Category: Cultura

El Bola que yo conocí

El Bola que yo conocí

Epidémica y maravillosa, la crónica salta y palpita. Su roncha es la historia en la piel de los ciudadanos. En unos 20 años, en América Latina han surgido varias revistas de crónicas y reportajes. Al frente de ellas, hay cuatro que sobresalen de manera particular: GatopardoThe ClinicEtiqueta Negra y El Malpensante. En esta última (mi favorita), hace alrededor de cuatro años se publicó un excelente texto titulado “Los enigmas de Bola”, firmado por el colega y amigo Carlos Manuel Álvarez, delicioso perfil acerca de nuestro Ignacio Jacinto Villa y Fernández, y que removió en mí más de un recuerdo.

Soy de esos seres afortunados que puede asegurar que tuvo una infancia inmensamente feliz. Mi familia solía hacer unas tertulias los domingos, a las que asistían varias amistades. Una de las presentes en cada uno de aquellos encuentros era mi tía Nereida Borges López o Nera, como todos le decíamos, que al sentarse al piano de casa siempre tocaba varios temas de lo mejor de la música popular cubana y por supuesto, no faltaban algunas de las piezas que formaban parte del repertorio de Bola de Nieve y que en aquellas veladas de mi niñez, eran cantadas por mi padre.

De ahí me nació mi especial gusto por la música de Bola de Nieve. Esa voz y el sonido que la respalda, sin margen a duda forman parte de mi personal banda sonora. Y es que temas como Vete de mí (Hermanos Expósito), La flor de la canela (Chabuca Granda), No puedo ser feliz (Adolfo Guzmán), La vie en rose (Edith Piaff), Alma mía (María Greever), Ay, mamá Inés (Eliseo Grenet), Chivo que rompe tambor (Moisés Simons), Mesié Julián (Armando Oréfiche)…, podrán ser cantadas por muchos intérpretes, pero las versiones que de dichas piezas realizase Bola de Nieve son sencillamente memorables, gracias a la magia que él impregnase a cuanto tema asumiera en su repertorio.

A lo anterior, puedo añadir que cuando yo era un niño que apenas levantaba dos palmos del suelo, tuve el privilegio de gozar de una actuación del Bola especialmente dedicada para mí. Como escribí líneas atrás, conservo muy gratos recuerdos de mi infancia. Entre ellos, puedo evocar las salidas que periódicamente mis padres, mi hermano y yo solíamos hacer a algún restaurante habanero. El día y el sitio escogidos para aquel paseo y fiesta del paladar podían cambiar, pero lo permanente era que una vez por semana almorzásemos o comiésemos fuera de casa.

Uno de los lugares preferidos por mi hermano y por mí era el Restaurante Monseñor. No sabría decir las razones por tal predilección. Probablemente fuese por la costumbre que tenían en la instalación ubicada en la esquina de 21 y O de poner sobre la mesa cuando se terminaba de consumir los alimentos, unos recipientes con agua de rosa para enjuagar y limpiarse las manos, tradición que no recuerdo se ofreciese a los comensales en ningún otro sitio habanero. Más de una vez nuestros padres nos llamaron la atención por el juego y retozo que formábamos en esos instantes destinados a la higienización.

Sea por dicha u otra razón, el Monseñor resultaba un lugar al que con mucha frecuencia solíamos asistir a fines de la década de los sesenta. Y como se sabe, por entonces aquella instalación era algo así como la segunda casa del Bola, pues allí él se presentaba de manera sistemática. Recuerdo que en una de esas jornadas en que coincidimos en el restaurante, me encapriché en pararme junto al piano mientras Bola interpretaba el repertorio que había elegido para la ocasión.

Acostumbrado como yo estaba a escuchar esas melodías en la voz de mi padre y con el acompañamiento al piano por mi tía Nera, o en los discos de la fonoteca familiar, no era nada extraordinario que me supiese de memoria uno que otro tema y, niño al fin, me pusiera a cantar, primero en voz baja pero después… ¡ya ustedes pueden imaginar!

Mis viejos, que nunca fueron demasiado condescendientes con las malcriadeces mías o de mi hermano, de inmediato me tomaron por un brazo para conducirme hacia la silla de la mesa donde estábamos comiendo y así llamarme al orden. Pero ahí sucedió lo inesperado para mí y para ellos: nada molesto sino más bien muy curioso y sonriente, Bola se dirigió a nosotros e indagó acerca de cómo era posible que yo me supiese aquellas canciones, que no tenían que ver ni un ápice con la música para niños. Al comentarle del gusto que en la familia había por su obra y, tras comprobar él mismo el grado de musicalidad que yo poseía, pidió permiso a mis padres para sentarme en una silla aledaña a la banqueta de su piano y que desde tan privilegiado puesto, yo pudiese disfrutar, mientras quisiera, de sus interpretaciones.

Cierto que en ese instante, yo no estaba apto para comprender que algunas de aquellas canciones que le escuché al Bola, interpretadas en especial para mí, solo deberían oírse en su voz. Igualmente, a la altura de mi corta edad de entonces, me resultaba imposible entender que por obra y gracia de composiciones suyas como ¡Ay, amor! y Si me pudieras querer, él ha sido uno de los máximos exponentes de lo que llaman cubanía, dada su condición de extraordinario intérprete, compositor y pianista.

Todo eso lo interiorizaría muchos años después, porque en aquella ocasión, lo único en que pensé fue que el cantante y pianista que conocí en el Monseñor, llamado allí por todos como Bola y que me dedicó buena parte de su función artística de la jornada, era un hombre bueno, muy dado a la risa y que complacía a niños como yo.

Homenaje a Víctor Batista Falla

Homenaje a Víctor Batista Falla

El pasado domingo 12 de abril murió en La Habana, víctima del coronavirus, el editor y mecenas cubano Víctor Batista Falla (1933-2020), alguien que ha trascendido por su gran obra en pro de nuestra cultura. De visita en Cuba después de sesenta años de no haber pisado suelo patrio, su fallecimiento se produjo en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK). Procedente de una de las familias cubanas más adineradas antes de 1959, los que amamos la cultura nacional en su sentido más amplio, siempre tendremos que agradecerle de forma especial la puesta en marcha de una idea como la de la Editorial Colibrí, que funcionó en Madrid entre 1998 y 2013, proyecto en el que se publicaron libros ensayísticos e historiográficos, un catálogo fundamental para comprender a Cuba, ya sea desde la discrepancia o el acuerdo con las tesis abordadas por el grupo de autores que encontraron en Víctor Batista Falla a un auténtico promotor cultural. Es pues de desear que esos títulos sean leídos y estudiados a profundidad, lo cual ha de ser el mejor homenaje a un hombre que con su quehacer inscribió para siempre su nombre en el panteón de la cultura cubana.

En Miradas Desde Adentro rendimos un sencillo pero sincero tributo a Víctor Batista Falla por medio de reproducir el obituario que Rafael Rojas Gutiérrez escribió en nombre del comité editor de Cuban Studies como homenaje a este desaparecido compatriota.

Obituario

El domingo 12 de abril, en la tarde, falleció Víctor Batista Falla en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí de La Habana. A principios de marzo, el importante intelectual y editor cubano había viajado por primera y única vez a la isla, después de seis décadas de exilio. La pandemia del coronavirus lo sorprendió en la ciudad donde nació en 1933.

Batista Falla perteneció a una de las familias más ricas de la Cuba anterior a 1959. Su padre, Agustín Batista y González de Mendoza, era dueño de uno de los mayores bancos de la isla, The Trust Company of Cuba, y su madre, María Teresa Falla Bonet, fue una de las herederas de la fortuna azucarera del santanderino Laureano Falla Gutiérrez. Ambas familias de banqueros, empresarios y hacendados católicos eran conocidas por sus obras filantrópicas y culturales: construyeron el oncológico Hospital Curie del Vedado y financiaron la Orquesta Filarmónica de La Habana, el Patronato Pro Música Sinfónica y la Sociedad Pro-Arte Musical.

A fines de los 50, Víctor Batista ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana y, junto a su hermano Laureano, un intelectual católico cercano al núcleo fundador del Partido Demócrata Cristiano, comenzó a frecuentar los círculos literarios y artísticos de la isla. Por las tertulias de su casa pasaron algunas de las figuras centrales del debate intelectual cubano de aquellos años como Jorge Mañach, Cintio Vitier, Luis Aguilar León y Guillermo Cabrera Infante.

Al producirse la radicalización socialista de la Revolución, los Batista Falla, que no simpatizaron con el régimen batistiano, se exiliaron como tantos jóvenes católicos de su generación. En su primer destino de exilio, Nueva York, Víctor Batista financió y fundó, junto con el escritor Raimundo Fernández Bonilla, la revista Exilio (1965-1973). En aquella publicación, ilustrada con los grabados op art de Waldo Díaz Balart, colaboraron algunos de los mayores escritores y pensadores cubanos en el exilio: Eugenio Florit, Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Lino Novás Calvo, Humberto Piñera Llera, José Mario, Lorenzo García Vega.

Batista mostró desde muy joven un gran interés en la historia política y las ciencias sociales de la isla. De ahí que abriera su revista a la producción académica que comenzaban a realizar profesores cubanos instalados en importantes universidades de Estados Unidos. Un número de Exilio, editado en la primavera de 1970, recogió ensayos de varios de los miembros fundadores del Instituto de Estudios Cubanos: Lourdes Casal, María Cristina Herrera, José Ignacio Rasco, Luis Aguilar León, Mercedes García Tudurí y Carmelo Mesa-Lago. A fines de la década, Batista fundó otra revista, hoy de culto entre la nueva generación de escritores latinoamericanos: escandalar (1978-1984). Dirigida por el poeta, narrador y ensayista Octavio Armand, con Batista encabezando la lista de “Asesores” y un Consejo de Redacción de lujo (Octavio Paz, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Salvador Garmendia, Julio Ramón Ribeyro, Helena Araújo, Mark Strand…), escandalar propició algunos de los debates centrales de la producción literaria latinoamericana desde Nueva York. Allí se leyeron inéditos de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, Lydia Cabrera escribió sobre medicina popular afrocubana, Antonio Benítez Rojo discurrió sobre el Caribe y la plantación azucarera, Natalio Galán describió la “psicosis guarachera”, Julio Miranda habló de los “cubanos invisibles” y Heberto Padilla publicó sus “apuntes sobre Paradiso”.

