aunque el pasado levita sobre los personajes, su presencia 

es breve y tangencial: una loca se lamenta de las propiedades que le 

confiscaron en Cuba, otro chilla contra los comunistas, a los que ve en todas

partes. La voz del autor se desplaza en un presente tortuoso, infinito, con 

pocas referencias al pasado en Cuba y sin mostrar conflictos de identidad. 

La mayoría de las alusiones a la situación cubana develan el subconsciente, 

el universo onírico del protagonista. En sueños William Figueras regresa a 

Cuba y se enfrenta a Fidel Castro. Irónicamente, estas obsesiones de los 

exiliados, que en otras obras son reflejadas con amargura, se convierten en 

el único oasis de humor dentro de una narración seca y desgarradora: 

(…) soñé que estaba de nuevo en La Habana, en el salón de una 

funeraria de la calle veintitrés (…). De pronto se abrió una puerta blanca y 

entró un ataúd enorme cargado por una docena de viejas plañideras. Un 

amigo me dio un codazo en las costillas y me dijo: 

—Ahí traen a Fidel Castro. 

(…) Entonces el ataúd se abrió. Fidel sacó primero una mano. Luego la 

mitad del cuerpo. Finalmente salió por completo de la caja. Se arregló el 

traje de gala, y se acercó sonriente hasta nosotros. 

—¿No hay café para mí? —preguntó[

8]. 

Otras referencias a la posición de William Figueras con respecto a Cuba 

tienen un toque de amargor y sarcasmo: 

Es El Puma, uno de los hombres que hacen temblar a las mujeres de 

Miami (…). Jamás abrazará desesperadamente una ideología y luego se 

sentirá traicionado por ella. Nunca su corazón hará crack ante una idea en la 

que se creyó firme, desesperadamente (…). Nunca experimentará el júbilo 

de ser miembro de una revolución, y luego la angustia de ser devorado por 

ella[

9]. 

Las relaciones entre los indigentes que habitan el asilo se trazan sobre la 

rutina más primitiva: comer, dormir, hacer las necesidades fisiológicas, 

fornicar. William Figueras observa a los demás con frialdad, e interactúa 

con ellos bajo el signo de la crueldad que rige la vida del antro. La novela 

exhala violencia, que es uno de los rasgos distintivos de la obra de Rosales, 

como lo fue de su personalidad. Esa agresividad se expresa también en la

prosa bruñida, en la precisión de los verbos y los adjetivos, en el estilo 

tajante, como un golpeteo en el oído. 

Voy hasta Reyes y lo cojo fuertemente por el cuello. Le doy una patada 

en los testículos. Estallo su cabeza contra la pared. 

—Perdón… perdón… —dice Reyes. 

Lo miro con asco. Sangra por la frente. Siento, al verlo, un extraño 

placer. Cojo la toalla, la tuerzo, y doy un latigazo con ella en su pecho 

esquelético[

10]. 

A pesar de ser partícipe, el protagonista evalúa los acontecimientos con 

la más pasmosa lucidez y distanciamiento: 

Fue una burguesa, allá en Cuba, en los años en que yo era un joven 

comunista. Ahora el comunista y la burguesa están en el mismo lugar (…) 

que les asignó la historia: el boarding home[

11]. 

Tan pronto Rosales llegó a Miami, se le declaró incapacitado por 

problemas mentales y nunca trabajó. Boarding home, escrita unos cinco 

años después, es el testimonio de su vida en Estados Unidos, que 

transcurrió sobre todo en boarding homes, con intervalos en hospitales 

psiquiátricos, en algún que otro hotelucho y en un pobre apartamento. 

Fueron siete años de desamparo, pobreza y corrosión. No gustaba de los 

grupos sociales y tenía pocos, pero fieles amigos. Entre los más cercanos 

estaban, además de Carlos Victoria, Reinaldo Arenas, el poeta Esteban Luis 

Cárdenas —el Negro de Boarding home, hoy también pobre y olvidado en 

uno de esos asilos—, Carlos Quintela, Rosa Berre y el escritor colombiano 

Luis Zalamea. 

Las relaciones con la parte de la familia que ya residía en la ciudad 

fueron difíciles y no contribuyeron a detener su descalabro emocional: 

Creyeron que llegaría un futuro triunfador (…); y lo que apareció en el 

aeropuerto (…) fue un tipo enloquecido, casi sin dientes, flaco y asustado, 

al que hubo que ingresar ese mismo día en una sala psiquiátrica porque

miraba con recelo a toda la familia y en vez de abrazarlos y besarlos los 

insultó (…). Una mancha terrible en esta buena familia de pequeños 

burgueses cubanos (…). La única que se mantuvo fiel a los lazos familiares 

fue esta tía Clotilde (…). Hasta el día en que, aconsejada por otros 

familiares y amigos, decidió meterme en el boarding home; la casa de los 

escombros humanos[

12]. 

Había salido de La Habana rumbo a Madrid a los 33 años, en julio de 

1979, y pudo llegar a Miami en enero de 1980. Estaba dispuesto a hacer su 

obra fuera de la isla. 

En Cuba se había sumado al entusiasmo inicial de la Revolución; fue 

uno de los primeros en subir a la Sierra Maestra para alfabetizar. Luego 

obtuvo una beca para estudiar derecho diplomático y consular en la Escuela 

Especial del Servicio Exterior. De uniforme verde olivo, camisa gris y botas 

de media caña, se le apareció un día a Carlos Quintela, quien entonces 

dirigía el semanario juvenil Mella, órgano de la Asociación de Jóvenes 

Rebeldes y luego de la Unión de Jóvenes Comunistas. Tendría 14 o 15 años. 

«Quería dejar la escuela de relaciones exteriores, y trabajar para Mella, 

pero eso no se podía hacer sin contar con Fidel [Castro]. Allí ganaba 300 

pesos mensuales, y Mella pagaba 60 o 70. No hubo modo de convencerlo 

de lo contrario; al cabo del tiempo Aníbal Escalante le resolvió la liberación 

de la escuela», rememoró Quiniela[

13]. 

Trabajó para esa revista entre 1961 y 1963. Cuando se sentaba a la 

máquina de escribir era capaz de redactar los reportajes en un dos por tres. 

Tras publicar «Hondo», un fascinante relato sobre espeleología, Mella 

recibió una llamada de la Academia de Ciencias: Rosales había inventado 

14 nombres de formaciones geológicas, dijeron no sin cierta admiración los 

científicos. 

Era un fabulador incansable. Un jodedor con dotes histriónicas al que le 

encantaba hacer bromas y hablar con contraseñas. Obsesivo con los temas 

que le interesaban, impredecible, agresivo: así lo recuerdan sus amigos de 

entonces. Esa luminosidad se tomó en trágica opacidad hacia el final de su 

vida; con tal cúmulo de disonancias entre sus años juveniles y su adultez

que la imagen del joven Rosales tiene visos de irrealidad para quienes lo 

conocieron en Miami. 

En los sesenta, años de fogosidad creativa para los jóvenes periodistas 

de publicaciones como Mella, en la casa de Guillermito —como le decían 

los amigos—, en el Vedado, se reunían Silvio Rodríguez, Norberto Fuentes, 

Antonio Conte, Víctor Casáus y Eliseo Altunaga, entre otros, para oír 

música y hablar, insaciablemente, de todos los temas de este mundo. 

Leen y dibujan mucho sobre papel ahumado. Rosales duerme frente a 

un monstruo que ha pintado Silvio, inspirado en algún cuento de Poe. Le 

teme pero se regodea con la presencia de la imagen: lo feo, lo brutal, lo 

siniestro, lo acosarían noches y días, en angustiosa osmosis entre imaginería 

y realidad. 

Muchos de sus amigos ya conocen por esa época la novela Sábado de 

Gloria, Domingo de Resurrección, que él recita de memoria. Poco después, 

en 1968, quedó finalista del premio Casa de las Américas y obtuvo, por 

unanimidad, la recomendación de ser publicada, pero nunca lo fue. 

Todo lo que dice La Gaceta de Cuba en la breve reseña introductoria a 

dos capítulos, es que: «El protagonista es un niño influido por la lectura de 

los muñequitos [tiras cómicas] de la época anterior al triunfo de la 

Revolución»

[14]. 

Aparentemente, se trataba de una obra inofensiva, a salvo 

de la guillotina editorial. 

Pero sólo llegó a las librerías en 1994, y en Miami, donde se publicó 

postumamente bajo el título de El juego de la viola. La versión publicada 

diverge muy poco de la que apareció en La Gaceta de Cuba: el capítulo «A 

las dos mi reloj» pasa a ser «A la una mi mula», y «A las once campana de 

bronce» es «A las siete mi machete» en la versión definitiva. Un par de 

párrafos fueron suprimidos y hay cambios en los signos de puntuación; se 

añadieron onomatopeyas, y las oraciones son más concisas y cortantes; el 

sello personal de Rosales asoma desde esta primera novela: el estilo, un 

estilete, y la estructura narrativa, ágil, vertiginosa. 

La historia, en efecto, se sitúa antes de 1959, y narra escenas de la vida 

diaria de Agar, un niño fantasioso e infeliz que está en el umbral de la 

adolescencia. Las 95 páginas de la historia, contadas en tiempo pasado, 

están agrupadas en capítulos titulados con los versos del juego infantil de la

viola, que se convierte en una diversión maligna de los Chicos Malos, 

vecinitos del protagonista: 

—¿Criaturas…? ¿Por qué se odian? 

—¡Si estamos jugando! —exclamaron todos[

15]. 

El juego de la viola no es una lectura agradable. Agar vive en un medio 

hostil, donde los personajes de los cómics son sus únicos aliados, y su 

conducta fluye desde una tremenda agresividad y soledad interior. La 

imagen de la niñez es amarga y despiadada: 

¿Han visto ustedes un ser más diabólico que un niño? Los niños del 

trópico son engendros de la delincuencia[

16]. 

Es sintomático que Rosales no intentara seducir al jurado del premio 

Casa de las Américas con la historia de alguna epopeya guerrillera, tan de 

moda en esos momentos en América Latina. En cambio, hay en su novela 

un desasimiento total de las circunstancias políticas y del entusiasmo 

revolucionario de la época. Su osadía —o su ingenuidad— lo llevó también 

a presentar un texto que podría haberse convertido en buena tela para el 

corte de los censores oficiales: 

No. Definitivamente no le gustaban los comunistas. El Halcón, el 

Sargento York y todos los demás eran lindos, y los comunistas calvos y sin 

dientes. 

—Todos con el culo remendado —decía Abuela Agata—. Todos con 

olor a taller de bicicletas[

17]. 

Por si fuera poco, el padre de Agar, Papá Lorenzo, es un comunista 

fervoroso pero poco coherente: 

—Tu padre es un comunista muy extraño —dijo Abuela Ágata—. 

Primero recogía votos y organizaba huelgas y hasta me hizo votar por la 

Candidatura Popular. Y ahora se hizo contador público, y te quiere meter en

un colegio de ricos, y al carajo las huelgas, y los votos, y yo sigo afiliada a 

esa Candidatura Popular, ¿eh? ¡Ahora resulta que es rotario! Comunista y 

Rotario Internacional. No entiendo. «Es una cuestión de táctica», dice. 

»¿Táctica? Yo no entiendo nada de táctica. ¡Que me devuelvan mi 

carnet electoral! 

»¡Eso es lo que quiero![

18] 

El jurado de ese año del premio Casa de las Américas, integrado por 

Julio Cortázar y Noé Jitrik, entre otros, prefirió premiar La canción de la 

crisálida, de Renato Prada Oropesa, una novela sobre las guerrillas 

bolivianas. 

De haber sido publicada, la novela de iniciación de Rosales sería 

reconocida como precursora de una narrativa enraizada en las tradiciones 

populares de la cultura pop, que tuvo en Manuel Puig a uno de sus mejores 

cultores en América Latina. «Hubiera sido fundadora de un camino nuevo 

en la narrativa latinoamericana por su novedoso acercamiento al mundo de 

los cómics», opina el crítico Carlos Espinosa, quien considera que, al haber 

sido publicada después de tantos años, «es ahora una novela extemporánea, 

y uno hace de ella una lectura injusta». 

Tras salir del semanario Mella, en 1963, Rosales fue llamado al Servicio 

Militar Obligatorio, de donde fue dado de baja tras ingresar en el hospital 

de Mazorra, en La Habana, por problemas psiquiátricos. Aunque sus 

trastornos mentales ya se hacían notar, quienes lo conocían de cerca sabían 

que jugaba con ellos de tal modo que para algunos no era posible 

diferenciar una crisis real de una ficticia. Quizás como en Agar, el personaje 

de su primer libro, las fantasías se entronizaban en la vida real. «Me hice el 

loco», le contó a su buen amigo Quíntela, refiriéndose a su salida del 

servicio militar. 

«Odiaba la dictadura, no creía en la autoridad, era rebelde, todo lo ponía 

en duda.» 

En 1965 se unió a su familia en Checoslovaquia, donde el padre era 

embajador. Allí sufrió una larga crisis nerviosa. Más tarde viajó a la Unión 

Soviética, donde fue ingresado en un hospital psiquiátrico y le 

diagnosticaron esquizofrenia. De regreso a Cuba, entre 1966 y 1967,

también recibió tratamiento psiquiátrico, pero a diferencia de los soviéticos, 

los médicos cubanos creían que sólo tenía trastornos de personalidad. 

En los años siguientes transitó por varios puestos de trabajo, pero en 

ninguno estuvo más tiempo que en Mella. Fue maestro, constructor, 

oficinista, guionista de radio y televisión, colaborador de varias revistas. 

Sólo quería escribir. Su hermana Leyma cuenta que hizo una novela, 

Sócrates, tras leer la Paideia griega. «Sócrates lo enloqueció», rememora 

ella. «Para escribirla, se encerró en la casa durante un mes, sin salir a la 

calle. Más tarde la quemó. No he conocido otra persona con tanta capacidad 

de autodestrucción. Era como un esplendor que en cualquier momento se 

iba a apagar, sólo que no sabíamos cuándo.» 

No hacía versiones de sus obras; escribía y rompía papeles a la misma 

velocidad. La madre guardaba sus escritos bajo llave en el armario, pero él 

venía y desfondaba el mueble por detrás, y luego los destruía. En Cuba 

también destruyó otra novela sobre la Guerra de los Diez Años —que 

recordaron sus amigos Quintela y Rosa Berre—, y que recogía, entre otros 

temas, el papel de los hacendados ricos en la independencia, y la historia 

del ron cubano. 

Ya en Estados Unidos intentó reconstruirla, y lo hizo, en forma de 

noveleta, que también desapareció más tarde. Todo lo que ha quedado de 

ésta son dos o tres hojas manuscritas. En ellas trazó el boceto de una novela 

que «tratara de demostrar que la guerra del 68 sirvió grandemente para 

eliminar los regionalismos y crear un concepto de Cuba, psicológica, 

territorial y culturalmente»

[19]. 

Prefirió por aquel entonces escribir una 

narración histórica, eludiendo la realidad inmediata. 

Dado su estilo de trabajo, resulta sorprendente que conservara y sacara 

de Cuba una de las copias de lo que sería El juego de la viola. Escribió 

Boarding home en unos dos años. La novela refleja sobre todo el panorama 

de Happy Home, uno de los muchos asilos donde vivió. Allí, durante una de 

sus visitas, Carlos Victoria leyó las primeras páginas y comprendió que 

tenía en las manos algo especial. 

Fue Victoria quien llevó el libro a la primera edición del concurso 

Letras de Oro. «Guillermo era muy inseguro con respecto a lo que escribía,

siempre estaba muy insatisfecho. Me daba a revisar sus escritos, y luego me 

los pedía y los destruía. Así se perdieron muchos», relata el novelista. 

Octavio Paz, quien presidió la sección de novela del concurso, le 

concedió el premio a Rosales en enero de 1987. Debió de haber sido el 

momento más feliz de su vida. Muchos lo recuerdan en la noche de 

premios; estaba eufórico. Por primera vez, a los cuarenta años, alcanzaba un 

verdadero reconocimiento para su obra. En las fotos, con un smoking negro 

alquilado que le sobra en su cuerpo reseco, posa al lado de las 

personalidades del mundillo intelectual de Miami. Esboza una sonrisa 

tenue. 

«Unicamente en un país tan grande y libre como éste es posible que una 

minoría se exprese en su lengua nativa»

[20], 

declaró a la prensa, al tiempo 

que lamentaba que hubiera en Miami «tremenda pobreza en el mundo 

cultural cubano»

[21]. 

Ese raquitismo cultural del Miami de entonces determinó la decisión de 

poner fin a sus días. Tras su único instante de gloria, vivió los últimos seis 

años en el forzoso ostracismo del olvido. Letras de Oro no cumplió su 

objetivo de editar en inglés las obras de los autores ganadores. Al cerrarse 

el concurso y con éste los almacenes donde se guardaban las colecciones de 

los libros premiados, alguien decidió deshacerse de ellos mediante el fuego. 

El escritor colombiano Luis Zalamea, quien fuera consultor literario del 

Letras de Oro, quedó tan impresionado con la novela de Rosales que la 

tradujo al inglés. «Se la envié a un par de agentes literarios de Nueva York, 

quienes contestaron que el tema no tenía “mercado” en Estados Unidos.»

