Categoría: Cuba

Al reencuentro de Celestino antes del alba

Al reencuentro de Celestino antes del alba

“Pocos libros se han publicado en nuestro país, donde las viejas angustias del hombre de campo se nos acerquen tan conmovedoramente, haciendo casi de su simple exposición una denuncia mucho más terrible que cualquier protesta deliberada. Y junto con las angustias, el propio espacio en que se vive, la tierra, las plantas y sus nombres, el habla campesina, hasta las malas palabras, todo significado en el trajín de su agonía con la visión empeñada en transfigurarlo, y frente a la cual, para resistirle, debe todo apelar a su raíz, a su necesidad última.”

Las anteriores son palabras del gran poeta  Eliseo Diego, a propósito de la aparición en 1967 del libro Celestino antes del alba, debut en el mundo de las letras por parte de  Reinaldo Arenas y una obra de culto en el devenir de la literatura cubana.

Un jurado presidido por  Alejo Carpentier había galardonado la aludida narración en 1965, con una primera mención en un concurso convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Dicen que aquella edición cubana (la única obra de Arenas publicada en su país natal) se agotó en una semana. La novela es una defensa de la libertad y de la imaginación en un mundo conminado por la barbarie, la persecución y la ignorancia. 

Celestino antes del alba inicia el ciclo de una pentagonía integrada por esta novela, así como por las narraciones El palacio de las blanquísimas mofetasOtra vez el marEl color del verano y El asalto. Lamentablemente, la producción creativa de Arenas, quien salió de La Habana vía Mariel hacia Miami en 1980, es desconocida por el que debiera ser su público natural.

Como ha escrito el prestigioso investigador Carlos Espinosa Domínguez al referirse a Celestino antes del alba:

“El protagonista de la novela es un niño campesino que, para sobrevivir a la ignorancia del medio, se inventa un primo imaginario, Celestino. Este viene a ser su alter ego, el otro, el cómplice, el poeta que escribe en las hojas de los árboles y una de las personas que forman su personalidad. Su ingenua fantasía infantil se opone a una realidad vulgar y lo rescata del entorno inmediato, llevándolo a otro ámbito, la gran realidad, la verdadera realidad. Se va formando así un mundo de filiación mágica, hecho a la medida de sus anhelos y necesidades, y en el cual las cosas suceden y no suceden, las personas mueren y no mueren, el mundo es objetivo y no lo es. Alguien sugirió el rótulo de surrealismo tropical para definir esta sucesión de anécdotas fantásticas que mantienen una atmósfera poética, y donde las fronteras entre realidad y ficción no se distinguen”.

Obra debut de alguien nacido para escribir (al decir de José Lezama Lima) y cuyo valor emblemático no deja de aumentar, hoy en Miradas Desde Adentro publicamos un fragmento de esta novela, caracterizada en conjunto por ser una lectura sugestiva y al mismo tiempo inquietante

Celestino antes del alba (fragmentos)

Reinaldo Arenas

Mi madre acaba de salir corriendo de la casa. Y como una loca iba gritando que se tiraría al pozo. Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo. 

Corriendo llego y me asomo. Pero, como siempre: solamente estoy yo allá abajo. Yo desde abajo, reflejándome arriba. Yo, que desaparezco con sólo tirarle un escupitajo a las aguas verduscas. 

Madre mía, ésta no es la primera vez que me engañas: todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo, y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco, dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa. No. Ya estoy cansado. No te tires si no quieres. Pero tampoco digas que lo vas a hacer si no lo harás.

Lloramos detrás del mayal viejo. Mi madre y yo, lloramos. Las lagartijas son muy grandes en este mayal. ¡Si tú las vieras! Las lagartijas tienen aquí distintas formas. Yo acabo de ver una con dos cabezas. Dos cabezas tiene esa lagartija que se arrastra. La mayoría de estas lagartijas me conocen y me odian. Yo sé que me odian, y que esperan el día… «¡Cabronas!», les digo, y me seco los ojos. Entonces cojo un palo y las caigo atrás. Pero ellas saben más de la cuenta, y enseguida que me ven dejan de llorar, se meten entre las mayas, y desaparecen. La rabia que a mí me da es que yo sé que ellas me están mirando mientras yo no las puedo ver y las busco sin encontrarlas. A lo mejor se están riendo de mí. 

Al fin doy con una. Le descargo el palo, y la trozo en dos. Pero se queda viva, y una mitad sale corriendo y la otra empieza a dar brincos delante de mí, como diciéndome: no creas, verraco, que a mí se me mata tan fácil. 

«¡Animal!», me dice mi madre, y me tira una piedra en la cabeza. «¡Deja a las pobres lagartijas que vivan en paz!» Mi cabeza se ha abierto en dos mitades, y una ha salido corriendo. La otra se queda frente a mi madre. Bailando. Bailando. Bailando. 

Bailando estamos todos ahora sobre el techo de la casa. ¡Qué de gente sobre el techo! A mí me encanta encaramarme en las pencas de guano, y siempre encuentro algún que otro nido de totises acá arriba. Yo no me como los huevos de los totises, porque dicen que siempre están podridos, y entonces lo que hago es que se los tiro a la cabeza a mi abuelo, que siempre que me ve arriba de la casa, coge la vara larga de desmochar palmas y empieza a juzgarme como si yo fuera un racimo de palmiches. Uno de los huevos se le ha reventado a mi abuelo en un ojo, y yo no sé por qué, pero a mí me parece que se ha quedado tuerto.

Pero no: a ese viejo hay que sacarle los ojos con una garrocha, porque lo que tiene ahí es más duro que el fondo de una caneca. 

Bailando yo solo sobre el techo. A mis primos ya los he hecho bajar y están durmiendo entre los pinos. Dentro del cercado de ladrillos blancos. Y cruces. Y cruces. Y cruces.

«Para qué tantas cruces», le pregunté a mamá el día que fuimos a ver a mis primos. 

«Es para que descansen en paz y vayan al cielo», me dijo mi madre, mientras lloraba a lágrima viva y se robaba una corona fresca de una cruz más lejana.

Yo arranqué entonces siete cruces y cargué con ellas bajo el brazo. Y las guardé en mi cama, para así poder descansar cuando me acostara y no sentir siquiera a los mosquitos, que aquí tienen unas digas peores que las de los alacranes. 

«Estas cruces son para poder descansar», le dije a mi abuela, cuando entró en el cuarto. Mi abuela es una mujer muy vieja, pensé, mientras me agachaba bajo la cama. «Toma estas dos cruces para ti», le dije a abuela, dándole las cruces. Y ella cargó con todas. «Hoy hay escasez de leña», dijo. Y cuando llegó al fogón las hizo astillas y las echó en la candela. 

«¡Qué has hecho con mis cruces, desgraciada!», le dije yo, y, cogiendo un pedazo de cruz encendida, le fui arriba para sacarle los ojos. Pero con esta vieja no se puede jugar, y cuando yo tomé el palo encendido, ella cogió la olla de agua hirviendo que estaba en el fogón y me la tiró arriba. Que si no me aparto ahora estuviera en carne viva. «Conmigo no juegues», dijo abuela, y luego me dio un boniato asado para que me lo comiera. Yo salí para el guaninas, con el boniato a medio comer, y allí hice un hoyo y lo enterré. Luego inventé una cruz con una mata de guanina seca, y también la enterré junto al boniato muerto. 

Pero ahora debo dejar de pensar en esas cosas y ver cómo me bajo del techo sin que abuelo me ensarte con el palo. Ya sé: iré por entre las canales de zinc como si fuera un gato, y cuando él menos se lo piense, me tiro de una canal y salgo corriendo. ¡Ah, si pudiera caerle encima a mi abuelo y aplastarlo!

Él es el único culpable. Él. Por eso nos reunimos aquí yo y todos mis primos. Aquí, en el techo de la casa, como lo hemos hecho ya tantas veces: tenemos que planear la forma de que abuelo se muera antes de que le llegue la hora. 

Esta casa siempre ha sido un infierno. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos. Y abuela era la primera en estar haciendo cruces en todos los rincones. Pero cuando las cosas se pusieron malas de verdad fue cuando a Celestino le dio por hacer poesías. ¡Pobre Celestino! Yo lo veo ahora, sentado sobre el quicio de la sala y arrancándose los brazos. 

¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar, hasta en los respaldos de las libretas donde el abuelo anota las fechas en que salieron preñadas las vacas. En las hojas de maguey y hasta en los lomos de las yaguas, que los caballos no llegaron a tiempo para comérselas. 

Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de maguey por enmarañar. Ni el lomo de una yagua. Ni las libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas. 

«Eso es mariconería», dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino. Y ésa fue la primera vez que se tiró al pozo. 

«Antes de tener un hijo así, prefiero la muerte.» Y el agua del pozo subió de nivel. 

¡Qué gorda era entonces mamá! Sí que era gorda. Y el agua, al ella zambullirse, subía y subía. ¡Si tú hubieras visto!: yo fui corriendo al pozo y pude lavarme las manos en el agua, y, sin inclinarme casi, bebí, estirando un poco el cuello. Y luego empecé a beber utilizando las manos como si fueran jarros.

¡Qué fresca y qué clara estaba el agua! A mí me encanta mojarme las manos y beber en ellas. Igual que hacen los pájaros. Aunque claro, como los pájaros no tienen manos, se la toman con el pico… ¿Y si tuvieran manos y fuéramos nosotros los equivocados?… Yo no sé ni qué decir. Como las cosas en esta casa andan tan mal: yo no sé, a la verdad, ni en qué pensar. Pero, de todos modos, pienso. Pienso. Pienso… Y ya Celestino se me acerca de nuevo, con todas las yaguas escritas bajo el brazo, y los lápices de carpintería clavados en mitad del estómago. 

-¡Celestino! ¡Celestino! -¡El hijo de Carmelina se ha vuelto loco! 

-¡Se ha vuelto loco! ¡Se ha vuelto loco! -Está haciendo garabatos en los troncos de las matas. -¡Está loco de remate! -¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! ¡A mí nada más me pasan estas cosas! -¡Qué vergüenza! 

Fuimos al río. Las voces de los muchachos se fueron haciendo cada vez más gritonas. A él lo sacaron del agua y le dijeron que se fuera a bañar con las mujeres. Yo salí también detrás de Celestino y entonces los muchachos me cogieron y me dieron ocho patadas contadas: cuatro en cada nalga. Yo tenía deseos de llorar. Pero él lloró también por mí. 

Y nos cogió la noche en mitad del potrero. Así, de pronto, llega la noche en estos lugares. Cuando menos uno se lo imagina, nos sorprende. Nos envuelve, y luego no se va. Casi nunca aquí amanece. Aunque, desde luego, mucha gente dice que sale el sol. Yo también lo digo de vez en cuando. De vez en cuando. De vez en cuando. De… 

«Que en la casa no se enteren de lo que han hecho los muchachos», me dijo Celestino, y se secó los ojos con una hoja de guayaba. Pero al llegar a la casa, ya ellos nos estaban esperando en la puerta. Nadie dijo nada. Ni media palabra. Llegamos. Entramos en el comedor y ella salió por la puerta de la cocina. Dio un grito detrás del fogón y echó a correr por todo el patio, lanzándose de nuevo al pozo… Cuando yo era más chiquito, abuela me dio una gallina y me dijo: «Síguela hasta que encuentres su nido, y no vuelvas a la casa si no traes los bolsillos llenos de huevos». Yo solté la gallina en mitad del patio. Salió corriendo. Dio tres revoloteos en el aire. Y desapareció, cacareando por entre las mayas y las espinas. -Se me ha perdido la gallina, abuela. -¡Desgraciado! ¡Mejor sería que te murieras! 

Celestino se me acercó y me puso la mano en la cabeza. Yo estaba triste. Era la primera vez que me habían echado una maldición. Yo estaba triste y empecé a llorar. Celestino me levantó en alto, y me dijo: «Qué tontería…, debes ir acostumbrándote». Yo miré entonces a Celestino y me di cuenta que él también estaba llorando, aunque trataba de disimularlo. Y entonces comprendí que él todavía no se había acostumbrado. Por un momento yo dejé de llorar. Y los dos salimos al patio. 

Todavía era de día.

Había caído un aguacero. Y los relámpagos, que no se habían satisfecho con el agua, pestañeaban y volvían a pestañear detrás de las nubes y entre las hojas altas de las matas de cañafístulas. Qué olor tan agradable queda después de un aguacero… Yo nunca antes me había dado cuenta de esas cosas. Me di entonces. Y tragué aire con la nariz y con la boca. Y volví a llenarme la barriga de olor y de aire. Ya el sol no saldría, porque había demasiadas nubes. Pero aún todo estaba claro. Caminamos por debajo de las matas de anones y yo sentía el fango mezclado con las hojas, traspasando los huecos de mis zapatos. El fango estaba frío, y a mí se me ocurrió pensar que estaba caminando por entre la nieve y que las matas de anones eran pinos de Navidad, y que toda la familia estaba en la casa, entre un no sé qué tipo de abejeo y bulla, que hasta entonces no había yo oído. «Qué lástima que en este lugar no haya nieve», le dije a Celestino. Pero ya él no estaba conmigo. «¡Celestino! ¡Celestino!», grité yo, muy bajo, como si no quisiera despertarme y encontrarme en mitad de un fanguero.

¡Celestino! ¡Celestino!…

El Dany: «En un punto todos nos volveremos a reencontrar»

El Dany: «En un punto todos nos volveremos a reencontrar»

Desde que nací he vivido en San Leopoldo, Centro Habana. Todo el mundo sabe que en esta zona la mayoría de las edificaciones se encuentran en mal estado constructivo y que no pocas sobreviven dentro de la categoría de “estática milagrosa”, manera eufemística que tienen los arquitectos para decir que están a punto de derrumbarse. No es noticia, por tanto, que en áreas como la mía, Cayo Hueso, los Sitios…, predominen solares donde en una habitación con barbacoa conviven a veces hasta más de diez personas. 

Pese a tal realidad y a que las calles están destruidas y sin esperanza alguna de reparación por largo tiempo, quienes me conocen saben que me niego a mudarme de este sitio habanero, el lugar del mundo entre los muchos que he visitado en el que más me he sentido feliz. No sabría explicar las razones para ello, porque de aplicarle la lógica, el sentido común me impulsaría a marcharme a la carrera del barrio. Pero no lo hago y me parece que a estas alturas de mi vida ya no lo haré.

Haber vivido siempre en San Leopoldo, rodeado de gente marginal y con las que tengo la más sincera amistad pese a que sus intereses en muchos casos no coincidan con los míos, creo que me ha ayudado a que yo sea más tolerante y hasta mejor ser humano. Estoy convencido que de haber residido en un barrio de “élite”  como Miramar, por ejemplo, mi cosmovisión del mundo sería diferente.

En buena medida gracias a lo anterior y a que soy del criterio de que no se puede obviar el hecho de que cada tipo de música cumple una función social específica, jamás he formulado un mínimo pronunciamiento en contra de géneros como el reguetón o el trap y siempre he defendido el derecho que poseen sus cultores y consumidores de apostar por ambas manifestaciones. Incontables son las discusiones que en tal sentido he sostenido con algunas de mis mejores amistades del mundo intelectual y que discrepan radicalmente conmigo.

Se comprenderá, pues, que he estado en contra de las políticas de censura que en Cuba se han ejercido y se ejercen contra representantes de esas expresiones, cosa que no hago por defender una libertad abstracta o romántica, sino porque pienso que hay que estar a tono con la realidad circundante, la cual (gústenos o no) se produce  por razones que se obvian o no se quieren admitir. 

Aunque me ponga un poco denso, permítanme comentar que los discursos artísticos encuentran una fundamentación en la propia teoría marxista. Según Marx, la cultura, o cualquier otro fenómeno de la vida espiritual, tiene sus más hondas raíces en la vida social y material. Esto quería decir que para explicar cualquier fenómeno había que entenderlo no de una manera abstracta y aislada, sino dentro de un contexto social, político y económico. 

Por tanto, era necesario comprender la sociedad que le había dado vida a esa determinada inquietud de orden espiritual. Marx se percata de que cada época tiene su propia forma de interpretar la realidad, ya no sólo individual sino también colectivamente, y nos advierte de que los hombres se parecen más a su época que a sus padres. La comprensión de todo esto resulta fundamental si se aspira a entender el porqué en Cuba, desde hace 20 años,  se produce un fenómeno como el del reguetón y el trap, algo que ignoran los detractores de ambos géneros.