A mediados de los 80, Víctor Batista se trasladó a Madrid, donde se reencontró con una colonia de exiliados a la que lo unían viejos lazos: Gastón Baquero, Martha Frayde, Mario Parajón, Anabelle Rodríguez, Pío Serrano, Felipe Lázaro… Su gran amistad y colaboración con el erudito Mario Parajón dejó un legado tangible : los ocho volúmenes de las Obras Completas (1995-1999) de Jorge Mañach, que siguen siendo de consulta obligada para quienes se tomen en serio la historia de las ideas en Cuba.

Aquella colonia madrileña creció entre fines de los 80 y principios de los 90, cuando arribó a España una nueva generación de intelectuales cubanos: Jesús Díaz, Manuel Díaz Martínez, Carlos Espinosa Domínguez, Rafael Zequeira, Carlos Cabrera, Iván de la Nuez. El encuentro de esas dos generaciones de exiliados produjo la que sería la publicación cultural emblemática de la diáspora de los 90: Encuentro de la Cultura Cubana (1996-2009). Víctor Batista fue uno de los referentes de aquella publicación fundada, en Madrid, por Jesús Díaz.

De la experiencia de los primeros años de Encuentro, una revista que siempre concedió un lugar central al ensayo, la historia y las ciencias sociales, surgió la idea del proyecto al que Batista entregaría los últimos años de su vida: la editorial Colibrí. Pensada como una plataforma editorial donde dar cabida a la producción ensayística y académica cubana, fuera de la isla, pero capaz de intervenir en los grandes debates económicos y políticos, culturales y sociales, literarios y artísticos de la nación, Colibrí lanzó una amplia convocatoria a académicos y críticos de todas las generaciones de la diáspora.

Una parte considerable del trabajo editorial, que Víctor Batista encabezó con Helen Díaz Argüelles, tuvo que ver con la traducción al español de clásicos de la producción académica cubana en Estados Unidos. Fue así como aquella pequeña imprenta de Madrid dio a conocer las únicas ediciones en castellano que existen de libros refereciales de Marifeli Pérez Stable, Carmelo Mesa Lago, Roberto González Echevarría, Jorge I. Domínguez, José Manuel Hernández, Rafael Fermoselle, Gustavo Pérez Firmat, Enrico Mario Santí, Alejandro de la Fuente, K. Lynn Stoner, Anke Birkenmaier y Robin Moore, por sólo mencionar algunos.

Desde un inicio, la editorial también se abrió al campo más propiamente ensayístico, como muestra la hermosa antología de escritos del músico Julián Orbón, La esencia de los estilos (2000). Ese flanco se desarrolló mucho más en los últimos años de la editorial con autores como Antonio José Ponte, Jorge Luis Arcos, Jorge Ferrer, Wilfredo Cancio Isla, Ernesto Hernández Busto, Duanel Díaz, Sergio Ugalde Quintana, Enrique del Risco, Alexis Jardines, Orlando Jiménez Leal o Manual Zayas.

Las decenas de volúmenes que conforman el catálogo de Colibrí, así como los más de veinte años que Batista dedicó a revistas como Exilioescandalar y Encuentro, conforman un testimonio estremecedor de la entrega de este intelectual exiliado a su cultura. Una cultura que siempre entendió de manera incluyente, sin desconocer la centralidad de la isla en un territorio que intelectualmente la desbordaba. Quienes lo conocimos sabemos que la interlocución de Batista, en Madrid, con académicos e historiadores de la isla, fue permanente. Muchos de ellos pueden dar fe de lo anterior.

También sabemos de sus constantes esfuerzos, como de los de Jesús Díaz con Encuentro, por enviar ejemplares a la isla e incorporar autores residentes en Cuba. Muchos de esos esfuerzos se frustraron, pero a juzgar por la producción intelectual cubana de las dos últimas décadas, no pocos número de Encuentro y libros de Colibrí llegaron a las manos que debían. Constatar que sus libros eran leídos por jóvenes historiadores de la isla fue uno de los mayores orgullos de Víctor Batista al final de su vida.

La revista Cuban Studies rinde homenaje a este gran cubano, a este editor exiliado, cuyo epitafio podría ser: “por sus libros lo conoceréis”. A propósito de los impresores de libros en Estados Unidos, escribió José Martí: “Una pistola hace temblar… Un libro, aunque de mente ajena, parece cosa como nacida de uno mismo, y se siente uno como mejorado y agrandado con cada libro nuevo”. Esa herencia invaluable nos deja Víctor Batista Falla: sus libros.

Rafael Rojas (autor), Alejandro de la Fuente y Lillian Guerra (editores) y miembros del Comité Editorial de Cuban Studies: Michael Bustamante, Odette Casamayor Cisneros, Julio Antonio Fernández Estrada, Ada Ferrer, Luis Miguel García Mora, Mario González Corzo, Yvon Grenier, Jennifer Lambe, Carmelo Mesa-Lago, Robin Moore, Lisandro Pérez, Enrico Mario Santí y Ricardo Torres

Aisles: buen rock progresivo chileno

Aisles: buen rock progresivo chileno

Durante años he disfrutado del quehacer musical chileno, en particular de las agrupaciones de corte propositivo de ese país. Bandas como Santiago del Nuevo Extremo, Congreso y Fulano han estado entre los grupos que desde el decenio de los 80 del pasado siglo he admirado con creces. En fecha mucho más reciente he añadido otro nombre al conjunto de ensambles surgidos en la tierra de Violeta Parra por los que me declaro total devoto. Me refiero a Aisles, cultores de rock progresivo.

 

Lo primero que se conoció de este sexteto santiaguino fue el fonograma The Yearning, publicado en 2005. Aquel disco se distribuyó internacionalmente a través de un sello francés y desde el primer momento recibió una cálida acogida, en lo fundamental en el circuito europeo y que es el mayor consumidor de rock progresivo. En su debut discográfico, uno puede apreciar que un rasgo distintivo de la banda es el trabajo colectivo de los músicos en cada tema, sin la presencia de un alto grado de virtuosismo o lucimiento instrumental por los integrantes, cosa que les diferencia de la línea establecida últimamente en el género por los estadounidenses de Dream theater.

 

El sentido de lo progresivo en Aisles recuerda, por momentos, los aires del rock sinfónico setentón, sobre todo por el modo de orquestar las piezas de su repertorio (aunque a tono con nuestros días). Las sanas influencias de Yes y Genesis se perciben a cada rato. Dirigidos por el guitarrista, letrista y productor Germán Vergara, integran también el grupo el vocalista Sebastián Vergara, Rodrigo Sepúlveda en una segunda guitarra y coros, Daniel Baird-Kerr al bajo, el tecladista Juan Pablo Gaete y Felipe Candia en batería.

 

Si el primer álbum del colectivo tuvo elogios por doquier, el segundo, In sudden walks, editado en 2009, fue la confirmación de la seriedad de la banda y de que los excelentes resultados alcanzados en su ópera prima no eran obra de la casualidad. Así, el CD resultó nominado como mejor disco extranjero en el prestigioso certamen Progs awards, de Italia. El interés suscitado en Europa por la creación sonora del sexteto chileno era tal que fueron invitados a inaugurar el festival Crescendo, en Francia, un muy reconocido encuentro dedicado a lo mejor del rock progresivo.

 

Con otras dos producciones fonográficas registradas que yo conozca, la más reciente de ellas vio la luz en 2016 y se trata de un doble disco titulado Hawaii. Gracias a mi gran amigo Humberto Manduley, he podido acceder al mismo, algo que le agradezco pues se ha tornado en extremo difícil poder conseguir en nuestro país lo que en materia de rock, jazz, metal y canción de autor acontece en países de América Latina.

 

Hawaii es una propuesta conceptual, inmersa en los códigos de la ciencia ficción. El material nos traslada hacia el año 2300, en un instante en que la Tierra vive una crisis terminal y una colonia de sobrevivientes se lanza a un viaje interestelar. En semejante contexto, las letras escritas por Germán Vergara hablan de preocupaciones existencialistas a propósito de la identidad del individuo, sobre el absurdo de la vida y también su sentido de ser.

 

El primero de los CD contiene cinco cortes. Desde el que sirve a manera de apertura, me llama la atención lo cautivante del diseño de la línea melódica interpretada por el vocalista, rasgo que se mantiene a lo largo del resto de la grabación. De igual modo, destácanse los pasajes ejecutados al unísono entre varios instrumentos (a veces moviendo las voces por tercera), en una atmósfera de piezas largas en su duración y que las hace difíciles de asimilar por la radio convencional.

 

La misma fórmula se repite en el segundo álbum, contentivo de siete temas, todos escritos en inglés. Sobre por qué utilizan el idioma de Shakespeare para expresarse, ellos argumentan que por razones estéticas, pues su fonética encaja mejor con este tipo de música y porque así, consideran facilitar una mayor comunicación con públicos de sitios como Europa, Japón y    Australia.

 

En conjunto, lo hecho por Aisles es más que admirable, tanto por la calidad musical de su trabajo, como por el hecho cierto de que en América Latina es harto difícil llevar adelante una propuesta de rock progresivo de forma permanente y profesional. Por suerte, siempre hay empecinados y grupos que nos sorprenden gratamente, como pasa con la banda encabezada por Germán Vergara.

De nuevo en el ciberespacio – Por Joaquín Borges-Triana

De nuevo en el ciberespacio – Por Joaquín Borges-Triana

A propósito del primer aniversario de Miradas Desde Adentro,  en mi anterior post publicado en el sitio yo escribía:

“cada edición de Miradas Desde Adentro ha tratado de recoger los sucesos fundamentales de la cultura cubana, pero sin un enfoque excluyente sino todo lo contrario.

