Categoría: Cuba

Poemas de Yamil Díaz

Poemas de Yamil Díaz

Conocí a Yamir Díaz Gómez(Santa Clara, 1971) hace alrededor de treinta años. Por entonces yo trabajaba en la revista Alma Máter y él cursaba la carrera de periodismo en la Universidad de La Habana. Me parece que fue ayer cuando un día Yamir se nos apareció en la redacción de la publicación a proponernos una colaboración. Desde entonces he seguido su quehacer, ya fuese como periodista, editor, promotor cultural, estudioso de la obra de José Martí y sobre todo, como el excelente poeta que es. 

Entre sus libros pueden mencionarse Apuntes de Mambrú (1993), Soldado desconocido (2001), Fotógrafo en posguerra (2004), que integran una trilogía aparecida en tomo único bajo el título de La guerra queda lejos (2006, 2009), además del folleto El flautista en la cruz (2000) y el poemario para niños En el buzón del jardín (1999, 2002, 2013).

Hoy quiero proponer algunos viejos poemas de este santaclareño y que disfruto muchísimo cada vez que vuelvo a leer. Ojalá que los seguidores de Miradas Desde Adentro disfruten como yo con la obra de alguien al que respeto por su quehacer intelectual y que además es un buen amigo.

Poesía de Yamir Díaz

EL SOLDADITO DE PLOMO


…fue una caída terrible. Quedó clavado de cabeza entre los adoquines…
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .H. C. ANDERSEN

No vendrás al abismo en que me postro,
porque eres de papel: no has existido.
No escucharás mi último latido,
ni habrá más polizones en tu rostro.

Amada, a causa de mi desconsuelo
todo cae, todo flota, todo yerra.
Ahora el cielo ha bajado hasta la Tierra,
y la Tierra ha subido rumbo al cielo.

Mi humilde eternidad ya no reposa,
porque sé que la muerte no te roza.
Y —aunque el cielo te brinda sus candiles
herido por mi única estocada—
voy descubriendo que la muerte, Amada,
es cruel hasta en los cuentos infantiles.

Muero. Y un espejismo me promete
anunciar a las puertas de palacio 
que un soldado te aguarda en el Espacio
clavado como un Cristo de juguete.

Voy cerrando los ojos, con tal gozo
que detrás de mis párpados te miro,
que lo perenne cabe en un suspiro,
y es otro el cuento, mucho más hermoso.

A este trozo de plomo y remembranzas
le late un corazón porque tú danzas,
porque eres todo lo que hay esta vez,
porque das a un soldado la certeza
de que es bueno pararse de cabeza
cuando todo en el mundo está al revés.

Pero no tengo ya dónde ni cómo
ganar mi apuesta a la melancolía;
pues no vas a morir, amada mía,
a pesar de estas lágrimas de plomo.

Ahora el duende repite sordo, cruel,
que hay una bailarina suspendida
a salvo de la muerte y de la vida.
¡Ay!, mi novia no existe: es de papel.

Amada, ¿te me has vuelto colibrí?
Me he quedado sin quién, sin qué, sin cuándo,
sin más amparo que mi frenesí.

Voy muriendo de un golpe oculto, blando.
Y he cerrado mis ojos, preguntando
cómo será la eternidad sin ti.

LETANÍA MENOR PARA TU MANO

Estoy leyendo el último periódico del siglo,
y llegas tú.
Y tu mano derriba las noticias
y tu mano me toma de la mano.
Soy un niño perdido
en la dulce emboscada de tu mano.

Más allá de tu mano no hay relámpagos,
no existe la palabra nomeolvides
ni cosa tan real como la sombra de tu mano.
Ahora todos mis versos terminan en tu mano
porque yo estoy escrito en las líneas de tu mano.

Yo voto con tu mano.
Aplaudo con tu mano.
Me refugio en tu mano por si mañana Dios está más lejos.

Donde acaba tu mano comienzan las preguntas.
¿Qué será de la lluvia sin tu mano?

Sólo tengo tu mano contra el espanto y la rutina.
Tu mano que me escribe;
tu mano que me toma de la mano,
que me deja perdido en un poema
donde yo estoy leyendo el último periódico del siglo,
y llegas tú.

EL NACIMIENTO DE MAMBRÚ

Te llamarás Mambrú. Tu doble irá a la guerra,

y los dos cantaremos qué dolor

cuando pasen los soldados sobre el puente.

Ya lo sabrás, Mambrú: 

los soldados se matan por un rey al que no han visto respirar;

la guerra queda lejos.

Qué dolor: el pañuelo jadeante de la novia,

el pañuelo que silba junto al tren,

y el tren se arrastra sobre el puente de los tristes.

La historia queda lejos. Qué dolor:

esa novia que gime no es la historia.

Y la muchacha que olvidó nacer a la hora precisa

para aplaudir al padre que nunca volverá,

y esos soldados que pasan, nunca fueron la historia.

Tú has nacido en el puente de los tristes.

En este sitio, nacer no es derramarse

sino estar condenado a no partir.

Aquí vienen, llorosos,

el leñador, el ministro, el nigromante.

Aquí se dan la mano ladrones y verdugos:

todos tienen un doble que roba o guillotina.

Ya lo sabrás, Mambrú:

tu doble un día volverá de la guerra,

y no estará la novia. Qué dolor.

Hijo: la soledad no tiene doble;

la soledad viaja en el tren de los soldados

para que el puente vibre,

y tú y yo nos abracemos,

y cantemos de nuevo qué dolor.

Las palomas no vienen al andén cuando regresan los soldados.

Aquí no nacen héroes. Qué dolor.

Qué dolor.

Qué pena.

DISCURSO EN UNA ESQUINA DE PARÍS 
                                  
                                                               a veronique joncheray

Son las dos de la tarde en los relojes de París,
y la ciudad se llena de viajeros y palomas.
Los viajeros preguntan por Rimbaud,
los viajeros se llevan una torre de juguete:
un país de juguete que gobernaron cuando niños.
Son las dos de la tarde,
y la niñez de los viajeros regresa por las calles de París,
y todos aman a una mujer de treinta y siete años.

Todo el que ama tiene
algo de organillero.
Por eso los viajeros llevan en las arterias una música oculta
mientras las estudiantes navegan por el Sena.

Son las dos de la tarde.

Tener amigos por solo una semana,
es el oficio más triste del mundo.
Y he aquí que los viajeros se consuelan
dando una falsa dirección:
disimulan sus lágrimas poniendo en hora los relojes.

En París, casi siempre, son las dos de la tarde.

EL TESTAMENTO DE MAMBRÚ

Hijos míos: yo nunca seré un héroe.
Nunca tracé las coordenadas por donde debió cruzar el río;
no descubrí la pista hacia la lluvia;
no ordené a los soldados un eclipse.

Hijos míos: yo nunca fui a la guerra.
Mi historia era un pretexto
para que las mulatas salieran al balcón.
                      
                                   Vengo del fango y del trigo
                                   sin más que mi serenata.
                                   Voy a la muerte, mulata,
                                   ¿quieres morirte conmigo?

Yo sé cuán poco vale el hijo de un soldado,
y por eso les dejo este silencio:
nadie recuerde que Mambrú tenía dos hijos
y un telescopio
y un fusil
y unos zapatos blancos.

Un día el tiempo abrirá de par en par las siemprevivas,
asomarán otras muchachas al balcón,
y por eso les dejo estas palabras
con las que les dirán que ellas vienen del trigo.

Hijos míos: yo nunca fui a la guerra;
pero he cruzado las calles donde alguien estafó al ilusionista.
He dormido en portales
sin más que el viento saltando entre mis dedos,
y por eso les dejo las campanas, los puentes, los caminos…
Pero no volveré a prender candiles en los rincones de la casa
porque si vuelvo dejaré de ser eterno.

Mi historia servirá
para que los soldados inventen un eclipse
y descubran la pista hacia la lluvia
y tracen las coordenadas por donde va a cruzar el río
y mueran por la patria,
aunque la patria sea una palabra que no entiendan.

“Quiero verte otra vez”

“Quiero verte otra vez”

Ya son varios meses en los que el mundo y nuestro país en particular están viviendo una situación atípica para la cual nunca estuvimos, ni estaremos preparados. Son tiempos difíciles, empañados por una pandemia global que azota cada área geográfica de nuestro planeta. Muchas han sido las víctimas y los afectados ante tal situación. Es por ello que, los llamados a la conciencia social, al distanciamiento entre las personas y la necesidad de quedarnos en casa (#Quédateencasa), se han convertido en las consignas más importantes para combatir esta enfermedad.

El arte y la cultura en general se han sumado al mensaje de cuidarnos para vencer este mal, y así, volver a vernos otra vez. En muchos países del orbe, como en Cuba, disímiles artistas han realizado actividades e iniciativas con el fin de llegar al público mostrando esta recomendación por el bien de todos.

Uno de estos creadores es Alexander Abreu, director de Havana de Primera, agrupación muy querida y popular en nuestro país y en muchas partes del mundo. En la memoria del pueblo cubano está siempre presente “Me dicen Cuba”, tema de un fuerte sentir patriótico, el cual enaltece los valores que llevamos arraigados todo aquel que se siente orgulloso de ser cubano. Es una canción que marcó pauta, porque no había un rincón de Cuba en el que no se coreara cada una de sus líneas.

Siguiendo la estela del tema anterior y comprometido con estos tiempos, Alexander Abreu presentó hace un mes “Quiero verte otra vez”. Este es un track que desde sus primeras estrofas aborda lo que sucederá cuando toda esta situación compleja pase, que no son más que aquellas acciones que el cubano por naturaleza más extraña de su cotidianidad, un saludo espontáneo lleno de besos y abrazos. Como él mismo expresa y nos hace soñar, cuando te vuelva a ver, algo que debemos decir a cada uno de nuestros seres queridos y amigos, es tiempo de celebrar, brindar y agradecer por haber ganado esta batalla. La invitación a su vez se convierte en un motivo más para valorar todo aquello que tenemos, y que por cosas de la vida no sabemos lo que el destino les pueda deparar. 

El ritmo y el sabor de nuestra música, esa que nos identifica y nos hace bailar en este tema, viene acompañada por ese mensaje que se repite una y otra vez, pero que nunca es suficiente para hacernos entender, la necesidad de quedarnos en casa. Bailando, cantando o tarareando la letra, volvemos a sentir que la mejor manera de cuidar a nuestra familia y a todo aquel que de verdad nos importa, es concientizando que si hacemos lo establecido y nos cuidamos cada uno, estamos cuidando a los demás. 

A partir de aquí, del disfrute de otra de las grandes creaciones musicales de Alexander Abreu, nos toca a nosotros pensar y reflexionar sobre la importancia que tiene cumplir con las orientaciones que nos hacen para vencer más rápido esta enfermedad. Todo aquel que gusta de la buena música y las cosas que se hacen de corazón, puede encontrar en “Quiero verte otra vez” un mensaje claro, con un lenguaje sencillo y directo, en el que se busca llegar a la población para transmitir lo que extrañamos, pero que para llegar a ello tenemos que cuidarnos cada uno de nosotros.

Todas las noches mientras se aplaude bien merecido al personal de la salud, algunos vecinos se rotan para que en el mismo instante que se agradece a esos héroes de batas blancas, en el barrio bailemos al compás de Alexander Abreu y Havana de Primera con esta canción. Ojalá como mismo llegó a los corazones de cada cubano “Me dicen Cuba”, “Quiero verte otra vez” toque la fibra y haga pensar a todos.

Sevilla sin mí

Sevilla sin mí

Le dije a los colegas que me iba a Sevilla aquella Semana Santa del 2008 y
me encerré en mi piso de estudiantes, para acercarme a ella. La llamé tantas
veces  que el teléfono se me quedó sin saldo; entonces cerré los ojos para
que su voz no se escapara. Su voz tan pequeña como ella misma. En la
oscuridad del cuarto recordé todos los detalles: el parto, su cumpleaños, el
primer día de escuela y la magia de los libros. 
Por el balcón se colaba el ruido de las procesiones de Zaragoza, más
modestas, de seguro, que las de Sevilla. Yo tenía miedo de que  la algarabía
de la calle  me robara   su risa. Su risa más grande que ella misma y ahora
tan chica, como todo lo que  queda tan lejos. 
 Ya mi curso está por terminar y estaremos juntas, indivisibles. Ella me
había respondido   un “sí” muy tenue y yo adivinaba sus besos en mi foto y
la comida  de la abuela que no lograba quitarle el frío.  
Aquella semana del 2008,  no pudo ser Santa para mí. Mis colegas de piso
revoloteaban como niñas y llenaban la tarde con sus chistes. Yo salía a
ratos, escondía mis ojeras y me inventaba una sonrisa. 
Y después regresaba a la cama otra vez a tejer un te amo que cruzara el
Atlántico. Casi podía escuchar el ruido de La Habana y  el ladrido del
cachorro que ella escogió como una suave, peluda prolongación de la ternura.