Fue desde semejante perspectiva que, cuando por las ventanas de mi vieja casa, empezó a llegarme la música de Yomil y El Dany, puesta a todo volumen en los bajos de mi vivienda o en los numerosos cuartos del solar de al lado, no me eran ajenas las frases empleadas en temas del dúo como “Te paso a buscar”, “Como te descargo”, “No me parece”, “Tengo”, “Rikaperry”, “Chona”, “Qué daño fue quererte”, “El bombazo” y “Síguete Moviendo”.

Sinceramente me parece que para entender la Cuba de la segunda década del siglo XXI, por demás harto compleja, hay que comprender el lenguaje, antilenguaje y los símbolos que figuras como Yomil y El Dany (entre otros tantos exponentes de la música urbana) manejan en su discurso. Es esa una asignatura pendiente tanto para los políticos como para la mayoría de los intelectuales cubanos, estos últimos caracterizados consciente o subconscientemente  por un elitismo mojigato.

Cuando hace unos pocos años atrás Amaury Pérez Vidal invitó a Yomil y El Dany a participar en un tema en un disco suyo, recuerdo la discusión que entonces se formó dada la denuncia del cantautor  de que las autoridades de la esfera musical le exigían no incluir al dueto en la pieza, algo a lo que Amaury se negó de plano.

Pensaba en todo lo anterior a raíz de lo sucedido a propósito de la muerte en la mañana del sábado 18 de El Dany o El Sensei, como también se le conocía, por ser ese el nombre de su propia línea de ropa. Es para reflexionar el modo en que la gente de Centro Habana reaccionó ante el suceso, con todas esas personas que de forma espontánea y sin que nadie los convocase, marcharon por Cayo Hueso en homenaje a Daniel Muñoz Borrego, otrora estudiante de medicina y que al morir solo tenía 31 años.

En mi cuadra desde todas las casas se la pasaron el sábado y el domingo sonando música de yomil y El Dany. La vigilia llevada a cabo en la esquina de San José y San Francisco, de la cual existe sobrado testimonio en las redes sociales, me hizo preguntarme quiénes son en verdad los ídolos y modelos de los chamas que viven en los solares de Cayo Hueso, Los Sitios o mi barrio de San Leopoldo.

Muchos admiradores de El Dany que no pudieron concentrarse en San José y San Francisco a las nueve de la noche del pasado sábado, reprodujeron en altavoces desde sus casas el tema “Amanece”, perteneciente al disco denominado MUG (Merecemos Un Grammy), en señal de tributo al desaparecido reguetonero. Resulta significativo que dicho corte no es solo idolatrado por los seguidores del traptón sino que instrumentistas de sólida formación académica también le descargan. Por eso no sorprende que tras enterarse de la noticia de la muerte de El Dany, los violinistas Zamir Muñoz Hernández y Rafael Lay Jr. Hayan subido a las redes una versión instrumental de “Amanece”.

Sucede que el pasado circunstancial de El Dany o El Sensei en el barrio de Cayo Hueso es el presente de la juventud que vive en esa zona habanera u otras como San Leopoldo, y de ahí que esos chamas sueñen con alcanzar el estatus social registrado por el recién fallecido. Poco o nada importa que la música urbana no sea producida por las disqueras oficiales cubanas ni promocionada por la televisión o la radio de Cuba. Eso ya no hace falta pues de ello se encargan las TICs, la aplicación de copia inalámbrica denominada Zapya y el canal de memorias y alternativo a la programación de las dependencias del ICRT  conocido como el Paquete Semanal.

Tengo que confesar que me ha sorprendido el hecho de que la prensa oficial cubana, desde el Granma hasta el Noticiero Nacional de la Televisión, se haya hecho portavoz de la noticia y que incluso, hubiese un pronunciamiento presidencial  en Twitter. Imaginé al principio que sólo en los medios para los jóvenes se daría la noticia, así como en  los no oficiales, donde por supuesto habría —como ya la ha habido— cualquier tipo de especulación (a la hora de vender, como se titulaba una vieja telenovela brasileña, vale todo). 

Empero, admito que me he quedado boquiabierto con el hecho de que la noticia haya sido portada de los segmentos culturales de los principales medios públicos cubanos. ¡Bravo por tal suceso! Y es más: como que hace años trabajo como periodista, sé que tal destaque informativo se corresponde con el contexto y lo que en él acontece a partir de la profusa circulación en Cuba de comentarios del suceso como los aparecidos en el ciberespacio de figuras Como Alex Otaola.

Ahora bien, esto contrasta con la realidad de que el fallecimiento de cubanos (tanto en Cuba como en la diáspora) con un quehacer destacado no recibe un abordaje parecido ni por asomo. Pongo una muestra en tal sentido. El pasado domingo 12 de abril murió en La Habana, víctima del coronavirus, el editor y mecenas cubano Víctor Batista Falla, alguien que ha trascendido por su gran obra en pro de nuestra cultura, sin embargo, ningún medio de prensa oficial informó de la noticia.

El nivel informativo que se le ha otorgado en Cuba a la triste muerte de El Dany debería ser la norma para todo tipo de sucesos lamentables como este. Un amigo, (periodista como yo)  con el que hablo del tema me dice:

“Era de esperar que un buen número de personas, especialmente de centro habana, se movilizaran por la muerte del muchacho ídolo «musical». Igual que los funcionarios sacaran sus notas de lamento. Raro que la hubieran sacado por el fallecimiento de un trovador como el yolo Bonilla. El populismo oportunista es una lacra nacional”.

Yo no estoy del todo convencido de lo que dice mi amigo o a lo mejor es que no quiero llegar a semejante conclusión y prefiero concluir el presente texto con el último mensaje que El Dany, El Sensei o Daniel Muñoz Borrego escribió en sus historias de Instagram: 

«Dejar algo guardado significa que siempre estarás aun cuando te marches… En un punto todos nos volveremos a reencontrar y caminaremos por un mismo sendero”.

Para recordar a Albis Torres

Para recordar a Albis Torres

Albis Torres

Aunque La Habana es una ciudad pequeña y promiscua, no conocí a Albis Torres. O tal vez sí, hasta fuimos amigos de algún modo secreto, gracias a las muchas lecturas que hice de textos suyos como los incluidos en la antología Usted es la culpable o a que nunca me perdía su extraordinario programa Palabras contra el olvido, transmitido en Radio Ciudad, en la época que la emisora ubicada en el quinto piso de N 266 evidenciaba que, talento mediante, sí se puede hacer una radio que valga la pena, bien distante de la mediocridad que hoy prevalece en la radiodifusión cubana.

Solo han transcurrido 16 años de que Albis Torres desapareciera físicamente el 15 de marzo de 2004 y sin embargo, los más jóvenes desconocen quién fue esta genuina creadora. Por eso, al margen de que yo no tuve el privilegio de visitar su apartamentico en Jovellar número 111 y participar en las charlas y discusiones que allí se daban sobre lo humano y lo divino entre personajes a los que admiro como Atilio Caballero o Lázaro Sarmiento, en la medida que puedo, intento que en Miradas Desde Adentro se mantenga viva la memoria cultural de este país. Así, para que el posible interesado de las nuevas generaciones tenga una mínima idea de quién es Albis Torres, reproduzco un texto sobre ella escrito por mi hermano Sigfredo Ariel y que sí fue un gran amigo de esta promotora cultural, poeta y directora de programas radiales.

DORMIDA SOBRE LA DICHA 

Por Sigfredo Ariel

Hace veinte años Albis Torres está sentada en una silla de oficina, mirando al objetivo de la cámara (mirándonos) con su linda cara burlona. Unos datos breves bajo la fotografía la describen de manera somera. En la página de al lado unos poemas: “Mamá está en el balcón”, “Ciencia ficción”, “Cocosí”… hablan acerca de ella más y mejor. Yo la había conocido fugazmente un par de años atrás, en Topes de Collantes; la había leído un poco antes en Breaking the Silences, aquella antología de escritoras cubanas que preparó Margaret Randall en el 76 o en una fecha cercana a ese año. Ahora (1985) coincidíamos en Usted es la culpable, con Reina María, Novás, Soleida, Marylin, Escobar, Osvaldo, Víctor, Bladimir, Lorente, Larrea, Codina… Formamos una especie de familia, me dice, y ya sabes, uno no escoge a sus parientes.