“Por eso, aquí hemos estado abiertos a informar acerca de sucesos del arte de nuestro país en sus múltiples expresiones, sin establecer distingos entre el facturado dentro de las fronteras cubanas como el llevado a cabo en la diáspora, porque a fin de cuentas siempre es más lo que nos une que lo que nos separa.

“Así pues, sobradas son las razones para darnos un autohomenaje porque si bien aún no hemos conseguido lo que nos propusimos de inicio y como toda utopía también atesoramos una que otra frustración, lo importante es intentarlo.

“En nombre de quienes hemos participado en el proyecto, Leticia, Chao y yo, puedo asegurar que este  nos ha enriquecido espiritualmente y en él encontramos la energía necesaria para seguir adelante mientras la buena suerte nos acompañe.

“Ahora, como corresponde tras un año de trabajo, nos tomamos unas vacaciones para recargar las pilas.”

Después de esas bien ganadas vacaciones, es el momento justo de volver al ciberespacio. El hecho de permanecer en casa por la existencia del coronavirus y la realidad de que ya he experimentado con las mil y una formas del ocio, me anima a aportar algo a la causa de tener uno que otro material para leer en medio de nuestra voluntaria reclusión domiciliaria.

Como siempre he expresado, este es un proyecto que no quiero sea solo mío, por lo que te invito a aportar colaboraciones. También te informo que en cuanto la actividad normal sea retomada, reiniciaré las entrevistas y comentarios en mi canal de YouTube. Por lo pronto y a modo de recordatorio, te reitero cuáles son mis espacios en la red de redes:

Sitio personal con artículos:

https://looksfrominside.com

Canal de YouTube, sería bueno suscribirse (opción que aparece en cualquiera de los videos o esquina superior derecha del canal. Si no tienes cuenta de google puedes guiarte por este link):

https://www.youtube.com/channel/UCwB4smI0KXHvx9EaHxzOG4A

Página en Facebook, sería bueno dar click en “Me Gusta” de la página en sí, para quedar subscrito:

https://www.facebook.com/joaquinborgestriana

Por favor, recuerda aquello de «Coopere con el artista cubano» y tírame un cabo con solo subscribirte o pasarle esta información a una de tus amistades.

Agradecido como un perro (al decir de ese gran poeta que fue y es Rafael Alcides), mucha suerte y sanos humos o buenos alcoholes según sea tu gusto.

Autohomenaje

Autohomenaje

Este 28 de octubre de 2019, justo hace un año que salió la primera edición de nuestro espacio. Quienes estamos involucrados en el proyecto, que abarca un sitio en la web así como un canal en YouTube, nos sentimos felices por lo hecho. En los anteriores doce meses, cada edición de Miradas Desde Adentro ha tratado de recoger los sucesos fundamentales de la cultura cubana, pero sin un enfoque excluyente sino todo lo contrario.

Por eso, aquí hemos estado abiertos a informar acerca de sucesos del arte de nuestro país en sus múltiples expresiones, sin establecer distingos entre el facturado dentro de las fronteras cubanas como el llevado a cabo en la diáspora, porque a fin de cuentas siempre es más lo que nos une que lo que nos separa.

Así pues, sobradas son las razones para darnos un autohomenaje porque si bien aún no hemos conseguido lo que nos propusimos de inicio y como toda utopía también atesoramos una que otra frustración, lo importante es intentarlo.

En nombre de quienes hemos participado en el proyecto, Leticia, Chao y yo, puedo asegurar que este  nos ha enriquecido espiritualmente y en él encontramos la energía necesaria para seguir adelante mientras la buena suerte nos acompañe.

Ahora, como corresponde tras un año de trabajo, nos tomamos unas vacaciones para recargar las pilas.

A quienes de una u otra forma han colaborado con la idea, por ejemplo, varios de mis alumnos de Historia del Arte en la Universidad de La Habana y la comunicadora Isely Ravelo Rojas, o a los que sólo se vinculan con nosotros desde la condición de visitantes esporádicos de Miradas Desde Adentro y de nuestro canal en YouTube,  de corazón ¡gracias!

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (III)

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (III)

El próximo 28 de octubre, este modesto sitio del ciberespacio cubiche cumple un año de vida y aquí lo estamos celebrando con la reproducción de varios textos que me he leído recientemente y que me parece son materiales que vale la pena compartir con los seguidores de esta utopía que, al fin y al cabo, es Miradas Desde Adentro. Ojalá que lo disfruten tanto como yo.

 

Una novela que se sueña a sí misma

En Tres en una taza, Froilán Escobar recrea La Habana de los años 70, con sus dolorosas contradicciones y paradojas. Una época hermosa, pero también oscura y terrible

 

Carlos Espinosa Domínguez

 

Los cinco siglos a los que este año arriba La Habana brindan un buen pretexto para leer o releer, según sea el caso, algunas de las obras de escritores cubanos que tiene como escenario nuestra capital. El listado es extenso y hay bastante donde espigar. Entre esos libros, he escogido uno cuya lectura es tan disfrutable como gratificante.

 

Su autor es el escritor y periodista Froilán Escobar (San Antonio de los Baños, 1944), quien en la actualidad reside en Costa Rica, cuya nacionalidad ha adoptado. Su bibliografía es abundante y sólida, y aunque es más conocido por su faena narrativa también ha incursionado en la literatura para niños y jóvenes (El monte en el sombrero, 1978; La vieja que vuela, 1990, Premio de la Crítica; Ana y su estrella de olor, 1994; El cartero trae el domingo, 1995) y el testimonio (El Che en la Sierra Maestra, 1973; Che Sierra adentro, 1988; Martí a flor de labios, 1990). En el campo de la prosa de ficción, ha publicado, entre otros títulos, El patio donde quedaba el mundo (1997), Largo viaje de ceniza (2001), Ella estaba donde no se sabía (2006, Premio Aquileo J. Echeverría) y La última adivinanza del mundo (2009).

 

En Tres en una taza (Ediciones Bagua, Madrid, 2018, 168 páginas; Uruk, San José, 2016, 151 páginas), Froilán Escobar recrea La Habana de los años 70, con sus dolorosas contradicciones y paradojas. Una época hermosa, pero también oscura y terrible. Todo eso se plasma en la novela a través de un contrapunto de opuestos, pues como sostiene su autor, “solo así podía ser fiel a lo que viví. Solo así podía salirme de lo encapsulado, de lo unilateral, para mostrar, a la vez, un mundo donde la realidad perturbadora se mezcla con el delirio hasta el punto de crear dimensiones esquizofrénicas, inesperadas, inquietantes”.

 

“La ciudad se me va. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar para cerciorarme de lo que está ocurriendo (…) Aún faltaba mucho para que llegara el mañana prometido, el futuro que se proponía, pero ya la gente estaba yéndose. A diario. En avalancha. ¿Tú también te vas?, me preguntó visiblemente angustiado un amigo con el que me encontré cuando atravesaba el Parque Central. No, ¿y tú? Era la pregunta obligada. Porque, poco a poco, todos se iban. Abandonaban la ciudad. Se valían de cualquier medio de transporte. Una lancha, una balsa, un salto de garrocha, un ataúd incluso. Tenía la sensación de que la gente y los edificios que uno todavía podía ver o que me pasaban por el lado, no eran más que las últimas representaciones configuradas por las propias palabras de los que se despedían. Me estaba quedando solo en La Habana”.

 

El fragmento anterior pertenece al inicio de la novela. En medio de ese tropel de personas que se van, el narrador siente la sirena de la ambulancia que había salido hacia el número 162 de la calle Trocadero. Allí la aguarda el escritor José Lezama Lima, sentado en su sillón. Un viento aciclonado e inaudito asola la ciudad y se lo lleva todo. El narrador advierte que todo lo que estaba donde siempre había estado, ya no está: las calles, los edificios, la gente, “habían sido sacados, sustituidos, como si en ese momento acabara de llegar el futuro y borrara todo lo de atrás. O como si en ese irse estuviera el virus, la evidencia irrefutable de que estábamos contaminados de irrealidad”.

 

En la primera página se lee esta cita de Lawrence Durrell: “Quisiera escribir un libro que soñase”. Y eso es en buena medida Tres en una taza, una novela que se sueña a sí misma. Froilán Escobar se decanta por la experimentación y el riesgo y ha escrito una obra en la que la realidad y la fantasía se entrelazan indisolublemente. De esa relación entre una y otra surge un universo singular, en el que los planos temporales se alternan y se superponen, y lo real se ve desbordado por sus múltiples aristas. Pero como apunta Cintio Vitier en un breve texto que se reproduce, lo que poéticamente Froilán Escobar se imagina nunca es irreal, sino un ejemplo de “la capacidad que tiene la realidad misma de producir las imágenes que mejor la revelan”.

 

Una novela al modo convencional difícilmente podría atrapar el grado de paradoja y esquizofrenia de la sociedad en la cual le tocó vivir al narrador. De ahí que para tratar de entenderla se invente una alucinación que le permita expresarla. Asimismo, no bastaba para ello que contase solamente su historia, y por eso incluye las de otros personajes que también compartían las mismas ilusiones que entonces empezaban a perder.

 

El narrador es un joven periodista a quien han expulsado de la revista donde laboraba. ¿La razón? Junto con otro colega, preparó un número dedicado al Che en la Sierra Maestra, por el cual lo acusaron de “diversionismo ideológico”. En la reunión en el Colegio de Periodistas no lo acusaron directamente, solo le dijeron que a partir de ese momento no continuaría en la revista y que se iría a laborar en la agricultura. Finalmente, lo enviaron a la construcción de un hospital, lo cual lo hace comentar: “El trabajo que hacen los que sustentan el país, era el castigo. Qué ironía para los que lo hacían. ¿Ellos también, entonces, estaban castigados? ¿Por qué nos empeñamos en hacer creer que los paraísos son ejemplares? Un galimatías”.