A la siguiente semana volví a la calle. Bajé por Corona de Aragón, crucé
hasta la plaza San Francisco, le sonreí al anciano y al niño  que aún no ha
probado los adioses. Calenté el alma  con un café,  al sol y entre la gente.
Crucé el campus de la Uni Zaragoza y saludé a los colegas.
Bella Sevilla, les dije.  Aun me duelen los pies de tanto taconeo.

Jade y su nueva propuesta fonográfica

Jade y su nueva propuesta fonográfica

“Hay días en que se juntan mis penas / ganándole la partida a mi pobre corazón / pero hay otros en que amanezco cantándole en sol mayor a la vida / y doy las gracias a Dios. / Días en que el amor de tu vida / a la vuelta de la esquina / se te revela imprudente y fatal / sin embargo hay otros / en que me importa bien poco / si el amor es algo grande, puro / o si es un rollo total. / Canto por no llorar, / lloro de tanto reír / y es que la vida encierra un contraste / con el que hay que convivir. / Acaba de aceptar / que la felicidad / nos dura por un instante / y no por toda una eternidad.”

Lo antes reproducido es un fragmento de una canción titulada “La vida”, uno de los temas que más me atrapa del nuevo disco de Jade. Dentro de la polifonía de voces de los músicos cubanos de la actualidad, la propuesta de Yanaysa Prieto y Maygred Felina Bourricaudy en sí misma representa la quintaesencia de lo mucho y bueno que en materia de cancionística vienen haciendo desde hace varios lustros (en unos casos dentro y en otros, fuera del país) creadores nacidos en este lado del mundo y pertenecientes a la generación finisecular.

En el repertorio aquí defendido por Yanaysa y Maygred, ejemplo de la Canción Cubana Contemporánea, se interpretan piezas en la línea de los géneros y estilos tradicionales de nuestra música (“Caminando”, “Por si el peso”, “La vida”, “Prueba y vete”) y otras donde la asimilación de lo foráneo y de una perspectiva híbrida es lo prevaleciente (“Más lejos que el sol”, “Compás de espera”, “Te soñé”, “Mañana tal vez”). 

La audición íntegra del álbum de Jade deja claro que ellas se han librado del narcisismo insular o exceso de localismo que en buena medida ha sufrido la producción artístico-literaria hecha por nuestros compatriotas. Porque si bien Tagore tenía razón al aconsejar: “Conoce a los de tu aldea y conocerás al mundo”, dado que el amor, la soledad, son iguales en México, Holguín, Tokio y en Berlín, la escenografía sí varía de manera radical. Ello trae aparejado un cambio en la forma de ver el mundo, fenómeno que en particular se ha producido entre las más recientes generaciones de cubanos.

De ese modo y a pesar de que se mantiene vigente el orgullo por la pertenencia a nuestra cultura, en un CD como el que nos entrega Jade se percibe que la noción de arte nacional se ha modificado, al igual que los paradigmas que hasta hace poco prevalecían, en correspondencia con el hecho cierto de que los códigos artísticos universales se han vuelto más cercanos a los creadores de cualquier punto del planeta, dada la expansión de la aldea global de la que nos hablase Marshall McLuhan y el desarrollo de un mundo cada vez con un mayor grado de interconexión. 

A tenor con la nueva realidad, Yanaysa y Maygred continúan haciendo una canción esencialmente muy cubana, pero cada vez también resulta más universal y dueña de una mirada supralocal, por encima de haber sido compuesta en La Habana.

Así, con este fonograma, en el que para su resultado final Yanaysa Prieto y Maygred Felina Bourricaudy han contado con el apoyo de una tan prestigiosa figura de nuestro panorama sonoro como Yusa,  se verifica que ellas han logrado construir una cancionística que les trasciende como entes artísticos individuales, para devenir forma de legitimación de toda una promoción, con lo cual Jade ya es algo mucho más que un simple proyecto musical.

Cumpleaños 40 de un poema de Osvaldo Sánchez

Cumpleaños 40 de un poema de Osvaldo Sánchez

Allá por 1980 yo estudiaba en el preuniversitario habanero Saúl Delgado y era (como dice la frase) un adolescente  feliz e indocumentado, seguramente lo uno por lo otro. Han transcurrido cuarenta años  y sin embargo, lo vivido por entonces permanece aferrado a mi memoria.

Fue por aquella época que supe de la existencia de un poeta nombrado Osvaldo Sánchez Crespo (La Habana, 1958) y que para la fecha era estudiante de la carrera de Historia del Arte. El primer poema suyo que leí fue el titulado “Declaración política familiar” y al que he vuelto una y otra vez en el transcurso de estas cuatro décadas, dándole al texto diferentes lecturas bajo las influencias de la época en cuestión y de mis propias vivencias personales.

Para los que no sepan quién es este creador, les informo que en 1981 Osvaldo resultó el poeta laureado con el Premio David por su libro de poemas Matar al último venado, publicado por Ediciones Unión al año siguiente. Tiempo después, al graduarse de Historia del Arte, laboró como profesor en la Escuela de Artes Plásticas de San Alejandro y en el Instituto Superior de Arte, pero sobre todo -en mi opinión- se convirtió en uno de los culturólogos más notables que hemos tenido en nuestro país.

Siempre le agradeceré reflexiones como las que publicase en trabajos suyos aparecidos en El Caimán Barbudo de la etapa y que en su momento me ayudaron a una mejor comprensión del arte hecho en Cuba durante el decenio de los ochenta.

Hoy comparto con los lectores de Miradas Desde Adentro el poema de Osvaldo Sánchez del que hablé líneas atrás y que aborda el tema de la fractura de la familia cubana, con un  discurso textual donde se transmite ¿acusación?, ¿complicidad? Como diría la frase de Taladrí: “Saque usted sus propias conclusiones”.

DECLARACIÓN POLÍTICA FAMILIAR

Osvaldo Sánchez

…………………………………………………Mariel, 1980.

matamos a mi hermana

con un golpe de patria……ahí en la puerta

cómo iba a romper nuestro corazón de cinco

……puntas

cruzando el agua

ella……la que planchaba mi magia de crecer

la de manos perfectas como lo cotidiano

la culpa fue nuestra

la vimos detenerse

decapitarse con el filo derecho que tiene el

……matrimonio

su marido soñaba plataformas de papel de espejo

lluvias de neón……él

no tenía brazos……ni bolsillos

y pronunciaba perfectamente……yellow submarine

tuvimos que matarla

aunque me hacía las maletas

aunque tenía hija y corazón

aunque mi madre llore ahora burguesamente de

……espalda a las ventanas

las gavetas están llenas de arena

y en lo que fue

vientos sepias barren y barren

dividiéndola a ella

todavía muerta en la puerta de mi casa

hoy hemos puesto la bandera y el televisor

matarla fue difícil

pero sabemos sonreír

claro

diferente que los niños.

Cofradía: Tal como son

Cofradía: Tal como son

En la historia de la Canción Cubana Contemporánea, desde fines del decenio de los 80 de la anterior centuria y hasta nuestros días han existido distintos dúos. En una breve enumeración podrían mencionarse nombres como Superávit, Hobby, Cachivache, Gema y Pavel, Postrova, Buena Fe, Karma e Iris. Es como parte de dicha corriente ideoestética que surge el proyecto artístico denominado Cofradía, integrado por Eusebio (Pachi) Ruiz Silvén, que se hace cargo del respaldo guitarrístico así como de los arreglos de voces, y Liamer (Lía) Llorente Góngora, quien además de cantar toca algunos instrumentos de percusión menor.

Conocí a Pachi y a Lía hace ya unos cuantos años, cuando ambos eran miembros de un grupo radicado en Moa y se presentaron en Holguín a propósito de las Romerías de Mayo. En aquella ocasión, ellos interpretaron como parte de su repertorio una muy hermosa canción escrita por Fernando Cabreja y que en un tiempo funcionó, junto con la “Oda a la alegría” de la 9na. Sinfonía de Beethoven, como tema central de la gran fiesta del arte joven cubano. 

Después de que se desintegrara la agrupación y de nuevo gracias a las “Romerías”, me los volví a topar en la ciudad de los parques cuando ya conformaban un dúo, con el que intervinieron en numerosos eventos de los organizados por la Asociación Hermanos Saíz, como los encuentros trovadorescos “Longina”, “Trova Viva” o “Al sur de mi mochila”, así como en otros certámenes al corte de la Fiesta de la Cultura Iberoamericana y la de la Nacionalidad.

En un primer momento, Pachy y Lía estuvieron muy influenciados por el quehacer de Gema y Pavel, pero de entonces a acá ha llovido mucho y el dúo Cofradía ha madurado, gracias a su intensa labor de investigación musical, así como por sus frecuentes presentaciones en Trinidad (ciudad donde hoy residen) y en otros escenarios, tanto en Cuba como fuera de nuestro país (Argentina, Italia, Noruega, Dinamarca, Suecia, Alemania y España). Semejante cúmulo de experiencias la vierten ahora en la grabación del que será su nuevo  disco, nombrado Tal como somos, con producción musical a cargo de Rainer Pérez y Manolito Simonet.

Afortunadamente ya he podido escuchar la grabación y puedo asegurar que estamos ante un álbum en el que no se pasa por alto el legado de la música tradicional cubana; claro que aquí este no es jerarquizado por encima de lo contemporáneo, sino que son justipreciados en idéntica medida. 

La apuesta por hibridar sin el más mínimo prejuicio elementos de múltiples orígenes se perciben a través de la totalidad de las piezas del fonograma, todas compuestas por Pachy. Por ello, si bien la canción es el plato fuerte de la propuesta, en el CD se aprecia una propensión a lo lúdico y que hace que la dicotomía entre lo reflexivo y lo bailable desaparezca.

Con orquestaciones realizadas por Rainer Pérez, uno de los rasgos más sobresalientes de este disco es la nómina de invitados a participar en el mismo. Son ellos Gema Corredera, Liuba María Hevia, Lucimila Rodríguez del Rey y Alain Pérez. De tal suerte, si me pidiesen recomendar algunos cortes del álbum, mencionaría “Abeja reina”, “Más arriba”, “Estandarte”, “Blue para ti” y en especial “Testigo único”.

Así pues, el disco que muy pronto estará a la disposición de los seguidores de Cofradía y en general de la Canción Cubana Contemporánea es una propuesta donde conviven tradición y vanguardia, continuidad y ruptura. Resulta otra estupenda muestra de lo que el cantautor Julio Fowler, al referirse en conjunto a este tipo de cancionística,  describe como un proceso convergente de asimilaciones estéticas y culturales, de una sabiduría abierta siempre que incorpora préstamos y “los transforma en un incesante trasiego e intercambio y donde lo único que no varía es esa capacidad de permeabilidad, de innovación y metamorfosis de la experiencia creadora”.

Cucu Diamantes: en defensa del performance

Cucu Diamantes: en defensa del performance

Quizás, como ninguna otra manifestación, la música cubana facturada en los últimos tiempos, tanto en el país como en la diáspora, le ofrece a las ciencias sociales un campo para el análisis de cómo se producen los procesos de nacionalización de lo global y globalización de lo nacional pues, como han argumentado George Lipsitz y Simon Frith, la música popular es el producto cultural que cruza fronteras con mayor facilidad mientras demarca espacios locales. A fin de cuentas, la obra de estos creadores habla de una avidez esencial por los sonidos, esa que no se detiene a pedir pasaportes, sino que digiere cuanto tengan de valioso para nutrir las ideas que asedian a los verdaderos artistas, protagonistas de una Cuba que –como nunca antes en nuestra historia– hoy se desborda de sus fronteras insulares, con lo que la extraterritorialidad cubana vive un momento de consagración.