[22] 

Rosales estaba desesperado por publicar y le pedía a Zalamea que lo 

ayudara. Pero la perspectiva no podía ser más desalentadora: la mayoría de 

los escritores de Miami tenían y, aún hoy, tienen que costear las ediciones 

de sus obras. Como si tanta adversidad fuera poca, también se han visto 

obligados a lidiar con el estigma de Miami, por cuenta del cual la mayoría 

de las universidades, los círculos intelectuales y las editoriales europeas, 

estadounidenses y latinoamericanas han aislado durante décadas a los 

escritores cubanos del exilio, eludiendo reconocer y difundir sus obras. Los 

escritores cubanos de Miami han sido vistos, quizás, como las turbas de

exiliados enardecidos que en ocasiones han colocado a la ciudad en primera 

plana de la prensa mundial. 

Ahora, tras el desmoronamiento de la «alternativa social cubana» y la 

reevaluación crítica de la diáspora por parte de ciertos sectores, antes 

hostiles, el futuro se perfila algo más promisorio para ellos. 

Pero Rosales no pudo esperar. Marginal y marginado, por su carácter y 

su enfermedad, no tenía capacidad ni dinero para intentar abrir las puertas 

de las editoriales. Alcanzó a publicar fragmentos de El juego de la viola y 

de Boarding home en la revista Mariel[

23], 

y dos cuentos del volumen 

inédito El alambique mágico: «El diablo y la monja» y «A puertas 

cerradas», en Linden Lane Magazine[

24]. 

Entre 1988 y 1990 escribió El alambique mágico, del cual han 

sobrevivido dos copias casi idénticas. «El estaba insatisfecho con ese libro. 

Sabía que la calidad de los cuentos era muy irregular», recuerda Victoria. A 

pesar de que los doce relatos tienen distinta calidad literaria, en todos está el 

inconfundible estilo narrativo de Rosales. Los defectos de algunos, más que 

en la costura, parecen estar en la elección de los temas. El alambique 

mágico tiene además el interés de ser el único libro donde el hilo conductor 

narrativo no es autobiográfico. Es también el de mayor carga erótica, en 

momentos en que el escritor era consciente de que pocas mujeres se habrían 

acercado a él. 

Estaba muy delgado, había perdido todos los dientes y apenas se 

alimentaba. Si lo hubiéramos visto, enrumbando por la calle Flagler hacia el 

downtown, absorbiendo con fruición el humo del cigarrillo, el olor agrio de 

la ropa vagando sobre el cuerpo enteco, lo habríamos confundido con un 

indigente más. De sus años juveniles sólo parecían quedar el hábito de 

fumar constantemente y su sentido del humor. No oía la radio, no iba al cine 

ni veía la televisión, quizás en un intento por mantener su escritura 

incontaminada. 

En su último libro hay resonancias del convencimiento del autor de que 

«a la injusticia de la vida hay que responder con la violencia y la cólera 

intelectual, que es la que más daño hace (…). Mi mente sólo tiene cabida 

para lo que tengo que escribir, que espero sea mucho»

[25].

No escribió más, aunque su capacidad para crear historias permaneció 

casi intacta. El deterioro físico y mental en los últimos tres años de su vida 

fue vertiginoso. Siguió de asilo en asilo, y por último habitó un modesto 

apartamento del noroeste de Miami, con tan pocas pertenencias que parecía 

una celda monacal. Pocos lo visitaban ya: Victoria, Cárdenas, Zalamea y 

algún que otro más. Cuando Victoria lo iba a ver le llevaba un poco de 

dinero, cigarros, libros. «Tenía variaciones fuertes y rápidas de su estado de 

ánimo, propias de una persona con su padecimiento», dice. En los últimos 

tiempos, Rosales prefería leer a sus amigos cartas que él mismo les había 

escrito, antes que decir las cosas verbalmente[

26]; 

un proceso de sustitución 

progresiva de la expresión oral por la escrita. 

«Parecía una vela que flaquea»

[27], 

escribió a su muerte el periodista 

Orlando Alomá, recordando los últimos días de Rosales. La muerte de su 

amigo Reinaldo Arenas también lo afectó mucho. Durante meses, recuerda 

Victoria, lo llamaba todos los días, siempre cerca de las once de la mañana, 

para anunciarle que se iba a matar. «No creía que lo llegara a hacer», cuenta 

el amigo. 

Ni siquiera después de muerto el escritor, la obra ha gozado de 

reconocimiento. El único fragmento de Boarding home publicado en Cuba, 

bajo el título de «El refugio», se agrupó bajo el tema general de «Erotismo 

y humor en la novela cubana de la diáspora», que de por sí desvirtúa la 

esencia de la novela. Si bien hay en ella elementos de erotismo y humor, 

éstos se diluyen, se contraen, adquieren otra significación en el contexto 

terrible del boarding home. 

La mayoría de los críticos que se ocupan de la literatura cubana han 

desconocido o incomprendido la obra de Rosales. Se le menciona, a veces, 

en el contexto de estudios sobre la llamada «Generación del Mariel». 

«Cojo una pistola imaginaria y me la llevo a la sien. Disparo», escribió 

en Boarding home. La mañana del martes 6 de julio de 1993 el gatillo ya no 

era ficticio. Las cenizas de Guillermo Rosales descansan en el regazo cálido 

de Miami, la ciudad «indiferente y superficial donde también el ojo de Dios 

penetra hondo, y juzga, y castiga, y perdona»

[28]. 

Ivette Leyva Martínez

Miami, marzo de 2000 – septiembre de 2002

Notas

[1] Mi agradecimiento al poeta Néstor Díaz de Villegas, quien me sugirió esta investigación; a Delia Quintana y Leyma Rosales, madre y hermana del escritor, y al novelista Carlos Victoria, quienes colaboraron de forma indispensable. También al escritor Norberto Fuentes, que facilitó una de las copias de El alambique mágico. 

 [2] Los boarding homes son asilos privados de Estados Unidos donde se interna a personas discapacitadas física o mentalmente. 

 [3] La casa de los náufragos (Boarding home), Siruela, Madrid 2005, pág. 12. 

 [4] Idem, págs. 11 − 12. 

 [5] Entrevista en la revista Mariel (EE UU), año I, vol. 3, 1986. 

 [6] Idem. 

 [7] Idem. 

 [8] La casa de los náufragos (Boarding home), op. cit., págs. 84 − 85. 

 [9] Idem, págs. 27 − 28. 

 [10] Idem, pág. 37. 

 [11] Idem, pág. 33. 

 [12] Idem, págs. 14 − 15. 

 [13] Carlos Quintela meses después de conceder esta entrevista para Encuentro

 [14] La Gaceta de Cuba, n.º 74, junio de 1969, pág. 2. 

 [15] El juego de la viola, Ediciones Universal, Miami 1994, pág. 64. 

 [16] El juego de la viola, Ediciones Universal, Miami 1994, pág. 64. 

 [17] Idem, pág. 89. 

 [18] Idem, págs. 87 − 88. 

 [19] Papeles personales de Rosales facilitados por su familia. 

 [20] «Escritor miamense entre siete laureados con Letras de Oro», El Nuevo Herald (Miami), 23 de enero de 1987, pág. 2. 

 [21] «Certamen literario revela diversidad», El Nuevo Herald, 27 de enero de 1987, pág. 8. 

 [22] Luis Zalamea, «Elegía para Guillermo Rosales», El Nuevo Herald, 19 de julio de 1983, pág. 8-A. 

 [23] Aparecidos, respectivamente, en Mariel, año I, vol. 2,1986; año I, vol. 3, 1986. 

 [24] «Dos cuentos de Guillermo Rosales», en Linden Lane Magazine, vol. XI, n.º 2, junio. 

 [25] Entrevista en la revista Mariel, idem. 

 [26] En el cuento «La estrella fugaz», incluido en El resbaloso y otros cuentos (Ediciones Universal, Miami 1997), Victoria narra estos encuentros y las relaciones entre él, Rosales y Reinaldo Arenas. 

 [27] Orlando Alomá, «La breve infelicidad de Rosales», El Nuevo Herald, 27 de julio de 1993, pág. 17-A. 

 [28] El alambique mágico (copia mecanografiada).

Nuevos libros de Enrique del Risco y Francisco García

Nuevos libros de Enrique del Risco y Francisco García

Para aquellos que en Cuba todavía se crean que el humorismo no es cosa seria, yo les recomendaría leerse los libros de escritores como Eduardo del Llano, Enrique del Risco y Francisco García, por mencionar una triada de nombres que con su quehacer, gústenos o no, hoy son parte de lo más importante que acontece en el ámbito de la literatura cubana contemporánea. Enrique del Risco y Francisco García tienen nuevos títulos en el mercado: ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? Y Asesino en serio. La muy laureada Legna Rodríguez Iglesias escribe para la Revista el Estornudo a propósito de ambos libros un trabajo que por su interés reproduzco hoy para los lectores de miradas Desde Adentro.

¡Qué sucede cuando una mujer lee dos libros al mismo tiempo?

Por Legna Rodríguez Iglesias

Por varios años fui modelo de varias escuelas de arte

en Kingston, Ontario y Montreal.

Un trabajo muy fácil y aceptablemente bien pagado.

Siempre y cuando pudieras estar desnudo y quieto

por casi una hora en la misma posición.

Francisco García

Cada vez que un autor me pide que presente su libro en tal o mascual evento yo acepto sin pensarlo, con todo el respeto y la amabilidad que merece su persona, por el solo hecho de haber escrito un libro y haber pensado en mí para que yo lo lea en mis términos y en mis condiciones, de una manera que ese autor desconoce y con una dilatación de la pupila que jamás se imaginará. Ese autor, por así decirlo, se me entrega mansito y se queda expuesto, desnudo, ante mí. Pero eso, a partir de hoy, no volverá a pasar. No estoy dispuesta, de nuevo, a ser yo la que se entregue, mansita, quedando expuesta, desnuda, ante nadie. A partir de hoy lo pensaré dos veces, ya no quiero aceptar semejante reading.

Es importante acotar que los libros llegaron a mi casa con dos días de diferencia, por correo postal. Uno fue depositado en el friso de la puerta por el cartero negro que me cae tan bien y el otro fue echado en el buzón número cinco que corresponde al apartamento. Ambos libros los recogí descalza, en short y pulóver, alterada por la tensión de interactuar varias horas con un bebé. Ambos libros los dejé sobre la mesa, después de abrir envolturas, y no supe que había dedicatorias hasta que empecé a leerlos, hace poquísimos días. Las dedicatorias me afectaron tanto como el contenido.

Por la mañana siempre hay olor a caca en la casa. Si no es a causa del bebé, que se ensucia después de despertarse, es a causa de la pequeña Schnauzer llamada Uva, que hace la gracia donde mejor le parece, así sea sobre un juguete del bebé, sobre la tapa del cajón de los juguetes o sobre un libro que ella misma sacara del librero. El olor a caca se queda en mi nariz casi hasta mediodía, después de limpiar lo mismo reiteradamente. Así, con ese olor rondando en el ambiente, yo leí esos libros. Debía leerlos para examinarlos y no leerlos para disfrutarlos. Pero una cosa no decanta la otra y por supuesto que disfruté. Tensa, alterada, en short y pulóver, yo disfruté.

Conozco a Enrique Del Risco personalmente pero no conozco a Francisco García. Lo conoceré el día de la presentación y estaré nerviosa durante hora y media. Yo también votaría por Enrique para presidente, sobre todo porque creo en él como narrador y no creo en ningún presidente, así que me parece muy atractivo votar por un narrador para presidente, alguien que me hará el cuento con más acierto y más verosimilitud que cualquiera que venga a hacérmelo. De hecho, después de leer Asesino en serio, el libro libérrimo, zoofílico y sexual de Francisco García, votaría igual por Francisco para el cargo que Francisco quiera en la asamblea que Francisco diga.

De hecho, Asesino en serio no debería llamarse así. La editorial Sudaquia Editores debió darse cuenta de que el nombre del libro no podía ser ese nombre. La editorial Sudaquia Editores debió comprender que el tamaño de lo que tenía delante se llamaba, ni más ni menos: ¿Qué sucede cuando un hombre pisa una mina?

La mina que piso al decir esto explota mientras la piso y no me importa. Exploto yo misma como cafunga y no me importa. Esa pregunta en la portada del libro, con la ilustración de Armando Tejuca de fondo y el nombre del autor debajo, hubiera sido un mandarriazo en mis trapecios, llenos de nudos y montañitas. Un mandarriazo en los trapecios de cualquiera.

Tiempo atrás, caminando como un perro por Lincoln Road, entré a una librería y vi un libro de Sudaquia Editores firmado por Osdany Morales. Un tiempo después, trabajando en otra librería en Coral Gables, me toca organizar la narrativa y sígome encontrando a cubanos publicados por Sudaquia Editores. Se trataba de Enrique del Risco y Jorge Enrique Lage. Entre paréntesis: ¿Sudaquia Editores tendrá una idea precisa de lo que ha reunido en su catálogo? Seguramente sí. Seguramente sabe que ha reunido a unos tipos de un valor narrativo extraordinario. Porque si algo tienen en común estos autores es precisamente lo narrativo, lo textual como relato.

Rogelio Orizondo y yo hablábamos ayer de eso: del relato. La construcción que uno se hace como individuo y que nadie tiene el derecho de hacer por uno. Puedo leerlo y entenderlo perfectamente en este par de libros de cuentos. Casas, edificios, condominios con cimientos bien profundos. Dicho a la manera de cierto boxeador cubano: el relato es el relato y sin relato no hay relato. Para colmo, en medio de la lectura, me dio por ver la última de Bong Joon Ho, el coreano que ha construido, marcando la diferencia de género, un tipo de narrativa cinematográfica basada en el relato de la imagen. Dicho a mi manera: estoy cansada, agotada, exhausta, destruida, inmóvil, analfabeta. Estoy parada frente a un condominio en Kendall viéndome a mí misma asomada a cien ventanas.

Al final, Rogelio Orizondo se fue a ver la última de Tarantino, que ya yo vi y no me gustó, porque hace meses no duermo o porque no me gustó en realidad, y yo me quedé en el sofá escribiendo sobre dos tipos que han hecho con sus vidas lo que han querido y han escrito los relatos que han tenido el deseo de escribir. Querría parecérmeles. Querría relatar.

Las portadas de ambos libros son en sí mismas relatos incomprensibles, naturalezas muertas. Al terminar de leer cada texto volteo el libro y observo la portada, explicándome cosas inexplicables, ahorcándome con un collar de perlas, ahogándome con una banana. Tengo el cerebro salpicado de puré de tomate o de vitanova. En Cuba le echábamos vitanova a todo, yo me acuerdo. No sé qué libro estoy leyendo. No sé en qué ciudad del mundo estoy. Geandy Pavón y Armando Tejuca también saben relatar.

Entre tanto, la pequeña Schnauzer negra llamada Uva se hace caca de nuevo frente a mí. Cierro el libro en cualquier página. Limpio la caca. Regreso al libro. Lo abro en una página que no fue la que cerré. Mientras limpio la caca con el papel toalla empiezo a menstruar y me pregunto cómo habría sido el cuento de Enrique Del Risco sobre el indio yaqui y el antropólogo si el antropólogo hubiera sido un asesino en serio o, vaya ocurrencia, una mujer.

Concuerdo con Alexis Romay sobre la dualidad de estructuras que Enrique Del Risco crea en ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? A través de siete cuentos que son también, y sobre todo, siete lugares, siete huecos en la tierra, siete islas, siete cuerpos, siete mapas, siete metidas de pata, siete viajes, siete canciones viejas, siete campos de batalla, siete muertes, siete mitologías, Enrique Del Risco crea pares que se atraen y se repelen, que se enfrentan y aparean. Y en esa paridad lo dispar es una ley.

Los personajes de Enrique Del Risco están como yo, habitando un orden y un espacio que de cierto modo los excluye, los extraña y enrarece. La lectura que hago de su libro es como mi perra Schnauzer y su caca junto a mis chancletas, solo me atañe a mí. Lo único terrible de todo eso es que leo intercalando un cuento de Enrique Del Risco y uno de Francisco García González. Los intercalo y mi cabeza, de cierto modo, explota.

No son autores difíciles porque no pretenden nada. Justifico pretenden en cursiva porque un escritor siempre pretende algo. Un escritor es un asesino. Escribo pretensión como un acto fallido de escritura. En mis propios poemas y relatos siempre hallo pretensiones que no logro concretar. A veces me conformo con terminar de leer o terminar de escribir, llegar al último párrafo y a la última palabra. Es horrible darse cuenta de que eso que estás leyendo no está terminado, de que a eso que estás escribiendo le falta lo más importante.

El discurso narrativo (lo nítido y lo transparente, casi táctil) tanto de Enrique Del Risco como de Francisco García no tiene nada que ver con maquillajes ni esfuerzos (recuerdo lo que dicen los melómanos de Nina Simone, que la voz le sale sola). Leo mucha acción y mucha transversalidad. Me quedo en las atmósferas creadas por autores que han gozado (tal vez sufrido) el relato en cuero cabelludo propio. Ni analizo ni examino a consciencia. Lo más probable es que en un par de semanas vuelva a ellos de una manera más fría y calculadora. Tal vez hasta intente comunicarme con los autores por WhatsApp, por email, por cualquier vía. Todo me afecta. Se me quita el sueño.