 

Lezama Lima recorre toda la novela

 

Entre las historias contadas en la novela, está la del viaje iniciático por La Habana que realiza el narrador. Lo hace en un autobús que, en lugar de desplazarse por calles y avenidas, atraviesa la ciudad por dentro: “Fue un azaroso viaje por corredores, baños y azoteas a punto de caerse, en el que finalmente, luego de un largo y tortuoso recorrido, paralelo a una calzada más bien enorme de Jesús del Monte, bajamos a un primer piso, donde quedaba el apartamentico de Wichi, en La Víbora (…) La guagua tuvo que esquivar una tendedera con calzoncillos colgados al sol antes de, luego de un viraje, detenerse en el cuarto. No tenía mucha diferencia con el mío, pero sí tenía baño. Todo estaba regado allí, con muchos libros tirados sobre la cama. ¿Un café?, preguntó, y el chofer y yo, al unísono, les dijimos que sí”. En algún momento del periplo, la guagua se topa en Miramar con otra que ha chocado contra la cerca de una embajada. Inmediatamente, los pasajeros que iban en ella aprovecharon el hueco que se hizo y corrieron a meterse.

 

Asimismo, hay historias surreales que corresponden a una realidad surreal. Un antiguo miembro del Partido Socialista Popular, acusado de microfracción de deslealtad, pasó de miembro del Comité Central a ser un simple ciudadano y tuvo que estudiar leyes para comenzar de nuevo. Entre otros casos, le tocó defender a un chino a quien se le imputaba por tenencia ilegal de divisas. El fiscal calificó su delito de contrarrevolución y pedía treinta años de cárcel. Al defenderlo, el abogado alegó que el señor fiscal no se había fijado en la fecha de los dólares. Estos carecían de otro valor que no fuese el numismático: eran una herencia dejada por el bisabuelo y databan de finales del siglo XIX. Y como aparte de la realidad, la novela se nutre de la imaginación también se cuenta el suceso de una negra vieja que camina en contra del viento huracanado y se va volando por los techos de la ciudad, agarrada a un gajo de paraíso. Mientras se remonta por el aire, va diciendo constantemente: “Paraíso santo, como tú sabes quiero subir…”.

 

Entre los otros personajes, hay figuras de la vida cultural de esos años: Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rosales, Eloy Machado “el Ambia”, José Lezama Lima. Este último recorre toda la novela, que refleja, con una mezcla realidad y ficción, sus días finales. Era su etapa de marginación y el narrador lo visitaba en su casa: “Ya son pocos los amigos que vienen a visitarme, dijo como si pronunciara un significante vacío, con tono de queja, como si estuviera a punto de un silencioso sacrificio. ¿Usted sabe, joven, a qué se debe esa ausencia de cifra cabalística y presagios oscuros? Le dio vuelta al tabaco en su boca y echó un humo que le escondió la cara (…) Aunque estoy muy lejos de estar abriendo con las uñas un pequeño hueco en la pared, me hacen invisible. Ya no espero a nadie, sin embargo insisto en que alguien como usted tenía que llegar. Cuando me han negado con furia yo he sabido esperar. Hay que saber esperar”.

 

En una novela pródiga en pasajes conmovedores y hermosamente escritos, el autor de Paradiso ocupa varias de ellas. Lo cual responde, talento aparte, a los encuentros personales y al profundo conocimiento de la obra lezamiana de Froilán Escobar. Eso nos permite, anota en el prólogo Luis Manuel García Méndez, “literalmente, escuchar a Lezama en estas páginas sin que el autor pretenda suplantar su voz, algo muy de agradecer entre tanto neolezamiano trasnochado”.

 

Hasta aquí me he referido al narrador de Tres en una taza en singular. Lo cierto es que no es así. El autor deviene protagonista y se desdobla en Yo y Tú. El primero es el que escribe la novela, el segundo el que la vive. Yo es un personaje de carne y hueso, mientras que Tú es una figuración. Ambos están enamorados de B, una mujer peregrina y cimbreante que se siente más cercana a Tú. Uno y otro son el mismo personaje, que se halla escindido por la doble existencia que le tocó vivir. Esa rivalidad trágica entre dos posibles alternativas del mismo, probablemente hará que más de un lector o lectora exclame: “Qué jodienda, coño”. En todo caso, es pertinente decir que no resulta difícil entrar en ese recurso técnico, que cobra sentido a medida que se avanza en la lectura. Y, además, siempre es saludable aquello que estimule la reflexión.

 

En Tres en una taza, Froilán Escobar pone de manifiesto su maestría narrativa, al convertir unos elementos tan numerosos y heterogéneos en un entramado coherente y compacto. Las numerosas historias se engarzan de modo orgánico, y de igual modo al permanente juego de realidad e irrealidad que es la novela, logra incorporar vivencias autobiográficas que le dan valor como testimonio generacional. Está escrita además con ritmo trepidante y con una prosa elegante y fina, que, sin embargo, no vacila en incorporar expresiones de nuestra habla popular. Acierta, pues Luis Manuel García Méndez, al expresar que más que un libro, Tres en una taza es una fiesta de la imaginación y del lenguaje.

 

Tomado de: www.cubaencuentro.com

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (II)

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (II)

El próximo 28 de octubre, este modesto sitio del ciberespacio cubiche cumple un año de vida y aquí lo estamos celebrando con la reproducción de varios textos que me he leído recientemente y que me parece son materiales que vale la pena compartir con los seguidores de esta utopía que, al fin y al cabo, es Miradas Desde Adentro. Ojalá que lo disfruten tanto como yo.

 

La utopía paralela de Iván de la Nuez

 

Por Magaly Espinosa

 

Tomás Moro jamás habría llegado a soñar que una isla utópica iba a existir algún día en la realidad.

Gerardo Mosquera

 

En el centro histórico de Barcelona, La Virreina Centro de la Imagen exhibe desde el 20 de julio y hasta el próximo 27 de octubre La utopía paralela. Ciudades soñadas en Cuba (1980-1993), curada por Iván de la Nuez con la colaboración de Atelier Morales (integrado por los arquitectos Teresa Ayuso y Juan Luis Morales).

 

Esta muestra reúne un numeroso grupo de arquitectos y algunos artistas que pensaron la ciudad desde ese espíritu de renovación que caracterizó el proyecto socialista cubano en sus primeras décadas, precisamente el período en el que crecieron y se educaron la mayoría de los participantes[1].

 

Para una comprensión eficaz, la museografía ha dispuesto ocho salas temáticas: “Ciudad Prólogo”, “Monumentos en presente”, “Una habitación en el mañana”, “Utopías instantáneas”, “Reconstruir el Malecón para romper el Muro”, “Guantánamo: última frontera de la guerra fría”, “La ciudad invisible” y “Luces de la ciudad”; organización pensada para brindar una visión compacta y a la vez extraordinariamente impactante de lo que significó ese sueño volcado en el espacio público y acotado en apenas una década.

 

El propio curador hace hincapié en que la exposición “constituye una arqueología que rescata distintos proyectos de ciudades y estrategias urbanas concebidas por la generación de arquitectos nacidos con la Revolución y que emergieron a la luz pública en la década de los ochenta del siglo pasado”.

 

En el aval de un pensador como Iván de la Nuez, ya es usual encontrar proyectos que penetran la esencia de los procesos culturales. En esta ocasión, como en algunas anteriores —Cuba, la Isla posible, Cuba y sus futuros e Iconocracia. La imagen del poder y el poder de las imágenes en la fotografía cubana contemporánea—, el ardid de reunir obras y creadores fue un pretexto para pensar la realidad cubana partiendo de una historia que se remonta, en este caso, a más de tres décadas.

 

Cuba, la Isla posible (CCCB, 1995) se acercó al teatro, la literatura, el cine y las artes visuales, aglutinando obras y pensadores de esos campos; en Cuba y sus futuros (CCCB, 2009) coincidieron un grupo de expertos de distintas áreas de las ciencias sociales; Iconocracia (CAAM, Las Palmas de Gran Canaria, 2016) se resumió en un catálogo.

 

Siguiendo esta perspectiva, si se estudia en conjunto el trabajo de Iván de la Nuez como curador y ensayista, se puede apreciar la correlación que existe entre una y otra actividad: un binomio por medio del cual texto e imagen nos ayudan a comprender, entre otras cosas, lo rico y complejo que es el concepto de utopía cuando se plantea considerando la cultura como una totalidad.

 

Este enfoque ha estado presente no solo en las muestras antes señaladas, sino también en otras de carácter internacional, como es el caso de Inundaciones (Proyecto multimedia, CCCB-Editorial Península, 1999), Parque humano. Una exposición de criaturas globales (Palau de la Virreina, 2002), Postcapital (La Virreina Centro de la Imagen, 2006), Atopía. El arte y la ciudad en el siglo XXI (CCCB, 2010) y Nunca real / Siempre verdadero (AzkunaZentroa, Bilbao, 2019).

 

Tal metodología de trabajo es uno de los modelos más definitivos entre los emprendidos por curadores cubanos, tanto los que trabajan en la Isla como los que lo hacen fuera de ella[2]. De la Nuez consigue que la cultura se exprese desde sus producciones, combinando el artefacto artístico con las vivencias y reflexiones que lo rodean, permitiendo con ello que el interesado conozca no solo de obras de arte, sino del contexto en el que germinaron y de su destino social.

 

Para postular sobre ese destino, con esa facilidad que posee para entrelazar sucesos y acontecimientos, de la Nuez combina arte con sociología, teoría política, historia, estética y antropología, situando en paralelo los pasados difíciles y complejos del presente cubano. Pensar sobre el futuro es una constante a lo largo de su obra.

 

La lógica de La utopía paralela aflora a partir de los años que comprende y, como afirma su gestor, cada uno de sus componentes concentra el significado y el sentido de su totalidad. Solo así es posible acercarse a una historia que nos devela, a su vez, la lógica bajo la que se estructuró un movimiento de arquitectos y artistas que, al igual que el movimiento de las artes plásticas que lo acompañó temporalmente, no tenía programa ni manifiestos concretos, y cuyas contingencias —a contrapelo de lo ocurrido en América Latina, en un tiempo en el que las luchas políticas eran intensas— no se caracterizaron por una lucha entre clases y sectores sociales, sino por las acciones concretas de algunos participantes que se consideraban a sí mismos como parte de la transformación social que vivía Cuba[3].