La imagen de un futuro más o menos cercano en relación con lo que probablemente suceda con la diáspora musical cubana, para mí queda representada en la figura de la cantante Cucu Diamantes, un rostro de esas generaciones de nuestros artistas inmigrantes. Y digo rostro con toda intención, porque lo cierto es que no hay mucho que hablar de la voz. Muchos recordarán la entrevista que Amaury Pérez le realizara para su programa televisivo Con dos que se quieran (tercera temporada).

Las mejores palabras para describir en breve síntesis a la otrora vocalista de la agrupación Yerbabuena, las ha escrito el periodista Alejandro Armengol en su bitácora personal:

“Difícil definir a esa mujer que por momentos hace todo lo posible por desbordar sensualidad y otras se comporta casi como una excéntrica; a veces ´´chea´´ en el escenario y aguda en más de una ocasión durante cualquier entrevista; alguien que sabe defenderse en un solar habanero y comportarse en una galería de arte en Roma; una artista que en un primer momento uno piensa que podría destacarse más con un mejor repertorio, para conocer luego que algunas de las composiciones que interpreta son de ella o que ha intervenido en su elaboración.”

Habanera radicada en Estados Unidos desde la última década del pasado siglo (según confiesa, no se fue de Cuba por motivos políticos ni económicos sino porque hay seres que, como en su caso,  tienden a la errancia), con estancias prolongadas en La Habana  y a la que le importa más el performance a realizar que el hecho de ser o no una buena cantante, representa esa diáspora en la que lo cubano es una parte pero no un todo. 

Con el agudo columnista Alejandro Armengol, comparto su idea de que ella haya cantado en la Fiesta Latina durante la toma de posesión del presidente Barack Obama y que pocos meses después, la vocalista residente en New York se presentase en la Plaza de la Revolución como parte del macroconcierto organizado por Juanes en Cuba, puede (y debe) subrayarse como un dato significativo, no en el planteamiento de un vínculo directo entre uno y otro evento sino en la evidencia de un elemento común entre ambas actividades. 

Tras una votación por la presidencia de Estados Unidos, en la que el clásico enfoque del exilio cubano intransigente resultó perdedor, la actuación de Cucu en La Habana junto a figuras como Miguel Bosé, Olga Tañón, Luis Eduardo Aute, Orishas, Silvio Rodríguez, Carlos Varela, los Van Van… y su posterior gira por el país (la primera llevada a cabo por un músico cubano no residente en Cuba y recogida en el filme Amor crónico, del actor devenido realizador Jorge Perugorría), constituyó otra derrota para la línea recalcitrante de Miami y señal inequívoca de los tiempos que, quiérase o no, están por venir.

Un texto de Carlos Victoria

Un texto de Carlos Victoria

Decididamente, en mi caso personal, tengo que estar agradecido al coronavirus. La solidaridad despertada durante estas semanas de reclusión ha posibilitado que en numerosos sitios de la red de redes se hayan puesto de forma gratuita libros a los que por diferentes razones me ha resultado imposible acceder en el pasado. 

Así, he descargado trabajos de autores como Antonio Benítez Rojo, Ahmel Echevarría, Ena Lucía Portella, Jorge Enrique Lage, Guillermo Rosales, Leonardo Padura o Carlos Victoria. De este último, una figura fundamental en eso que los académicos denominan canon literario cubano, he incorporado a mi biblioteca digital los títulos La travesía secretaPuente en la oscuridad y la colección Cuentos completos, publicada por la editorial Aduana Vieja. Dicho compendio  de narraciones de Carlos Victoria se abre  con un texto que resulta premonitorio de su muerte prematura y que Miradas Desde Adentro pone a consideración de sus lectores.

Génesis 

Carlos Victoria 

Mi padre y mi madre me dieron la vida y han sido en gran medida el centro de mi vida y mi escritura. Mi padre por su ausencia, mi madre por su presencia. Estoy marcado por una lejanía y una cercanía. Por supuesto que hay mucho, mucho más, pero si la muerte fuera una empresa en la que yo tuviera que pedir trabajo, y me exigiera un resumen conciso para darme el empleo, un curriculum vitae de pocas palabras, tendría que dedicarles a ellos dos la mayor parte de ese escueto texto. 

Como escritor al fin (mi vocación empezó desde niño), he tenido conciencia de eso que llaman, y no puedo eludir los lugares comunes, la brevedad de la vida, la transitoriedad de las cosas terrenas. Pero ahora que por primera vez padezco de una enfermedad que puede ser mortal, y el final se presenta como algo palpable, y no como esa imagen nebulosa e incluso levemente deseada (nunca he pensado en la muerte con temor, sino más bien como un hombre con sueño piensa en una siesta, que pospone porque tiene otras cosas que hacer), me pregunto si me queda tiempo para escribir esa novela que calculo tendría unas mil páginas y que llevo en la cabeza desde hace dos, tres años, y de las que sólo he terminado con satisfacción las primeras diez. He eliminado el resto de lo que he hecho hasta ahora, un centenar de cuartillas de calidad dudosa en las que me metí por rutas falsas y que me condujeron a un atolladero, a un genuino callejón sin salida. 

Tal vez yo sobreviva, y llegue incluso a concluir esa larga narración sobre un hombre de Miami cuyo rostro cambia y regresa a Cuba sin que ninguno de sus conocidos pueda reconocerlo. Pero la incertidumbre me obliga a iniciar un escrito más breve, mientras estoy en esta especie de salón de espera. 

Además, en estas circunstancias no tengo ganas de escribir ficción. Me sorprende esta frase. Nunca he podido llevar un diario, ni me ha atraído la posibilidad de una autobiografía. Tampoco sirvo para los ensayos, ni siquiera para los artículos. Soy narrador de historias; eso es todo. La “realidad” de un diario o una autobiografía jamás me ha convencido; si intentara hacer cualquiera de los dos me volvería un farsante. Y sin embargo, me hallo en este sitio donde debo esperar. Y como la ficción me ha abandonado, al menos por ahora, es válido que escriba lo que sienta. 

II 

Empecé por hablar de mi padre y mi madre. ¿Qué tenían en común esos dos seres? Muy poco, si exceptúo la vehemencia. Hoy, cuando ambos ya están muertos, puedo verlo. Este rasgo provocó en los dos resultados distintos. En mi padre, la intensidad se tradujo en pasión por conquistar mujeres, en idealismo (¿o en mera vocación de aventurero? ), al punto de que renunciando a su clase social se integró al ejército revolucionario y ascendió hasta volverse mayor, convirtiéndose más tarde en un miembro de la elite comunista de Cuba. Es decir, que regresó a su clase, con sus poderes y sus privilegios. Por otra parte, la intensidad se tradujo también en alcoholismo. En mi madre, la vehemencia tuvo una consecuencia más rápida y concreta: a los 25 años, poco después de darme a luz, se enfermó de esquizofrenia. Él se adentró de cabeza en el mundo, con sus brillos sociales y sexuales, su cuota de traiciones y lealtades, su complicada red de logros y fracasos, de goces y dolores, de orden y caos, y ella renunció al mundo para internarse para siempre en la cárcel de su imaginación. 

Uno de tantos contrastes: mi padre, según él mismo y casi todos los que lo conocieron, fue un hombre generoso y desprendido (excepto con mi madre y conmigo, algo que se apresuró a admitir cuando viajé a Cuba para conocerlo en 1994), pero fue a la vez fuente de disgustos para sus allegados, por su carácter terco, su fanatismo político y sus etapas de libertinaje, ya que era un alcohólico funcional al que de repente le daba por beber para al final volver a una abstinencia que duraba semanas y hasta meses, hasta la próxima ronda de borracheras. Mi madre, por el contrario, fue una gran egoísta, sin que ella pudiera remediarlo. El egoísmo es marca distintiva del enfermo mental. No hay lugar para la generosidad ni el desprendimiento. 

Pero mi madre, dentro de su egoísmo, vivió completamente para mí, y me integró de forma radical a su universo de dioses y fantasmas. Indiferente a toda realidad, se concentró en sí misma, en su fantasía y en su único hijo. Libre de compromisos sociales, de las mentiras que exigen todas las relaciones, mi madre mostró sin tapujos su verdad. 

¿Qué tengo de ellos dos? La vehemencia, sin duda. Y sí, la generosidad y el egoísmo. La facilidad de mi padre de acercarse a la gente y la necesidad de mi madre de escapar de la gente. Estas contradicciones conllevan un precio que me he visto obligado a pagar, a veces puntualmente y otras con demora. Pero a la larga pienso que he cumplido. 

III 

En el camino de explicarme a mí mismo, pues me doy cuenta de que este texto tiene ese objetivo, es lógico que empiece por mi madre y mi padre. Pero no me engaño: los genes son un fundamento, pero no lo son todo. Además, incluso si lo fueran, ¿cómo aclarar ese lenguaje totalmente cifrado, cómo interpretarlo, cómo desmenuzarlo? Puedo intentar resumir ciertas características de esas dos personas a quienes debo hoy estar aquí, pero al final mi madre es un misterio. Mi padre igual. No hay retrato, por profundo, por meticuloso que me esfuerce en hacer, que dé una idea de lo que ellos fueron, ni tampoco de lo que soy yo. 

¿Qué son los datos, cuando se trata de una vida humana? Poca cosa. Una brújula sin ton ni son que apunta a varios rumbos a la vez. Puedo decir: mi padre fue un alcohólico y yo soy un alcohólico. Mi padre tuvo cáncer y ahora yo tengo cáncer. Si me ciño a esas pruebas, mi padre se vuelve un ser monstruoso, y nuestro vínculo sería el inaceptable del verdugo y la víctima. Puedo decir: mi madre estaba loca y yo heredé, filtrada y transformada, su dolencia mental. Además, más que un hijo yo fui el padre de ella, su enfermero, su bastón, su guardián. Su enfermedad me llevó a usar una suerte de camisa de fuerza. Pero eso sería una repetición del esquema de verdugo y víctima. No es así. No. 

Esos datos tan burdos no definen la trama enrevesada de mi propia existencia, ni de mi relación con ellos dos. El amor por mi madre se convirtió en pesar, pero también en gran realización. A ella le debo posiblemente mi creatividad, mi comprensión de los seres humanos (el que comprende a un loco comprende a todo el mundo), mi visión amplia, en la medida en que una visión puede serlo, de la vida y de las circunstancias. La ausencia de mi padre en mi infancia y en mi juventud, aunque me hizo daño, me evitó el lastre del autoritarismo, que hubiera sido un mal mucho mayor. Y nuestra breve relación, desde el 94 hasta el 2005, el año de su muerte, estuvo matizada por una especie de ironía afectuosa, por una mutua naturalidad que he sentido con pocas personas. El conocerlo, el verle frente a frente, el conversar con él, eliminó casi completamente el rencor que le tuve desde que era muy niño, el resentimiento que me inspiraba esa foto sin rostro, esa figura sin cuerpo ni facciones que había dejado una huella brutal en mi madre y en mí. Es decir, que como en esos libros y esas películas de finales felices, la mayoría ridículos e inverosímiles, yo me he reconciliado con mi madre y mi padre. Eran ellos, con sus limitaciones, los que yo requería. No los cambio por nadie. 

Claro, que no es tan simple. Por ejemplo, cuando mi madre murió, en diciembre del 2000, todo el odio a mi padre que acumulé durante tantos años, y que yo daba por eliminado, resucitó de pronto, implacable y feroz. 

En un puro arrebato irracional no concebía que a mi madre le hubiera  tocado morirse primero. Era el razonamiento de un demente. Durante  semanas me resultó imposible hablar por teléfono con mi padre, por temor a  insultarlo. Pero a los pocos meses, cuando al fin lo llamé, el mero hecho de  escuchar su voz borró una vez más todo el rencor. No tengo explicaciones  para esto. Luego él se enfermó de cáncer y yo fui a Cuba para despedirme. 

Y el Día de los Padres del 2005 me decidí a llamar para felicitarlo. Nunca  lo había hecho antes. Aunque ya lo había perdonado desde hacía mucho  tiempo y, como dije, nuestra relación tenía una calidez y una espontaneidad  extraordinarias, me parecía el colmo felicitarlo en un día semejante. ¿Cómo  podía felicitar a un padre que jamás se comportó como tal desde que nací  hasta que cumplí 42 años? Pero por tratarse de que estaba enfermo, lo hice.