Las realidades enfermas, políticas, aberrantes de Francisco García son solo los relatos de la enfermedad, la política y la aberración. La distancia física que toma el autor de Asesino en serio entre su realidad y la realidad textual se lee como otro relato a pie de página. El hombre tiene una forma de escribir la cosa en perspectiva que a mí, una emigrante insomne como él, empieza a parecerme sospechosa: un asesino que expresa vulnerabilidad en la mirada.

No sabría poner a Francisco García en el estante nacional de la literatura cubana. Equivocada o no, no sabría ponerlo. Empiezo a sentirme presa, incluso, de la paranoia. Me pregunto por qué estoy leyendo estos libros precisamente hoy en Miami (afuera llueve, los mosquitos dan al pecho) después de cinco años de haberme ido de una isla en la que me pasaba el tiempo leyendo. Pero ahora en mi sofá vuelvo al principio, al relato de una mujer que quiere más a su perro que a su esposo.

Tal vez Francisco García trabaja para Twitter o Instagram o Google y detectó en mis actividades virtuales cierta disposición para amar a los perros de cualquier tamaño o raza. (Menos pequinés, chihuahua o yorkie. Sobre todo, repulsión hacia los moñitos con lazos rosados que sus dueños les ponen a las perras de raza yorkie). Tal vez Francisco García es un agente encubierto detectando antropofobias.

¿De eso se trata todo? Tal vez se trata de otra cosa pero yo, mientras lo leo, me juro a mí misma que jamás le pondré un lazo rosado a la pequeña Schnauzer negra llamada Uva que duerme sobre mis chancletas. Me juro a mí misma que la ansiedad y la taquicardia que desde hace un rato siento son solo síntomas o consecuencias del primer día de menstruación. No los libros. Jamás los libros. Mucho menos sus autores.

Tomado de Revista El Estornudo,

¿Qué sucede cuando una mujer lee dos libros al mismo tiempo?

Acercándonos a Jamila Medina

Acercándonos a Jamila Medina

Excepto por los amigos que quiero a toda costa y otros congéneres cuya obra admiro, no tengo ninguna sensación particular de “pertenencia”, orgullo generacional ni bandera estética que alzar en este punto.

Por Joaquín Borges-Triana

Una de las escritoras cubanas que más admiro en la actualidad es la holguinera Jamila Medina. Disfruto de su escritura porque me pone a pensar. No siempre estoy de acuerdo con lo que dice, pero me mueve las ideas y eso me parece fundamental. Hoy reproduzco en Miradas Desde Adentro una entrevista que le hiciera hace algún tiempo la ensayista y profesora universitaria Yailuma Vázquez. Espero que disfruten el material tanto como lo hice yo cuando lo leí en las páginas virtuales de Hypermedia Magazine.

 

Habitando el país de la siguaraya

Por Yailuma Vázquez

Cuando hace más de quince años conocí a Jamila Medina Ríos en un aula de la Facultad de Letras donde ambas éramos estudiantes, no podía imaginar la amistad que nos iba a unir desde entonces. Tampoco imaginé, mientras esperábamos formar parte de algo más grande que nosotras mismas, que esa chica rara —me refiero a la categoría descrita por la escritora española Carmen Martín Gaite: la chica rara entra dentro de una tipología de personaje femenino que rompe de a lleno con la tradición literaria anterior—, siempre caminante, siempre espacios afuera, iba a conseguir cavar un hueco de araña en la cultura de este espacio movible, en la arenilla de esta isla desaparecida a ratos. Sin embargo, lo ha hecho.

Las largas amistades también son viajes; es difícil comenzar a preguntar lo que ya sabemos o intuimos que sabemos. Por eso esta entrevista se siente también como un monólogo interior, una conversación que entre las dos construimos sin que se deslinde claramente quién tiene el deber de preguntar o de responder.

A menudo los escritores se jactan de su enorme capacidad de trabajo y de su disciplina. Para muchos, escribir es una labor que lleva tiempo, ejercicio, entrenamiento. Yo jamás he visto a Jamila teclear una oración o un verso. Solo veo noticas suyas por todas partes, talladas en letra minúscula —patas de araña—: recibos, papelitos de colores… Dentro de algunos años, es posible que se establezca una polémica sobre la autoría en su obra. Para evitar el malentendido es que hago esta primera pregunta:

¿Cuándo escribes? ¿Qué necesitas para hacerlo?

Me impresionan quienes esgrimen una rutina ante preguntas así. Aunque soy fan de las madrugadas, no tengo sistema. Puedo escribir o leer en una guagua andando, y apostada en cualquier sitio no necesariamente bucólico ni apacible (ser anónima es la armadura perfecta, como si estuviera debajo de un mosquitero).

En la casa zafo el teléfono fijo, apago el celular y prefiero estar sola. Si hay alguien rondando, no quiero que me mire ni que me hable y mucho menos que lea por encima de mi hombro (casi nunca enseño lo que aún no tiene punto final). Tampoco resisto la televisión encendida o tener algo por hacer (aunque justo entre “tareas urgentes” la escritura puede presentarse, como la mueca del estudiante que se sienta al final del aula en el repaso para el examen extraordinario, y prefiere leer un libro cualquiera mientras finge resumirlo todo en una hojita suelta. Es como decidir masturbarse cuando se nos está haciendo tarde para llegar al trabajo. Una pataleta de autoafirmación).

La Jamila manuscrita no es la única. Tengo un montón de libretas comenzadas o repletas de jeroglíficos y tachaduras, y agenditas y papelitos que voy guardando entre sus páginas o en el libro que estoy leyendo. También gloso los bordes de lo que leo y utilizo las páginas de cortesía de cualquier volumen para anotar datos curiosos o escribir poemas completos.

Paralelos a esa maraña, pululan en mi teléfono noticas, versos o ideas sueltas; y en el disco duro hay una batería de words y txts, a veces solo abiertos para escribir un título, un índice, o las secciones de un libro probable. Cuentos y ensayos (muchos plagados de notas al pie) son hijos naturales de la PC, como casi todos mis poemas en prosa.

Con mi poesía tengo un pensamiento atávico: cuando la releo, recuerdo si la escribí a mano (pasando el texto de una hoja a otra, tachando y cogiéndole el ritmo) o si fue tecleada en la laptop, o pensada a partir de intertextos. Ahí donde predomina el intelecto o en los que tecleé desde su origen, siento mucha menos vibración emocional, como si su cerebralidad dejara fuera una alta nota que busco y solo a veces creo alcanzar. (Majaderías, rezagos de la edad analógica).

Tu obra recorre un amplio espectro. Aunque es fundamentalmente poética, has abarcado la narrativa de ficción —Ratas en la alta noche (Malpaís, México, 2011)— y también el ensayo —Diseminaciones de Calvert Casey (Letras Cubanas, 2012)—. ¿Piensas el ensayo como un modo de expresión personal? 

Ensayar es como remontar un puente (o mejor, una montaña rusa con todo y el salto en el estómago). Cohabito (copulo) con esx que elijo rescribir, y sobre todo con sus obsesiones, donde pesco o proyecto las mías (así: muerte, eros, política, liberación…).

En la (pos)crítica de cine, arte o literatura —lo que más practico, al paso y compelida por revistas o amigos—, pespunteo un discurso que enhebra y asume la voz/faz de su objeto de deseo, como encarnándolo o dejándome montar por su espíritu. Estos hábitos suelen hallar resonancia en el sujeto autoral del que se quedan prendidos o prendados (¿maniatados?), pero pueden ser menos productivos en relación con aquellxs en quienes debieran avivar el antojo de un acercamiento.

Lo confieso: no me importa; mi ensayística busca ser, ante todo, un coloquio de tú a tú con el pensamiento y el discurso de quien interpelo, apropiándome de sus máscaras (en una especie de puesta teatral). Mis textos se sustentan en una mirada cómplice, porque los hago primero para mí y en segundo lugar para esx que halagó mi inteligencia (o viceversa); si de paso abro también el apetito de tercerxs, pues qué suerte, pero no me impongo la crítica como virtud o servicio, sino más egoístamente, como creación y gozo, una performance.

La emprendo —para qué mentir— como una alquimista golosa y coqueta: por gula, por morbo, por seducir al objeto de estudio que me sedujo, por empatía, por el regusto de desencriptar (craquear, religar asociando) las fuentes que se entremezclaron en un texto…. De ahí que no cultive tintes acérrimos, ya porque siempre me cautiva algo hasta en la creación más “funesta”, o ya porque, si voy a escribir, prefiero hacerlo de lo que me guste mucho (eso que me hala la lengua).

¿Por qué has dejado a un lado la ficción?

Narrar —como ensayar— me exige más dedicación, un esfuerzo de método y estructura. Entre el magisterio y la edición llevo una década deseando mudarme a Castalia para no hacer más que investigar.

Durante ese tiempo, presa en los matorrales de lo que se espera de una (en la academia, en sociedad, en el mundillo intelectual) me he obligado a parir (sin obviar el disfrute que hayan significado) dos tesis, un montoncito de reseñas o ensayos, algunos paneos por los Años Cero y un policiaco por encargo. A los poemas los he tenido que enlazar a veces (cosa que siento cuando los remiro), pero habitualmente (a)fluyen.

Tengo por ahí (entre libretas y txts) dos proyectos de libros de cuentos y un par de bocetos de novela. ¿Miedo a un género en que no me he ejercitado? ¿Falta de tiempo y disciplina o simplemente que no he estado de ánimo para volver a narrar? Todo a la vez.

Justo hace poco he estado resucitando uno de esos monstruos durmientes. A ver si lo escribo, a ver qué pasa.

Cada libro de poesía de los que hasta el momento has publicado tiene una concepción que lo diferencia de los anteriores. Es posible delimitar temáticas y búsquedas, experimentaciones distintas en cada caso. Por ejemplo, en tu primer volumen,Huecos de araña (Unión, 2008), es fácil intuir que se trata un poemario que juega ampliamente con lo intertextual, sobre todo con referencias grecolatinas. 

Los Huecos… son una sombrilla que enmarca ocho años y dos lugares de enunciación (Holguín y LaVana), dos inicios de carrera y una travesía completa (de Socioculturales a Letras pasando por Teología), junto al bregar por amores y amoríos.

La intertextualidad explícita y tales referentes vienen convoyados con los contextos de vida y estudio en que me movía en los 2000 (los libros que leí por placer u obligación; mis deslumbres de entonces; el regusto por las etimologías, la filosofía y los mitos, acendrado en la Facultad de Artes y Letras). Creo que es una especie de empacho que muchos de los escritores-filólogos traslucen en sus óperas primas y más allá.

Curiosamente —si lo pienso mejor— ese no es el primer libro que armé; aunque publicado luego, puede que Ratas en la alta nocheestuviera terminado antes que Huecos de araña; y ambos son bien polifónicos. También puede que mi modo de conducirme respecto a las fuentes que entremezclaba fuera —visto así— más inocente (en el sentido de menos malicioso) y más ostentoso; o sea, menos macerado o digerido.

En cualquier caso, seguí trabajando con y sobre la intertextualidad —porque de eso van (desde la lingüística o la literatura) mis repasos de Calvert Casey y Nara Mansur.

Primaveras cortadas asume la voz de mujeres suicidas y heroínas míticas, a la par que abunda en revoluciones abortadas por doquier; mientras, Del corazón de la col y otras mentiras entra en lo suyo lo mismo a través de conquistadores o poetas místicos que de diosas, princesas o asesinas; y Anémona se hace eco de la crítica feminista y se emparienta con los manuales de botánica o de especies marinas.

Uno de mis textos preferidos de Huecos de araña (probablemente el más publicado), sobre cuya hechura y sentido tuve que volverme hace poco —obligada por el inquisitivo escritor y traductor austriaco Udo Kawasser—, se opone in situ al paradigma escritural del libro: dinamita —o eso quiere— el abrazo del autor con la multivocidad, propone salir al ruedo con “una cabeza por fin descoronada” de lo ajeno.

Sin embargo, (est)ética o autosuficiencia aparte, ¿es posible cancelar así “Langustia” de las influencias? ¿Es posible hablar/pensar sin ser herederx de nada ni nadie? ¿Con qué símbolos?

Más que defender una especie de ascetismo o un estilo solipsista, este texto nació en cuarto año de Letras, de uno de esos exámenes en que debíamos leernos un sinfín de ensayos para opinar citando a los críticos; en el trasfondo (pasados aquellos semestres felices de asignaturas convalidadas, en los que tecleé unas cuantas Ratas…), yacía mi sordo rencor contra los deberes que no me habían dejado —creía yo— escribir de o desde mí (una avanzadilla de lo que me pasa hoy, cuando edito y lo disfruto pero sufro a mi vez, impedida de llegar, entre la selva de pendientes, a mis propios libros).

Cuando gané el David y me preguntaron de qué iba aquello, elucubré que los Huecos… no eran solo los habitáculos del patio de casa de mi abuela, sino esos agujeros negros sobre los que bailamos como en una telaraña, intentando ser nosotros mismos, sin que nos abduzcan la familia, los amores, nuestros escritores favoritos o el país, el sexo y la herencia que nos tocaron en suerte.

Con el tiempo, mi negativa (mi actitud defensiva) ante esos boquetes de los que salían voces que no deseaba escuchar, dice más de mí que lo que habría imaginado, pues una de las dominantes de mi literatura ha venido a ser la intertextualidad, la apelación a lo(s) otro(s), gozando por suerte de la potestad de elegir mis compañeros de asiento.

Como has mencionado, en Primaveras cortadas (Proyecto Literal, México, 2011) hay un tema central que tiene que ver con intentos abortados. ¿Propones que las revoluciones fallidas y las pérdidas, en sentido general, son una metáfora de la existencia?

Lo pensé como un libro enfocado en la fuerza (imantación, seducción) que ejercen las vidas y los procesos políticos/filiales/amorosos que no se agotaron en su devenir, sino que sufrieron una interrupción y, por tanto, no desgastaron su simbolismo, más bien lo dejaron en una especie de fermento concentrado del que muchos han bebido y aún van a beber hoy, con devoción y empalago.

Jóvenes mujeres suicidas, revoluciones abortadas, despedidas que congelaron e idealizaron un amor o un lazo familiar… No me atraía la idea de la pérdida o de lo fallido en que estuvieron implicados, sino más bien el frenesí de lapsus intensamente vividos, llenos de significado (y vitalidad, y belleza, y juventud y, por qué no, utopía).

Todavía me pregunto si es el corte mismo (en retrospectiva o como sombra que acechara y empujara a los actores a ser de cierto modo) lo que los hace tan vibrantes; o si es su carácter cerrado en medio de su esplendor lo que nos/me hace interpretarlos así; o el idilio (el morbo, la nostalgia) del espectador por el pasado y los muertos… lo que los dota de ese inquietante poder simbólico.

No es que escribiéndolo encontrara una respuesta; en Primaveras…, además de mi incomprensión sobre las dinámicas que matan el amor, viven mi fervor/pavor por ese engranaje desgastado (desemantizado) que todavía hoy se hace llamar Revolución cubana y pervive (ya para siempre incumplido) mi viejo y romántico deseo de morir joven. Son perspectivas. No niego lo que ves allí; sin embargo, siendo que entre mis frustraciones está la no aceptación de los finales, el no saber despedirme, Primaveras… dibuja para mí la ilusión (ese géiser) de los primeros años, del primer escalofrío, del último grito de guerra.

En Anémona (Sed de Belleza, 2013; Polibea, Madrid, 2016) se funden tres grandes temas: sexo, muerte y liberación femenina. Lo que Julia Kristeva ha definido como la “irrepresentabilidad” (es decir, el afán posmoderno de definir de un modo nuevo, a través de la exacerbación de lo obsceno, lo pornográfico y lo escatológico) encuentra un espacio privilegiado en este libro. ¿Con esos recursos germina un discurso de la liberación?

Saliendo del bosque de Primaveras cortadas (donde muerte y caída tienen el protagónico) quise probar algo más suave (léase menos dolido), entrar en una especie de discurso líquido que congeniara con las mareas oceánicas como con los fluidos femeninos y fuera menos ríspido o frontal o chillón o plañidero, menos quejoso y furibundo.

En principio, no me dispuse a un libro contestatario ni feminista, sino a algo más embebido en y pagado de sí, como una galaxia flotando en pleno cosmos, como un archipiélago happy paseando sin prisa a la deriva, sin amarras o rencores, sin medias tintas.

El libro reposó un par de años, fue mencionado en el Premio Calendario, la poeta y editora Isaily Pérez lo quiso para Sed de Belleza y fue así que pulí, restructuré, sumé y resté, al tiempo que me convencí de subrayar su veta militante. De ahí quizás que no pocxs lo vean como un poemario disparejo, atonal; mientras otrxs lo prefieran por sus sobresaltos.