 

En este sentido, el propio Iván ha insistido sobre las particularidades del proceso cultural cubano, argumentando que era el único modelo socialista de inspiración occidental, no regido por el mercado y con ideales sólidos de transformación social; ello connotó sobremanera las iniciativas urbanas que esta muestra exhibe, acotando una experiencia que iba más allá del gesto constructivo, penetrando el terreno de una ideología ética: “En el hecho de saber que, cuando soñamos ciudades, en realidad lo que buscábamos es la posibilidad de reconstruirnos como conglomerado humano”.

 

La dimensión temporal, 1980-1993, se argumenta en las palabras finales del plegable: “Entre una y otra fuga se activa esta arquitectura crítica que, paradójicamente, solo hubiera podido existir dentro de un modelo socialista. Una utopía colectiva obsesionada por convertir la arquitectura en ciudad. Y la ciudad en ciudadanía”.

 

La utopía que lo sustenta se adhiere a la idea de lo que esta puede implicar como concepto al procurar hacer el socialismo en una isla del Caribe; por eso es tan importante comprender la implicación personal de sus participantes, porque las ilusiones no cumplidas, que caracterizan a cualquier utopía, fueron vividas como posibles para ellos.

 

La amplitud de propuestas abarcan escenarios que van desde proyectar una Casa de Cultura en el pequeño pueblo de Velasco, una serie de intervenciones urbanas para la remodelación del también poblado de Caimanera (bordeando la Base Naval de Guantánamo), la posibilidad de un crecimiento adecuado y de bajo costo para Habana Vieja y el plan de una plaza para bailes populares (el Congódromo, concebido en homenaje a Chano Pozo y situado en pleno Centro Habana), hasta la reinvención del Malecón de cara al futuro, planteándose ajustar un espacio que es frontera y al mismo tiempo apertura.

 

Reunir proyectos sobre el trabajo con espacios de valor cultural, al lado de otros más arraigados en la vida cotidiana, sirvió de base a una museografía ingeniosa, ya que transitando por cada una de las salas nos acercamos a la tremenda fuerza de un proceso creativo que implicaba una ideología que fluía en una estética urbana. Este binomio, entre otros factores, domina las paradojas del pensamiento de Iván de la Nuez; paradojas que en esta ocasión han tenido la particularidad de expresarse entre proyectos, dibujos, collages, maquetas y animaciones.

 

Es de agradecer el trabajo de pesquisa “detectivesca” de curadores y colaboradores para localizar proyectos, dibujos y documentación original, tanto en La Habana como en varias ciudades del mundo, al que se unió la gestión decisiva, con enfoque patrimonial, realizada por el equipo de La Virreina Centro de la Imagen para que se pudieran apreciar estas obras con la calidad debida.

 

La exposición ha devenido también encuentro social de altos quilates, que hizo coincidir en Barcelona a los participantes que vivieron y crearon esas utopías, y que la vida dispersó más allá del paisaje insular. El maestro Gilberto Seguí se acompañó de varios de sus discípulos, compañeros de trabajo y amigos como Teresa Ayuso, Daniel Bejerano, Rosendo Mesías, Juan Luis Morales y Rolando Paciel, quienes se movían entre el público intercambiando con la misma afabilidad de aquellos días de hace tres décadas, como si la distancia de los años no tuviera más significado que el de contar anécdotas.

 

Valga esta muestra, además de lo que significa como evento artístico, por este espacio que le dio vida a la utopía, convirtiendo la memoria en acontecimiento y a los sueños en la posibilidad tangible de su concreción, y dándole a esa ciudad mágica que es La Habana el poder para adueñarse de una parcela de Barcelona.

 

Demos las gracias a Iván de la Nuez, una vez más, por su enorme contribución para pensar el arte como cultura, la cultura como sociedad y el presente como futuro.

 

Estas palabras en Hypermedia Magazine son solo el preludio de una intención, mi deseo de que la presente muestra nos regale en algún momento un catálogo, con las reflexiones de inspiración marxista que despiertan el ánimo de hacer espacio ciudadano. Porque aún habría que desbrozar el camino de cómo el “Hombre Nuevo” tuvo en sus manos la posibilidad de perfilar un “Mundo Nuevo” en su mismo tiempo histórico.

 

Notas:

 

[1] En la exposición están representados Ramón E. Alonso, Teresa Ayuso, Nury Bacallao, Juan Blanco, Francisco Bedoya, Daniel Bejerano, Inés Benítez, Walter Betancourt, Emilio Castro, Felicia Chateloin, Orestes del Castillo, Mario Durán, Adrián Fernández, José Fernández, Rafael Fornés, Maria Eugenia Fornés, Vittorio Garatti, Eduardo Rubén García, Óscar García, Universo Francisco García, Florencio Gelabert, Roberto Gottardi, Hedel Góngora, Alejandro González, Juan-Si González, Gilberto Gutiérrez, Héctor Laguna, Lourdes León, Julio Le Parc, Teresa Luis, Jorge Luis Marrero, Rosendo Mesías, Juan Luis Morales, Huber Moreno, Rolando Paciel, Ricardo Porro, Enrique Pupo, Ricardo Reboredo, Carlos Ríos, Patricia Rodríguez, Abel Rodríguez, Alfredo Ros, Gilberto Seguí, Regis Soler, Antonio Eligio Tonel y Eliseo Valdés.

[2] Diversos comisarios y críticos cubanos se han acercado al tema de la utopía a través de publicaciones y exposiciones, entre ellos se puede destacar a Gerardo Mosquera, Antonio Eligio Tonel y Eugenio Valdés. En el plano internacional, valga señalar los textos y ensayos de Rachel Weiss, Luis Camnitzer y Kevin Power.

[3] “Entre el 25 de octubre del 2012 y el 11 de marzo del 2013, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España, se presentó la exposición Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años 80 en América […] se encontraba entre las piezas un documental cuyo título era El canto del cisne, realizado por el artista cubano Glexis Novoa. Ella se centraba en el arte de esos años en Cuba, al que se le denominó, por su riqueza y los cambios formales y de contenido, como un Renacimiento del Arte Cubano […] diferente de lo que se mostraba en la exposición, como sucesos ocurridos en el resto del continente en esos años, pues no se trataba de luchas callejeras o enfrentamientos policiales, era una lucha con otra tenacidad, nacida de artistas que en cierta medida se consideraban parte del proceso”.

 

Tomado de Hypermedia Magazine.

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (I)

Celebraciones por cumpleaños de Miradas Desde Adentro (I)

El próximo 28 de octubre, este modesto sitio del ciberespacio cubiche cumple un año de vida y aquí lo estamos celebrando con la reproducción de varios textos que me he leído recientemente y que me parece son materiales que vale la pena compartir con los seguidores de esta utopía que, al fin y al cabo, es Miradas Desde Adentro. Ojalá que lo disfruten tanto como yo.

 

La bailarina cubana Alicia Alonso y su último Giselle

Por Juan Orlando Pérez

La noche del 2 de noviembre de 1993 en el Gran Teatro de La Habana había una atmósfera de enorme tensión y desasosiego. Una multitud bien dispuesta y pintiparada había desbordado la platea y los balcones, y había ascendido hasta lo más alto, asomándose por el borde del gallinero y rozando con la cabeza el estucado del techo. Hasta espectadores habituales del teatro habían sido desplazados de sus lugares y se les veía entonces acompañados lo mejor posible en rincones bien molestos para el buen gusto. Ni siquiera la claque de balletómanos empedernidos había evitado ser relegada a puestos de malos aficionados. Todos haciendo severos pronósticos sobre lo que ocurriría en aquella función.

Alicia Alonso iba a bailar el pas de deux del segundo acto de Giselle, cincuenta años después de haber debutado en ese papel. Todo el mundo había dejado escapar un suspiro al oír esa noticia. Verdaderamente, es algo insólito que una bailarina pueda asistir al cincuentenario de su consagración estando todavía en activo, y aún mas que pueda enfrentar un personaje riguroso. Por lo tanto, los presagios sobre lo que ocurriría en la gala del homenaje no eran halagüeños. Los más optimistas esperaban que Alicia estuviera digna y que no se empañara demasiado la reputación de la gran artista. Los menos condescendientes habían pronosticado un desastre y tenían algún motivo para hablar así. Las temporadas de los años 92 y 93 habían sido regulares. El ballet languidecía tristemente y solo alguna figura extranjera, de paso fugaz por los festivales reavivaba la emoción de los aburridos espectadores. Las grandes bailarinas cubanas habían visto terminar sus mejores años y su lugar, por entonces, era acaparado en estricto monopolio por Rosario Suárez, Charín, cuyos trepidantes dúos con Lienz Chang se anunciaban por toda la ciudad, colmaban de público el teatro y levantaban en el aire a los fans en plena gritería. Poco después, Charín abandonó la compañía y sus fans quedaron mudos como una tapia. De repente, el público se había quedado sin estrellas a las que adorar y salvo alguna faena ocasional y sorpresiva, las funciones no pasaban de aceptables. En cuanto a Alicia, los escépticos no se ocultaban para manifestar su oposición a que continuara bailando. Después de haberla visto protagonizando Dido abandonada, Cleopatra eterna y otras piezas en que su esfuerzo físico era notable, muchos en La Habana consideraban que debía retirarse y culminar con honor una de las carreras más gloriosas del ballet. Solo unos pocos comprendían que Alicia siente por su oficio una pasión tan arrebatadora que se ha dispuesto a desafiar los pudores y cortapisas de la gloria. Por seguir bailando aunque sea pasajes mínimos y sin posibilidad de destaque, ha puesto sistemáticamente en juego su enorme prestigio. Probablemente ella piense que nada puede hacer ya que destruya el recuerdo de su prodigiosa y larga juventud en la memoria de los amantes del ballet. Tiene razón. Pero los jóvenes que van al ballet desde hace poco jamás la vieron en sus días de esplendor. No la vieron cuando Alejo Carpentier decía que Alicia dejaba de ser una persona para convertirse en una verdad. Ni cuando Lezama, viéndola bailar a los pies del Castillo de la Fuerza, creía que todos los hechizos sombríos habían sido vencidos. La mayoría solo ha visto por televisión el video de la función memorable en la que Alicia bailó Giselle con Vassiliev, y el de Carmen. Por el 93 muchos culpaban a Alicia de deteriorar su propia reputación, considerada patrimonio nacional.