Tuvimos como siempre un diálogo de afecto y simpatía. Al día siguiente mi  padre cayó en coma y murió tres semanas después. 

Estos son apenas momentos. Hubo miles, millones de momentos  distintos en que mis sentimientos hacia ellos dos cambiaron. Sería absurdo  tratar de enumerarlos en este breve texto. Sólo deseo dejar constancia de  que la difícil relación con ambos me ha hecho ser en buena medida lo que  soy. 

IV 

Si hablo de génesis y de cimientos, debo también mencionar a Cuba. Para bien y para mal nací allí. ¿Por qué el lugar de origen influye sobre uno? Sé que hay personas indiferentes a su país natal, y hay otras que se sienten, con todo su derecho, ciudadanas del mundo. Tal vez esa es la actitud razonable. Pero son excepciones. Aunque mi vínculo profundo con Cuba se ha desgastado en los últimos años, esa nación me ha marcado hasta hoy. Allí viví hasta los 30 años, y aunque en etapas, por cansancio o despecho, he sentido que ya no soy cubano, lo cierto es que jamás podría ser otra cosa, a pesar de que desde hace 20 años soy ciudadano norteamericano. 

¿Es que acaso uno espera de la patria lo mismo que uno espera de los padres, quiero decir, protección y lealtad, motivos para enorgullecerse? Al parecer en mi caso fue así. Pero la patria, aparte del paisaje, las ciudades, el  clima y los caprichos de la geografía, se sustenta en gobierno y ciudadanos. Gente. Y es allí donde la patria mía me ha causado una enorme decepción. 

Al igual que mi madre, mi patria se enfermó de esquizofrenia. Y lo que  pude aceptar en mi madre (muy a regañadientes, tengo que confesarlo), no  he podido aceptarlo jamás en Cuba y los cubanos. No quiero añadir más. 

Roles 

La sucesión de roles. En vano he tratado de escapar de su yugo. Los roles definen la conducta, las apariencias, el hablar o el callar, la forma en  que uno se relaciona con los otros o les vuelve la espalda. Los roles que uno asume con conciencia y los que adopta por instinto, o por razones que ni  uno mismo sabe. 

¡Ah, el desfile de roles! El intercambio, la metamorfosis, el círculo  vicioso de los roles. 

Me ha obsesionado ser un yo indivisible, sin fracturas ni máscaras; he  luchado contra el atropello de múltiples personas dentro del ser que  responde a mi nombre. En la época en la que bebía y consumía drogas, me  desgarraba la conciencia de los oscuros Mr. Hydes que dominaban mi  mente y mis acciones. Al menos puedo decir que cuando al fin superé mi  adicción y alcoholismo, las fases más siniestras de mi conducta y de mis  pensamientos en gran parte desaparecieron. 

Y sin embargo, a medida que envejezco, y la enfermedad que padezco  actualmente me ha hecho más viejo en cuestión de semanas, me doy cuenta  de algo que siempre he sabido, pero nunca he aceptado: no hay tal yo  indivisible. La unidad soñada por Parménides es un espejismo cuando se  trata de cada individuo. Entre otras cosas, porque persiste la multitud de  roles. Y yo he asumido los más diversos a lo largo de toda mi existencia, sin  poder evitarlo. Quiero dar de mí mismo una imagen cabal, sin recurrir a la  mentira y a la hipocresía, pero eso es imposible. 

¿Por qué valoro en tan alto grado —y en esto me parezco a mucha gente — la integridad y la sinceridad? ¿Se trata de una ética que nació conmigo,  que aprendí en el camino o que me impuse por mera terquedad? Por  supuesto, está bien que uno intente tenerlas. Pero vivir es interpretar roles, y  esos roles exigen, en el mejor de los casos, ser flexible. 

He aquí algunos de mis roles, y ni siquiera puedo enumerar la cuarta  parte de los que he asumido desde que tengo uso de razón: el rol del  escritor, el del amante, el del solitario, el del buen hijo, el del mal hijo, el  del pecador, el del santo, el del escéptico, el del creyente, el del juerguista,  el del abstemio, el del lujurioso, el del ascético, el del masturbador (uno de  los roles más persistentes desde mi adolescencia), el del responsable, el del  irresponsable, el del fracasado, el del triunfador, el del humilde, el del  orgulloso, el del maestro, el del alumno, el del voyeur (otro rol persistente),  el del tímido, el del audaz, el del rencoroso, el del perdonador, el del  pensador, el del irracional, el del entusiasta, el del indiferente… y así puedo  seguir hasta el agotamiento. 

Pero basta. 

Prefiero seguir escribiendo ficción.

De lo de la semana pasada. Una conversación con Lino Betancourt.

De lo de la semana pasada. Una conversación con Lino Betancourt.

Hace exactamente veintiún años, viviendo en La Habana mientras hacía la investigación para mi tesis doctoral sobre la comercialización de la cultura y la música en Cuba, entrevisté a Lino Betancourt. Había hecho amistad con él durante mi trabajo de campo etnográfico en Radio Taíno, el cual tuvo lugar intermitentemente entre 1996 y 1999. 

Betancourt en aquel entonces era autor intelectual y conductor del único programa de la emisora dedicado a la Vieja Trova, Cita con la Trova, y un gran conocedor y erudito de esa tradición musical. Mi objetivo al entrevistarle era tomarle el pulso a la situación de dicha música en el panorama comercial que se estaba desarrollando en aquel momento en que pequeñas compañías discográficas extranjeras incursionaban en Cuba en busca de nuevas fuentes de materia prima musical. Eran en su mayoría empresas españolas -y alguna que otra británica, francesa o norteamericana registrada en un tercer país- que no temían al bloqueo comercial estadounidense sino todo lo contrario. Buscaban la ventaja que ese aislamiento comercial les daba al no tener competencia de las multinacionales. Sin embargo, estas disqueras, en pos del éxito comercial en sus países, prefirieron la música bailable, y guiaban sus decisiones según la recepción de la música entre la audiencia nacional, suponiendo que lo que hacía bailar a los cubanos, haría bailar al público.  En Radio Taíno, sin ir más lejos, era incomparable la audiencia de un programa de salsa como De Cinco a Siete, con el de Cita con la Trova. De hecho, hacía unos meses que el programa que Betancourt realizaba desde 1989, había sido cambiado a un horario de madrugada por ese motivo.

No es sorprendente, pues, que aquellos productores extranjeros que pusieron su atención en la música tradicional cubana fueron minoría, como minoritaria fue su penetración en el emergente mercado internacional de las músicas del mundo donde casi todos ellos se insertaban. Productores como Eduardo Llerenas, de Discos Corasón, en México, o Manuel Domínguez del sello español Nubenegra, fueron algunos de los que se aventuraron más allá de La Habana, con un instinto a veces más musicológico que comercial. Proyectos como el de la Vieja Trova Santiaguera, mencionado en esta entrevista por Lino Betancourt, se insertan en esa corriente dirigida a un público entendido y no tan joven: el público urbano de la world music que acogería de brazos abierto al Buena Vista Social Club, éxito que tomó de sorpresa a todo el mundo, y no solamente en Cuba. 

Visto desde el presente, Lino Betancourt fue un visionario que nunca perdió la confianza en la vigencia de la música tradicional para el público de hoy. Él entendía el poder de los medios de comunicación en la formación de los gustos y las preferencias del público, y sabía que una vez los mismos se tradujeran en dinero, el panorama musical de un país se reconfiguraría por fuerza, y que quedaba en manos de las instituciones públicas servir de correctivo, ya que una cultura representativa y democrática no es necesariamente la que el mercado haya de propiciar. 

Lo que Betancourt, ni nadie en la industria de la música en Cuba en aquella época entendió, fue que el potencial comercial de la música tradicional cubana sólo podía desarrollarse “modernizando” el sonido mediante la potenciación de algunos de los elementos que justamente lo hacían sonar antiguo. Ello, además, requería de un marketing que al mismo tiempo también uniera modernidad y tradición: una tradición vista desde un presente consciente de su abandono. Requería, en otras palabras, de una cierta “orientalización.”  Mientras, en La Habana, la peña de Compay Segundo en la Casa de la Amistad apenas atraía a unos cuantos turistas, con su pobre sonido y aún más pobre visualidad, en esos mismos días Ry Cooder y Wim Wenders le vendían al mundo no sólo una “materia prima” sino una imagen y una narrativa que conectó con corazones y bolsillos. Fue justo a los pocos días de la presentación tanto del documental de Wenders como del proyecto musical Cooder en La Habana – a los que asistí y que tuvieron lugar en el cine Chaplin, el 26 y 27 de marzo de 1999, por estricta invitación y con muchos asientos vacíos – que conversé con Lino Betancourt sobre estos temas. 

Lino y su esposa me recibieron calurosamente en su apartamento del Vedado. Recuerdo el sol que lo inundaba, resaltando la sobriedad y limpieza absoluta del lugar. Lino Betancourt nunca rechazaba una oportunidad de conversar sobre lo que más amaba: la música tradicional cubana.  A continuación, editados y seleccionados, incluyo algunos segmentos de aquella larga entrevista. Era el 20 de Abril de 1999.

AHR.  Cuénteme de su vida profesional.  ¿Cómo se inició usted en la radio? 

LB. Yo provenía de Radio Rebelde, donde era también vicepresidente del Círculo de Periodistas de Turismo de Cuba. Al iniciarse Radio Taíno en 1985 como una emisora eminentemente dedicada al turismo, la dirección de Radio Rebelde estimó mi traslado a la nueva emisora. Y me sentí bien porque el perfil de Radio Taino era de turismo, y además tenía como premisa fundamental la música cubana, y como yo soy un entusiasta de la música cubana, pues vi los cielos abiertos. Dije, ‘me voy a hacer dos cosas que a mí me gustan mucho, turismo y música.’ Y empecé allí cuando se fundó, en noviembre del 85, a cargo del noticiero de la mañana.

AHR. ¿Y se escuchaba?

LB. Desde luego, aunque yo siempre pensé que el turista no oye nunca Radio Taíno, ni antes ni ahora. En las entrevistas que yo les hacía por ahí a los turistas, que entrevisté a muchos turistas, les preguntaba si escuchaban Radio Taino y no sabían que cosa era. Y en el interior, bueno, pues en Santiago de Cuba, desgraciadamente nunca se ha escuchado bien Radio Taino. Ahora mismo, yo fui en marzo, al Festival Nacional de la Trova Pepe Sánchez, me hospedé en un hotel que no tiene ningún tropiezo de sistemas para interrumpir las comunicaciones, Villa Trópico, un hotel que esta fuera de la ciudad, y pude coger Radio Taino una sola mañana, pero con una interferencia tremenda. Entonces hablé con la gente allí, amigos míos y amantes de la trova que han seguido el programa de Cita con la Trova, pese a que ya no tiene la audiencia que tenía antes, porque lo quitaron de por la tarde y lo pusieron nada más que a las seis de la mañana, y me dicen, ‘nos cuesta mucho trabajo escuchar Radio Taino.’ 

AHR, ¿Y cómo fue que pasó de informativos a hacer ese programa?

LB. Mira, yo siempre… Yo he sido un fanático de la música trovadoresca, de la trova. Desde hace como 35 años he venido escribiendo artículos para toda la prensa, nacional e internacional, acerca de música, y específicamente de trova. Y siempre anhelé tener un programa de trova, pero no me daban esa oportunidad porque era reportero. Periodista en activo, y tenía que ir a cubrir esto, tenía que ir al interior, a los festivales de turismo, a la convención de turismo. No tenía tiempo. Entonces cuando yo cumplí 60 años, que es la edad que dice el Ministerio de Trabajo que uno se puede retirar, aunque yo estoy perfectamente bien, de salud, de mente y de todo, digo, ‘me voy a retirar’. Y lo plantee en Taíno y pusieron el grito en el cielo. En ese tiempo vino Pedro Pérez de director, y le propuse lo del programa. Y Pedro Pérez me dice, ‘tráeme el proyecto.’ Y les gustó. “¡Bueno, empieza ya!” Y comencé a hacerlo. Eso era en el 89. Y no estuve jubilado nunca. Pero me quedé sólo con el programa.

AHR. ¿Y le redujeron el salario?