Entre caminos y veredas, el subalterno (sin disquisiciones sobre lo que la libertad es o sobre si finalmente es) puede hallar su liberación excavando en el espejo, dinamitando los discursos que le devuelven/endilgan un retrato-jaula de sí. La representabilidad (aunque vaya corriendo sus márgenes) pasa por el canon (blanco, occidental, heteronormativo) incluso en el ámbito de lo pornográfico: donde entre la diversidad hay una producción mayoritaria destinada y pensada desde el hombre y para él.

A estas alturas puede parecer demodé articular un desmontaje de los estereotipos genéricos poniéndonos en guardia sobre la planificación familiar y las prácticas sexuales o de acicalado; sin embargo, las categorías de lo bello, lo vulgar, lo moral, lo sofisticado, lo natural siguen rigiendo al valorar/modelar la imagen y los imaginarios de las mujeres contemporáneas.

Creo que la otra corriente que atraviesa el libro (su intención primigenia) es más liberadora, porque no se identifica por oposición a,no se defiende; más bien explora su cuerpo de nanadora y nadadora (incluidos los menstruos y la gelatina vaginal), entrando a especular en los intersticios de lo que cree que es (armadillo, anémona), de lo que le han dicho que es (hueco de araña, corazón de la col), de lo que pretende ser (liquen, sargazo, hongo).

¿Muy metafórico como para ser instrumentalizado, convertido en lema o bandera? Mejor así.

No me parece que Del corazón de la col y otras mentiras (Sureditores, 2013) haya sido muy atendido por la crítica… Sin embargo, hay lectores que lo prefieren. ¿Qué significa para ti ese poemario?

Como La gran arquitecta (Legna Rodríguez, 2014) que pertenece a Hilo + hilo (2015) o Balada del buen muñeco (Oscar Cruz, 2013), que es parte de La maestranza (2013), Del corazón de la col y otras mentiras es un poemario incompleto (más específicamente, un libro de amor incompleto, que pensé acompañar de una camarilla de hombres suicidas). La culpa la tuvo el concurso Wolsan, que premiaba solo 30 cuartillas.

Son un puñado de textos expurgados de algo que nunca he terminado de escribir o publicar y que, siendo una monografía de tema tan resbaladizo, ha tenido sus nombres cursis: “Novios del mediodía”, “La casa de los novios”, “El arte carnal…”, como un poema que extraje del cuaderno premiado y que solo consta en una revista Amnios y en mi antología Para empinar un papalote (Casa de Poesía, San José, 2015).

La mención probablemente me salvó del desastre de publicar un libro más voluminoso y únicamente de amor, para (con suerte) terminar copiada y recopiada en aquellas libretas adolescentes entre los románticos que sabemos y otros anónimos conocidos (¡qué lástima!, y, ¿existirán todavía esas libretas?). Como todo lo que no tuvo punto final (o linda con lo biográfico), ese libro todavía me persigue, y ahora mismo estoy en peligro de mostrar un poco (pero no muchas mentiras) más de ese pastel, tentada por la editorial Amagord.

Con Del corazón… (que tiene hasta dedicatoria) me siento como en uno de esos sueños en que vamos desnudos por la calle sin hallar dónde meternos ni con qué taparnos. Hay un juego de espadas pasión vs. razón, feminismo vs. feminidad, abandono vs. posesión/rebelión, corporalidad fáctica y contemporánea vs. tradición, que resuena entre los propios textos, y más al enfrentarlo a laAnémona militante (donde hay asimismo zonas contradictorias).

De la recepción, tanto sé de quienes lo han devorado y marcado como de otrxs que no quisieran verlo ni en pintura. Es un libro sobre lo difícil ya no solo de amar o de escribir de amor, sino de hacerlo en tiempos tan mordaces, sin inocencia, con tanto machismo y feminismo pesando sobre los hombros (y tantos referentes shakespeareanos, corintelladescos, hollywoodenses, y sus respectivas deconstrucciones y más, hablándonos al oído).

La voz hace equilibrios sobre esos acantilados, demuele unas estructuras del amor tradicional y refuerza otras, mientras busca resonar en ese al que iban dirigidos los poemas… Como sin querer queriendo. En todo el poemario late tal contradicción (que se parece a la incertidumbre de los que aman).

La nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, en su ensayo Todos deberíamos ser feministas, se refiere a la necesidad de que se hable del tema a pesar de las etiquetas, porque lo que se necesita es cambiar, a través de la educación, cómo entendemos y vivenciamos el género. Escribe esta autora: “¿Por qué usar la palabra ‘feminista’? ¿Por qué no decir simplemente que crees en los derechos humanos o algo parecido? Pues porque no sería honesto. Está claro que el feminismo forma parte de los derechos humanos en general, pero elegir usar la expresión genérica ‘derechos humanos’ supone negar el problema específico y particular del género. Es una forma de fingir que no han sido las mujeres quienes se han visto excluidas durante siglos. Es una forma de negar que el problema del género pone a las mujeres en el punto de mira. Que tradicionalmente el problema no era ser humano, sino concretamente ser una humana de sexo femenino”. ¿Qué piensas de este asunto?

Quiero creer que reacciono ante todo o ante casi cualquier tipo de discriminación, estando incluso en guardia contra la que puede provenir de mi intolerancia frente a hábitos o actitudes X.

Al feminismo, no lo he paneado como tú, teóricamente, y me he negado a veces a que me encuadren en él, al igual que rehúso que me peguen otras etiquetas, siempre queriendo creer que soy más un proceso que una persona “hecha y derecha”.

Pero está claro que las cosas deben ser llamadas por su nombre cuando se trata de derechos transgredidos, vivencias y marginaciones históricas concretas, con siglos de conductas estereotipadas y normadas de acumulación, todo lo que a su vez (co)varía en contexto, al sumarse a los hechos otros rasgos de esas “humanas de sexo femenino” que nos preocupan (muchos compartidos con los “humanos de sexo masculino”, si bien vistos con otros prismas en ellos).

Me refiero, por ejemplo, a pasar de los 35 años sin haberse casado ni parido, a ser o no madre soltera, a asumirse o no hetero, a estar gorda o flaca, a lucir o no “buen cuerpo”, a ser habanera o “palestina”, a tener de congo y de carabalí, a escribir narrativa o poesía, a “gozar” o no de horario abierto, de doble jornada y poco jornal, a teñirse o dejarse (ver) las canas, y a ser, por añadido una mujer “susceptible”, “idealista”, “intelectual” y “feminista”… ya en la Conchinchina o en la Cuba de hoy.

Cada rasgo complejiza el entramado (sin entrar en las dinámicas familiares ni en meollos como los de tener o no —más que cuarto— casa propia, los padres vivos pero enfermos, ser hija única o la única hembra entre varios hermanos, etc., etc.).

En Anémona bojeé, junto a otros asuntos espinosos, esa malla o nata vital de quien lleva el rol de “cuidadora”: “Nanadora. Acunadora. Sanadora. Vaina”; “[l]a madre del hijo, la madre del padre, la madre del esposo, la esposa de la madre. La pareja. La emparejada en la pareja. La de orejas cortadas”; sin ser concluyente ni objetiva, fui del “Déjate hacer. Dejarse hacer. Dejarse ser” a la invitación a transmutarse en hongo, para diseminarse por doquier “que existan otras formas de vida”.

No es por caricaturizarlo, porque es mi propia agonía, pero lo mejor es reírse un poco de ello. Vivir el feminismo dentro de la pareja puede ser una labor como de espía verdaderamente agotadora, más si se crece queriendo ser una eterna chiquilla a la par que comportándose como una madre retadora, o soñando ser deseada a la vez que admirada. Se está en vilo, en una continua suspicacia sobre qué y cómo te lo dicen, sobre si te dan la mano al bajar de la guagua o si dar un saltico atlético al tirarte, sobre quién friega cuando es más divertido pintar las paredes, sobre quién para o paga el taxi (y todo lo demás); nos debatimos entre odiar cocinar y querer que te elogien la comida, entre desear que te regalen una florecita y el vade retro a los ramos de los actos públicos, entre poder con todo y no querer hacer nada sola (entre liberalismo e incertidumbre, entre independencia y susceptibilidad).

Bajarse de ese tren y amoldarse a los estereotipos podría parecer más llevadero, pero no es lo mío. Lo esencial sería conducirnos con agudeza para devenir dueñas de nuestro tiempo y de nuestros cuerpos, actos, palabras, sentimientos, sin vivir permanentemente furibundas ni parapetadas como guerrilleras.

Fluir (dejarse ser e incluso dejarse hacer…): reaprender el recibir; el ser bellas, frágiles o sensuales (si cabe, si nos late); y entrelazarlo con el batiburrillo de rasgos que más nos plazca.

Tan normativo puede ser el machismo como el feminismo, si nos pauta no permitir nunca que un hombre invite, cargar estoicamente con nuestros bártulos (y hasta con los de él), evitar que nos cedan el asiento, trabajar más que nadie (en los frentes “masculino” y “femenino”) o educar a los hijos en la reticencia al padre.

Una de las razones de mi feminismo (y de mi rechazo a otras discriminaciones) es que me saca de las casillas que nos encasillen. De ser en cuerpo de mujer, me gusta, por ejemplo, lo inclusivo, lo abierto a la exploración; cuando se ha peleado tanto porque se expandan y liberen las posibilidades de elección, sería de locas constreñirlas.

Habría acaso que hallar una utópica tercera vía… Porque (como en la sexualidad o en el arte) al definirnos por oposición, entre lo blanco y lo negro, nos perdemos demasiadas gamas de color.

Tu último libro, País de la siguaraya (Letras Cubanas, 2018) recientemente presentado en la Feria del Libro de La Habana, es un libro de viajes estructurado mediante poemas en prosa altamente narrativos. Creo que es además un libro de amor, de uno que no está frustrado o fallido: de un amor feliz que se extrapola a la vida. Es un libro muy reflexivo también, desde el punto de vista existencial.

Como Huecos…, País de la siguaraya me ocurrió en un arco temporal: 2012-2016. Al comienzo me seducía su aire agreste, de reflexión y observación contenidas (constatable en la tríada de textos que publicó La Gaceta de Cuba en 2012). Luego ese tono se mistificó, y la intención de juntar poemas que recorrieran la Isla de cabo a rabo se parcializó con mis estancias entre LaVana y Matanzas, justo porque sobrevino (como espacio-tiempo de cruce inevitable) ese amor que dices (permeando todo al paso, reabriendo el libro a la tempestuosa emotividad acostumbrada).

Los textos sí dibujan allí una lucha: viajes de ida y huida buscando un centro (o asidero) en ese amor, todavía animados por exploraciones en compañía, camino del país o al rencuentro de fragmentos de paisajes vitales interiores.

El primer texto que escribí (“Almendares-Mariel”) era una larga remembranza o mise en abyme que formaba parte de un cuento todavía inédito. Es decir, que me hallaba escribiendo algo de ficción y la realidad (de un paseo con mi padre) irrumpió de tal modo (en un tono tan discerniblemente distinto) que tuve que desgajar aquello y darle cuerpo aparte.

¿Espiga madura, madurada? ¿Anuncio del peso de la edad? Primordialmente, contumacia: ganas de vagabundear, de (ad)mirarlo y devorarlo todo; de auscultar el cuerpo moral y geográfico del país, como quien lo prepara para una inhumación: un bojeo morboso por sus pústulas y llagas (de niña que toquetea con un palo a un animal caído, con ínfulas de que se pare y luche).

Y ganas también de repasar mi historia (husmeando entre fotos de la infancia); necesidad de detenerse y observar lo desandado, sopesar el propio cuerpo (físico, espiritual) que nos trajo hasta aquí (sus blanduras y callosidades, sus cegueras, fobias y malformaciones: sus “mentiras favoritas”, como dice Sandra Ramy), para entender dónde pisamos entre las galerías o carrileras del yo (si es que todavía pueden pronunciarse, tenerse, dubitaciones del tipo “quién soy” o “adónde voy”).

El país es el pretexto: el país soy yo que viajo a través mío, y a través del otro intentando llegar a mí; aunque todo puerto se aleje como en un mal sueño, aunque sean búsquedas carentes de sentido si se emprenden creyendo en el origen y no en la travesía, sin entender que lo que queda es saborear el paseo…

Para finalizar, quiero preguntarte qué constantes o prácticas escriturales recurrentes crees que son propias de tu generación. Y cómo se siente pertenecer a ella. 

De tan trillado en conferencias, revistas, entrevistas, ensayos y antologías, no veo qué podría añadirse sobre esa que Aram Vidal llamó una vez “de-generación”. Por complacerte, seré enumerativa, contrastiva y anafórica (para de paso usar algunos procedimientos que los marcan a nivel formal): ¿des-territorializados?, des-naturalizados, ¿des-memoriados?; des-cubanizados y cubiches al punto de actualizar las mambisadas y des-automatizar la retórica revolucionaria; velociraptores: consumidores intertextuales e intermediales natos; cultores de jergas (g)locales; arqueólogos testarudos de lo que sea; hijos y padres de medios y espacios alternativos; amargos y lúdicos, escatológicos y des-dramatizados, anticanónicos y antiépicos, dis-tópicos y aun utópicos; transgenéricos, performáticos, paródicos, epigramáticos, fragmentarios; observadores sarcásticos y filosóficos, actores libidinosos, lectores exhibicionistas, (falsos) escritores autobiográficos, panlingüísticos y palimpsestuosos… como la web.

Excepto por los amigos que quiero a toda costa y otros congéneres cuya obra admiro, no tengo ninguna sensación particular de “pertenencia”, orgullo generacional ni bandera estética que alzar en este punto. Llegamos después de unos y otros ya están en camino de diferenciarse de esa sombrilla bajo la que nos reúnen.

Existieron Espacio Polaroid y su “liberatura”, La caja de la china, 33 y 1/3, TREP, Desliz; sigue en pie La Noria y andan por ahí El Estornudo y El Oficio… pero no hemos hecho por tener sostenida ni monocromamente lo que antes definía a generaciones y movimientos artísticos: líder o manifiesto, estética ni publicación señeras.

Aunque para ser exactos sí ha habido voluntad —más bien postrera, posterior a la de compiladores extranjeros y extemporáneos, casi siempre nacida de un pedido que busca visibilizar algo más que los hallazgos literarios de los Años Cero— de juntar en volúmenes y dossiers, acá o acullá, lo más “granado”, la “flor y nata” de la hornada.

Pienso en antologías orquestadas por Lizabel Mónica, Orlando Luis Pardo Lazo, Oscar Cruz, Jorge Enrique Lage, Gilberto Padilla, Duanel Díaz, Anisley Negrín, José Ramón Sánchez, Ángel Pérez, Javier L. Mora y hasta por mí, varias de las cuales hacen declaraciones prescriptivas sobre la escritura cubana hoy.

No es por miedo al qué dirán (siquiera por terror a lo que queda inscrito, aunque también), pero me gustaba más cuando estábamos en lo nuestro, sin atacar a nadie ni predicar sobre ética o estilo, y sin sed de empoderamientos simbólicos o de otra laya. Espero que esas páginas preceptivas no digan la última palabra sobre lo que somos o hemos sido, ni sean lo más cacareado por las historias de la literatura cuando de “nosotros” se trate.

Tengo mis favoritxs de todas las épocas entre lxs escritorxs de la Isla, claro está; sé qué me gusta y por qué, como sé lo que quiero o sobre todo de lo que no quiero escribir (hasta hoy). Sin embargo, no me interesa embarcarme en la aventura de pautar la creación de los demás ni de trazar políticas culturales. Quiero ser lo más libre posible al escribir lo que me dé la gana. ¿Cómo normar en otros lo que no toleraré conmigo?

Como en la práctica del feminismo, si hubiera un rasgo distintivo por el que apostar, me gustaría pensarnos anti-dictados, sin uniforme, llevados por aquel promisorio retintín que decía: “somos pioneros exploradores…”, o lo que es lo mismo: caminando al ritmo del primer pasito de baile de Neil Armstrong en la luna (bamboleantes al probar a ser fuera del cerco de la gravedad); desprejuiciados, en fin, para asumir cualesquiera de las “forma[s] de las cosas que vendrán” —a la manera jacarandosa del Wichy.

Tomado de Hypermedia Magazine,

https://www.hypermediamagazine.com/entrevistas/habitando-el-pais-de-la-siguaraya/

De sales y agua

De sales y agua

Mylene Fernández es una de las más importantes narradoras cubanas en el actual panorama de nuestra literatura y el libro aquí comentado resultó Premio de la Crítica.

Agua Dura, de Mylene Fernández,   me ha regresado a lugares y épocas de mi vida que no recordaba,  la escuela y cuando las clases se poblaban  de retozos, de conspiraciones contra los maestros y las ciencias,  se acortaban  los nombres de los amigos y la vida toda, a ratos,  era un paso de risa. La física y sus leyes, las semillas y los elementos que se juntan y resultan  piedra, ave o agua.

“Habeas Corpus”  me  lleva a la orilla de un mar de sales y antojos disueltos. Mi madre siempre decía que vivir lejos del mar te ponía los ojos opacos, yo me reía de su ocurrencia hasta que descubrí que las madres raramente se equivocan.