Es bueno aclarar que esas opiniones eran francamente exageradas desde el punto de vista de un observador imparcial. Sucede que el público del ballet es un tanto especial, y si no se le ofrece un espectáculo a la altura de los de la época clásica del teatro imperial de San Petersburgo o de los tiempos de Diaghilev en París, se siente estafado y cree que lo que ha visto es un desastre. Curiosamente es el público más fiel. En el Gran Teatro de La Habana, en las funciones del domingo a media tarde, es posible encontrar personas que vieron nacer el Ballet Nacional en 1948, cuando se llamaba Ballet Alicia Alonso. Algunos estaban en el teatro la noche tremenda cuando Alicia bailó Carmen por primera vez. Han visto El lago muchas veces, tal vez más de cien, interpretado por bailarines de estilos y temperamentos muy diferentes. Pueden por eso comparar las nuevas figuras con las de antes, que son siempre las que salen ganando. Muchos miran con desdén a los jóvenes balletómanos que no han visto nada. Estos últimos, por su parte, manifiestan las adhesiones más furibundas y los desprecios más rotundos. Ahora adoran a Lorna Feijóo, como antes a Charín, aunque algunos, para no dar el brazo a torcer, digan que le preocupa más encantar al público con su poderío físico que con su interpretación integral. Pero cuando Lorna hace su ronda de fouettés en el tercer acto de El lago, o en un arabesque despampanante, no les queda más remedio que reconocer ante los amigos que estuvo divina. En propiedad, el público del ballet es muy heterogéneo. Se puede encontrar tanto artistas y escritores que están en el bombo como estudiantillos que acuden a su iniciación. También oficinistas, secretarias, bohemios, desocupados y turistas bien acompañados. Van vestidos de traje y corbata o de la manera más informal, aunque la administración ha puesto recientemente un cartel prohibiendo pasar en short. En suma, un conjunto pintoresco, emotivo y hasta pasional.

Esa multitud era la que esperaba aquella noche de noviembre del 93 que Alicia Alonso bailara otra vez el pas de deux del segundo acto de Giselle, pieza con la que encontró la gloria cuando pertenecía al American Ballet Theatre, pero aún no era una primera figura. La gran Alicia Markova debía interpretar Giselle pero enfermó repentinamente cuando ya el teatro había sido completamente vendido. Los directivos del Ballet Theatre preguntaron a las bailarinas jóvenes si alguna de ellas se atrevería a sustituir a Markova. A Alicia dudaron en preguntarle porque recién había sido operada en los ojos, pero fue precisamente ella la que se mostró dispuesta a hacer Giselle ante un público que esperaba a otra. Lo que ocurrió esa noche de 1943 parece haber sido excepcional puesto que los cronistas apenas saben describirlo. La más arrolladora y compensadora noche de triunfo, dijo Antón Dolin, el partenaire. Los pies de Alicia terminaron ensangrentados por el esfuerzo hecho en tan poco tiempo y se cuenta que, al finalizar la función, irrumpió en el camerino George Schaffe, un famoso coleccionista de objetos históricos del ballet, y arrancó la zapatilla de los pies de Alicia mientras daba gritos de «¡Para la historia! ¡Para la historia!» Esa historia estaba siendo desafiada medio siglo después «por pura obstinación», según la mayoría de las opiniones.

Fue una larga función. Hubo varias piezas en el programa, entre ellas un apreciable Grand pas de quatre, al que pocos prestaron atención. Todos estaban concentrados en el momento final, cuando Alicia saldría a escena y pudiera ocurrir una catástrofe no personal, de prestigio, sino cultural. El ballet en Cuba no es, como pudiera pensar un extraño solo una pieza de vitrina que se muestra como uno de nuestros logros. Da a nuestra cultura un secreto regocijo, el de lo cubano que se cuela en el salón clásico, que penetra en extrañas edades de oro a las que no ha sido invitado y baila en ellas desaforadamente en el centro del círculo de asombro. El Ballet Nacional y la obra de Alicia Alonso significa la tradición central de la cultura europea tomando formas perfectas en la plenitud cubana. Eso estaba en peligro si Alicia Alonso no hubiera cumplido aquella noche uno de los pocos milagros a los que asistiremos en la vida.

Ella lo hizo. Nadie que la haya visto podrá olvidar nunca su levedad y su pureza. Un suave trazo blanco atravesaba el aire, recogiéndose en puntos de grave y honda densidad, o difuminándose en ligeras y frágiles prolongaciones. Habitó durante un instante en una zona intermedia entre la muerte y la naturaleza superior, donde el cuerpo pierde el arbitrio de sus extensiones y adopta en cambio la fijeza de una hermosura inmortal. Tal vez, mientras bailaba, Alicia Alonso nos dijo algo que no podemos comprender en otro lenguaje que el suyo. Ella debe haber sentido una interrupción en la linealidad del tiempo, un instante abierto entre las sucesiones, por donde se cuela desde otra escala el fragor de la transfiguración de lo humano en la sustancia original. El pas de deux terminó y el teatro se vino abajo. Sobre Alicia llovieron pétalos de rosas, detalle un tanto kitsch, pero que llevó al paroxismo al respetable.

Alicia Alonso tal vez no bailara más. Ya en el último festival no lo hizo. Pero ahora no importa. Es la artista más grande de Cuba, y la compañía que creó, una de las instituciones fundamentales de la cultura de este país. Aunque uno no vaya al Gran Teatro de La Habana, es tranquilizador saber que allí siguen bailando Giselle y El lago. Mientras eso ocurra, de alguna manera, todos nosotros estaremos a salvo.

 

 

 

Este texto fue originalmente publicado en la revista Alma Máter.

Polémicas con niveles chancleteros

Polémicas con niveles chancleteros

En mi opinión, la intolerancia (problema que, como advirtiese Octavio Paz, no estaría tanto en el tipo de doctrina que se porta sino en la forma) entre cubanos que piensan distinto a la hora de discutir un problema, va más allá de las diferencias políticas e ideológicas, para formar parte de nuestra (in)cultura cotidiana. Pensar lo que otro nos dice y admitir que puede tener parte de o toda la razón, para nosotros es una proeza y así, hemos obviado una moraleja de Jorge Luis Borges: “Hay que saber elegir los enemigos, porque al final terminamos pareciéndonos a ellos”. De ahí el hecho cierto de que entre nuestros compatriotas perduran las equívocas tendencias que confunden el debate y la discrepancia de corte intelectual, en el peor de los casos, con el linchamiento del enemigo o, en la menos desafortunada de las situaciones posibles, con el mero y llano intercambio de cortesías, por lo que promover y auspiciar la discusión con las múltiples voces e ideas de la esfera pública, no es solo un acto legítimo sino también indispensable para progresar en la aspiración de alcanzar alguna vez un diálogo carente de dogmas y juicios totalizadores, en el que predomine un consenso signado por una buena dosis de serenidad y respeto.

Es este un problema de larga data entre nosotros y sigue siendo una asignatura pendiente. Como pequeña muestra de una de tantas polémicas entre cubanos que han registrado niveles chancleteros, reproduzco un trabajo de Carlos Espinosa Domínguez a propósito de una discusión entre Desi Arnaz y Joaquín M. Condall, ejemplo de lo que no debería ocurrir pero que tristemente en el mundillo cubiche continúa sucediendo en la actualidad.

Un avispero alborotado

En 1954, la acusación de Desi Arnaz de que Joaquín M. Condall plagiaba su popular programa de televisión, dio lugar a una acalorada polémica en la que se involucraron otras personas

Carlos Espinosa Domínguez

Aranjuez | 06/09/2019 10:38 am

En 1954, la revista Bohemia, la más popular y leída de la Isla, dio cabida en sus páginas a una acalorada y curiosa polémica que tuvo como centro a Desi Arnaz (1917-1986), pero en la cual se involucraron otras personas. De hecho, el famoso actor y músico de origen cubano solo intervino al inicio, cuando unas declaraciones suyas prendieron la llama de una controversia que subió bastante de tono e irritación verbal.

Todo empezó cuando Vicente Cubillas Jr., corresponsal de Bohemia en Nueva York, publicó en el número del 11 de abril de 1954 un reportaje titulado “Desi y Lucy: el Matrimonio Ideal”, que iba ilustrado con fotos de Osvaldo Salas. En el mismo, entrevistó a Desi Arnaz y a Lucille Ball, quienes formaban una exitosa pareja sentimental, televisiva y empresarial.

En ese momento, se estrenaba en Nueva York la película The Long, Long Trailer, protagonizada por ambos, y se hallaban en la ciudad. La semana anterior, la firma de cigarros Phillip Morris había contratado su programa I love Lucy por la fabulosa suma de 8 millones de dólares. Era el espaldarazo definitivo para el espacio de media hora que por casi tres años ocupaba el número 1 de audiencia. Cada lunes, a las 9 de la noche, millones de personas se sentaban ante el televisor para seguir la historieta semanal del matrimonio integrado por Lucy y Ricky Ricardo.

De acuerdo al periodista, la visita de la pareja a Nueva York fue un hecho sin precedentes, y la prensa la consideraba como la más importante desde la realizada por la reina Isabel y su esposo. En el aeropuerto, Lucy y Desi fueron recibidos con una banda de música, así como por millares de admiradores. Y después celebraron una conferencia de prensa a la cual asistieron 400 periodistas. The Long, Long Trailer se estrenó en el Radio City Music Hall y batió los récords de taquilla. Del hotel Waldorf Astoria donde se hospedaban, la pareja tuvo que mudarse en secreto, para eludir a centenares de visitantes.

Charles Pomeratz, su agente, aseguró a Cubillas Jr. que en los diez días que pasarían en Nueva York Desi y Lucy no tenían tiempo libre, y que la suya era la única entrevista individual que concedían. Tuvo lugar en el hotel Carlyle, y al entrar el saludo de Arnaz fue: “¡Buenas tardes para todo el elemento!”. Su nombre completo era Desiderio Arnaz y de Acha, y el periodista lo define como “un santiaguero alegre y decidor a quien veinte años lejos de Cuba no han hecho mella en su campechanía”.