LB. No. Porque el programa lo pagan, y entonces completo bien mi salario. Aunque me lo hubieran reducido, no importa. Hago lo que siempre yo he anhelado hacer y lo que me gusta hacer.

AHR. ¿Siempre ha sido grabado?

LB. Grabado siempre.

AHR. ¿Quién lo dirige? 

LB. ¿Ahora? Un muchachito nuevo que pusieron ahí que se llama Rey Noa. Uno jovencito él alto. Y antes Migdalia, que lo dirigía muy mal. Me alegro muchísimo que ya no lo dirija. ¡Porque estaba acabando con mi programa! ¡Acabando con mi programa estaba! [risas] ¡Todo el mundo me lo decía! ¡Me quería poner música que no era de trova! ¡Lo que se le ocurría a ella! Como ella no sabe lo que es trova, ni lo que es son, ni lo que es guaracha, ni lo que es música moderna, ni lo que es música antigua, ni lo que es nada, entonces me hacía unas producciones, y yo decía, ‘esto que cosa es?” Entonces no me quedó más remedio que ver a Pedro Pérez. Y por fin tomaron las aguas su lugar, y volví a hacer mi programa de trova.

            AHR. ¿Pero usted que es lo que hace en el programa? ¿Escribir?

LB. Mira, yo lo escribo, busco la música, lo conduzco, y hago la locución. Nada más que hay que montarlo y ya. Yo pudiera dirigirlo, pero no quiero. Tengo muchísimo trabajo. Tengo muchas cosas que hacer. Yo escribo muchos libros.

AHR. ¿Por qué el cambio de segmento horario?

LB. Hasta hace como un año mi programa se transmitía a las seis de la mañana, y se retransmitía a las cuatro de la tarde.  Digo mi programa, porque es lo que yo más quiero como periodista. Mi programa de “Cita con la Trova”. Y fue gracias a Pedro Pérez que yo tengo ese programa actualmente desde hace diez años ya. Pero hace como un año vendieron el espacio de las cuatro de la tarde. Lo compró una empresa, o una firma, no sé qué cosa. Sólo sé que una firma patrocinadora compró ese espacio. Pedro Pérez me dio una explicación. Me dijo, ‘yo no quería quitar Cita con la Trova, ¡pero tú sabes que nuestra emisora tiene que recaudar dinero!’.  

Eso perdió mucho espacio. Perdió mucha audiencia. El 80% creo yo. O el 90%. ¿Porque quien oye un programa a las seis de la mañana? Ni yo. ¡Ni yo lo oigo! Aunque te quiero decir una cosa. Para sorpresa mía, por la calle me llaman y me dicen, ‘oí hoy el programa tuyo, que bonita canción…’ Y en Santiago de Cuba, pese a que la audiencia en Santiago de Cuba es fatal, por problemas técnicos, me he encontrado personas… Mira, te voy a contar una anécdota. Yo fui a ver a Daniel Castillo, un trovador octogenario ya, y muy buen trovador y muy bien compositor, que tiene números muy bonitos, que se cantan por los trovadores, y fui a su casa. Y me dice, ‘todas las mañanas te escucho; paso muchísimo trabajo, pero te oigo.’ Dice, ‘y, es más, mira, ahí están tus programas.’ Digo ‘¿Dónde están mis programas, tú de que hablas?’ Dice, ‘¡mira!’ Y me enseñó como cincuenta cassettes. Dice, ‘yo lo grabo todos los días.’ Digo, ‘¿pero tú haces eso?’ Dice, ‘mira, coge un cassette cualquiera.’ Y cogí al azar un cassette, y lo puse en la grabadora, y ahí salió mi programa. Con regular sonido. Con interferencias… ¡Pero estaba ahí! ¡Estaba ahí! Y hay una señora, aquí en el Vedado, que se llama Irma Rodríguez, que vive en J esquina a 23. El padre de ella era santiaguero. Estuvo enfermo de cáncer. Y oye mi programa todos los días a las cuatro de la tarde. Y cuando él se sintió morir, llamó a Irma, la hija, y le dijo, “Irma, ven acá, quiero que tú me prometas una cosa, hija, que cuando yo me muera, vas a seguir escuchando este programa.” Y se murió como a los tres días. Y entonces Irma escucha el programa y lo graba también. Y me enseñó unas grabaciones que tiene. Entonces ella me escribió, y yo fui a su casa. El día del aniversario de la muerte del padre, yo le llevé un ramo de flores, que pagué de mi bolsillo. No lo pagó la emisora, lo pagué yo. Digo, ‘mire Irma, ve al cementerio, ¿tú vas a al cementerio mañana?’ Dice ‘si’. Digo, ‘hazme el favor, llévale este ramo de flores a tu padre de parte mía.’ ¡Se emocionó mucho ella! Y yo también me emocioné, claro. Yo no le conocía a ese señor, pero la hija, Irma, que es la que oye el programa, por recuerdo del padre, y por mandato del padre, me llama constantemente aquí a la casa, y me escribe a la emisora… Es decir, que son vivencias muy interesantes. Son como premios que uno recibe. 

Pero las seis de la mañana no es un horario óptimo, los oyentes ínfimos. No es la cantidad de oyentes que tenía antes. ¡Que incluso cuando yo fui a Santiago de Cuba hace poco me dijeron, ‘oye quitaron Cita con la Trova!’ Digo, ‘no, es a las seis de la mañana’. – “¡A las seis de la mañana!” Entonces, nadie sabía que era a las seis de la mañana. ¡Yo quisiera que mi programa lo auspiciara una firma comercial! Yo quisiera eso para que me pusieran un horario estelar. Y además para que no corriera el riesgo de que alguien se enamorara de ese horario y me quitaran el programa. Porque si viene un comercial y dice, ‘yo quiero hacer un programa a las seis de la mañana y voy a pagar tanto a la emisora’, psssst, ¡adiós programa ya! Pero si una firma comercial me auspicia mi programa, pues entonces tendría cierta seguridad de que no me lo van a quitar nunca. ¿Te das cuenta?

AHR. ¿La música del programa de donde la saca?

LB. Bueno, mira, casi toda la música la he buscado yo. Los trovadores me dan sus cintas. Antes cuando tenía posibilidad de que grabaran en Radio Taino, en el estudio de Radio Rebelde, yo llevaba a los trovadores, y ellos grababan ahí y me quedaba con la cinta para mi programa. Otras veces trovadores de Sancti Spiritus, por ejemplo, trovadores de Santiago de Cuba, graban en una emisora de Santiago de Cuba, graban en una emisora de Sancti Spiritus y me dan la cinta. Los trovadores famosos, como por ejemplo Eliades Ochoa, Compay Segundo… … ¡Que no eran famosos antes pero que ahora son famosísimos! Hasta tal punto que ya no actúan en Cuba, sino en el extranjero. Que tienen CDs, discos compactos, y entonces cada vez que graban un compacto me lo dan enseguida, y vienen aquí a mi casa y me lo traen. Por amistad. A ellos no les interesa siquiera que lo pongan en la emisora, porque total, ellos no necesitan ya propaganda. Ellos tienen contratos para cien años ya, mientras vivan. Pero como son amigos míos, y saben que yo soy fan de ellos, y que me gusta ponerlo, pues entonces mira… ahí lo tengo.

AHR. ¿Entonces el Grammy a Buena Vista Social Club no ha hecho que su programa se valore más? 

LB. No me ha afectado ni me ha beneficiado. Ni el boom que está teniendo la música tradicional cubana en Europa, tampoco me ha beneficiado. En Radio Taíno han entrado muchos muchachos, muchos jóvenes, que no aman nuestra música cubana. Dicen que esto es música de viejos, que es música antigua. La música, ni es de viejos, ¡ni es música antigua! ¿Entonces Beethoven que cosa es? Si Benny Moré es música de ayer, entonces Beethoven y Mozart ¿de cuándo es? ¿De la semana pasada?

En Cuba, tú sabes que ese gran entusiasmo por la música tradicional cubana que tiene Eliades Ochoa, que tiene la Vieja Trova Santiaguera, que tiene Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y toda esa gente… En Cuba no se dan por enterados de eso. En Cuba dicen, ‘ah, ganaron un premio, ah que bueno, aplaudir’. Y se acabó. Y no se vende su disco. ¡Sal a comprar un disco de Compay Segundo, a ver si tú encuentras! En ningún lugar. ¡Sal a comprar un disco de la Vieja Trova Santiaguera! ¡No lo hay! 

AHR. De Compay Segundo si, se vende una antología.

LB. Si, una que yo tengo aquí, ahora se lo estaba diciendo por teléfono a Rey Noa. Pero esa hace poco ahora, porque antes no había, no había ningún disco. ¿Buena Vista Social Club se ha vendido en Cuba? ¡No se ha vendido! Sin embargo, en los Estados Unidos, en Francia, en España… se venden todos estos discos.

AHR. ¿Usted supo cuando se grabó? ¿Estaba al tanto de que se estaba grabando?

LB.  ¡Siempre! ¡Como no! Sí, sí. Me lo dijo Compay Segundo. Que iba a grabar eso. Inclusive fui a su casa, y estuvimos hablando de esto. Y me lo dijo Eliades Ochoa también, que es gran amigo mío. Decían que alguien tiene que venir del extranjero a ocuparse de nuestra música, sin embargo, en Cuba no se ocupa nadie de nosotros. Y es verdad.  Aunque estaban un poco escépticos, porque decían, ‘¿y cómo ahora?, al cabo de tantos años, si nosotros estamos jubilados, y esta gente, están locos…’ ¡Pero bueno! Lo hicieron, primero por amor a la música, porque ellos son gente muy enamorada de su arte, gente que nunca pierde el sentido, el sentimiento, ese gran cariño que tienen a lo que han hecho durante toda su vida. Y en segundo, porque les dieron un dinerito para vivir. 

Mira, yo hace unos años, a mí me daba una pena tremenda ver a Santiago Crea, la voz prima de la Vieja Trova Santiaguera, con los fondillos rotos, con una javita en Santiago de Cuba, caminando así, pasaba por la Casa de la Trova, y digo, ‘Santiago, que vaya bien!’ Y dice, “Que vaya bien, Lino, que vaya bien.” Y seguía de largo. Ni llegaba a la Casa de la Trova. Pobrecito. Iba al mercado, ¡qué sé yo! ¡Mal vestido! Y hace como dos años, yo voy… El año pasado o el antepasado, voy a un festival de trova en Santiago de Cuba, donde iba la Vieja Trova Santiaguera, y yo voy en el mismo avión con Reinaldo Hierrezuelo, muy amigo mío, desde que estaba con Los Compadres, ¿no? Salimos de La Habana, y cuando llegamos a Santiago de Cuba, me encuentro en el aeropuerto a Santiago Crea, ¡con un traje negro azul!! ¡Lindísimo! ¡Cortado a la medida! ¡Unos zapatos de charol relucientes! ¡Un sombrero de castor y una corbata de seda! ¡Le di un abrazo! Le di un abrazo emocionado. Digo, ‘caramba, que bien’. ¡Que contento me sentí! Que contento me sentí, de ver este hombre, como ha resurgido a la vida. Lo vi más fresco, más lozano, haciendo chistes, contento, ¡con sus dientes puestos de nuevo! ¡Ya tiene cinco CDs, la Vieja Trova Santiaguera! ¡Ahora está haciendo una gira por diecisiete ciudades de España, con un éxito tremendo! ¡Tremendo, tremendo! Entonces, bueno, y por qué en Cuba no hicieron eso. ¿Por qué la EGREM no les grabó a ellos? ¿Por qué la EGREM no le grabó a Compay Segundo? ¿Ah, hay que esperar que vengan de fuera a grabarles? ¿De fuera tiene que haber sido? De los Estados Unidos, de España, ¡de Francia! Mira, ahora mismo vino aquí un francés, que se llama Sirius Martínez. Apellido Martínez. Yo lo conozco. Ha venido aquí a la casa varias veces. Hizo un disco para la firma Erato Disc. Francesa. Con viejitos trovadores que estaban ya… Mira. Erato Disc. Lo grabó en Santiago de Cuba. Las Hermanas Fáez, de Camagüey. El trío Miraflores, de Sancti Spiritus. Zaida Reid, que es una viejecita que en Santiago de Cuba la tienen cantando en la Casa de la Trova como una limosna. ¡Ahora se va para Francia! ¡Para París! A presentar el disco este. Las Hermanas Ferrin, que se habían jubilado ya, ¡y estaban sin hacer nada! Él fue y las buscó en el Reparto Chicharrones, creo que Vivían, y las puso a cantar con el Orfeón Santiago. Cantan maravillosamente.  ¡Y mira, el CD es fantástico! Yo lo tengo en Radio Taíno, yo lo pongo en mi programa. Él me trajo el CD, y me trajo el cassette, porque yo no tengo aparato para escuchar CDs en casa. 