En aquellos años no había muchos refugios para los poetas, músicos y pintores jóvenes, gente errante y enamoradiza de los años 80. El más gregario y democrático se situaba en la casa que tenía Albis Torres en la calle Jovellar. En aquella sala diminuta nos conocimos muchos y estuvimos conversando (o discutiendo) a lo largo de siglos. Nos animaba a veces el nebuloso espíritu de “la venganza de Ceaucescu”, espécimen de vino tinto que cobraba muy alto al amanecer la locuacidad de la alta noche. Oíamos a la Burke y a Génesis, Pink Floyd, Ma Rainey, Afrocuba, Barroso, y a unos grupos alternativos ingleses, finlandeses o nigerianos que albergaban los casetes de Atilio Caballero y de los que nadie, salvo él, se acuerda, pero que conocieron instantes gloriosos en la reproductora aquella, instalada sobre la nevera mínima.

Por Jovellar número 111 pasaban también actores y actrices, productores, locutores de la radio, guionistas y directores de cine. Algunos artistas de mucho nombre iban a parar también, inevitablemente, al gran sofá Gollum sobre el cual dormimos algunos afortunados peregrinos, y se platicó sobre todos los asuntos posibles. Wendy Guerra ha escrito un hermoso poema sobre aquellas noches y una crónica y quién sabe si una novela.

Albis-imán, Albis-comedia-drama-sainete, Albis-poeta finísima, Albis-toda la música. Su amigo predilecto era Lázaro Sarmiento: “el mejor de todos nosotros”, nos decía a los demás, como si nos importara, porque al fin y al cabo nos alcanzaba con la cuota de su atención que nos tocaba, fuera un plato de arroz con almejas o la consulta sentimental o profesional, con su respuesta siempre imaginativa al sucesivo, más bien constante, ¿qué tú crees que haga, Albis?

Cuando necesitaba un abogado en las alturas, le rogaba al fantasma de Machito para que intercediera en un asunto irresoluble, como mejorar los parvos resultados académicos de Wendy. Si añoraba un lugar que visitar en el mundo, dividía su deseo entre Angkor y Florencia, y en su fonógrafo íntimo convivían Moraima Secada y Bob Dylan en apasionado maridaje. Se emocionaba con los versos de Walter de la Mare, Gastón Baquero ¿banense como ella? y Allen Tate, entre otros incontables. Creo que su galán imaginario fue Fayad Jamís, profesor suyo de pintura en los primeros años 60, en Cubanacán, con Rigol y Antonia Eiriz.

Me resulta extraño contar cosas de Albis en tiempo pasado, también de Fayad o Pepe Rodríguez Feo, que se marcharon de uno para siempre, igual que de otros amigos míos que ahora andan dispersos por el mundo: Damaris, Tosca, María Elena, Emilio, no sé cuántos más. Albis sentía vivamente sus huecos de ausencia particulares. Casi todos los días mencionaba a personas que echaba de menos y de las que apenas recibía noticias. A la vez detestaba lo que llamaba “encuentros con el pasado”, pues su nostalgia no era de un tiempo anterior, la bobería de la anécdota vieja, sino de la cercanía en el hoy y ahora de la gente semejante, del afín, del equivalente, incluso del antagonista o el revés. Ahora es que vengo a comprenderla, igual que a su poesía, que me revela hoy relieves que antes no había logrado advertir.

El número de la revista Matanzas dedicado a Marta Valdés* incluye un poema suyo: “Imagen de mujer desnuda dormida sobre un potro”. Permiso para un leve sobresalto (Lezama dixit) ahora que Albis se nos aparece.

Dócil bajo su carga

el potro ni ladea los costados

no sea que se caiga

y de repente rompa

como el cristal del agua con su hocico

este encantamiento. 

Busco los poemas que me dio una tarde “porque si los dejas conmigo los voy a cambiar y cambiar hasta desgraciarlos”. Reconozco los tipos de la misma máquina de escribir: tanque de guerra alemán con que escribía libretos para la radiodifusión ingrata con la que siempre o casi siempre estaba en deuda, pues, aunque concibiera y realizara programas y programas espléndidos ¿Palabras contra el olvido?, los agentes del aire siempre quieren, exigen más y, a cambio, dan un mínimo que apenas da para el sustento cotidiano, la electricidad, el agua, el gas, la latica de almejas. 

Me han contado a Europa.

Una y otra vez los buenos peregrinos

la sustraen de la noche nevada.

mis queridos indianos

entre cenas

frugales y tazas de café amargo

la deslizan ante mí

dibujada en una servilleta

allá en París o Rótterdam

o en la Praga antigua.

Ellos vieron al Giotto de mi alma

y al enorme joyán de Brunelleschi

contra el cielo de la sin par Florencia.

Europa ya me sabe a café amargo

y a comidas frugales.

Confieso tener un mapa de Pompeya

y una foto autografiada de Harold Lloyd

que me parece fiable.

Muchas veces, durante muchos años

me contaron a Europa

mientras las cariátides perdían mansamente

las narices.

Toda su obra ocuparía un volumen de modesta extensión. Rompió mucho, desechó, destruyó sus originales. Publicó pocos poemas, siempre movida por un encargo, el pedido de un antologador o alguien de una revista. Procuraba estar atenta a las noticias de la radio y la televisión, que interpretaba luego muy a su manera. Su mirada no estaba centrada en lo temporal, sino en los espacios y la historia de la gente, el tiempo pasaba sin que lo advirtiera. Siempre dejó para luego el reunir su poesía; en realidad, creo que no dio una sola página suya por terminada. Se sentía contemporánea de todo el mundo, por eso lograba entenderse con caracteres disímiles de todas las generaciones. Sus poemas están mezclados con la historia de Cuba, con su familia, real o fantasmagórica, la actualidad de sus amigos y con algunos puntos de su particular mapa del planeta, que era francamente albiscentrista. 

Hay mitos que nadie ha fabulado,

mitos como universos que habitan

en los seres humildes.

El mío son las olas y un hombre

que las vio diligentes hacer y deshacer,

el paisaje lunar de las Galápagos

y un hombre que no cruzó el océano

e imaginó, mil veces veinte, un viaje

sin riberas.

Mi país es ese instante único

que ahora mismo sucede en todas partes,

orillas de la tierra,

lugares a los que no sé ir

ni puedo, y llego sin embargo.

Amo esa alquimia de olas y pacientes orillas.

No hay mejor patria

ni asta en que poner

bandera alguna.

Amaba la novela gótica, a Bela Lugosi, al libro de Ezequiel, la gran poesía y la gran novela norteamericana del siglo veinte. Le gustaba compartir y leer en voz alta sus hallazgos. Sin embargo, creo que el nexo de comunicación que nos articuló de manera más honda fue la música, lengua común que se enriquecía de continuo. A veces aquel dialecto nuestro lleno de alusiones era ininteligible para quienes nos rodeaban. Adorábamos un tango de Gardel, titulado “Senda florida”, porque parecía encerrar nuestra particular ontología, basada en “las armonías de una dicha singular”. A los boleros que cantaba Vicentico Valdés en nuestra retentiva ¿cientos de ellos? se sumaban un buen día letras de Charly García, un guaguancó de Santos Ramírez (“perdió su barco Colón víctima de un terremoto”), la fase encantada de algún lied, la manera en que alguien (Sarah Vaugham) interpretaba a Lennon-McCartney. Descubrimos juntos muchos mediterráneos y mucho navegamos en ellos. Por no lograr penetrar en nuestra jerga hubo quien llegó a odiar el dueto que formamos.

Albis Torres rendía culto a la memoria viva de todas las cosas, canción o película remotas, una tarde junto a Eliseo Diego que con el tiempo ganaba cada vez nuevos matices e interpretaciones, el Banes de su infancia en el colegio cuáquero, el sabor verdadero de una fruta “que ya no sabe igual” y que en su delicadeza refugiaba su única, indefectible calidad. Por eso resultó tan absurdo que sus recuerdos se confundieran hasta disolverse en un limbo de mutismo en sus últimos años. No sé si porque barruntó su final, creía firmemente en la existencia de una dimensión que acompaña la nuestra, un espacio sin espacio donde no hay pérdidas, melancolía ni evocación, sólo lucidez en medio de las armonías de aquella dicha singular a la que aspiró siempre.