Acerca de sus orígenes, Arnaz cuenta: “Nací en Santiago de Cuba, en marzo de 1917. Mi padre tenía mucha plata y fue dos veces alcalde de la ciudad, hasta 1932 en que lo eligieron representante de la Cámara. Vino la revolución del 12 de agosto de 1933 y mi padre cayó preso. Mamá y yo nos fuimos a Miami con 500 pesos, que era la única fortuna que nos quedaba. Desde allí hicimos mil gestiones hasta que seis meses después, papá pudo reunirse con nosotros en Miami”.

¿Le guarda rencor a los revolucionarios que prendieron a su padre?, le pregunta el periodista. A lo cual Arnaz responde: “¡Nunca! ¡Al contrario! Les estoy muy agradecido, pues, de no haber sido así, seguiría siendo un santiaguero más, con algunos pesos, pero perdido en el montón. Si ellos no tumban a Machado, todavía andaría yo por Santiago de Cuba, bañándome en La Socapa, o diciéndole piropos a las muchachas en la Plaza de Marte”.

Habla luego de los primeros trabajos con los que se ganó la vida en Miami; de sus inicios en la música; de su paso por Broadway; de cómo conoció a Lucy durante el rodaje de Too Many Girls. Pero no dedicaré espacio a esos aspectos y pasaré referirme a las declaraciones suyas que dieron lugar a lo que después se suscitó. Nada más empezar la entrevista, Arnaz le confiesa a Cubillas Jr. que tenía mucho interés en ella, pues Bohemia le da la oportunidad para desenmascarar a un “individuo poco escrupuloso”. La persona a quien alude es el productor y director Joaquín M. Condall (1923-2010), sobre el cual expresa: “¡Ese tipo es un caretudo!”. Y pasa entonces a explicar por qué.

“Condall me ha robado la producción de I love Lucy y la vendió en Cuba como propia. Estoy enterado de todo, pues recibí una carta de una amiga mía llamada Elena Rivas, con varios recortes de periódicos y revistas hablando del asunto. Y para colmo, este individuo ha tenido el descaro de decir que se entrevistó conmigo en Hollywood y que lo autoricé a usar los libretos de I love Lucy”.

A lo anterior Arnaz agrega este comentario: “Lo que me duele es que sea un cubano el que haga esto. Yo sé que en Cuba el programa Mi esposo favorito que aparece escrito por Condall, no es más que un plagio de nuestro I love Lucy. Así que mientras yo me esmero en que el público americano se ría con las ocurrencias del «cubano» Ricky Ricardo y en elogiar las cosas de mi patria de origen, que será siempre mi verdadera patria, en casi todos los programas, se aparece un paisano a despojarme inicuamente”.

Un enemigo de todos los cubanos

Al final del reportaje, Cubillas Jr. le pregunta si quiere decir algo especial al público cubano. Copio la respuesta que le dio Arnaz: “Segurísimo. Que llevo a Cuba en el corazón. Y que a mí no me ha alcanzado el tiempo para enseñar a amar a mi patria a mi esposa, a mis hijos y a mis amigos. En Hollywood, en Nueva York, donde quiera que me encuentro yo soy el cubano Desi Arnaz. Y Lucy, con orgullo, dice que ella es la esposa del cubano Desi Arnaz”.

El 25 de abril, Bohemia publicó un reportaje de Bernardo Viera titulado “¡Desi Arnaz es enemigo de todos los cubanos!”. Era una entrevista al “joven libretista” Joaquín M. Condall, quien responde a las acusaciones de Arnaz. En realidad, lo que se dice responder, no lo hace. En lugar de contestar con argumentos convincentes, se dedica a lanzar insultos contra Arnaz: “¡Desi Arnaz es un mentiroso! Que busque la publicación donde salieron esas declaraciones que me atribuye, en las que yo digo que recibí permiso de él para reproducir los libretos… ¿Cómo voy a decir eso si mis libretos son originales?”.

Tras esas declaraciones, a la entrevista llegan Rosita Fornés y Armando Bianchi, protagonistas de Mi esposo favorito, quienes han suspendido un ensayo para venir a animar a Condall. “Lo que sucede es que siempre atacan al que triunfa y Condall es un triunfador”, comenta Bianchi. Rosita, por su parte, expresa: “¡Es injusto Desi Arnaz! Nuestro programa no es un plagio de I love Lucy… Ese señor no puede guiarse por cartas irresponsables”. A ellos se suman luego los actores José Antonio Rivero y Velia Martínez. El primero declara: “Mi personaje «El Truco», igual que otros creados por Condall, son sacados de la calle y puestos en la televisión. Son tipos muy cubanos, cubanísimos, para que el esposo de Lucille Ball diga que son copias de los de su programa”. Por su parte, Martínez opina que “es ilógico lo que dice Arnaz. Él nunca ha visto el programa ni ha leído un libreto para hacer semejante acusación”.

Condall interviene de nuevo: “Lo que sucede es que Desi Arnaz es enemigo de todos los cubanos. Su personaje de la televisión, Ricky Ricardo, es el tipo chusma y marrullero que se imaginan los norteamericanos que somos los nosotros los cubanos. Además, ¿cómo me va a acusar de plagio un señor que lleva muchos años viviendo de la música que le ha robado descaradamente a Miguelito Valdés y a Xavier Cugat?”. Expresa después algo que le desmentirán documentalmente en la propia revista Bohemia: “Yo no sé lo que le pasa a este tipo, a él le duele que yo haya sido hombre de confianza y coproductor de Max Liepman, el mejor productor de la televisión americana y enemigo de Arnaz. Él ve en mí a uno de los que puso en peligro su programa cuando sacamos el Show de Shows con Imogene Coca y Sid Caesar, que sí son comediantes de verdad”.

Condall finaliza la entrevista diciendo: “El señor Arnaz me llama caretudo injustamente. Él sí usa una falsa careta de patriotero para humillar a Cuba y todos los cubanos. Cualquiera de nosotros que hemos vivido en Nueva York nos hemos sentido humillados viendo el programa de este «esposo con suerte»”. Y concluye: “Si Desi Arnaz quiere venir a discutir conmigo, tiene que hacerlo como turista, porque renunció a Cuba desde hace muchos años, cuando tuvo que abandonarla por machadista”.

La polémica no quedó ahí, sino que continuó. Pero curiosamente quienes la prosiguieron no fueron Arnaz ni Condall. El 9 de mayo, Cubillas Jr. publicó, bajo el título de “Voy a sacar la cara por Desi Arnaz…”, un artículo en el que pasa a defender a este. Explica que lo hace porque Arnaz “es un hombre muy ocupado, metido en negocios de millones de dólares”, y “no tiene tiempo disponible para sacudirse la mosca de la solapa o, hablando en términos más respetuosos, para ponerse a discutir con el improvisado escritor con apellido que huele a blasón”. A él, en cambio, le alcanza el tiempo, y, además, le molesta el tono de las mentiras dichas por Condall, “libretista de hace un ratito”.

Comienza por apuntar que todos los lunes ve I love Lucy y en ningún momento ha observado que Arnaz humille a los cubanos. Por el contrario, contribuye a que muchos norteamericanos “se den cuenta, a través de la elegancia con que viste Desi Arnaz y el ingenio y la gracia con que actúa, que somos un país civilizado, a un tiro de piedra de las costas de la Florida”. Por eso, entre otras razones, se considera aludido, así que, empleando el lenguaje que mejor entiende Condall, va a cogerse la bronca para él y dar la cara por Arnaz.

Su primer argumento contra Condall es que considera cuando menos sospechoso que los personajes de Mi esposo favorito son cuatro, como en I love Lucy. Asimismo, el de Rogelio Hernández, el vecino, parece “una copia al carbón” de Fred Metz, el vecino de Ricky Ricardo interpretado por William Frawley. El periodista recuerda luego que cuando Mi esposo favorito se empezó a emitir, los críticos del patio acusaron a Condall, de plagiar los libretos de I love Lucy. Y apunta: “Después, me imagino, ocurrió lo del cubaneo… ¡y todo se quedó así!”. (A modo de información, anoto que Mi esposo favorito comenzó a emitirse al año siguiente de I love Lucy, cuyo primer episodio se estrenó el 15 de octubre de 1951.)

Insultos y bajezas

Cubillas Jr. estima pertinente advertir a los lectores que no es “ni perdonavidas, ni matón, ni guapo a sueldo de Desi Arnaz. Solamente soy un periodista amante de la verdad y la justicia, con dieciocho años de ejercicio activo y en cuyo historial no se ha anotado nunca un insulto, ni una mentira, ni una rectificación”. Y agrega que, si emplea un lenguaje un tanto violento al dirigirse a Condall, ruega que se tome en cuenta cuál tiene que ser su estado de ánimo al enterarse de “los insultos y de las bajezas en que ha incurrido este impostor”.

Justifica su defensa de Arnaz expresando que no puede permitir que Condall “llame mentiroso y machadista a Desi Arnaz, cuando el mentiroso es él, y Desi era un chiquillo de dieciséis años, ajeno al trajín político el 12 de agosto de 1933”. Y de inmediato pasa a descargar su artillería pesada y le plantea al “desafiante Condal” este cuestionario:

“¿Quiere que le diga a casa de quién iba él todos los lunes por la noche, cuando vivía en Nueva York, bien provisto de libretas y lápices, para anotar las incidencias del programa I love Lucy? ¿Y los sábados por la noche, para copiar también los eventos del programa Your Show of Shows, producido por Max Leibman y estelarizado por Sid Caesar e Imogene Coca? ¿Quiere que le diga cómo le sacaron en limpio sus anotaciones y le dieron forma, para que pudiera enviar algunos libretos de muestra a cierto productor de la televisión cubana? ¿Quiere que le repita, asimismo, el día que llegó por primera y única vez a Nueva York; en qué línea aérea hizo el viaje; en qué hotel y en qué cuarto se hospedó aquí; en qué academia de televisión se matriculó en junio de 1952, permaneciendo solamente una semana en la misma? ¿Quiere que le diga por qué se firma Joaquín M.? ¿Quiere que le diga qué esconde el apellido cuya inicial es esa M?”. (Tras leer esas preguntas, este cronista se pregunta si, aparte de ser corresponsal de Bohemia en Nueva York, Cubillas Jr. no tendría también un empleo a tiempo parcial también en la Agencia de Detectives Pinkerton.)