AHR. Hábleme de su colaboración con Eurotropical.

LB. Eurotropical se enteró a través de los músicos de que yo conocía mucha gente que hace música cubana. Por ejemplo, una amiga mía que se llama Mayelín Naranjo, que grabó un disco ahora muy bueno para Eurotropical… 

Mira, yo te voy a hacer la historia de esa muchacha. Yo voy de jurado al festival de música popular Sindo Garay que se celebra en Bayamo cada dos años y me hablan de ella. Y que tesitura tiene esa muchacha con esa voz…. Tendrá una tesitura quizá de contralto. ¡Levantó al público! ¡Ganó once premios!  Entonces le dije al marido de ella, un gran músico, arreglista. Le digo, ‘chico, ustedes tienen que irse para La Habana, y buscarse horizontes nuevos, aquí en Bayamo…’ Vivían en Veguita, un pueblecito que esta entre Bayamo y Manzanillo. Le digo, ‘¡váyanse de aquí! ¡Se está echando a perder la voz de esta muchacha aquí!’ Entonces vinieron, ‘no, que no tenemos donde vivir en La Habana…’ Pero bueno, por fin encontraron un pariente, y tuvieron la suerte de llegar adonde está este señor, Segura, González Segura [director de Eurotropical]. Él la oyó, se enamoró de su voz, y se la llevó para Tenerife. Ya grabaron un CD, y están viviendo ya en Tenerife y ¡tiene un dossier de prensa tremendo! 

A partir de ahí, Segura se apoyó en mi para descubrir a algunos músicos que están por ahí olvidados. Fuimos hace poco a hacer una audición a Sancti Spiritus y

audicionamos el coro de clave espirituana, que es el único coro de clave que existe, y que hace este tipo de música. Formidable. Unas voces exquisitas, maravillosos. Audicionamos el mejor trio de América, que se llama Cuerdas de Oro. De Sancti Spiritus. ¡Es el mejor de América! ¡No cabe duda! Vimos allí un quinteto formidable. El Quinteto Cali. Maravilloso quinteto. El Conjunto Espirituano. Conjunto de sones, que tiene un cantante fabuloso, Marrero, que tiene ya cerca de ochenta años. Y una voz tremenda de sonero. El Septeto Juvenil de Sancti Spiritus. ¡Tremendo septeto! Tan bueno como Jóvenes Clásicos del Son, o quizás mejor. Y sin embargo, viven en Sancti Spiritus, están allí y nadie se acuerda de ellos. Pero como yo viajo por toda la República oyendo música, fuimos allá, y creo que van a contratarlos por Eurotropical. Aquí en La Habana le presenté…

AHR. ¿Cuánto hace que trabaja con ellos? 

LB. Hace como un año, pero no me pagan absolutamente nada. 

AHR.  ¿Y por qué?

LB. Porque mi pago lo recibo yo con la satisfacción de que mis amigos van a grabar para una firma importante de discos. ¡Gente que se iban a morir sin oír sus voces grabadas en un disco! Y gracias a mí, van a tener un disco compacto. Y eso es una satisfacción para mí tremenda, ¡¡y es el mejor pago que yo puedo recibir, muchacha!! ¿por qué me van a pagar a mí?, ¡si yo no he hecho nada! ¿Qué hago yo? ¡Nada!

            AHR. ¡Usted hace de intermediario!

            LB. ¿Pago por intermediario? ¡Eso no se paga!

            AHR. ¡Sí, cómo no!

            LB. Ah, bueno, que yo sepa… Bueno, ¡a mí no me pagan nada! El pago que yo recibo es la satisfacción de que esos viejitos y que esa gente olvidada va a grabar. Y que van a coger su dinerito también, y van a comer caliente. ¡Yo me siento muy contento, muy contento! ¡Mira! La mejor voz de Cuba, inédita, está en Santiago de Cuba. Una muchacha que se llama Zulema Iglesias. ¡Tremenda! ¡Tremenda! Canta con un quinteto con un hermano de ella, dos hermanos de ella y una muchacha. Precioso. ¡Hay que grabarle a esa muchacha! ¡Antes de que esa muchacha pierda su voz!  Mira, Voces del Caney, un dúo de dos voces, primo y segundo, ¡maravilloso! ¡Cantan canciones tradicionales cubanas al más puro estilo! Tal como las cantaban Sindo Garay, Alberto Villalón, Manuel Corona, Rosendo Ruiz, Salvador Alas, todos los grandes de la trova. ¡La cantan auténticamente! ¡No han grabado un solo disco! Se los presenté a Eurotropical. Van a grabarles ya. El Septeto Típico de Sones, fundado en el año 1924, el único septeto que tiene botija y marimba de flejes. Nada más que grabó un disco hace muchísimos años. Los viejitos se están muriendo ya. Ahora van a grabar. Para Eurotropical. Ah! ¿No me pagan? ¡Si me pagan! ¡Cómo no! ¡¡La satisfacción inmensa!! Y la contentura que tengo yo cuando esa gente va a firmar su contrato, que yo los vea en el estudio grabando. ¡Eso para mí es el mejor pago, muchacha! ¡No siempre el mejor pago es recibir dinero, acuérdate de eso! A veces el pago es la satisfacción de ver a sus amigos felices y contentos. Por lo menos para mí. ¡Yo tengo una gaveta llena de medallas! Y un stand lleno de diplomas. Pero cuando una persona en la calle me felicita de todo corazón, me da un abrazo, porque yo he hecho un trabajo bueno, eso vale más que una medalla. Yo me siento muy feliz con eso.

En recuerdo de Guillermo Rosales

En recuerdo de Guillermo Rosales

Cuando me preguntan si en estos días estoy muy aburrido por la reclusión a la que nos ha obligado el coronavirus, tengo que decir que no. Ello responde a que en las semanas transcurridas desde que comenzó la epidemia en Cuba, he podido acceder a una cantidad de libros que durante años había buscado infructuosamente y que ahora, por obra y gracia de la pandemia, han sido liberados para su descarga en incontables sitios de la red. 

Entre los autores que más he disfrutado por los días que corren está Guillermo Rosales, de quien por ejemplo, de una sentada mi novia y yo nos leímos su novela Boarding home (La casa de los náufragos), todo un clásico de la literatura cubana y que estoy convencido de que en el futuro será parte de los programas docentes de nuestras letras, más allá de las diferencias del autor con el sistema sociopolítico imperante en Cuba. 

Mientras tengo en cola para leer su novela El juego de la viola y que bajo otro título fue finalista del Premio Casa de las Américas en 1968, reproduzco en Miradas Desde Adentro una excelente investigación llevada a cabo por la periodista Ivette Leyva Martínez y que ojalá sirva para motivar el interés por la obra de Guillermo Rosales, un grande de nuestra cultura.

Guillermo Rosales o la cólera intelectual[1] 

Pocos escritores cubanos encarnan, como Guillermo Rosales, el 

paradigma de la frustración, el fulgor del genio, el tormento de la 

insatisfacción y la locura. Murió a los 47 años, pobre, solo y olvidado; 

destruyó la mayor parte de su obra y en vida solamente publicó una novela 

de corte autobiográfico, Boarding home [La casa de los náufragos] (1987), 

premiada con el voto de Octavio Paz en un concurso literario local. Mas su 

éxito se apagó con los flashes de las cámaras. Hoy su novela es considerada 

por muchos un clásico de la literatura cubana, pero sigue siendo 

desconocida para la mayoría de los lectores. 

Boarding home[

2] 

cubre una dimensión dantesca de la vida. Es un viaje 

a los rincones más sombríos de la condición humana, y pocos son los que 

permanecen indiferentes ante esta visión. Humillaciones, suciedad, hedor y 

abusos físicos conforman el escenario donde pasa sus días el protagonista. 

Apenas hay un momento de piedad para el lector, un hálito de esperanza 

en las 100 páginas que narran, con descarnada precisión, los días del 

escritor William Figueras, enfermo de los nervios, en la atmósfera 

asfixiante de este refugio de indigentes, basurero de la sociedad miamense. 

El home no es hogar sino infierno, un círculo demencial donde los 

infortunados están condenados a reproducir a perpetuidad los estadios del 

ciclo de vida animal. Son «seres de ojos vacíos, mejillas secas, bocas 

desdentadas, cuerpos sucios»

[3]. 

Boarding home es una novela única dentro de la literatura cubana del 

exilio en los últimos cuarenta años. El protagonista habla desde la certeza 

de la derrota y la inestabilidad de la alienación. Define, desde el inicio, lo 

particular de su situación: «No soy un exilado político. Soy un exilado total.

A veces pienso que si hubiera nacido en Brasil, España, Venezuela o 

Escandinavia, hubiera salido huyendo también de sus calles, puertos y 

praderas»

[4]. 

No hay en esta obra, como tampoco en el último y aún inédito 

libro de Rosales, El alambique mágico, un atisbo de nostalgia, una palabra, 

una frase que denote añoranza por Cuba. 

El novelista Carlos Victoria, la persona más cercana a Rosales en los 

últimos años de su vida, cree que la falta de nostalgia de Rosales por Cuba 

se debía a un odio visceral. «Estaba alimentado por el odio, era su principal 

motor. Un odio contra la naturaleza humana. No perdonaba a nadie ningún 

defecto, ninguna debilidad, empezando con él mismo», recordó Victoria en 

una entrevista para Encuentro. 

El propio Rosales admitió que Boarding home era «una novela escrita 

con odio»

[5] 

y legitimó su visión apocalíptica de la realidad y su vocación 

nihilista: «Creo que la experiencia de quien vivió en el comunismo y el 

capitalismo y no encontró valores sustanciales en ninguna de ambas 

sociedades (sic), merece ser expuesta. Mi mensaje ha de ser pesimista, 

porque lo que veo y vi siempre a mi alrededor no da para más. No creo en 

Dios. No creo en el Hombre. No creo en ideologías»

[6]. 

Muchos de quienes lo conocieron en Miami lo recuerdan hoy con 

especial angustia. Era tremendamente irascible, mordaz hasta el sarcasmo, 

susceptible, agresivo hasta golpear, en ocasiones, a la gente más cercana a 

él. Al día siguiente volvía a tocar las mismas puertas, arrepentido. Sufría, 

pero no estaba en sus manos remediarlo: cada cierto tiempo padecía crisis 

de esquizofrenia; tenía visiones, oía voces, creía ver más allá de las paredes. 

Conservaba, a pesar de todo, un buen sentido del humor y, cuando estaba de 

ánimo, le gustaba hacer bromas. Su capacidad de fabulación era inagotable: 

durante una conversación era capaz de improvisar los relatos más 

increíbles, que luego iba desarrollando por espacio de algunos días. 

En la única entrevista que se le hizo en vida para la prensa, Rosales dice 

que sus personajes «casi todos son cubanos afectados por el totalitarismo 

castrista, guiñapos humanos»

[7]. 

En la novela, aunque el pasado levita sobre los personajes, su presencia 

es breve y tangencial: una loca se lamenta de las propiedades que le 

confiscaron en Cuba, otro chilla contra los comunistas, a los que ve en todas

partes. La voz del autor se desplaza en un presente tortuoso, infinito, con 

pocas referencias al pasado en Cuba y sin mostrar conflictos de identidad. 

La mayoría de las alusiones a la situación cubana develan el subconsciente, 

el universo onírico del protagonista. En sueños William Figueras regresa a 

Cuba y se enfrenta a Fidel Castro. Irónicamente, estas obsesiones de los 

exiliados, que en otras obras son reflejadas con amargura, se convierten en 

el único oasis de humor dentro de una narración seca y desgarradora: 

(…) soñé que estaba de nuevo en La Habana, en el salón de una 

funeraria de la calle veintitrés (…). De pronto se abrió una puerta blanca y 

entró un ataúd enorme cargado por una docena de viejas plañideras. Un 

amigo me dio un codazo en las costillas y me dijo: 

—Ahí traen a Fidel Castro. 