…Se encaminó a la playa, imagen puntual de agendas y calendarios que le llegaban cada fin de año, poblados de fotografías de arenas blancas y mares azules siempre quietos, como posando eternamente para las cámaras o los ojos…

No hay  que esperar a un despido,  como la mujer de la historia de Mylene,  para saber que el mar cura casi todo, desde la piel al alma.  Quise encontrarlo en los lagos y los ríos de Europa. Me dije bueno, pues agua es agua. Pero no. Casi. Faltan la marisma, los minúsculos cristales en los labios  y la certeza de que las olas de verdad  rompen una  sola vez por continente.  Una playa de turistas, amantes o ladrones que cargan con todo lo que una tiene y si hay suerte, con todo lo que duele.

Cuántas mujeres habitan la muchacha del relato La pausa,  que intenta dormir y  engulle pastillas de colores como si fueran golosinas que devuelvan un poco de dulzor, la sonrisa o un descanso  que repare;   pero  solamente consigue soñar con un tiempo feliz que duele al despertar.  Pero creo que soñar con lo feliz es una semilla, una hendija, una promesa a mañanas con un poco más de luz.

…Pero esta mañana no había pastillas, sino la resaca de una borrachera, la foto borrosa de un amante fugaz y mediocre, y un sueño que seguía siendo lo más real de la jornada…

Porque hay y habrá despertares en que  los bancos  y las computadoras no se atasquen, abunden los cheques de derechos de autor y los porteros bondadosos. Las empleadas van a soñar con un amante pirata; la hija caprichosa y su  madre leerán juntas una historia de amor sin esperar  otra vida para darse ternura.

Según cuenta la Química, el agua contiene más sales de la cuenta. Lo mismo que a la vida y los recuerdos, al agua dura uno la filtra, la decanta hasta hacerla más ligera y potable. El libro encierra las vivencias de unas cuantas generaciones, las revive, las pasa por la criba de la nostalgia y en la última página, nos  acerca  a la comprensión y la ternura. Agua dura, pero inmensa, es este libro.

Para conocer más a Svetlana Alexiévich

Para conocer más a Svetlana Alexiévich

Según Svetlana Alexiévich, “La filosofía de ‘vivir en la naturaleza’ se ha transformado en la filosofía de ‘vivir a costa de la naturaleza’, y la naturaleza se venga.

Aunque el nombre de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich (Premio Nobel de Literatura) no aparezca en los créditos de la miniserie Chernobyl, realizada en coproducción por la cadena estadounidense HBO y la británica Sky, audiovisual que ya circula en Cuba vía “El Paquete”, el material está inspirado en una obra suya: el libro Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, publicado por primera vez en ruso en 1997, un texto  que da testimonio del drama del accidente ocurrido en la central nuclear ucraniana en abril de 1986. Si bien es cierto que ni la serie de cinco episodios ni el libro en que está inspirada son del todo objetivos y que, por tanto, por doquier se percibe la intención de transmitir un determinado mensaje ideológico en contra de lo que fue la Unión Soviética y de la actual Rusia, más allá de méritos artísticos señalados por la crítica especializada y que van desde el verismo de sus imágenes, el formidable diseño de producción y que se muestra en el trabajo de reconstrucción histórica, la excelente fotografía del sueco Jakob Ihre, la funcional banda sonora de la islandesa Hildur Guðnadóttir, la eficiente labor de sonido y que propicia el clima de miedo, desolación, peligro, hasta el buen desempeño del elenco artístico, al menos a mí me queda claro que lo intenso de las discusiones y reacciones a propósito de esta miniserie evidencia el retorno de la otrora agresividad de la Guerra Fría al ámbito de  las relaciones internacionales. Como que Chernobyl 2019 ha prendido entre los consumidores cubanos de series televisivas, en Miradas Desde Adentro se reproduce hoy una entrevista publicada en Babelia, suplemento del periódico español El País, a la autora de títulos comoLa guerra no tiene rostro de mujerLos muchachos de zinc: Voces soviéticas de la guerra de AfganistánEl fin del ‘Homo sovieticus’(traducido al español por nuestro compatriota Jorge Ferrer) y el aludido Voces de Chernóbil. Crónica del futuro.

Svetlana Alexiévich, la voz de Chernóbil

Dos días en Bielorrusia con Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura, que recuerda el reto que supuso escribir el libro que ha inspirado la exitosa serie de televisión sobre la central nuclear

Pilar Bonet

Chernóbil ha irrumpido de nuevo en la vida de Svetlana Alexiévich, la escritora bielorrusa que plasmó el drama del accidente ocurrido en la central nuclear ucraniana en abril de 1986 (Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, publicada por primera vez, en ruso, en 1997). Más de 33 años después de la catástrofe, la miniserie de la productora HBO Chernobyl ha acercado el suceso  y su contexto sociopolítico a millones de espectadores. Para la mayoría, especialmente para los jóvenes, Chernóbil forma parte de la historia; pero para Alexiévich y los exciudadanos de la URSS residentes por entonces en Ucrania, Bielorrusia y Rusia, es aún vida.

El recuerdo, las lecciones y la actualización de Chernóbil son tema recurrente en las dos citas de esta corresponsal con Alexiévich esta semana en Bielorrusia. La primera, el martes, en su apartamento de Minsk, y la segunda, al día siguiente, en una excursión a la dacha (casa de campo) de Alexiévich en Silichy, una localidad a 40 kilómetros de la capital bielorrusa. Entre un viaje y otro, la vida cotidiana de Alexiévich discurre en estos dos ambientes adquiridos después de que recibiera el Nobel en 2015. Su piso de Minsk tiene una espléndida vista sobre el lago del centro de la ciudad. La dacha, construida con sólidos troncos aún aromáticos, está en los límites del pueblo, separada por unos trigales de las suaves colinas que en invierno son las pistas de una estación de esquí. En este refugio, donde Svetlana planea encerrarse este verano a escribir, reside de forma permanente María Vaitziashonak, escritora en lengua bielorrusa y artífice del jardín, lleno de caprichosos y recónditos espacios entre matorrales, árboles y macizos de flores. En Minsk y en Silichy, el móvil de Alexiévich suena una y otra vez: de nuevo, Chernóbil.

“El miedo ecológico se ha apoderado de la gente. Se ha hecho evidente que la naturaleza escapa de nuestro control y que hemos cruzado una frontera”, dice. “La filosofía de ‘vivir en la naturaleza’ se ha transformado en la filosofía de ‘vivir a costa de la naturaleza’, y la naturaleza se venga”, agrega.

“La gente está hoy más dispuesta a asimilar la información y entiende mejor que en el conocimiento hay agujeros negros y también que el ser humano no es tan poderoso como se creía”, señala la escritora, para explicar la masiva acogida de la serie norteamericana.

Hasta nuestra entrevista, Alexiévich solo había podido ver fragmentos de Chernobyl. Pese a basarse en gran parte en su libro, la serie no la menciona en los títulos de crédito y eso sorprende y desconcierta a la Nobel. “Firmamos un contrato con los productores que les permitía usar entre seis y ocho historias del libro. Pero, además del libro, utilizan también su filosofía, aunque mi nombre no figura. Es muy extraño”, afirma. Los representantes de la serie no han contestado a las interpelaciones sobre la omisión de su nombre en los créditos.

Sorprendentes han sido las belicosas reacciones que Chernobyl ha provocado en los medios de información rusos, oficiales y próximos al Kremlin. Las críticas se centran sobre todo en una denuncia puntillosa y extremada de inexactitudes técnicas, narrativas o de ambientación, pero hay también quien ve la serie como el producto de retorcidas conspiraciones extranjeras contra la Rusia actual. Un comentarista en el diario Komsomólskaya Pravda considera Chernobyl como un intento de desacreditar a Rosatom (la entidad gubernamental responsable de la energía atómica en Rusia), en beneficio de sus competidores tecnológicos occidentales. En el canal de televisión NTV han anunciado el rodaje de la primera serie rusa sobre el suceso. Sus protagonistas serán un espía norteamericano infiltrado en la zona de la central y un funcionario de los servicios secretos soviéticos que intenta desenmascararlo.

“Las reacciones a la serie de televisión en Rusia muestran la misma agresividad de la Guerra Fría”

La intensidad de las reacciones rusas ha dejado a Alexiévich estupefacta, sobre todo por su empecinada defensa de la Unión Soviética, aquel Estado desaparecido en 1991 al que, como repúblicas federadas, pertenecían Rusia, Bielorrusia y Ucrania, esta última el foco de la catástrofe. “No creía que los procesos se hubieran congelado de tal modo en Rusia; las reacciones muestran la misma forma de pensar, la misma agresividad de la Guerra Fría”, opina la escritora. El “coro agresivo” que Chernobyl ha provocado en Rusia muestra, según Alexiévich, que “están en la cuneta, que no se han conectado con el mundo”. El fenómeno es más amplio y profundo. “Puse la tele y vi que Rusia anunciaba el estreno de un nuevo bombardero que Estados Unidos aparentemente no tiene y me dije que el tiempo se congeló”, exclama.

Dos sorprendentes éxitos de público relacionados con la recuperación de sucesos históricos —uno, el de Chernobyl, y el otro, de un documental ruso sobre el campo de concentración de Kolimá (en el Lejano Oriente ruso)— parecen indicar la necesidad de nuevas formas narrativas para que las jóvenes generaciones penetren en la historia y la capten también emocionalmente. Kolimá, la patria de nuestro temor (abril de 2019) fue rodado por Yuri Dud, un popular periodista ruso, tras sondeos según los cuales casi la mitad de sus compatriotas de entre 18 y 24 años no habían oído hablar de la represión estalinista.

“Vi el documental sobre Kolimá”, cuenta la escritora, “y, desde el punto de vista de mi generación, no había nada nuevo en él e incluso diría que la realidad se había simplificado, pero tuvo un gran éxito entre los jóvenes, que se rebelan contra la imposición de viejas ideas. Les imponen monumentos, museos y una ley que prohíbe interpretaciones de la Segunda Guerra Mundial distintas a la oficial. Les hablan de una gran victoria, de una gran época, pero los jóvenes quieren saber qué clase de época fue aquella”.

Dada la situación política actual en Bielorrusia y en Rusia, Alexiévich cree que hoy le sería más difícil escribir La guerra no tiene rostro de mujer que en 1985, cuando la publicó. “Pienso que no podría escribir ese libro hoy porque las mujeres que estuvieron en el frente se cerrarían y tendrían miedo a contar su verdad de la guerra, que podría entrar en conflicto con la versión oficial, en la que solo existe la Gran Victoria. En lo que se refiere a la figura de Stalin, la Gran Victoria eclipsó al Gulag en la narrativa oficial”.

En el interés actual por Chernóbil, Alexiévich ve varios factores, además de una mayor comprensión de que existe un mundo desconocido, letal y global. Los jóvenes tienen una conciencia ecológica muy fuerte y sienten el peligro. Comprenden el tema de los recursos limitados —su nieta, dice, la recrimina por encender demasiadas luces— y el calentamiento global, aunque están más lejos de entender la amenaza de la carrera de armamento y del desmontaje de los tratados de desarme que pusieron fin a la Guerra Fría. Este fenómeno preocupa más a la gente madura, reconoce.

Por su naturaleza, el accidente de Chernóbil planteó desafíos al lenguaje literario. “Existe una cultura y una tradición para la narrativa de la guerra, lo que permite al creador moverse dentro de unos márgenes, tal vez explorarlos y ampliarlos en el marco de esas tradiciones. Sin embargo, cuando yo escribí mi libro sobre Chernóbil, no había un registro cultural para la narración sobre algo tan desconocido”, afirma. Existían no obstante obras premonitorias como Picnic al borde del camino (publicado en 1972), de los hermanos Arkadi y Boris Strugalski, un relato sobre seres que se ganan la vida saqueando en una zona prohibida, que viola las leyes de la física, tras una gran tragedia. El cineasta ruso Andréi Tarkovski llevó aquel relato a la pantalla con el título de Stalker (1979). “Los Strugalski y Tarkovski tuvieron la genialidad de adivinar lo desconocido e hicieron una incursión en otra época, exploraron una amenaza antes de que ésta se abatiera sobre nosotros”, señala.

Svetlana fue por primera vez a Chernóbil cuatro meses después de la catástrofe: “Allí entendí enseguida que estábamos en otro mundo. Todo parece lo mismo —las manzanas, los pepinos, la leche—, pero sobre ellos planea ya la sombra de la muerte y las personas están desorientadas, perdidas, y no en un plano anticomunista o antisoviético, sino como algo superior, algo distinto. Porque no se trata del ser humano en la historia, sino del ser humano en el cosmos. Volví a ver lo mismo muchos años después en Fukushima [la central nuclear japonesa afectada por un accidente en 2011], también allí había la misma desorientación en la gente, en los científicos y en los políticos, la misma sensación de impotencia”.

Recuerda especialmente Alexiévich a un piloto que quería llevarla a la zona desalojada en torno a la central. “Era piel y huesos. Me llamaba y yo no podía ir porque estaba ocupada. Entonces me dijo: ‘Dese prisa porque me queda poco. Puede que usted no entienda nada, pero sea testigo y tal vez otros sí lo entenderán”. Aquel piloto, que le ordenaba grabar los testimonios, miraba el micrófono de Svetlana e inquiría ansioso: “¿Graba? ¿Graba?”.

“Murió”, sentencia Alexiévich, contestando a una pregunta apenas esbozada.

Alexiévich mantuvo el contacto y también “la amistad” con los supervivientes de Chernóbil protagonistas de su libro. Con el tiempo, su agenda va menguando. “Hace un par de años querían filmar una película sobre el exterminio de animales en las zonas contaminadas. Fue idea mía. Por lo menos hice una decena de llamadas buscando a los cazadores enviados a ejecutar la tarea y entendí que ya no estaban vivos”. La escritora se sigue relacionando con Lucia, la madre de Vasili Ignatenko, uno de los bomberos fallecidos. Lucia vive en Bielorrusia y ha perdido el rastro de su nuera, Liudmila, residente en Kiev. Liudmila y Vasili Ignatenko, representados por actores, son dos de los personajes más conmovedores de la serie. “De Liudmila no sabemos nada y es muy extraño que no felicitara a su suegra con motivo de su 80º cumpleaños. La hermana de Vasili, Liuda, que se prestó a un trasplante de médula espinal para salvarlo, también ha fallecido”, relata la escritora. Durante varios años, la familia Ignatenko viajó clandestinamente a su domicilio en la zona prohibida en torno a Chernóbil y, con más nostalgia que miedo, sacó de su antiguo hogar los pepinos en salmuera que no pudieron cargar durante la evacuación forzosa. “Hasta que todo fue saqueado y dejaron de ir”, exclama Alexiévich. Recuerda también la escritora que durante largo tiempo tras el accidente resultaba arriesgado hacer compras en las tiendas de “segunda mano” de Minsk, porque muchas mercancías eran producto del saqueo en la zona contaminada.

“Todo parece igual —las manzanas, los pepinos—, pero sobre ellos planea ya la sombra de la muerte”.

Chernóbil fue una tragedia común de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, pero cada uno de estos países ha privatizado y reinterpretado su porción de horror. En los últimos años las cosas se han complicado aún más. “Ucrania considera ‘país agresor’ a Rusia y en Rusia hay un tremendo sentimiento antiucraniano; en cuanto a los bielorrusos, yo diría que la dictadura se ha cobrado lo suyo y se han subordinado todas las instituciones relacionadas con Chernóbil. Aquí las autoridades temen el espíritu libre de Ucrania”, dice la escritora. “En la zona de exclusión bielorrusa los ancianos han muerto, pero hay otras gentes que acuden a esos parajes a los que llaman materik (‘continente’ en ruso), decepcionados de la vida en otros lugares, y queda una pareja entrada en años que tiene la casa llena de iconos”. “No es un espacio de libertad, es más bien un espacio salvaje”, puntualiza Alexiévich.

La escritora da forma a sus obras lentamente y a menudo tarda años en acabarlas. El libro sobre el amor en el que está trabajando “avanza lentamente, pero avanza”, dice, y explica que se limitará a recoger el testimonio de mujeres. Ha renunciado a entrevistar hombres para ese libro. “Tienen una sensibilidad diferente. No consigo penetrar en ella. No los entiendo. Es como si fueran de otro mundo”, exclama. Alexiévich escribe sus relatos a mano. En un rincón de su despacho en la dacha, cuidadosamente amontonados en varias voluminosas pilas en el suelo, están los borradores de su nueva obra. Ya escribió impresionantes historias de amor en sus anteriores libros, le digo. Lo admite, pero ahora, puntualiza, la tarea es diferente: “Lo que yo quiero no son ideas, no son las superideas que siempre existen en Rusia, como ganar la guerra o construir el comunismo. Lo que quiero es escribir sobre los intentos de ser feliz, sobre las personas que quieren vivir su propia vida escondiéndose de las ideas”.

La situación política en los tres países eslavos que sufrieron Chernóbil varía. Opina Alexiévich que, en Bielorrusia, la principal preocupación del presidente, Alexandr Lukashenko —en su cargo desde 1994—, es “conservar el poder”; en Rusia impera una “política militarista” y en Ucrania se abre paso una “nueva conciencia”, aunque la tarea del nuevo presidente, Volodimir Zelenski, se ve dificultada por los nacionalistas radicales. A la Nobel le gusta Zelenski. “También me gustaba Petró Poroshenko, pero me decepcioné cuando supe de su apego por el dinero. No creo que Zelenski esté en la presidencia para enriquecerse, creo que quiere sinceramente hacer algo. Es un personaje moderno y no necesita que la gente cuelgue sus retratos en el despacho”.