Por ahora

Dejémosla

no sea que la blanda dejadez de sus espaldas

nos diga que está muerta

o que de pronto

sepamos el color de su mirada

y ya no sea más

una mujer dormida sobre un potro. 

*Revista Matanzas. Año VI, Números 2 y 3, mayo-diciembre, 2005.

En el ochenta cumpleaños de José Kozer

En el ochenta cumpleaños de José Kozer

Profesor de literatura hispana durante tres décadas en Nueva York y luego en Vermont, José Kozer es uno de los grandes poetas cubanos de las últimas décadas, aunque en Cuba se conozca poco su obra. En el presente 2020, él cumple ochenta años de vida y en Miradas Desde Adentro queremos festejar dicho aniversario con la publicación de un par de poemas de quien, nadie lo dude, resulta uno de los autores vivos de obligatoria consulta en el actual panorama de nuestra literatura.

Retrato de anciano a plena luz del día

Ahora resulta que. Siempre tiene que haber

algo. Pega un puñetazo

en la mesa. Se retracta

en su interior, de

inmediato: eso va

contra la sana intención,

su nuevo fundamento,

de alcanzar la quietud.

Tranquilidad, no de

tranca. Cabeza baja

y aplaca. Erguida en

distensión la espalda.

Postura, postura, todo

es cuestión de postura.

Disciplina. Un buen

zurriagazo del Maestro

no le hace daño a nadie.

No le vendría de vez

en cuando mal. Y

coger camino sin

dar un paso.

Su monasterio, llevadero, es un cuarto de un

piso alto, zona subtropical,

ni terremotos ni volcanes,

sólo ciclones, y ésos

de la breva al higo: su

práctica diaria consiste

en no ver gente, no hacer

compromisos sociales

(sexuales) alimentar el

cuerpo con harinas sin

gluten (tapioca y alforfón,

ideales: los considera

claves, quizás la clave

de la longevidad): fruta

bomba, verdura de la

era (WholeFoods) no

escuchar las noticias

del día, cero revistas,

y menos cero periódicos:

leer a Stanley Elkin.

Ducharse lo considera práctica y ejercicio de

concentración al enjabonar

las zonas erógenas, tres

veces por semana: otra

base más de la vida

monástica. Se remite

a la vía negativa en

cuanto hace, sanas

son sus prohibiciones,

y luego de ajustar sus

costumbres, medidas

de cordura y moderación

a favor de la prolongación

paradiso terrestre del

cuerpo, se queda con

cuatro o cinco asuntos

aque atenerse: comer

frugal (fundamental)

lecturas edificantes,

a diario ver una

película bobera que

lo haga llorar, no

pensar, y estudiar

a la manera cubana

temas de filosofía

basados en preguntas

canónicas del tipo por

dónde le entra el agua

al coco, o sensu strictu

si el cangrejo camina

lateral o hacia atrás.

Para una biografía literaria

Las tardes se le iban en un abrir y cerrar de ojos,

las noches gravitaban

minuto a minuto en sus

pupilas: cerraba los

ojos que permanecían

abiertos minuto a

minuto, la noche

bogaba en sus

pupilas, imágenes

entrecortadas

aparecían para

desaparecer en

la superficie de los

ojos. Tal vez prender

la lámpara sobre la

mesa de luz, leer un

rato el libro de historia

dedicado a la época

manchú, tal vez poner

al día las cuentas de la

semana, oír un rato los

cuartetos últimos de

Beethoven, hacer la

lista de la compra o

concentrarse en uno

que otro de sus

diversos ejercicios

mentales y corporales

destinados a conservar

no hay de otra la salud

mediante la ataraxia.

Ya son años, por lo menos un lustro en que

no cambia su situación.

Nada sirve de nada, los

somníferos lo espabilan,

a veces sin embargo,

pero no, bien pensado,

a qué hablar. No dormir.

Se echa a reír, sólo de

pensar que dormiría

unas cuantas kalpas,

par de eones, de doce

a quince nuncas y un

par más de jamás (de

los jamases). En

absorta vigilia, ciencia

oscura de hipermétrope

que ausculta y ve que

no (se) ve nada. Orina.

Hace por relajar los

hombros, manos, en

la postura yacente ora

se pone de costado,

decúbito supino, prono,

corre a formar fila con

un montón de monjes

budistas que regresan

con sus cuencos

abarrotados de limosna

(arroz hervido) se pone

en fila, eran hormigas,

motas que en sus

pupilas de pronto

alzan el vuelo, unas

son cuervos, otras

grajas, todas en

última instancia la

inmensa redondez

de su insomnio.

Duerme. Algo se duerme por un rato. Se cree

despierto pero duerme,

no muy a fondo ni

mucho tiempo pero

al abrir los ojos se

siente refrescado, y

no está muerto.

Durmió boca abajo

en el regazo de la

madre, entre los

esqueléticos pechos

del padre, sumido

en la mansedumbre

teológica del abuelo

y entre unos bichos

candela que surgen,

o son jejenes o

cocuyos, de la

peluca que la

abuela ha descuidado

(demostración que ha

muerto).

Se va. Está despierto. Se lavó la cara, comió

dos huevos duros con

pan de cebada, y se

plantó ante el espejo

de medio cuerpo a

ver qué: se puso la

muñequera, mañana

se pondrá la tobillera,

alternará día tras día

ajorcas, coderas,

rodilleras, ríe: no le

sucede nada, está

entero de salud, por

Dios no le crean nada,

duerme como un lirón,

no hay cosa que haga

que no haga para

satisfacción del espejo

del botiquín o la luna

del tocador: y para

consentir su imaginación

que de la noche extrae

lo que durante el día

convierte a medias en

invención, a medias

en biografía.

Nos regresan al silencio

Nos regresan al silencio

Creo que podemos aprehender un libro, y mucho más si se trata del libro de un amigo, no cuando seguimos sus instrucciones en el prólogo y buscamos en cada palabra una esencia oculta, una pista o un vestigio para descifrar ese absurdo camino de regreso al autor, sino cuando, en el rapto estético, es el libro quien hace el trabajo. 

Cuando Carlos Ávila Villamar nos pide que leamos sus fábulas de noche y con paciencia, no quiere realmente – esté o no consciente de eso – que nos sentemos a leer con calma, después del baño y las vorágines del día, para que en un estado de sosiego podamos equipararnos a ciertos ritmos y experiencias contenidas en el relato y de ese modo podamos comprenderlo y disfrutarlo. 

Detrás de la interpelación se esconde el anhelo de que sea el texto mismo quien opere el cambio: el lector no ha de leer con paciencia, el texto, si está logrado, volverá las cosas todas, y por tanto la lectura, en noche y paciencia. 

Y en efecto, los relatos de Fabulario nos regresan al silencio. Nos vuelven un otro olvidado que ha exiliado de repente ese ruido de fondo, ese zumbar aberrante de ciudad que indefectiblemente reverbera hoy en cada objeto y en cada imagen. 

He leído el texto con voz ajena, seguramente la de un padre o una madre fabulados, y lo he hecho desde un pasado probablemente inexistente. A falta de palabras mejores, quizás se trate de un regreso nostálgico al momento de la infancia en que la experiencia estética no solo era la obertura por excelencia a la comprensión del mundo, sino que era la única obertura posible. 

La ciencia, la ética, la política, la justicia, todas las complejas construcciones que hoy en día sobreviven pensadas al límite, se encuentran cuestionadas en Fabulario precisamente a partir de la experiencia estética, que por supuesto se entiende en sentido amplio y se vincula a lo fantástico, lo místico, lo demoníaco. 

Fabulario puede ser el detonante para largos debates literarios y filosóficos. Tributan a ello en gran medida la selección de los espacios, lejanos y húmedos – quizás menos en el último cuento –; las actitudes, las ideas y los cambios de los personajes, y en especial las cualidades de la prosa, clara y depurada. 