El periodista revela algo que pone en entredicho una afirmación de Condall. A través de su Jefe de Relaciones Públicas, se puso en contacto con Max Liepman, quien le hizo saber, indignado, que no conocía al señor Joaquín M. Condall; y que lo considera un “enfermo mental” y un “mentiroso psicopático” por haber manifestado que él era enemigo de Desi Arnaz, pues es un gran amigo y admirador. Para reafirmarlo, citó a Cubillas Jr. para hacer una declaración pública que, de acuerdo a lo que adelanta este, “aparecerá en Bohemia, desmintiendo los infundios de Condall”.

El reportaje finaliza con estas palabras del periodista dirigidas al libretista: “Si él quiere, yo puedo decirle todas las verdades encerradas en este avispero que él mismo ha terminado de alborotar. Pero tiene que pedírmelo públicamente… para que todos los cubanos que se ríen con la interpretación de los libretos que él dice que escribe, se rían esta vez con él o de él, como personaje de una trama originalísima que escapó a su mente genial de libretista-productor-director. Que me lo pida, y se lo diré en Bohemia. Y por radio y televisión. Si esto buscaba, ahí lo tiene. Para que no sea parejero”.

Como se había anunciado, el 16 de mayo apareció en Bohemia un reportaje de Cubillas Jr. en el cual, además de su entrevista a Max Liepman, se reproduce una foto de su declaración pública. En la misma, se lee: “I would like to stat that Mr. Condall was never in any way connected with YOUR SHOW OF SHOWS, and that I am not an enemy of Desi Arnaz. I have no recollection of ever having met Mr. Condall and I do not recall any interview about Desi Arnaz”.

En ese mismo número de la revista se incluye otro artículo, “¿Quién va a tirar a Condall la primera piedra?…”, firmado por Bernardo Viera. Lo primero que expresa es que considera al libretista “víctima inocente de acusaciones por un delito que cometen muchos escritores de nuestra televisión”. A propósito del calificativo de “libretista de hace un ratito”, le expresa a Cubillas Jr. que “si hubiera seguido averiguando datos sobre Condall, se hubiera enterado que antes de ir a Nueva York estuvo escribiendo guiones para el cine mexicano. ¿También estos guiones se los robó a Ricky Ricardo?”.

A continuación, cita opiniones de otros periodistas acerca del trabajo de Condall: “Nadie puede discutir las condiciones de libretista de Joaquín M. Condall. Maneja las situaciones cómicas con verdadera maestría y sabe impartir al programa un ritmo único en nuestro video”, Edgardo Lescano Abella, Pueblo; “Condall maneja las situaciones cómicas con conocimiento de lo que hace. Si fuésemos a hacer un juicio global de Mi esposo favorito, tendríamos que confesar: nosotros nos reímos con el programa”, Enrique Núñez Rodríguez, Carteles; “Joaquín M. Condal es autor humorístico de sensibilidad actualísima. Queremos decir con esto que su comicidad es up to date. En los Estados Unidos, el señor Condall sería libretista muy cotizado y autor predilecto de una Rosalind Russell o una Eve Arder”, Alberto Giró, Diario de la Marina; “La verdadera estrella del programa Mi esposo favorito es su productor-director-libretista. Condall aporta a la televisión de nuestra islita desdichada, un poco de dicha”, Emma Pérez, escritora.

En esa polémica que llegó a tener niveles chancleteros, Viera trae un poco de mesura y sensatez. Así, en su artículo expresa: “Porque estamos a un tiro de piedra de la Florida y porque tenemos una gran influencia del Tío Samuel en casi todo, nuestra televisión parece hecha al papel carbón de la de allá. Y nosotros preguntamos: ¿Todos los que atacan a Condall se han detenido a observar las programaciones de nuestras plantas?… ¿Es que no se han fijado que todos nuestros programas de paneles, sin excepción, son exactos a los de allá?… ¿Es que no se han fijado que Gane con Kresto, por ejemplo, es copiado de What’s my line?… ¿Es que no se han fijado que Conflictos Humanos es lo mismo que Cartas a Loretta, el programa que hace Loretta Young para la televisión americana?… ¿Es que no se han fijado que Pumarejo y sus Amigos y Escuela de Televisión de Pumarejo son exactos a Arthur Godfrey y sus amigos y Arthur Godfrey busca talentos?… ¿Es que no se han fijado que los programas de matrimonios de aquí tienen las mismas situaciones que los programas de matrimonios de allá? (…) Si hay algún libretista en nuestra televisión que ni siquiera una vez haya sacado un programa o haya hecho un libreto con influencia de otro yanqui, que le arroje a Condall la primera piedra… A ver… ¿Quién se atreve a tirársela?”.

En defensa de Condall, Viera les recuerda a quienes lo acusan de plagio otro programa de matrimonio escrito por él: Los Destruidos. Lo protagoniza “una familia cubana, muy cubana, que hace llorar o reír a los televidentes con sus alegrías y sus tristezas. Individuos que jamás, ¡jamás!, por su pobreza y sus sentimientos, podrán ser semejantes a ningún programa norteamericano. ¿De dónde sacó Condal Los Destruidos?… ¿A qué actor americano copia Rosendo Rossett cuando hace el Chucho?… ¿Quién es la actriz norteamericana plagiada por Velia Martínez cuando interpreta a Chicha? (…) Pero desgraciadamente, en Cuba siempre se seguirá atacando al triunfo. Y las buenas opiniones llegan siempre como postre del fracaso”.

Viera concluye su trabajo con estas palabras: “Los que vemos televisión, los que queremos su adelanto y deseamos la eliminación de la astracanada y la grosería en esta, demos un fuerte aplauso a Joaquín M. Condall, que tanto ha hecho por la distracción y la alegría de los que hemos gastado cientos y cientos de pesos en un aparato de televisión Made in U.S.A.”.

Tomado de cubaencuentro.com:

https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/un-avispero-alborotado-335904

Pearl Jam: cuando el béisbol suena a grunge

Pearl Jam: cuando el béisbol suena a grunge

Por Joaquín Borges-Triana

Quienes me conocen, saben que desde muchacho tengo dos grandes pasiones: el rock y el béisbol. Nunca he dejado una de esas aficiones y hoy las continúo utilizando como materia prima en mi relación con la cultura y el entretenimiento. Por ello he disfrutado tanto de Pearl Jam: Let’s Play Two, CD y documental que no es solo un ineludible encuentro con una poderosa descarga de furia revestida de nostalgia por el grunge de los 90, sino un testimonio de amor por la pelota.

Eddie Vedder, quien sabiamente ha trascendido el cliché de cantante acelerado y símbolo generacional para devenir una de las legendarias voces en la historia del rock, desde pequeño ha sido admirador de los Chicago Cubs, equipo que en 2016 consiguió conquistar el título de la serie mundial de las Grandes Ligas,  tras años de anhelar el galardón. Así, con dos conciertos en el enorme Wrigley Field, los de Pearl Jam rendían tributo en agosto de 2016 a la historia de una franquicia beisbolera que ha crecido durante los últimos 25 años de la misma forma y paralelamente a las aventuras de una banda que ha cautivado a millones de personas a partir del recordado Ten, de 1991.

El director del audiovisual es Danny Clinch, alguien muy asociado a la tropa encabezada por Eddie Vedder, pues ya les había filmado en ese excelente material de 2007 que resulta Immagine In Cornice, resumen de la gira italiana del grupo durante 2006. Fue Clinch el que configuró buena parte del programa del repertorio de los dos conciertos en el Wrigley Field, dada la cercanía y confianza que le tiene la banda.

Es importante resaltar que el CD publicado bajo el título de Let’s Play Two funciona independientemente del documental, o como dirían algunos «rockumental», recogiendo piezas interpretadas durante esas dos noches en la ciudad del viento, con la inclusión de All the way, el tema que Vedder compuso como homenaje a los Cubs y que se ha convertido en el himno identificativo del equipo.

Let’s Play Two es el primer fonograma oficial en vivo de Pearl Jam, desde Live On Ten Legs (1998). Cierto que al quinteto de Seattle le ha encantado siempre sacar discos en vivo y de ahí que muchos de sus conciertos han sido grabados y lanzados como producciones en directo. En ese sentido, habría que apuntar que sus producciones anteriores fueron constituidas a partir de tomas registradas en distintas fechas y  escenarios, así como con  variadas audiencias.

Por el contrario, los 17 cortes de Let’s Play Two están grabados en el mismo estadio y con un público muy similar entre ambas fechas. Creo que ello es un factor fundamental que propicia que el grupo suene más profundo que en sus anteriores álbumes en vivo, algo que se comprueba desde el primer tema musical Low light.

Como disco, una vez más se verifica la coherencia que durante los años de carrera ha signado el quehacer de Pearl Jam. Con enorme placer se dejan escuchar clásicos como la zeppeliniana Given to fly y la seminal Jeremy, que en las versiones aquí recogidas  sorprenden por aceleradas. Igualmente Go, uno de mis temas favoritos de la banda, en esta ocasión asume una particular agresividad sonora, ideal para el deformado sentido de la melodía de Eddie Vedder.

En el fonograma se incluyen también piezas como Better man, Elderly woman behind the counter in a small town, Last exit, Lightning bolt, Black red yellow, Black, la mítica Corduroy, Inside job, I’ve got a feeling, Crazy Mary y Alive (que nunca falta en un concierto de la banda). Son interpretaciones que transmiten un espíritu de fuerza, de unidad y comunión entre los miembros del quinteto.

Con una tirada que abarca un DVD / Blu-Ray, CD y doble vinil, Let’s Play Two aparece en el mercado a través de Republic Records (Universal Music Group) y es de esos trabajos que sin la menor duda recomiendo tener en casa.

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