Vladímir Putin ha indicado su deseo de una integración más estrecha con Bielorrusia, lo que muchos ven como una futura anexión y una estratagema para poder seguir en el poder cuando acabe su mandato en 2024. La actitud del Kremlin no ha llevado a Lukashenko a reforzar los vínculos de unidad con sus conciudadanos, afirma Alexiévich. “No tiene antenas ni receptores para captar esa dimensión. Él solo entiende el peligro que existe para él y su poder. La sociedad en cambio sí lo entiende. Sobre todo, la juventud”.

Alexiévich no cree que el estancamiento o el retroceso político en Rusia o Bielorrusia sean un fenómeno atribuible solo a la personalidad de sus líderes. “No es Putin el que manda abrir museos, monumentos y bajorrelieves dedicados a Stalin. No son sus órdenes. Son iniciativas privadas. El Kremlin y el pueblo se unen”, afirma.

En Bielorrusia, han sido retiradas las cruces de madera de Kuropaty, el bosque cercano a Minsk, donde los verdugos del NKVD (la policía política de Stalin) organizaron fusilamientos masivos en los años treinta y principios de los cuarenta. Unas excavadoras llegaron y se las llevaron y “la gente calló ante la destrucción de aquel panteón popular, aquel espacio de libertad donde se reunían los jóvenes y había pequeñas manifestaciones”. “Se convocó una plegaria colectiva con velas para protestar contra la retirada de las cruces. Solo acudieron 100 personas. Fue muy decepcionante”, dice la escritora, convencida de que las cruces han sido retiradas por iniciativa de Lukashenko. “Vio una isla de libertad, un espacio fuera de su control, y ordenó que quitaran las cruces”, dice.

Alexiévich no solo denuncia el “militarismo” ruso. Esta primavera, invitó al club de discusión que organiza en Minsk a la escritora lituana Ruta Vanagaite, autora del libro Los nuestros. Viaje con el enemigo (2016), sobre la colaboración de los lituanos con los nazis en el exterminio de los judíos: “Le están haciendo el vacío en Lituania por denunciar la colaboración de sus propios parientes con el nazismo. En Minsk vino mucha gente a oírla, pero yo esperaba más. Aquí en Bielorrusia, exterminaron también a los judíos, no supimos defenderlos, y el resultado es que nos encontramos solos con los comandantes partisanos”.

El último viaje a Rusia de Alexiévich data de hace dos años, cuando intervino en el Centro Gógol de Moscú y en San Petersburgo, donde el cineasta Alexandr Sokúrov consiguió que le facilitaran una sala en el Ermitage. Después, el director de este museo, Mijaíl Piotrovski, recibió “una reprimenda” por ello. Svetlana no ha vuelto a Rusia desde entonces, aunque ha sido invitada varias veces, la última por una editorial para intervenir en una feria del libro recién celebrada en la Plaza Roja. “Algo está pasando”, dice. “Por una parte me tratan como enemiga y de repente me invitan a la Plaza Roja”.

PISTAS

Chernobyl

Serie de televisión. 5 episodios.

Dirección: Johan Renck. Guion: Craig Mazin

Reparto: Jared Harris, Jessie Buckley, Stellan Skarsgård, Emily Watson

HBO, 2019

Tomado de BabeliaEl País, localizable en:

https://elpais.com/cultura/2019/06/07/…/1559926054_845405.html

 

Dos cuentos de Hugo Luis Sánchez

Dos cuentos de Hugo Luis Sánchez

En la feria del libro correspondiente a 2019, se presentó un volumen que recoge las narraciones galardonadas en la edición décimo séptima del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. En la obra, entre otros textos, aparece el titulado “En el lugar de las sombras”, original del cubano Hugo Luis Sánchez, autor que ha sido galardonado en varios certámenes literarios, tanto en Cuba como en el extranjero. Hoy publicamos en Miradas Desde Adentro dos cuentos de alguien que en lo personal valoro como un amigo y que a los amantes de la buena literatura nos ha entregado obras que, como por ejemplo, las novelas Doble jueves y El puente de coral, figuran entre lo más novedoso del ámbito de las letras cubanas contemporáneas.

Cuentos de Hugo Luis Sánchez

NOTA DE PRENSA

Se informa a la ciudadanía que el horizonte ha desaparecido. Valiéndose de la noche, el enemigo ha obrado de manera pérfida, como nos tiene acostumbrados, y al amanecer nuestras fuerzas han podido constatar a todo lo largo de la Isla que ya no existe la línea del horizonte. Si aquellos que nos quieren destruir piensan que con ello van a mellar nuestra fe en el porvenir, deberían tener por sabido que a nosotros nada nos asusta, que el futuro nos pertenece por entero, que nuestros principios son indoblegables y que, ante todo, estamos consagrados y somos inmortales. A quienes creyeron que veíamos en el horizonte un símbolo de esperanza, también debemos recordarles que la fe va dentro de nosotros mismos, que nos acompaña como la gloria eterna, que la historia así lo ha confirmado y que ningún espejismo, por real que parezca, nos va a engañar. Y aun más, si pudieron en solo unas horas borrar el horizonte, con ello no han hecho más que demostrar que el horizonte fue un invento, una patraña para tratar de engatusarnos y confundirnos. Lo que verdaderamente ha ocurrido es que el horizonte jamás existió, fue una quimera que nos inocularon con la finalidad de alocar nuestra brújula y hacernos adictos a las ilusiones. Nosotros permaneceremos firmes, inclaudicables dentro de las trincheras que hemos cavado en el suelo de la Patria y que, por tanto, son sagradas. Si ya no hay horizonte, son ellos quienes se lo pierden.

EN EL LUGAR DE LAS SOMBRAS

“…solo una transición entre la sombra y el rostro.”

Elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki.

Las aves, es decir, sus sombras, se deslizaron dóciles, como cada mañana en que el viento les permitía planear y había luz, después de que ocurriera lo que ocurrió, aquel resplandor tan blanco, en exceso puro, un día que debió parecerse a tantos otros días.

El macho, quizá el macho, iba delante abriendo camino. Le evitaba esfuerzos a su compañera, la consentía. Su cabeza mostraba forma de lanza, pico puntiagudo; la cola estrecha, semejando una cuña y, luego, aquellas alas enormes, de alcatraz, insertadas muy delante del cuerpo. Era hábil en utilizar las corrientes secretas del aire y en modular sus transparencias. Se le sentía flotar; nada o casi nada de esfuerzo, flotar: el puro placer de flotar.

Ella, puede que la hembra, igual aunque a escala menor y con, digamos, una fuerza sutil, propia de quien se hace llevar sobre un vientecillo, apenas una insinuación, casi una promesa. Eso es algo que se siente, aunque de sombras se trate, y observarla arrastra cierto encanto que calma extrañamente los sentidos y crea adicción ante la suavidad de la brisa, su imaginable textura.

Ambos, macho y hembra, estarían hechos de viento cubierto de plumaje. Es decir, no sería propiamente viento, o sí.

Es ese viento y su profunda y autista transparencia, que no necesita nada, ni dependen de nadie, ni quiere nada como no sea el goce de su propia transparencia y ser cada vez más transparente aunque ya no le es posible: disfruta de toda la invisibilidad.

Buscaban, acaso macho y hembra, el hilo de aire y se entregaban al movimiento bordeando la línea costera, unas veces deslizándose sobre el mar y otras entre piedras y areniscas.

Las sombras no se mojan, tampoco se empolvan; están patinadas con unturas de tiempo y por ese aceite resbala, eso mismo, la intuición del tiempo, el más horrendo de los inventos humanos después de la realidad. El tiempo que se dilata y se contrae, no importa que no exista, le da lo mismo, se dilata y se contrae, sístole y diástole.

Y como las sombras no están hechas para verse de una sola vez, sino con la finalidad de ser presentidas; son anteriores a ese tiempo y a cuanto hay, antecedieron a Dios, no tienen edad y lo van a sobrevivir. Hágase la luz, dijo, y la luz se hizo y con ellas las ilusiones que les son propias y las que no, y cada cuerpo fue presuroso a ocupar su sombra, que ya lo esperaba. El Señor también su tenía sombra, no la mejor, solo sombra, no existen unas mejores que otras, son iguales a secas y fueron las mismas en cualquier caso, con un número limitado, foliadas, similares a la población de las almas, ni una más, ni una menos.

Al clarear, el hombre que miraba las sombras de las aves, de pie bajo el dintel de la terraza, no se atrevía a dar un paso más hacia fuera. Tampoco le ves juntas, empujando el amanecer con sus picos: el día por delante. Eran las primeras sombras. Las sombras que despertaban a las sombra.

Siempre, si era muy necesario, desde donde se situaba podía observar perfectamente a las que damos por sentado duermen o que algunas sombras, algún tipo de sombra, duerme aunque ya se dijo que son iguales. El sueño no establece diferencias, si de sombras se trata.

En su caso no era tan así, a lo sumo su sombra de hombre llegaba al estupor de la vigilia, esa soñolencia vaga entre estar despierto o no estarlo. Las sombras tienen su parentesco con los sueños y sus delirios. Por más que se diga, los sueños, las sombras y también los silencios son ciudadanos de la nada, no existen otros, tampoco hacen falta más. Hay, en abundancia, más nada que todo.

Las sombras, ser sombra da cierto derecho a hablar con propiedad sobre sombras, absorben silencio, eficaz nutriente, y se enriquece de cuanto no se dice. El poder secuestró a los alquimistas para que lograran la fórmula del silencio. Tuvieron éxito en su empeño y aun así continúan batallando. Es su razón de ser.

Con tal piedra filosofal, el amo de la fórmula del silencio, de su espesura, de las tinieblas y opacidades, tendría la eternidad del poder y sería quien determinaría el uso de las palabras jamás, eterno, inmortal… Los amos partían del criterio de que el silencio era neutro o, preferentemente, de que quien calla, otorga.

Por aquel entonces, el hombre sospechaba que el silencio corroía: lo callado, termina por desaparecer y luego pasa a la categoría inmediata y última de nunca haber existido, que es el estado ideal: el silencio, en su cualidad de aniquilador. Lo primero que hizo el silencio fue abolir las fronteras y así facilitar que las sombras se esparcieran a su gusto, con entera impunidad.

Pero estaba equivocado, era todo lo contrario: el silencio añejaba, concentraba mostos, convertía en esencia cuanta cosa enmudecía. El silencio grita, es su única forma de expresión oral, y el grito pasa a eco de su propio eco, se autoengendra, hace pensar en cuando una sombra se mira en un espejo frente a otro espejo y la silueta se repite hasta el infinito, hasta el eco tartamudo del eco.

Y, además del grito, el silencio deja un testimonio. La sombra escribe en Braille, el silencio lee, tiene en la punta de los dedos las yemas de la noche y conoce el idioma de las ausencias, dueña del más vasto diccionario de cuantos se conocieron antes de que ocurriera lo que ocurrió y un soplido licuara el interior de todo lo vivo, quebrara el aire un día que debió parecerse a tantos otros días de siempre.

Respecto al silencio, es preciso saber que era rotundo y no se debía a que las sombras, sobre las que se había sedimentado, fueran insonoras, o sí lo eran: sucede que en el presente no había nada que sonara, ni siquiera ese rap rap rap de cuando estas aves pescaban. Luego del gran resplandor, el flash inmisericorde, el viento hirviendo… no hubo nada más que emitiera sonido alguno.

Y no había nada que sonara excepto el viento, el estremecimiento sobre el mar, ese silbido, su travesía; la persistencia cansina de las olas, llegan, van, murmuran… y las pulsaciones de la noche. Lo demás es lo que se escucha del propio silencio, su callada resonancia.

Pero da igual, lo importante consistía ahora dar vueltas a la noria de los días y es ahí, justo al hombre ver aparecer las aves, que surgía la sombra aplastada de lo que debió ser el techo de la terraza de su hogar. Solo lo compartía consigo mismo, la soledad es su fuerte, su avaricia, su lingote de oro. Entonces estiraba una mano, cualquiera, y asomaba una sombra alargada, cinco dedos chinescos, una palma; luego la muñeca, el antebrazo, aparentando trazos de Modigliani, y la detenía ahí.

Si llovía, se apresuraba a extenderlas, una primero, otra después, fuera de la casa. Las gotas caían en la sombra y hacían check marks, muchos. Era un deleite, aunque las sombras, está dicho, son impermeables incluso a esta lluvia ácida que cae desde que ocurriera lo que ocurrió, un estallido de sol.

Desde entonces, sabemos que alguien existió porque dejó su sombra impresa donde antes se hallaba, sentado en los peldaños de una escalera, en una pared que le quedaba de fondo… aunque algunas, las menos inconsistentes, se ha ido borrado con los años quizá porque nunca llegaron a ser sombras del todo o fueran las sombras de lo innombrable.

Antes, el hombre que observaba las aves tuvo otro goce, ya no. Le fascinaba ir a Distopía, la fábrica a él asignada.

Uno miraba al Ojo que registra el código del iris y luego de ello, si todo estaba bien, porque todo como es costumbre tenía que estar extremadamente bien, escuchaba una voz mecánica que indicaba “Pase” y el portón se abría, él ingresaba, seleccionaba de las taquillas su overol personal, con el número 6079, y con ello adquiría el derecho a trabajar una jornada de ocho horas, que se interrumpían cada dos para escuchar el lema “Arbeit macht Frei” y repetir el lema “Arbeit macht Frei” .

Se podían añadir dos más. La solicitud se hacía a la hora laboral 7. Al Ojo, ubicado frente a cada obrero se le anunciaba: “Necesito trabajar horas adicionales”. Si se le concedía, era posible entonces permanecer más tiempo en la fábrica. La jornada extra no incluía lemas y esa era la única desventaja.

Ingresar a la fábrica lo autorizaba a ser un algo, adoraba ser un algo, el infinito placer de ser una obsolescencia programada, que nadie pareciera advertir su presencia gracias a que habrían más, muchísimos más para su reemplazo y, sobre todo, ¡eso sí!, idolatraba su Máquina de Tiempos Modernos.

Al pensar en ello, en ocasiones se decía que ser un algo era lo que todos y cada uno habían sido: iguales en una estera de la máquina. Una vez y otra vez y otra vez, que nada cambiara, que nada perturbara la perfección de la sociedad y pensar únicamente en la repetición de lo mismo con lo mismo: la gloria en una estera.

En cuanto a él, vale aclarar que prefería inventarse a sí mismo, no implicaba riesgo alguno. El procedimiento era idéntico: como un algo, todos y cada uno, más cada uno, habían sido imágenes de ellos, semejantes los unos a los otros: no amaos, semejantes.

Además creía parecerse a un algo afín a los polinesios, lo que vendría a ser un algo más. Pensó en llamarse a sí mismo “gente” y es que como ellos mismos, por creerse gentes de islas, no sabían de la existencia de alguien más, solo ellos en sus universos. No, no existían, era “gente”. Igual que en el pasado, antes del día que debió parecerse a tantos otros días de siempre, él también fue gente y lo desconocía.

Se sentaba erguido delante de la Máquina de Tiempos Modernos y apretaba el botón del encendido. Por la estera, pasaban las igualdades en fila, de una en fondo, un ejército ordenado y anónimo, las cosas anónimas pierden su veneno connatural. Desfilaban delante de sus ojos y solo el cansancio era capaz de hacerle levantarse de ahí. La seductora impresión de repetir lo mismo, el placer del que Sísifo, indiscreto, codicioso y falso, no quiso reconocer su complacencia y calló para no salirse del mito.

Después de la máquina de igualdades, fueran las que fueran, sentía una predilección especial por las columnas de la fábrica. Esta columnata era su mayor predilección inconfesable. En fila infinita, una detrás de otra, estaban hechas del humo de la propia fábrica y se expandían y expandían hacia el cielo hasta el momento en que lo tocaran, fueran sus pilares, y siguieran más allá y llegaran a su destino, más allá del color, desde donde vino lo negro.

Pero había algo más que podían merecer quienes trabajaran en la fábrica y lo hicieran excepcionalmente bien. Se trataba de la Píldora del Día Final. En un acto solemne, el escogido en esa ocasión, se colocaba un guante blanco en la mano izquierda y ahí se situaba, cuidadosamente, la píldora. Luego vendrían los aplausos.

El hombre había merecido la suya. La llevó a casa, pero cree que llegado el momento, el día en que ocurrió lo que debió ocurrir y los rastros de una inmensa luz se filtraran por todos lados, no le dio tiempo a tomarla y ese viento caliente que lo desapareció todo, también se llevó su píldora, que era su medalla, su diploma, su gallardete… Solo cree que quizá fue así y seguro que así no fue.

Distopía puede que ha dejado de existir, ya no está más; la sombra de la fábrica sí, debe. En caso de que algún día se atreviera a salir de la casa, iría únicamente a ver a la fábrica. Como quiera que sea, a él ya no le es dado esperar algo mejor y, bueno, también es cierto que un hombre no puede saltar fuera de su sombra, tanto es así que tampoco dentro. Es ley y se acata que viene de ese verbo tan hermoso que es acatar: Yo acato.