CAV es consciente de que la narración no precisa de alardes innecesarios o enrevesadas acrobacias conceptuales, sino de ritmos sabiamente controlados, de vívidas sinestesias y de la fuerza que existe en el cuerpo mismo de las palabras, en el goce de decirlas internamente o en voz alta.

Este volumen I no es un libro perfecto. “Asimétrico” le ha llamado su autor en el prólogo, con la astucia de quien escoge la palabra asociada a la imparcialidad del número. No quiere decir esto que hayan malos cuentos. Todos fueron hilados, de hecho, con minuciosa religiosidad, y en mayor o menor medida, todos devienen una suerte de secuestro ineluctable. 

Sin embargo, dos de ellos, “Cola de zorro” y “Sol de medianoche”, resultan en mi opinión infinitamente superiores al resto. Algunos pasajes son tan poderosos que permanecen en la retina durante toda la noche, capaces incluso de violentar nuestros sueños y de turbarnos por completo al despertar. Sabrá el lector a cuáles me refiero. En cualquier caso se trata de un proyecto que comienza, de los primeros pasos de un escritor joven, pero que ya da signos evidentes de un futuro movimiento in crescendo.  

Poemas de Manuel Sosa

Poemas de Manuel Sosa

Este domingo 28 de junio, el poeta Manuel Sosa celebró su cumpleaños 53. Lo sé no porque él y yo seamos amigos sino gracias a Facebook, ese sitio que tanto me hace pensar en las viviendas solariegas de mi querido y destruido barrio de San Leopoldo en Centro Habana. De inicio, pensé en felicitarlo de forma pública, pero a la postre me pareció algo rutinario y a fin de cuentas forzado.

Preferí entonces dejar transcurrir 24 horas y en vez de tener un simple cumplido, dedicarle el espacio de hoy en Miradas Desde Adentro, con el añadido de compartir en el sitio algo de su excelente producción poética. Lo hago, sobre todo, porque las nuevas generaciones cubiches, tanto de lectores como de escritores, desconocen en su gran mayoría lo que en materia de literatura se hizo en este país durante las dos últimas décadas del pasado siglo XX. Y es que son muchos los que entre nosotros se esmeran en hacer realidad lo que proclamaba desde su título aquel viejo libro de Aldo Baroni: Cuba, país de poca memoria.

Natural de Sancti Spíritus, a Manuel Sosa lo asocio de inmediato con los nombres de un grupo de escritores procedentes de la región central de Cuba y salidos a la palestra pública entre fines del decenio de los ochenta y comienzos del de los noventa. Son los casos de figuras como Heriberto Hernández, Sonia Díaz, Frank Abel Dopico, Arístides Vega  y Héctor Miranda.

Licenciado en Lengua y Literatura Inglesa, entre los libros publicados por Manuel Sosa están Utopías del Reino (Premio David 1991, Premio Nacional de la Crítica 1993), Saga del tiempo inasible (Premio Pinos Nuevos 1995), Canon (2000), Todo eco fue voz (antología, 2007) y Una doctrina de la invisibilidad (2009).  En la actualidad, Sosa reside en la ciudad de Atlanta, Georgia.

Del par de textos que hoy reproduzco, incluyo uno que, según tengo entendido, Manuel Sosa escribió allá por los lejanos ochenta y que versa justo acerca de las palabras como delimitación. El otro es perteneciente a su producción hecha ya en la diáspora.

LA QUEDA

I

La primera palabra en la primera puerta no

advierte y retribuye con su papel de bastimento a la

palabra que golpeará un rostro en el final.

La segunda cita en sombras es otra mentira

como mentira han sido las tumbas, las quedas

anticipadas y estos pobladores sentados en toda su brevedad.

El precio de abdicar se intuye:

si llegara raudo el estafeta,

si vibrase entonces,

si dejara un manto como recuerdo.

Y de recuerdos vive el hombre:

una tregua para amonestarse sin pudor,

una bifurcación cuando los anfitriones rueguen

o acometan.

No es un sitio para evocar, pero hasta donde la vista alcanza,

se vislumbran puntos insalvables,

riscos de sueños y petición,

(adonde nunca llegarán los elegidos)

Acaso alguien camina sin violar la queda

porque no todo descubrimiento es conciliador.

No es un sitio para merecer, pero esta noche se

descubre como una angosta puerta,

y pasan taciturnos a borrar sus cuadernos.

(La primera palabra está en otra página)

La calma suscita un sometimiento que no

importará si es que no importa dividir una casa.

¿Precisan el parlamento esos hombres?

La batalla que interrumpen será olvidada pese a

todo, y en sus memorias continuarán las flaquezas,

los reparos.

«El tiempo que toma hacernos inactuales es el

tiempo del delirio y el afiebramiento»,

y como reza el motivo de los guardas,

y así será, así vendrá la luz sobre sus predicciones.

«La primera palabra, que nadie pronuncie otro

nombre y encontrarán el rastro seguro, el final

prescrito».

Si esta es la noche, decidirá la experiencia:

el asedio comienza inexplicablemente

y alguien confiesa sus delaciones.

(La casa parece tan segura, y será la única razón

para abandonarla esta vez)

II

Palabras: en camino quien desciende y anuncia.

Palabras: esperando como una estación revisitada.

Las palabras en la boca de los sitiadores, que hacen

las paces a espaldas del gobierno.

Para cada gobierno un peldaño, y volver a empezar.

(Valgan los oficios que siembran el desconcierto)

El color local, la caridad de provincia,

el azoro de un delegado amenazante: no todo fluye, poeta.

La noche en la poesía regional es simplemente la queda.

La segunda citas, la segunda muerte, la primera

palabra en su antigua voz.

¿Y quién cambia de parecer, sino el guarda?

Dócil, distanciada otra mujer se estremece.

Nadie necesita esta sorpresa.

No saber del cerco para hacer juego.

En alguna buharda quedan los retratos, las

estampas, las malas noticias.

A la mesa los hijos, las madres que les desconocen

las próximas víctimas.

Así saben cuan larga es la noche, y en la queda

madura el arrobamiento de quienes tardarán

en salir al ruedo.

Así valga el cántico en las afueras, un rumor

casi inaudible y que nadie confiesa.

LUNAS

En cada transposición del silencio, un nido abierto

que busca otro nido triunfal,

dos estoques contra las rejas:

allí he visto juntarse las lunas, en mi piel,

en la garganta que intenta el grito.

Cuando desciende el crisol y sangra la bestia

las lunas se posan sobre yacijas irreales.

Son las noches de untarse esa pócima

abandonada a la indiferencia del muro.

Son las noches de evitar ciertos cumplidos que seducen.

Inapresable mi ánima salvo cuando se juntan

los portentos que ahora confieso,

he tenido que ver cómo talan los sicomoros

y se mella el filo contra la corteza.

He tenido que ver cómo desmenuzan los nidos,

y cómo a mis lunas, en la fragua de la lucidez,

de un golpe separan.

San Juan Murmurante

San Juan Murmurante

Nunca he creído ni mucho ni poco en la reiterada idea del fatalismo geográfico. Los creadores cubanos residentes en cualquier punto del país fuera de los límites de La Habana, cuando son genuinos de verdad, contra viento y marea se abren paso. Otra cosa bien diferente es reconocer que en materia de cultura, no hemos logrado librarnos de un enfoque habanocentrista, expresado en mil y un ejemplos.

De tal suerte, en una manifestación como la música, las discográficas nacionales, todas radicadas en la capital, jamás han conseguido ofrecer una muestra equilibrada de lo mucho y bueno que en materia de arte sonoro, tanto popular como académico, se lleva a cabo desde Pinar del Río hasta Guantánamo.

De ahí que siempre que me encuentro con un fonograma de un artista no residente en mi querida Habana, siento especial interés por escucharlo. Justo eso me sucedió con el álbum titulado San Juan Murmurante, realizado por el Coro de Cámara de Matanzas, bajo la dirección de José Antonio Méndez Plasencia.