(…) Entonces el ataúd se abrió. Fidel sacó primero una mano. Luego la 

mitad del cuerpo. Finalmente salió por completo de la caja. Se arregló el 

traje de gala, y se acercó sonriente hasta nosotros. 

—¿No hay café para mí? —preguntó[

8]. 

Otras referencias a la posición de William Figueras con respecto a Cuba 

tienen un toque de amargor y sarcasmo: 

Es El Puma, uno de los hombres que hacen temblar a las mujeres de 

Miami (…). Jamás abrazará desesperadamente una ideología y luego se 

sentirá traicionado por ella. Nunca su corazón hará crack ante una idea en la 

que se creyó firme, desesperadamente (…). Nunca experimentará el júbilo 

de ser miembro de una revolución, y luego la angustia de ser devorado por 

ella[

9]. 

Las relaciones entre los indigentes que habitan el asilo se trazan sobre la 

rutina más primitiva: comer, dormir, hacer las necesidades fisiológicas, 

fornicar. William Figueras observa a los demás con frialdad, e interactúa 

con ellos bajo el signo de la crueldad que rige la vida del antro. La novela 

exhala violencia, que es uno de los rasgos distintivos de la obra de Rosales, 

como lo fue de su personalidad. Esa agresividad se expresa también en la

prosa bruñida, en la precisión de los verbos y los adjetivos, en el estilo 

tajante, como un golpeteo en el oído. 

Voy hasta Reyes y lo cojo fuertemente por el cuello. Le doy una patada 

en los testículos. Estallo su cabeza contra la pared. 

—Perdón… perdón… —dice Reyes. 

Lo miro con asco. Sangra por la frente. Siento, al verlo, un extraño 

placer. Cojo la toalla, la tuerzo, y doy un latigazo con ella en su pecho 

esquelético[

10]. 

A pesar de ser partícipe, el protagonista evalúa los acontecimientos con 

la más pasmosa lucidez y distanciamiento: 

Fue una burguesa, allá en Cuba, en los años en que yo era un joven 

comunista. Ahora el comunista y la burguesa están en el mismo lugar (…) 

que les asignó la historia: el boarding home[

11]. 

Tan pronto Rosales llegó a Miami, se le declaró incapacitado por 

problemas mentales y nunca trabajó. Boarding home, escrita unos cinco 

años después, es el testimonio de su vida en Estados Unidos, que 

transcurrió sobre todo en boarding homes, con intervalos en hospitales 

psiquiátricos, en algún que otro hotelucho y en un pobre apartamento. 

Fueron siete años de desamparo, pobreza y corrosión. No gustaba de los 

grupos sociales y tenía pocos, pero fieles amigos. Entre los más cercanos 

estaban, además de Carlos Victoria, Reinaldo Arenas, el poeta Esteban Luis 

Cárdenas —el Negro de Boarding home, hoy también pobre y olvidado en 

uno de esos asilos—, Carlos Quintela, Rosa Berre y el escritor colombiano 

Luis Zalamea. 

Las relaciones con la parte de la familia que ya residía en la ciudad 

fueron difíciles y no contribuyeron a detener su descalabro emocional: 

Creyeron que llegaría un futuro triunfador (…); y lo que apareció en el 

aeropuerto (…) fue un tipo enloquecido, casi sin dientes, flaco y asustado, 

al que hubo que ingresar ese mismo día en una sala psiquiátrica porque

miraba con recelo a toda la familia y en vez de abrazarlos y besarlos los 

insultó (…). Una mancha terrible en esta buena familia de pequeños 

burgueses cubanos (…). La única que se mantuvo fiel a los lazos familiares 

fue esta tía Clotilde (…). Hasta el día en que, aconsejada por otros 

familiares y amigos, decidió meterme en el boarding home; la casa de los 

escombros humanos[

12]. 

Había salido de La Habana rumbo a Madrid a los 33 años, en julio de 

1979, y pudo llegar a Miami en enero de 1980. Estaba dispuesto a hacer su 

obra fuera de la isla. 

En Cuba se había sumado al entusiasmo inicial de la Revolución; fue 

uno de los primeros en subir a la Sierra Maestra para alfabetizar. Luego 

obtuvo una beca para estudiar derecho diplomático y consular en la Escuela 

Especial del Servicio Exterior. De uniforme verde olivo, camisa gris y botas 

de media caña, se le apareció un día a Carlos Quintela, quien entonces 

dirigía el semanario juvenil Mella, órgano de la Asociación de Jóvenes 

Rebeldes y luego de la Unión de Jóvenes Comunistas. Tendría 14 o 15 años. 

«Quería dejar la escuela de relaciones exteriores, y trabajar para Mella, 

pero eso no se podía hacer sin contar con Fidel [Castro]. Allí ganaba 300 

pesos mensuales, y Mella pagaba 60 o 70. No hubo modo de convencerlo 

de lo contrario; al cabo del tiempo Aníbal Escalante le resolvió la liberación 

de la escuela», rememoró Quiniela[

13]. 

Trabajó para esa revista entre 1961 y 1963. Cuando se sentaba a la 

máquina de escribir era capaz de redactar los reportajes en un dos por tres. 

Tras publicar «Hondo», un fascinante relato sobre espeleología, Mella 

recibió una llamada de la Academia de Ciencias: Rosales había inventado 

14 nombres de formaciones geológicas, dijeron no sin cierta admiración los 

científicos. 

Era un fabulador incansable. Un jodedor con dotes histriónicas al que le 

encantaba hacer bromas y hablar con contraseñas. Obsesivo con los temas 

que le interesaban, impredecible, agresivo: así lo recuerdan sus amigos de 

entonces. Esa luminosidad se tomó en trágica opacidad hacia el final de su 

vida; con tal cúmulo de disonancias entre sus años juveniles y su adultez

que la imagen del joven Rosales tiene visos de irrealidad para quienes lo 

conocieron en Miami. 

En los sesenta, años de fogosidad creativa para los jóvenes periodistas 

de publicaciones como Mella, en la casa de Guillermito —como le decían 

los amigos—, en el Vedado, se reunían Silvio Rodríguez, Norberto Fuentes, 

Antonio Conte, Víctor Casáus y Eliseo Altunaga, entre otros, para oír 

música y hablar, insaciablemente, de todos los temas de este mundo. 

Leen y dibujan mucho sobre papel ahumado. Rosales duerme frente a 

un monstruo que ha pintado Silvio, inspirado en algún cuento de Poe. Le 

teme pero se regodea con la presencia de la imagen: lo feo, lo brutal, lo 

siniestro, lo acosarían noches y días, en angustiosa osmosis entre imaginería 

y realidad. 

Muchos de sus amigos ya conocen por esa época la novela Sábado de 

Gloria, Domingo de Resurrección, que él recita de memoria. Poco después, 

en 1968, quedó finalista del premio Casa de las Américas y obtuvo, por 

unanimidad, la recomendación de ser publicada, pero nunca lo fue. 

Todo lo que dice La Gaceta de Cuba en la breve reseña introductoria a 

dos capítulos, es que: «El protagonista es un niño influido por la lectura de 

los muñequitos [tiras cómicas] de la época anterior al triunfo de la 

Revolución»

[14]. 

Aparentemente, se trataba de una obra inofensiva, a salvo 

de la guillotina editorial. 

Pero sólo llegó a las librerías en 1994, y en Miami, donde se publicó 

postumamente bajo el título de El juego de la viola. La versión publicada 

diverge muy poco de la que apareció en La Gaceta de Cuba: el capítulo «A 

las dos mi reloj» pasa a ser «A la una mi mula», y «A las once campana de 

bronce» es «A las siete mi machete» en la versión definitiva. Un par de 

párrafos fueron suprimidos y hay cambios en los signos de puntuación; se 

añadieron onomatopeyas, y las oraciones son más concisas y cortantes; el 

sello personal de Rosales asoma desde esta primera novela: el estilo, un 

estilete, y la estructura narrativa, ágil, vertiginosa. 

La historia, en efecto, se sitúa antes de 1959, y narra escenas de la vida 

diaria de Agar, un niño fantasioso e infeliz que está en el umbral de la 

adolescencia. Las 95 páginas de la historia, contadas en tiempo pasado, 

están agrupadas en capítulos titulados con los versos del juego infantil de la

viola, que se convierte en una diversión maligna de los Chicos Malos, 

vecinitos del protagonista: 

—¿Criaturas…? ¿Por qué se odian? 

—¡Si estamos jugando! —exclamaron todos[

15]. 

El juego de la viola no es una lectura agradable. Agar vive en un medio 

hostil, donde los personajes de los cómics son sus únicos aliados, y su 

conducta fluye desde una tremenda agresividad y soledad interior. La 

imagen de la niñez es amarga y despiadada: 

¿Han visto ustedes un ser más diabólico que un niño? Los niños del 

trópico son engendros de la delincuencia[

16]. 

Es sintomático que Rosales no intentara seducir al jurado del premio 

Casa de las Américas con la historia de alguna epopeya guerrillera, tan de 

moda en esos momentos en América Latina. En cambio, hay en su novela 

un desasimiento total de las circunstancias políticas y del entusiasmo 

revolucionario de la época. Su osadía —o su ingenuidad— lo llevó también 

a presentar un texto que podría haberse convertido en buena tela para el 

corte de los censores oficiales: 

No. Definitivamente no le gustaban los comunistas. El Halcón, el 

Sargento York y todos los demás eran lindos, y los comunistas calvos y sin 

dientes. 

—Todos con el culo remendado —decía Abuela Agata—. Todos con 

olor a taller de bicicletas[

17]. 

Por si fuera poco, el padre de Agar, Papá Lorenzo, es un comunista 

fervoroso pero poco coherente: 

—Tu padre es un comunista muy extraño —dijo Abuela Ágata—. 

Primero recogía votos y organizaba huelgas y hasta me hizo votar por la 

Candidatura Popular. Y ahora se hizo contador público, y te quiere meter en

un colegio de ricos, y al carajo las huelgas, y los votos, y yo sigo afiliada a 

esa Candidatura Popular, ¿eh? ¡Ahora resulta que es rotario! Comunista y 

Rotario Internacional. No entiendo. «Es una cuestión de táctica», dice. 

»¿Táctica? Yo no entiendo nada de táctica. ¡Que me devuelvan mi 

carnet electoral! 

»¡Eso es lo que quiero![

18] 

El jurado de ese año del premio Casa de las Américas, integrado por 

Julio Cortázar y Noé Jitrik, entre otros, prefirió premiar La canción de la 

crisálida, de Renato Prada Oropesa, una novela sobre las guerrillas 

bolivianas. 

De haber sido publicada, la novela de iniciación de Rosales sería 

reconocida como precursora de una narrativa enraizada en las tradiciones 

populares de la cultura pop, que tuvo en Manuel Puig a uno de sus mejores 

cultores en América Latina. «Hubiera sido fundadora de un camino nuevo 

en la narrativa latinoamericana por su novedoso acercamiento al mundo de 

los cómics», opina el crítico Carlos Espinosa, quien considera que, al haber 

sido publicada después de tantos años, «es ahora una novela extemporánea, 

y uno hace de ella una lectura injusta». 

Tras salir del semanario Mella, en 1963, Rosales fue llamado al Servicio 

Militar Obligatorio, de donde fue dado de baja tras ingresar en el hospital 

de Mazorra, en La Habana, por problemas psiquiátricos. Aunque sus 

trastornos mentales ya se hacían notar, quienes lo conocían de cerca sabían 

que jugaba con ellos de tal modo que para algunos no era posible 

diferenciar una crisis real de una ficticia. Quizás como en Agar, el personaje 

de su primer libro, las fantasías se entronizaban en la vida real. «Me hice el 

loco», le contó a su buen amigo Quíntela, refiriéndose a su salida del 

servicio militar. 

«Odiaba la dictadura, no creía en la autoridad, era rebelde, todo lo ponía 

en duda.» 

En 1965 se unió a su familia en Checoslovaquia, donde el padre era 

embajador. Allí sufrió una larga crisis nerviosa. Más tarde viajó a la Unión 

Soviética, donde fue ingresado en un hospital psiquiátrico y le 

diagnosticaron esquizofrenia. De regreso a Cuba, entre 1966 y 1967,

también recibió tratamiento psiquiátrico, pero a diferencia de los soviéticos, 

los médicos cubanos creían que sólo tenía trastornos de personalidad. 