Si se atreviera a salir fuera de casa, lo haría, ya lo ha pensado muchas muchas veces, caminando con extremo cuidado no fuera ser que en una distracción pisara alguno de los limpios abismos de sombras dentro de las sombras y fuera absorbido por ese remolino, que gira contrario a las manecillas del reloj –es que contradice el tiempo y hace que el futuro determine al pasado– y fuera a parar ya mareado de tanto girar, a lo más profundo de la nada.

En este momento resulta obligatorio no ignorar que en el estadio de las sombras es innecesario presuponer. El cuerpo precisa presuponer, lo requiere para continuar, así fue concebido. Al vacío se lanza el suicida presuponiendo que no le brotarán enormes alas de alcatraces y podrá cumplir con su propósito de dejar los sesos esparcidos en el pavimento. Como es de presuponer, no se puede subvertir ese pensamiento, el cuerpo no entendería siquiera su propia existencia ni el hallazgo de la muerte. Los hallazgos.

Pero la vida, esta después del fogonazo que dio lugar a una inmensa nube y no aquella anterior, resultaría más fácil en caso de que los humanos se hubieran ocupado de hacer un catálogo de sombras.

Uno veía las sombras de las aves, buscaba su correspondencia, digamos en un libro o lo que fuera, y sabría, en su caso, con qué pájaro se identificaba. Para el plumaje, escogería el ocelado, se inventaría que fuera de gorguera roja o amarilla; fantasearía sobre la forma de los ojos, los festones, el barreteado de las alas; sus distintos volúmenes y no exclusivamente esa negrura aplanada que asemeja a todas las sombras, a excepción de la forma, esa es distinta, aplanada y distinta.

La sombra implica profundidad y su naturaleza resulta de por sí densa, en cambio no pesa. En este punto, es bueno dejarlo en claro.

Ese libro de sombras, o lo que fuera, seguro nunca existió. Antes no hacían falta estudios de las sombras. Como quiera que sea, si el libro hubiera existido, hoy sería sombra.

Los únicos colores que quedaban, además de los propios de las sombras, de los claroscuros por el valor de los contrastes y la pereza de sus pausas y del lapso que va de una sombra a la otra, eran todos los del cielo, el mar y los astros y, a modo de memo, los del camino del arco iris al paso por polvo de agua. Así fueron los rojos, naranjas, amarillos, verdes, azules y violetas, tres primarios, tres secundarios, al sellar el convenio de lo divino con la tierra.

La forma y su forma. Las sombras sí saben de compenetración, la fusión es su don. El hombre pensaba mucho en ello. Una sombra se une a otra, adopta su forma o entre ambas crean una nueva figura. En cuanto se separan, en caso de que lo hagan, cada una vuelve a ser lo que era, sin nada de la otra sombra, ni un resquicio de aquella unión, así jamás hubiera sucedido.

Lo que ocurrió debió venir de arriba, como una máquina que aplastó las imágenes sobre sus sombras, finamente. Se acepta el que las sombras carezcan de volumen, su reflejo interior no lo requiere. Aplastó, no, es más correcto decir que impregnó de imágenes las sombras en una superficie tersa, como aquella de la silueta en los peldaños, formada por la superposición de estratos de oscuridad estancada. El hombre que observaba las aves guardaría hoy para sí esta expresión: impregnó de imágenes las sombras.

Además de recordar a la fábrica, la estera y ser un algo, él tenía otra pasión: volvía, por una cosa o por la otra, sobre el recuerdo de su película predilecta, una en que sobrevivieron muy pocos y por un corto tiempo corto. On the beach. El capitán Dwight Towers, jefe del submarino nuclear Sawfish, 623, recibe una señal de telégrafo y va en su búsqueda. Sigue el indicio, parte de Melbourne y llega a San Francisco, en California. Es enero de 1964.

El comandante de la nave observa por el periscopio. Ningún vehículo por el Golden Gate, en la Cuesta de las Hortensias, en el Barrio Chino; ni bajando o subiendo de un vagón en Powell Street. Lo pasa a sus subalternos. Las esperanzas tocan a su fin.

Se vuelve a sumergir y sigue la señal, esta vez rumbo a San Diego. No logran decodificar la letanía del cifrado Morse, transmitido a un mundo untándose aceleradamente de sombras. Se entiende a secas “agua” y “conectar”, a lo sumo.

Un tripulante desciende en misión de reconocimiento con escafandra radiológica y dos tanques de oxígeno. Recorre la ciudad hasta dar con la oficina de una refinería desde donde se emiten las claves. Halla una botella casi vacía enredada en el tirante de una persiana, que el viento mueve y la hace golpear la tecla del telégrafo. Es cuanto queda de la vida. Apaga el marinero el generador de la planta y retorna al sumergible. La nave emprende el camino de vuelta a su base en Australia. Eso era todo. Así de singular su filme predilecto.

Ser sombra no es malo. Las sombras no sienten, es decir, no sufren ni padecen; no comen ni son comestibles. Pero sí tienen temperatura. Las del día, templadas; las de la noche, frías y de alguna manera guardan el calor del momento del gran impacto. El sol alto, más cálidas; la Luna llena, más frescas.

Y, si uno mira una sombra desde la comprensión que solo puede tener una sombra de otra, nota con facilidad que reverbera, sobre la sombra flota una nata de temblor umbrío, casi inmaterial, como de algo que estamos a un paso de entender.

Además, tienen olor, un olor que no acepta medias tintas: o se siente o no se siente. Si no se siente, es peor, es un olor invisible: está y no está y tan así que se hubiera podido tocar, de saber hacerlo.

También es sabido del juego de la luz y la sombra y que en días de Luna negra existe un tipo de sombra sin luz, solo que no se deja ver y, por comportarse de esa manera, resulta imprudente mantener tratos con ella. El hombre la evitaba, por esa misma razón.

En cuanto a la de las estrellas, dan una sombra muy peculiar. Es la memoria de una luz tan antigua que ya sabe cuándo habrá de ocurrir el resplandor que debió caer aplomado desde el cielo. Nos pudieron haber advertido, han descrito que el centelleo es su lenguaje, y no lo hicieron. Total, de nada hubiera servido.

Nadie recuerda el momento en que descubrió por primera vez una sombra, la suya o la de alguien, y si lo hubiera recordado entonces comprendería enseguida que antes ya la había visto, una y otra vez, aquí y allá, en las parcelas de la memoria, en sus estancos.

Por lo demás, con las sombras nada anda mal y, mientras exista luz y aun cuando no exista, sombras habrá y si la oscuridad llegara a ser perpetua, permanecería el recuerdo errante de lo que fueron las sombras, como ahora de lo que fueron los cuerpos, en caso de que subsista alguien para acordarse o ellas se reserven para cuando vuelva a ver alguien para recordar y las sombras sean una sola sombra, la sombra de las sombras y de esa forma se tenga finalmente una opinión favorable de la que no se ve.

Terminado el ejercicio de imaginarse lo que fue su jornada laboral en Distopía, le quedaba a él esperar al atardecer, seguir su costumbre de detenerse en el vano de la terraza para ver el regreso de las aves, esta vez batiendo enérgicas las alas, extendidas, imitando pardelas, y es que la brisa de por las tardes les iba en contra y aun así se las agenciaban para planear utilizando el viento que hacen las olas con su parte anterior. Debían regresan con el buche lleno de sombras de eglefinos y anchoas.

Antes, él se la pasaría andando por la casa. Lo que más le regocijaba era caminar sobre las cruces cambiantes que en el piso proyectaban los marcos de los vidrios de donde estuvieron los ventanales. Y lo prefería porque le facilitaba pensar que si las sombras de las aves estaban completas y las de su casa por igual, la suya propia también debería estarlo.

Mejor lo inventaba, no implicaba riesgo alguno. El hombre que observaba las aves, veía la sombra de sus pies, es curioso hasta qué punto los pies son tan personales como lo fueron las huellas dactilares o el rastro del iris, y seguro que en algún lugar debía aparecer su tronco, su cabeza, el resto del pesado y perfecto equipaje del cuerpo… solo que en cuanto suponía dónde debían asomar, de inmediato miraba hacia otro lado.

Los que pudieran haber sobrevivido, de seguro aprendieron a adiestrar sus sombras antes de que todo y ellos mismos fueran sombras nada más.

Ese debió ser el origen de todo, antes de que fuéramos solo sombras y las dudas estuvieran prohibidas: elegimos, eso mismo, mirar hacia otro lado y esperar, sin impaciencia, a que el olvido no demore.

A Winston Smith, por obvio.

Otra vez Cecilia Valdés

Otra vez Cecilia Valdés

Por Joaquín Borges-Triana

La novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, original de Cirilo Villaverde, nunca debería ser leída simplemente como un producto sentimental de entretenimiento, concebido para  la narración de un romance incestuoso. Así, en opinión de Manuel de la Cruz, este es “el libro más revolucionario que haya engendrado el intelecto cubano”. Una edición anotada del importante  título de nuestras letras recién ha visto la luz, preparada por el escritor Reynaldo González y la investigadora Cira Romero (Ediciones Boloña, Publicaciones de la Oficina del Historiador, Colección Raíces, La Habana, 2018, 505 páginas) y con una portada concebida por Sigfredo Ariel. A propósito del suceso, Carlos Espinosa Domínguez ofrece sus valoraciones en un texto publicado por cubaencuentro.com y que Miradas Desde Adentro se complace en reproducir a continuación.

Retrato de un país y una época

Por Carlos Espinosa Domínguez

Tras las dos últimas ediciones que circularon en Cuba, Cecilia Valdés o La Loma del Ángel merecía un desagravio. La de 2011 apareció con el título incompleto; la de 2014, con una fea portada en la cual se ve una figura femenina que grita: “¡A ella, a él no!”. Vaya por Dios Todopoderoso, que se le haga esto al que, a juicio de Manuel de la Cruz, es “el libro más revolucionario que haya engendrado el intelecto cubano”.

Pues bien. Ese desagravio acaba de producirse y se puede afirmar que no puede ser mejor. La novela de Cirilo Villaverde vuelve a estar al acceso de lectoras y lectores con la edición anotada que prepararon el escritor Reynaldo González y la investigadora Cira Romero (Ediciones Boloña, Publicaciones de la Oficina del Historiador, Colección Raíces, La Habana, 2018, 505 páginas). Se ha impreso como un libro de gran formato, que posee una expresiva portada que firma Sigfredo Ariel.

Esa cubierta, además de sus valores estéticos, constituye el pórtico visual idóneo para esta edición. No aparece en ella una recreación de su celebérrima protagonista, ni tampoco una imagen alusiva al romance incestuoso que se cuenta en la novela. A partir de grabados antiguos, Sigfredo Ariel armó una suerte de mural que establece un contraste entre la vida de lujos y saraos de la sacarocracia cubana y la inhumanidad de la trata de esclavos, pilar este en el cual se sustentaba la bonanza de ese sector de la sociedad colonial. Esto es, muestra un cuadro panorámico de esta. Y ese es precisamente el criterio rector de esta edición, como lo adelanta sucintamente González en esta nota que se lee en las primeras páginas:

“Esta edición de la novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, de Cirilo Villaverde, se basa fielmente en la que publicó el autor en 1882. Intentamos rescatarla de recensiones interesadas que accidentaron su comprensión en más de un siglo. No se trata de hallazgos, sino de elementos que estaban visibles sin que fuesen atendidos. En nuestra lectura cosechamos líneas de la novela y citas de la correspondencia privada del autor y del grupo delmontino, para obviar interpretaciones más inspiradas que investigadas. Consciente del ambicioso plan de su obra —retrato de un país y una época desde una historia de amor interdicto—, Villaverde esclareció dos columnas: su trabajo de narrador y su vida de combatiente anticolonialista. En atención a algunas lagunas de información que puedan tener las actuales generaciones sobre el período anterior a nuestras guerras de independencia, incluimos referencias de asuntos que toca el tema central, alejados de la novela, que permitirán compulsar datos y propiciarán fuentes complementarias. Las que remitan a páginas del relato, de satisfacción inmediata, las ponemos entre corchetes; a las otras damos el tratamiento habitual. Actualizamos la ortografía y allanamos las abreviaturas, socorridas en el intercambio habitual. Esta labor, alejada de todo afán retórico, fue posible gracias a la experiencia y la generosa colaboración de la investigadora Cira Romero”.

El empeño de González por rescatar la obra cumbre de nuestro siglo XIX de las lecturas fáciles, superficiales y atenidas a criterios preconcebidos, se remonta a algunas décadas atrás. En su libro Contradanzas y latigazos, publicado en 1983 y que tuvo una edición aumentada en 2013, se propuso escudriñar Cecilia Valdés desde el presente. Realizó una lectura desacralizadora y cuestionadora, que arroja luz sobre ángulos ciegos de la novela y desmitifica conceptos esenciales de nuestra cultura. Parte, como anuncia en el título, de “los chasquidos del látigo” y “los juguetones compases de la contradanza”, para examinar el complejo entramado de relaciones y sectores sociales que había entre esos dos polos.

Destaca el acierto de Villaverde, al “haber captado una época y una concepción de la vida en sus más complejos pormenores”, en una obra que constituye una reconstrucción crítica de la realidad colonial. Emplea un copioso cuerpo de documentos y referencias, que reunió mediante una acuciosa investigación. Su aguda inteligencia y su sólido conocimiento de la época dieron lugar a un texto que es un modélico ejemplo de estudio interdisciplinario. En su libro mezcla crítica literaria, observaciones sociológicas, valoraciones históricas, sin que falten apelaciones a recursos narrativos.

Pormenorizada descripción de la vida habanera

Para la edición objeto de estas líneas, González redactó un extenso estudio introductorio de 63 páginas, titulado “Cirilo Villaverde y los Delmontinos: El drama racial en Cecilia Valdés”. En el mismo aporta nuevos argumentos a lo antes escrito por él. Entre otros muchos aspectos, comenta que cuando las primeras ediciones empezaron a aparecer, en las primeras décadas del siglo XX, la novela “padeció la torcedura frívola de considerarla puro entretenimiento, bajo apreciaciones de simples gacetilleros”. La recensión se centraba en el principal personaje femenino, traduciendo la consideración que en la colonia se daba a mujeres como ella, “mulatas expósitas, generalizadas rumbosas y de mala fortuna”. Al respecto, González anota que los atractivos bien perfilados que el autor le puso “parecieron trampas de seducción, sin que faltasen apreciaciones presuntamente científicas”.

En cuanto al debate —en su opinión, sobrevalorado— de su definición como participe por igual del costumbrismo y del romanticismo, González afirma que Villaverde asumió el primero “desde ángulos menos favorables al ambiente retratado, porque su comprensión del género divergía de sus colegas (…) No se detuvo en condescendencias al indicar la habitual orientación de estampas y curiosidades”. Y sostiene que tampoco se ciñó “al patrón heroico-romántico de presumibles luchas y personajes vindicadores”.

Y al hacer una valoración general de la obra, González concluye que “pocas novelas decimonónicas de América Latina tuvieron el destino de Cecilia Valdés: ser un documento de obligada consulta sobre un período marcado por la violencia y el crimen, sin perder la condición de relato sentimental. Junto a las características dadas a los personajes y una pormenorizada descripción de la vida habanera, indaga en el imaginario colectivo y las instituciones cuya crueldad e intolerancia motivaron el argumento”.

Cira Romero también contribuye a la edición con un texto, mucho más breve que el de González. Se titula “Cecilia Valdés o La Loma del Ángel: idas y vueltas de una novela” y en él detalla el proceso que hizo que la llamada “primitiva” Cecilia Valdés de 1839 se transformara, al pasar de la revista La Siempreviva a publicarse en libro ese mismo año, en “el inicio y la cima de un género”. Romero además expresa su valoración de la obra magna de Villaverde y apunta que “muestra el talento y la perseverancia de quien sabía, o presentía, que de sus manos había nacido una materia viva, que debía modelar para la posteridad”.

A la investigadora se deben, asimismo, los materiales adicionales que optimizan la edición: el bloque Cirilo Villaverde y su época, la bibliografía citada y consultada y el listado de las ediciones que pudo localizar. Al revisar estas últimas páginas, sale a la luz que la primera traducción fue al inglés, en 1935. Las siguientes fueron al ruso (1963), el polaco (1976), el rumano (1983), el checo (1983), el francés (1984), el chino (1986) y el portugués (2011).

También pertenecen a Romero los varios centenares de notas que contribuyen a que hoy se pueda disfrutar y comprender mejor la novela. Unas sirven para identificar a personajes reales que aparecen o se mencionan (Francisco Vives, José Severino Boloña, Vicente Escobar, para citar unos pocos). Otras ubican con exactitud lugares de La Habana en donde se desenvuelve la acción: Iglesia del Espíritu Santo, Barrio de San Isidro, Casa de Gobierno, Cuartel de Dragones, Colegio de Buena Vista, Jardín Botánico, Teatro Principal; o bien documentan hechos históricos a los cuales se alude (el Tratado de Inglaterra de 1817, la Constitución de 1812, el año en que ahorcaron a Aponte). Y, por último, están las notas que aclaran el significado de términos y frases ya en desuso. Por ejemplo, de ponina en ponina (de fiesta en fiesta), el naipe (la cabeza), de luego a luego (pronto, de inmediato), gañate (la garganta), gustar la tijera (hablar mal del prójimo), vaqueta (cuero), me tengo tragado (estar convencido).