Licenciado por Producciones Colibrí del Instituto Cubano de la Música, este CD me resulta uno de los más llamativos entre los hechos en el universo de nuestros coros en años recientes. En ese sentido, tengo que afirmar que, en el plano personal, el disco fue una muy grata sorpresa pues, aunque desde hace tiempo conozco el trabajo de José Antonio al frente de formaciones vocales y experimento gran respeto por lo que él ha hecho con distintos proyectos, no me imaginaba un fonograma al corte de San Juan Murmurante (título tomado a partir del nombre de una composición de Marta Valdés), en especial por el repertorio que en el mismo se registra.

Con piezas que van desde versiones corales de temas harto conocidos hasta obras concebidas por sus autores para el formato de coro, soy del criterio de que el mayor mérito de la grabación está en rescatar del pasado algunas partituras que rara vez en los tiempos que corren son interpretadas.

Magníficos ejemplos en dicho orden son los casos de “Curujey”, obra concebida a partir de versos de Nicolás Guillén musicalizados por Amadeo Roldán, y “El Caballo Blanco”, escrita por otro grande de nuestra creación sonora, el remediano Alejandro García Caturla, composición inspirada en ese clásico de la música popular cubana que es “El fiel enamorado”, original de Francisco Portela. Confieso que hasta la audición del álbum, nunca antes yo había oído estos dos temas, que para mí resultaron todo un muy grato descubrimiento.

El buen tino de José Antonio Méndez Plasencia al escoger el repertorio para el fonograma llevado a cabo por el Coro de Cámara de Matanzas se vuelve a corroborar en la sabia alternancia de la que hace gala al elegir tanto piezas de raigambre popular, como otras en las que el sello de la música académica es lo prevaleciente. Así, entre los momentos más logrados en el álbum, según mi parecer, están la interpretación efectuada del archiconocido “El manisero”, perteneciente a la autoría de Moisés Simons y en este caso, en una acertada reescritura a cargo de Yaniel Fernández Águila, o el corte con el que se pone término a la grabación, es decir, “Un baile muy rápido”, firmado por el compositor y director orquestal Roberto Valera.

Con lo expresado hasta aquí, queda claro que con un fonograma como San Juan Murmurante, del Coro de Cámara de Matanzas bajo la dirección de José Antonio Méndez Plasencia, se verifica que más allá de las fronteras habaneras, a lo largo y ancho de nuestro país hay personas que están haciendo música de primer nivel, tanto o más llamativa que la efectuada por sus compatriotas capitalinos, algo que siempre debería tenerse en cuenta pero que con triste frecuencia es pasado por alto.

Queja de la luna llena

Queja de la luna llena

Justo en coincidencia con una de las celebraciones a propósito del 8 de marzo, por encargo de una revista de una universidad brasileña, preparé un ensayo acerca de la participación de las mujeres en la vida musical cubana. En relación con el asunto, en los cursos acerca de música popular que imparto, en la clase dedicada al tema de la relación entre música y género en nuestro país, utilizo entre otras canciones piezas como “Queja de la luna llena”, “Días de calor”, “Son de Camagüey”, “Convocatoria” o “No tan feliz”, todas compuestas por Lilliana Héctor Balance, una de nuestras creadoras que en su obra musical mejor representa el discurso de clara orientación feminista.

Sucede que en el terreno de la cancionística nacional, de un tiempo hacia acá hay una cada vez más creciente participación de artistas femeninas. Lo interesante es que ya no solo se desempeñan en el área del canto, como ha sido habitual, sino que asumen roles como instrumentistas. Pese al importante papel que tales creadoras vienen jugando, llama la atención que en Cuba no se hayan realizado estudios de género, a fin de establecer diferencias y similitudes entre las canciones compuestas por mujeres y las hechas por hombres.

Si bien es cierto que el arte no está para ser seccionado, las sicologías de ambos géneros son diferentes, a lo cual se une la realidad de que cada persona le aporta su individualidad a lo que hace. De lo anterior se desprende que nuestra condición de hombre o mujer quedará plasmada, al margen de la propia voluntad del individuo, en la creación artística, porque formamos parte de una historia social. Por ello, la importancia en las ciencias sociales contemporáneas de estudios de género o de generaciones.

Esos análisis a partir de enfoques de género, pendientes en el universo trovadoresco cubano y en general en toda nuestra música, quizá podrían responder preguntas como: ¿por qué históricamente han sido pocas en la Isla las mujeres trovadoras en comparación con los hombres, o cuánto de una visión machista del mundo perdura en canciones de trovadores de nuestros días? No está de más señalar que el discurso académico que se define como neutral resulta a la postre muy masculino, o sea, que una perspectiva de género para indagar en torno a la práctica musical es más que necesaria.

Piénsese en que al reflexionar acerca de la presencia de la mujer en la historia de la música cubana, hay una gran cantidad de interrogantes que aguardan por serias exégesis. Por ejemplo: ¿Las cuestiones de género pueden quedar limitadas únicamente a lo corporal-baile? ¿Qué rol ha jugado lo sexual en las estrellas femeninas que ha tenido nuestra música? ¿Han sido acaso expresión de la liberación sexual femenina o, por el contrario, manifestación de convertir a la mujer en mercancía? ¿Cómo ha sido la división social del trabajo en la música cubana? ¿Existen entre nosotros en lo musical estereotipos de género? ¿Cuáles? Digo esto último a propósito de la vestimenta, los movimientos en la escena, las letras de las melodías, la forma de cantar, la publicidad, los videoclips… En fin, que ya es hora de que en Cuba en lo concerniente a los estudios de música y mujer avancemos del imprescindible recuento biográfico a una fase superior y crítica, en la que se intente establecer las diferencias, si es que existen, en la práctica musical por el género masculino y el femenino.

Ocurre que a estas alturas del siglo XXI hay tantas razones para ser feminista, como reclamar que hombres y mujeres seamos iguales en dignidad y derechos, pedir el fin de la violencia del sistema machista que desprecia a los seres diferentes, o luchar porque verdaderamente algún día se haga realidad el ideal republicano de libertad, igualdad, fraternidad, un sueño todavía pendiente. Por todo ello y por mucho más, sobran motivos para continuar haciéndose canciones que nos invitan a identificarnos con esa mitad de la humanidad, exmoradora de la antigua ciudad de Delfos, donde estaba el templo de Afrodita. A fin de cuentas, el canto feminista de cualquier mujer en Cuba o en otro sitio del mundo hace pensar que, como dijese hace años Víctor Hugo, «la utopía de hoy es la realidad de mañana».

De todo un poco

De todo un poco

Tengo el privilegio de conocer el trabajo de Jóvenes Clásicos del Son desde su fundación, allá por 1994. A lo largo de todo este tiempo la nómina de integrantes de la agrupación ha ido cambiando, como suele suceder en la historia de cualquier grupo. Sin embargo, el director del colectivo, el contrabajista Ernesto Reyes y que responde al sobrenombre de “Palma” por proceder del poblado homónimo en la zona oriental de nuestro país, ha conseguido el harto difícil y anhelado sueño de cualquier formación musical, es decir, alcanzar un sello propio, un estilo original y un timbre inconfundible que les identifique.

Ello se puede comprobar si uno escucha de conjunto la discografía de Jóvenes Clásicos del Son, concebida a partir del apego al formato y la sonoridad de un septeto que defiende lo más auténtico de la música tradicional cubana pero que, al propio tiempo, en virtud de las sabias y funcionales orquestaciones que emplea, también suena muy contemporáneo.

En esta nueva producción fonográfica de la agrupación, la octava  en su devenir y que lleva por título De todo un poco, la fórmula por la que han apostado “Palma” y sus compañeros de grupo continúa siendo la misma que ellos han defendido en los pasados 25 años, o sea, interpretar un repertorio en el que están presentes distintos géneros de nuestra música pero con la elegancia y el decir característicos de la trova.

Así, en los doce cortes que recoge este álbum, podemos disfrutar desde un son a la manera en que se interpreta en el oriente cubano, de una trovada tradicional a dos voces, de un bolero o hasta de un riquísimo nengón con rumba. Igualmente, el buen gusto para escoger los temas que se incluyen en el disco se pone de manifiesto todo el tiempo y por dicho camino encontramos aquí, por solo mencionar unos ejemplos,  composiciones de creadores tan prestigiosos como Miguel Matamoros, José A. Nicolás y Amaury Gutiérrez.