En los años siguientes transitó por varios puestos de trabajo, pero en 

ninguno estuvo más tiempo que en Mella. Fue maestro, constructor, 

oficinista, guionista de radio y televisión, colaborador de varias revistas. 

Sólo quería escribir. Su hermana Leyma cuenta que hizo una novela, 

Sócrates, tras leer la Paideia griega. «Sócrates lo enloqueció», rememora 

ella. «Para escribirla, se encerró en la casa durante un mes, sin salir a la 

calle. Más tarde la quemó. No he conocido otra persona con tanta capacidad 

de autodestrucción. Era como un esplendor que en cualquier momento se 

iba a apagar, sólo que no sabíamos cuándo.» 

No hacía versiones de sus obras; escribía y rompía papeles a la misma 

velocidad. La madre guardaba sus escritos bajo llave en el armario, pero él 

venía y desfondaba el mueble por detrás, y luego los destruía. En Cuba 

también destruyó otra novela sobre la Guerra de los Diez Años —que 

recordaron sus amigos Quintela y Rosa Berre—, y que recogía, entre otros 

temas, el papel de los hacendados ricos en la independencia, y la historia 

del ron cubano. 

Ya en Estados Unidos intentó reconstruirla, y lo hizo, en forma de 

noveleta, que también desapareció más tarde. Todo lo que ha quedado de 

ésta son dos o tres hojas manuscritas. En ellas trazó el boceto de una novela 

que «tratara de demostrar que la guerra del 68 sirvió grandemente para 

eliminar los regionalismos y crear un concepto de Cuba, psicológica, 

territorial y culturalmente»

[19]. 

Prefirió por aquel entonces escribir una 

narración histórica, eludiendo la realidad inmediata. 

Dado su estilo de trabajo, resulta sorprendente que conservara y sacara 

de Cuba una de las copias de lo que sería El juego de la viola. Escribió 

Boarding home en unos dos años. La novela refleja sobre todo el panorama 

de Happy Home, uno de los muchos asilos donde vivió. Allí, durante una de 

sus visitas, Carlos Victoria leyó las primeras páginas y comprendió que 

tenía en las manos algo especial. 

Fue Victoria quien llevó el libro a la primera edición del concurso 

Letras de Oro. «Guillermo era muy inseguro con respecto a lo que escribía,

siempre estaba muy insatisfecho. Me daba a revisar sus escritos, y luego me 

los pedía y los destruía. Así se perdieron muchos», relata el novelista. 

Octavio Paz, quien presidió la sección de novela del concurso, le 

concedió el premio a Rosales en enero de 1987. Debió de haber sido el 

momento más feliz de su vida. Muchos lo recuerdan en la noche de 

premios; estaba eufórico. Por primera vez, a los cuarenta años, alcanzaba un 

verdadero reconocimiento para su obra. En las fotos, con un smoking negro 

alquilado que le sobra en su cuerpo reseco, posa al lado de las 

personalidades del mundillo intelectual de Miami. Esboza una sonrisa 

tenue. 

«Unicamente en un país tan grande y libre como éste es posible que una 

minoría se exprese en su lengua nativa»

[20], 

declaró a la prensa, al tiempo 

que lamentaba que hubiera en Miami «tremenda pobreza en el mundo 

cultural cubano»

[21]. 

Ese raquitismo cultural del Miami de entonces determinó la decisión de 

poner fin a sus días. Tras su único instante de gloria, vivió los últimos seis 

años en el forzoso ostracismo del olvido. Letras de Oro no cumplió su 

objetivo de editar en inglés las obras de los autores ganadores. Al cerrarse 

el concurso y con éste los almacenes donde se guardaban las colecciones de 

los libros premiados, alguien decidió deshacerse de ellos mediante el fuego. 

El escritor colombiano Luis Zalamea, quien fuera consultor literario del 

Letras de Oro, quedó tan impresionado con la novela de Rosales que la 

tradujo al inglés. «Se la envié a un par de agentes literarios de Nueva York, 

quienes contestaron que el tema no tenía “mercado” en Estados Unidos.»

[22] 

Rosales estaba desesperado por publicar y le pedía a Zalamea que lo 

ayudara. Pero la perspectiva no podía ser más desalentadora: la mayoría de 

los escritores de Miami tenían y, aún hoy, tienen que costear las ediciones 

de sus obras. Como si tanta adversidad fuera poca, también se han visto 

obligados a lidiar con el estigma de Miami, por cuenta del cual la mayoría 

de las universidades, los círculos intelectuales y las editoriales europeas, 

estadounidenses y latinoamericanas han aislado durante décadas a los 

escritores cubanos del exilio, eludiendo reconocer y difundir sus obras. Los 

escritores cubanos de Miami han sido vistos, quizás, como las turbas de

exiliados enardecidos que en ocasiones han colocado a la ciudad en primera 

plana de la prensa mundial. 

Ahora, tras el desmoronamiento de la «alternativa social cubana» y la 

reevaluación crítica de la diáspora por parte de ciertos sectores, antes 

hostiles, el futuro se perfila algo más promisorio para ellos. 

Pero Rosales no pudo esperar. Marginal y marginado, por su carácter y 

su enfermedad, no tenía capacidad ni dinero para intentar abrir las puertas 

de las editoriales. Alcanzó a publicar fragmentos de El juego de la viola y 

de Boarding home en la revista Mariel[

23], 

y dos cuentos del volumen 

inédito El alambique mágico: «El diablo y la monja» y «A puertas 

cerradas», en Linden Lane Magazine[

24]. 

Entre 1988 y 1990 escribió El alambique mágico, del cual han 

sobrevivido dos copias casi idénticas. «El estaba insatisfecho con ese libro. 

Sabía que la calidad de los cuentos era muy irregular», recuerda Victoria. A 

pesar de que los doce relatos tienen distinta calidad literaria, en todos está el 

inconfundible estilo narrativo de Rosales. Los defectos de algunos, más que 

en la costura, parecen estar en la elección de los temas. El alambique 

mágico tiene además el interés de ser el único libro donde el hilo conductor 

narrativo no es autobiográfico. Es también el de mayor carga erótica, en 

momentos en que el escritor era consciente de que pocas mujeres se habrían 

acercado a él. 

Estaba muy delgado, había perdido todos los dientes y apenas se 

alimentaba. Si lo hubiéramos visto, enrumbando por la calle Flagler hacia el 

downtown, absorbiendo con fruición el humo del cigarrillo, el olor agrio de 

la ropa vagando sobre el cuerpo enteco, lo habríamos confundido con un 

indigente más. De sus años juveniles sólo parecían quedar el hábito de 

fumar constantemente y su sentido del humor. No oía la radio, no iba al cine 

ni veía la televisión, quizás en un intento por mantener su escritura 

incontaminada. 

En su último libro hay resonancias del convencimiento del autor de que 

«a la injusticia de la vida hay que responder con la violencia y la cólera 

intelectual, que es la que más daño hace (…). Mi mente sólo tiene cabida 

para lo que tengo que escribir, que espero sea mucho»

[25].

No escribió más, aunque su capacidad para crear historias permaneció 

casi intacta. El deterioro físico y mental en los últimos tres años de su vida 

fue vertiginoso. Siguió de asilo en asilo, y por último habitó un modesto 

apartamento del noroeste de Miami, con tan pocas pertenencias que parecía 

una celda monacal. Pocos lo visitaban ya: Victoria, Cárdenas, Zalamea y 

algún que otro más. Cuando Victoria lo iba a ver le llevaba un poco de 

dinero, cigarros, libros. «Tenía variaciones fuertes y rápidas de su estado de 

ánimo, propias de una persona con su padecimiento», dice. En los últimos 

tiempos, Rosales prefería leer a sus amigos cartas que él mismo les había 

escrito, antes que decir las cosas verbalmente[

26]; 

un proceso de sustitución 

progresiva de la expresión oral por la escrita. 

«Parecía una vela que flaquea»

[27], 

escribió a su muerte el periodista 

Orlando Alomá, recordando los últimos días de Rosales. La muerte de su 

amigo Reinaldo Arenas también lo afectó mucho. Durante meses, recuerda 

Victoria, lo llamaba todos los días, siempre cerca de las once de la mañana, 

para anunciarle que se iba a matar. «No creía que lo llegara a hacer», cuenta 

el amigo. 

Ni siquiera después de muerto el escritor, la obra ha gozado de 

reconocimiento. El único fragmento de Boarding home publicado en Cuba, 

bajo el título de «El refugio», se agrupó bajo el tema general de «Erotismo 

y humor en la novela cubana de la diáspora», que de por sí desvirtúa la 

esencia de la novela. Si bien hay en ella elementos de erotismo y humor, 

éstos se diluyen, se contraen, adquieren otra significación en el contexto 

terrible del boarding home. 

La mayoría de los críticos que se ocupan de la literatura cubana han 

desconocido o incomprendido la obra de Rosales. Se le menciona, a veces, 

en el contexto de estudios sobre la llamada «Generación del Mariel». 

«Cojo una pistola imaginaria y me la llevo a la sien. Disparo», escribió 

en Boarding home. La mañana del martes 6 de julio de 1993 el gatillo ya no 

era ficticio. Las cenizas de Guillermo Rosales descansan en el regazo cálido 

de Miami, la ciudad «indiferente y superficial donde también el ojo de Dios 

penetra hondo, y juzga, y castiga, y perdona»

[28]. 

Ivette Leyva Martínez

Miami, marzo de 2000 – septiembre de 2002

Notas

[1] Mi agradecimiento al poeta Néstor Díaz de Villegas, quien me sugirió esta investigación; a Delia Quintana y Leyma Rosales, madre y hermana del escritor, y al novelista Carlos Victoria, quienes colaboraron de forma indispensable. También al escritor Norberto Fuentes, que facilitó una de las copias de El alambique mágico. 

 [2] Los boarding homes son asilos privados de Estados Unidos donde se interna a personas discapacitadas física o mentalmente. 

 [3] La casa de los náufragos (Boarding home), Siruela, Madrid 2005, pág. 12. 

 [4] Idem, págs. 11 − 12. 

 [5] Entrevista en la revista Mariel (EE UU), año I, vol. 3, 1986. 

 [6] Idem. 

 [7] Idem. 

 [8] La casa de los náufragos (Boarding home), op. cit., págs. 84 − 85. 

 [9] Idem, págs. 27 − 28. 

 [10] Idem, pág. 37. 

 [11] Idem, pág. 33. 

 [12] Idem, págs. 14 − 15. 

 [13] Carlos Quintela meses después de conceder esta entrevista para Encuentro

 [14] La Gaceta de Cuba, n.º 74, junio de 1969, pág. 2. 

 [15] El juego de la viola, Ediciones Universal, Miami 1994, pág. 64. 

 [16] El juego de la viola, Ediciones Universal, Miami 1994, pág. 64. 

 [17] Idem, pág. 89. 

 [18] Idem, págs. 87 − 88. 

 [19] Papeles personales de Rosales facilitados por su familia. 

 [20] «Escritor miamense entre siete laureados con Letras de Oro», El Nuevo Herald (Miami), 23 de enero de 1987, pág. 2. 

 [21] «Certamen literario revela diversidad», El Nuevo Herald, 27 de enero de 1987, pág. 8. 

 [22] Luis Zalamea, «Elegía para Guillermo Rosales», El Nuevo Herald, 19 de julio de 1983, pág. 8-A. 

 [23] Aparecidos, respectivamente, en Mariel, año I, vol. 2,1986; año I, vol. 3, 1986. 

 [24] «Dos cuentos de Guillermo Rosales», en Linden Lane Magazine, vol. XI, n.º 2, junio. 

 [25] Entrevista en la revista Mariel, idem. 

 [26] En el cuento «La estrella fugaz», incluido en El resbaloso y otros cuentos (Ediciones Universal, Miami 1997), Victoria narra estos encuentros y las relaciones entre él, Rosales y Reinaldo Arenas. 

 [27] Orlando Alomá, «La breve infelicidad de Rosales», El Nuevo Herald, 27 de julio de 1993, pág. 17-A. 

 [28] El alambique mágico (copia mecanografiada).

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