Pienso que de las líneas anteriores se puede deducir que esta nueva edición de Cecilia Valdés es de un gran valor. Por un lado, propone y estimula una lectura que subvierte la manipulación que le agregó envoltorios y mitificaciones y la redujo a producto sentimental de entretenimiento. Aquí, en cambio, se propicia una interpretación en buena ley, que, atiende, ante todo, lo que dijo Villaverde. Por otro, incorpora materiales complementarios que proporcionan elementos para un aprovechamiento razonado de su lectura.

Se trata, en suma, de una notable aportación que permite un disfrute cabal de la novela: entrar en sus detalles, gozar sus matices, las referencias a la época, las figuras y hechos históricos, las costumbres, los modos de pensamiento.

Tomado de cubaencuentro.com

https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/retrato-de-un-pais-y-una-epoca-334884

¿Erotismo o pornografía? He ahí la cuestión

¿Erotismo o pornografía? He ahí la cuestión

Por Joaquín Borges-Triana
Soy un fanático total de la literatura erótica y por ello, tengo plena
conciencia de que entre la misma y lo que puede considerarse como
pornografía existe una frontera muy difícil de definir y que, en
esencia, depende de nuestros criterios personales en cuanto a lo uno y
lo otro. Hoy quiero publicar en Miradas Desde Adentro un cuento de
Magela Garcés que, según cada lector,  podrá ser visto como un relato
muy logrado o como una muestra de simple vulgaridad. Solo quiero
acotar que hace años se vienen publicando cuentos y novelas de este
estilo y que a estas alturas del siglo XXI, además de hacer un
ejercicio escritural rompedor y perturbador, ya no es suficiente con
ser atrevidos a la hora de emplear ciertos vocablos o describir
escenas bien “calientes”. Hay que caracterizar adecuadamente a los
personajes,involucrar al lector…, en una palabra, conmoverlo. No me
interesa aquí pronunciarme en relación con esta narración de Magela
Garcés sino que por hoy, mi deseo es presentar el material y que cada
lector saque sus propias conclusiones.

Pescado crudo
Por Magela Garcés
Algo cambió en mí el día en que llegaron a nuestra casa. Vasili (al
que todos llaman Vasia) es un viejo amigo de mi suegro, de la época de
estudiantes en la URSS. Llevaban más de veinte años sin verse cuando
restablecieron el contacto a través de Facebook, y casi enseguida
Vasili decidió tomarse unas vacaciones con su familia en esta Isla.
Como es de esperar, mi suegro ofreció su casa, y así fue que conocimos
a Vasia y a Marina, que es su mujer. Ellos viven en Kiev, pero Marina
es rusa (son tan grandes las diferencias entre rusos y ucranianos…).
La habitación que se les asignó fue la mía y de Tony, por ser la más
cómoda; de modo que él y yo tuvimos que trasladarnos al cuartico de
pintar, donde hay una estrecha cama personal. Por nosotros estaba
bien, de todas formas los visitantes estarían en el país solo 20 días,
de los cuales 7, o más, permanecerían en Varadero.
Desde el inicio se comportaron muy cordiales, como si fueran amigos
nuestros de toda la vida. También desde el inicio cogí a Vasia
mirándome el culo, en un momento en que los dos nos quedamos sin
compañía en la sala. Nosotros en la casa igualmente procuramos todo el
tiempo que los nuevos inquilinos se sintieran a gusto, sin presiones
de formalidades ni nada parecido. Así pues, Vasia y Marina, en muchas
ocasiones, andaban por el apartamento en short y chancletas, ella con
una blusita que dejaba ver el dorado piercing de su ombligo. Él, a
pesar de su edad, tenía una silueta esbelta y fornida. Alto como un
ucraniano, de espaldas anchas, brazos y piernas fuertes y bien
proporcionados, y abdomen con un leve exceso de grasa. Ella también
era dueña de una figura harto agradecida para sus casi 50 años. No tan
alta, caderas anchas, brazos y piernas fuertes y bien proporcionados,
abdomen apenas prominente, y tetas bastante poco caídas. Los dos eran
rubios de ojos claros, con cara de rusos, y tenían la piel bronceada y
tersa. Un par de cuerpos obtenidos gracias a una dieta rica en
proteínas y papa, saunas frecuentes, baños de sol sin ropa en la nieve
(esta imagen me fascina), y casi ningún estrés.
Era un vacilón tenerlos en la casa, ni siquiera la comunicación fue un
problema. Mi suegro hablaba ruso y los traducía, Vasia sabía algo de
inglés y podía hablar conmigo sin mediación de nadie, o bien tomarme
como traductora. Marina solo dominaba el ruso y mi suegra el español
pero a pesar de ello lograron de alguna manera entenderse y cocinaban
a dueto como quienes llevan años haciéndolo.
Ver al ucraniano ir y venir sin camisa era mi placer secreto. Con mi
mejor cara de póquer lo vacilaba entero. Creo que él lo sabía, porque
siempre se aseguraba de pasarme por delante varias veces. Ella también
era bonita de ver, cuánto me gustaría llegar a esa edad con esa
figura. Recuerdo incluso que, dos meses tras su partida, me hice una
perforación en el ombligo; aunque nunca se lo dije a nadie, fue el
piercing de Marina el que me inspiró.
Un día de mucho calor me dirigí a tomar agua a la cocina y allí estaba
Vasia, preparando un pescado. Tenía el torso desnudo. Ya le había
quitado las espinas al animal muerto y ahora lo picaba en filetes.
Manejaba el cuchillo con una destreza de especialista; con la mano
derecha daba cortes suaves pero certeros, mientras con la izquierda,
deleitado, sujetaba y acariciaba la carne e iba poniendo los trozos en
un plato aparte. De repente tomó uno de esos pedazos, le cortó un
cacho, le echó sal y se lo llevó a la boca.  Me sorprendí pero no
sentí asco, no obstante pensé estos rusos son tremendos cochinos.
Vasia me dijo paprovoipaprovoi extendiendo el pescado hacia mi cara y
yo nienie I don´tlikeitthatway y él try it, try it, it´sgood y yo
tímida e indecisa, no me interesaba meterme esa mierda cruda en la
boca pero estuve a punto de hacerlo, al ver su mano toda embarrada de
pescado, con aquellos dedos largos y fuertes ofreciéndole a mi boca un
banquete para mí extraño. Pensé en el sabor del pescado sin cocinar,
luego en Tony, y aparté mi rostro. ¿Tú sabes algo de cocina?, me
preguntó divertido en su inglés macarrónico. No, pero sí sé que eso no
se come así. Él, tú no sabes nada, esto es delicioso, y lentamente se
introdujo en la boca el último pedazo, que degustó con los ojos
cerrados como si aquello fuera lo más grande del mundo, qué clase de
puerco, salvaje, pero qué fácil disfruta de la vida, pensaba yo.
El viaje a Varadero lo hicimos como a los seis días de su llegada.
Fuimos todos. Vasia, Marina, mis suegros, Tony, y yo. El mismo día que
arribamos caí con la menstruación y la rusa me dio un paquete de
tampones para poder bañarme en la playa. Como eran de los chiquitos me
los tenía que meter de dos en dos. Nunca antes los había usado y
contrario a lo que mucha gente dice, no son nada incómodos.
La casa donde nos quedamos estaba a ciento cincuenta metros del agua.
Apenas media hora después de llegar y haber colocado cada cual los
bultos en su habitación, ya nos zambullíamos en un mar calmado y lleno
de sol. Mis suegros estuvieron unos minutos, el resto duramos hasta
bien entrada la noche. Eran cerca de las 21:30 cuando, tras conversar
con nosotros un rato sentados en la arena, Marina y Vasia se pusieron
en pie de repente, se despojaron de sus respectivos trajes de baño, y
corrieron al agua gritando como dos niños. Además de nosotros cuatro,
en la playa solo se veían dos o tres figuras lejanas. Tony y yo los
miramos extrañados primero, luego partidos de la risa.
-Qué clase arrebato tienen estos rusos. – Tony los veía encantado.
-Lucen felices ¿verdad?- Le dije.
-Nos están provocando.
-¿Y qué? ¿Te cuadra? – Le pregunté en tono de broma, pero tanteando el terreno.
-Tú sabes muy bien lo que yo pienso sobre meter terceros en la
relación. – Se puso un poco serio.
-Claro mi amor, estoy jodiendo. -Tony y yo somos de los que piensan
que darle entrada a otra gente en lo nuestro es como ultrajar una
criatura maravillosa a la que solo nosotros tenemos el privilegio del
acceso: nuestra intimidad. No obstante, por aquellos días me sentía
compartidora y se me antojaba exhibir un poco la criatura. A pesar de
ello no me atrevía a proponerle nada a Tony; mucho menos a
materializar mis deseos a espaldas suyas.
Nos levantamos y nos dirigimos a la casa, estábamos hambrientos. Los
rusos ni cuenta se dieron. Sus siluetas desnudas se movían de un lado
a otro, retozando alegres.
Mis suegros, mi novio y yo permanecimos en Varadero de viernes a
domingo, los eslavos se quedaron unos días más. Luego, al regreso, nos
mostraron las fotos que se hicieron. La mayoría eran en la playa, se
fotografiaban entre sí, juntos, o bien con un montón de sujetos para
mí cotidianos y para ellos súper interesantes. Todos eran negros (tal
parecía que se retrataban con cada uno de los que encontraban en su
camino), pero esto no me sorprendió. Conozco el atractivo de lo
exótico y en Kiev no abunda el color del Caribe. Lo que me resultó más
curioso fue lo siguiente: todos eran hombres. Un grupo grande de las
fotos mostraba a Marina y a un negro de cuerpo apolíneo, masajista,
cubierto solo por un ligerísimo traje de baño. Marina bocabajo, Marina
bocarriba, el negro, a veces posando solo a la cámara, mostrando su
cuerpo brillante, sus carnes esculturales, pero casi siempre
masajeando vaporosamente a la rusa, muy concentrado en su labor. Una
de esas fotos (acaso la más pregnante) era un escorzo, tomada desde
los pies de ella y apuntando a sus nalgas, justo en el momento en que
el negro se las apretaba como panadero enardecido. Incluso hicieron un
video, al final de la sesión de masaje, donde se veía a Marina con
tremenda cara de anormal,  como quien acaba de tener un orgasmo
múltiple. Lo que más me gustó de esas imágenes fue saber que era Vasia
quien las había tomado, que era él quien había estado, todo el tiempo,
detrás de la cámara…
Al día siguiente de su retorno a La Habana, cuando llegué de la
facultad, en la casa no estaban ni Tony ni mis suegros. Luego de
entrar oí un sonido extraño; me acerqué a la puerta de su cuarto, que
era la de mi cuarto y estaba entreabierta, y noté que estaban
singando. Me quedé viendo por la rendija, Vasia se percató de mi
presencia y, sin dejar de chupar la teta derecha de su mujer, sostuvo
la mirada en mis ojos unos segundos. Me sonrió. Marina no se había
dado cuenta. Estaban en la cama, él sentado en el borde, ella de
espaldas a la puerta y brincando encima de él, que con una mano le
metía dos dedos en el culo y con la otra le amasaba y cacheteaba
alternativamente la nalga más cercana, ya muy roja. Entré. La rusa se
sobresaltó un instante y con la misma siguió en lo suyo. Los miré en
silencio, se veían hermosos. Cualquiera pensaría que una pareja como
esa, de eslavos cuarentones casados hace dieciocho años, nunca se
vería así de bella teniendo sexo; pero sus movimientos eran tan
armónicos como una coreografía perfecta y espontánea, y su química era
transparente y pura, como si hubieran nacido juntos.
Tomé una silla y me senté de frente al espaldar, de modo que mis
piernas quedaban abiertas. Esa posición me permitía rozar mi clítoris
contra el asiento, lo cual hice durante un rato indefinido, con
oscilaciones apenas perceptibles; y cada vez que estaba a punto del
orgasmo, me detenía. A ellos les divertía mi presencia, a menudo
recorrían mi cuerpo con miradas hambrientas, de esas que le arrancan
la ropa a uno, y me hablaban cochinadas en ruso que, aunque no conocía
el idioma, entendía a la perfección. Sus cálidos contoneos eran una
provocación difícil de resistir (se meneaban expertos, mejor que
cualquier animal tropical), deseos no me faltaron de sumármeles… Al
cabo la mujer de Vasia se vino como por tercera ocasión y esta vez con
gran escándalo (el marido tuvo que taparle la boca) y después se
agachó frente a él con las fauces abiertas y la lengua fuera, presta a
recibir la descarga seminal sobre su cara. Ahí pude ver por primera
vez, en toda su magnificencia, la espléndida pinga de Vasia. Él, con
su diestra potente, la recorría calmado de arriba abajo y la estaca
palpitaba hirviendo. Hasta hoy, es la más linda que he visto en mi
vida. Rosada, con la cabeza roja y tersa, inmejorablemente recta, sin
ningún tipo de curvatura, llena de venas, grande y gorda que no hace
daño… todo un monumento al falocentrismo. Mirando aquel pingón yo solo
podía pensar en metérmelo; primero en la boca, saborearlo un rato, y
luego en el bollo y después en el culo y ahí recibir toda la leche
ucraniana de Vasili PetróvichTimoshenko, que fue abundante, espesa y
olorosa a cloro con piña, como pude constatar al acercarme a la cara
de Marina, para ver más de cerca. A ella le cayó un lechazo en un ojo
y al momento se le enrojeció que parecía conjuntivitis. Por un segundo
volví a la realidad y me percaté de mis labios todos babeados y mi
expresión de imbécil. Sentí unas ganas tremendas de agarrar la pinga
eslava que tenía delante y chupar las gotas de semen que le quedaban
hasta dejarla seca, Vasia me miraba con una gran sonrisa y Marina
también, como diciéndome adelante, es toda tuya. Con esfuerzo me
dirigí a la puerta, dispuesta a retirarme. No tienes que hacerlo, me
dijo el tipo en su pésimo inglés. Miré a sus ojos, luego a su quinta
extremidad, aún erguida, salí y cerré la puerta tras de mí.
Esa noche hice que Tony me diera una cabilla espesa. El pobre terminó
explotado y seco. Al acabar se dejó caer en la cama como un lechón
muerto:
-Ayer cogí al Vasia mirándote las nalgas, se dio cuenta y me miró a mí
con el mismo gesto.
-¿Y tú qué hiciste?
-Miré a su mujer, que estaba a su lado, a ver si se había percatado de
lo que pasaba pero ella estaba en otra cosa, al parecer. Di media
vuelta y me alejé. El descarito ese me está cayendo un poco mal. Hace
falta que no se pasen.
-Déjalos que miren todo lo que quieran papito, se mira y no se toca.
Los días transcurrían sin muchos sobresaltos. En esencia cada jornada
consistía en lo siguiente: llevar a pasear a los rusos (casi siempre
por el día) y más tarde, en la casa, conversar o jugar monopolio o
dominó, o hacer cualquier otra cosa irrelevante; la comida nocturna
solía correr a cargo de mi suegra y Marina. En las salidas Tony y yo
pocas veces participamos, fueron mis suegros los que se la pasaron
haciendo de guías turísticos.
Así, hasta dos días antes del regreso a Kiev. Eran como las once de la
mañana cuando llegué de la escuela -solo había tenido un turno de
clase-. En casa parecía no haber nadie, salvo por el sonido
proveniente del cuarto donde se quedaban los rusos. Sonido que ya se
me empezaba a hacer familiar. Solté en medio de la sala la mochila que
traía y con discreción me dirigí a la habitación ruidosa. Esta vez la
puerta estaba completamente abierta y lo primero que se veía, sin
pasar, era a Marina sentada en la silla, desnuda, relajada, mirando en
dirección a la cama. Al verme tan solo me saludó con una sonrisa
cansada. Me apresuré a entrar al cuarto y ahí estaba Vasia sobre la
cama, sodomizando a Tony. Ninguno de los dos advirtió mi presencia,
estaban de espaldas a la entrada. Tony en cuatro, con la cara pegada
al colchón, masturbándose; Vasia detrás suyo, agazapado, pistoneando
con fuerza, metiéndosela hasta el cabo. Los dos gemían. Me quedé casi
inmóvil en mi posición viendo aquel cuadro, odiosamente bello. Ahí
estaba al fin lo que yo deseaba, sin embargo no me sentía satisfecha,
no me sentía bien del todo. De súbito Vasia dejó de darle pinga a Tony
y se puso a chuparle el culo y a morderle las nalgas.
Fue entonces cuando ambos cayeron en la cuenta de que yo los
observaba. Tony se puso en pie de un salto y se quedó mirándome con
los ojos muy abiertos. Vasia sonreía descarado y tranquilo. Marina
soltó un par de carcajadas, luego se hizo un silencio tenso. Eché un
vistazo a la pinga de mi novio. A la del ucraniano. Ambas se mantenían
como un palo.

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