Con producción de Ernesto Reyes “Palma” y la participación de varios invitados que también aportan lo suyo en aras de lograr un fonograma atractivo y que solo necesita ser bien promovido, estoy convencido de que el disco De todo un poco, de Jóvenes Clásicos del Son, es de esos trabajos que deleitan al más exigente devoto de la música tradicional cubana de ayer, de hoy y de siempre. Digo yo.

Poemas de Yamil Díaz

Poemas de Yamil Díaz

Conocí a Yamir Díaz Gómez(Santa Clara, 1971) hace alrededor de treinta años. Por entonces yo trabajaba en la revista Alma Máter y él cursaba la carrera de periodismo en la Universidad de La Habana. Me parece que fue ayer cuando un día Yamir se nos apareció en la redacción de la publicación a proponernos una colaboración. Desde entonces he seguido su quehacer, ya fuese como periodista, editor, promotor cultural, estudioso de la obra de José Martí y sobre todo, como el excelente poeta que es. 

Entre sus libros pueden mencionarse Apuntes de Mambrú (1993), Soldado desconocido (2001), Fotógrafo en posguerra (2004), que integran una trilogía aparecida en tomo único bajo el título de La guerra queda lejos (2006, 2009), además del folleto El flautista en la cruz (2000) y el poemario para niños En el buzón del jardín (1999, 2002, 2013).

Hoy quiero proponer algunos viejos poemas de este santaclareño y que disfruto muchísimo cada vez que vuelvo a leer. Ojalá que los seguidores de Miradas Desde Adentro disfruten como yo con la obra de alguien al que respeto por su quehacer intelectual y que además es un buen amigo.

Poesía de Yamir Díaz

EL SOLDADITO DE PLOMO


…fue una caída terrible. Quedó clavado de cabeza entre los adoquines…
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .H. C. ANDERSEN

No vendrás al abismo en que me postro,
porque eres de papel: no has existido.
No escucharás mi último latido,
ni habrá más polizones en tu rostro.

Amada, a causa de mi desconsuelo
todo cae, todo flota, todo yerra.
Ahora el cielo ha bajado hasta la Tierra,
y la Tierra ha subido rumbo al cielo.

Mi humilde eternidad ya no reposa,
porque sé que la muerte no te roza.
Y —aunque el cielo te brinda sus candiles
herido por mi única estocada—
voy descubriendo que la muerte, Amada,
es cruel hasta en los cuentos infantiles.

Muero. Y un espejismo me promete
anunciar a las puertas de palacio 
que un soldado te aguarda en el Espacio
clavado como un Cristo de juguete.

Voy cerrando los ojos, con tal gozo
que detrás de mis párpados te miro,
que lo perenne cabe en un suspiro,
y es otro el cuento, mucho más hermoso.

A este trozo de plomo y remembranzas
le late un corazón porque tú danzas,
porque eres todo lo que hay esta vez,
porque das a un soldado la certeza
de que es bueno pararse de cabeza
cuando todo en el mundo está al revés.

Pero no tengo ya dónde ni cómo
ganar mi apuesta a la melancolía;
pues no vas a morir, amada mía,
a pesar de estas lágrimas de plomo.

Ahora el duende repite sordo, cruel,
que hay una bailarina suspendida
a salvo de la muerte y de la vida.
¡Ay!, mi novia no existe: es de papel.

Amada, ¿te me has vuelto colibrí?
Me he quedado sin quién, sin qué, sin cuándo,
sin más amparo que mi frenesí.

Voy muriendo de un golpe oculto, blando.
Y he cerrado mis ojos, preguntando
cómo será la eternidad sin ti.

LETANÍA MENOR PARA TU MANO

Estoy leyendo el último periódico del siglo,
y llegas tú.
Y tu mano derriba las noticias
y tu mano me toma de la mano.
Soy un niño perdido
en la dulce emboscada de tu mano.

Más allá de tu mano no hay relámpagos,
no existe la palabra nomeolvides
ni cosa tan real como la sombra de tu mano.
Ahora todos mis versos terminan en tu mano
porque yo estoy escrito en las líneas de tu mano.

Yo voto con tu mano.
Aplaudo con tu mano.
Me refugio en tu mano por si mañana Dios está más lejos.

Donde acaba tu mano comienzan las preguntas.
¿Qué será de la lluvia sin tu mano?

Sólo tengo tu mano contra el espanto y la rutina.
Tu mano que me escribe;
tu mano que me toma de la mano,
que me deja perdido en un poema
donde yo estoy leyendo el último periódico del siglo,
y llegas tú.

EL NACIMIENTO DE MAMBRÚ

Te llamarás Mambrú. Tu doble irá a la guerra,

y los dos cantaremos qué dolor

cuando pasen los soldados sobre el puente.

Ya lo sabrás, Mambrú: 

los soldados se matan por un rey al que no han visto respirar;

la guerra queda lejos.

Qué dolor: el pañuelo jadeante de la novia,

el pañuelo que silba junto al tren,

y el tren se arrastra sobre el puente de los tristes.

La historia queda lejos. Qué dolor:

esa novia que gime no es la historia.

Y la muchacha que olvidó nacer a la hora precisa

para aplaudir al padre que nunca volverá,

y esos soldados que pasan, nunca fueron la historia.

Tú has nacido en el puente de los tristes.

En este sitio, nacer no es derramarse

sino estar condenado a no partir.

Aquí vienen, llorosos,

el leñador, el ministro, el nigromante.

Aquí se dan la mano ladrones y verdugos:

todos tienen un doble que roba o guillotina.

Ya lo sabrás, Mambrú:

tu doble un día volverá de la guerra,

y no estará la novia. Qué dolor.

Hijo: la soledad no tiene doble;

la soledad viaja en el tren de los soldados

para que el puente vibre,

y tú y yo nos abracemos,

y cantemos de nuevo qué dolor.

Las palomas no vienen al andén cuando regresan los soldados.

Aquí no nacen héroes. Qué dolor.

Qué dolor.

Qué pena.

DISCURSO EN UNA ESQUINA DE PARÍS 
                                  
                                                               a veronique joncheray

Son las dos de la tarde en los relojes de París,
y la ciudad se llena de viajeros y palomas.
Los viajeros preguntan por Rimbaud,
los viajeros se llevan una torre de juguete:
un país de juguete que gobernaron cuando niños.
Son las dos de la tarde,
y la niñez de los viajeros regresa por las calles de París,
y todos aman a una mujer de treinta y siete años.

Todo el que ama tiene
algo de organillero.
Por eso los viajeros llevan en las arterias una música oculta
mientras las estudiantes navegan por el Sena.

Son las dos de la tarde.

Tener amigos por solo una semana,
es el oficio más triste del mundo.
Y he aquí que los viajeros se consuelan
dando una falsa dirección:
disimulan sus lágrimas poniendo en hora los relojes.

En París, casi siempre, son las dos de la tarde.

EL TESTAMENTO DE MAMBRÚ

Hijos míos: yo nunca seré un héroe.
Nunca tracé las coordenadas por donde debió cruzar el río;
no descubrí la pista hacia la lluvia;
no ordené a los soldados un eclipse.

Hijos míos: yo nunca fui a la guerra.
Mi historia era un pretexto
para que las mulatas salieran al balcón.
                      
                                   Vengo del fango y del trigo
                                   sin más que mi serenata.
                                   Voy a la muerte, mulata,
                                   ¿quieres morirte conmigo?

Yo sé cuán poco vale el hijo de un soldado,
y por eso les dejo este silencio:
nadie recuerde que Mambrú tenía dos hijos
y un telescopio
y un fusil
y unos zapatos blancos.

Un día el tiempo abrirá de par en par las siemprevivas,
asomarán otras muchachas al balcón,
y por eso les dejo estas palabras
con las que les dirán que ellas vienen del trigo.

Hijos míos: yo nunca fui a la guerra;
pero he cruzado las calles donde alguien estafó al ilusionista.
He dormido en portales
sin más que el viento saltando entre mis dedos,
y por eso les dejo las campanas, los puentes, los caminos…
Pero no volveré a prender candiles en los rincones de la casa
porque si vuelvo dejaré de ser eterno.

Mi historia servirá
para que los soldados inventen un eclipse
y descubran la pista hacia la lluvia
y tracen las coordenadas por donde va a cruzar el río
y mueran por la patria,
aunque la patria sea una palabra que no entiendan.

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